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para abrirte el corazón
Trocitos de mí mismo, jirones de lo que llevo dentro.
Acerca de
Hoy no hace ni frío ni calor, no corre fuerte el viento, no hay nada especial que me haga reintentar esta aventura, sólo el deseo de volcarme... y cada verso es un jirón de piel.
Sindicación
 
Tiempo
Hace un año que abrí este espacio, y desde entonces a hoy no ha dejado de pasar el tiempo, y con él cosas en mi vida. Soplo una vela y hago balance: ha habido personas que desde el primer post sé que me han ido leyendo, las hubo también que desistieron en el empeño, fueron llegando otras, y a mi casa no le han faltado visitantes, algunos dejaron huella, otros se asomaron por la mirilla.

Pienso en lo fascinante que es el tiempo; en como se dilata su peso, y las manijas se relentizan cuando algo desasosiega el corazón, y lo fugaz que es cuando disfrutas el momento, que por duradero que sea siempre será breve. Y a veces pasa que no eres consciente de su presencia, que se sienta a tu lado, sin importunarte, sin decir esta boca es mía, y un día ha pasado un año, y tantas historias que no caben en un blog. Y un día no pasa nunca, y se duplica por tres cada centésima de segundo, y eran y cinco hace un minuto, concluyendo que ahora son y seis.

Y un día cualquiera el tiempo se detiene, y una tarde sin quererlo, la piel empieza a arder, y la poesía trasciende un verano, y tres meses no son mucho, y sin embargo es todo el tiempo que tienes para haber sido feliz. Y el tiempo no es pasado, ni futuro, ni tan siquiera presente. El tiempo es oportunidad y memoria, y posibilidad de no repetir lo feo, de reivindicar lo maravilloso. El tiempo a veces cae de los ojos al suelo, y la pena durará tanto como uno uno se empeñe en seguir llorando. Otras veces el tiempo es una carcajada, y muchas tardes de domingo sin nada especial que hacer. Y por matar el tiempo podemos exterminar la ocasión, y acabar con el ciento volando, y un reloj sin arena y una esfera con todas las horas vacías.

Un año después, me sigo dejando arrastrar por esta oleada que me lleva. Un verano después, y para evitar el frío, tendré que andar lento, porque hoy sé que tengo todo el tiempo del mundo.

 
Poesía
Me gustaría llenar este hueco en blanco de endecasílabos en rima consonante, pero mis versos no guardan un orden, y menos un concierto. Me gustaría darte un abrazo, pero siempre la prudencia puede más, y entonces invento formas de decirte lo que mis brazos se tienen que callar. Me gustaría regalarte un mundo sin prosa, donde no existiesen las tardes con dolor de mandíbula, y que el orfidal descanse en la basura, y que te bastase para dormirte mi cuerpo. Me gustaría hacer una metáfora que le diera sentido a todos los cambios que se operan en tu vida, y decirte que en la mía también los hay, que igual no son tan visibles, pero están presentes, en silencio.

Lo que más me gustaría es decirte ésto de frente, y buscar por las paredes tus ojos que me huyen. Me gustaría leerte a Neruda, a Lorca, a Miguel Hernández, y desgranar en tu oído toda la poesía que pensaba que ya había perdido. Me gustaría encontrar la palabra justa que te solucione los problemos, pero cada día soy menos elocuente, y he intentado volver a escribir poemas, pero me doy cuenta de que la poesía es un sucedáneo de la vida.

Me gustaría secuestrarte y que te alimentaras de mis besos, y así no tener que echarte de menos cada noche. Me gustaría que sonrieras siempre, en cada momento, bajo todos los conceptos, en todas las situaciones. Me gustaría ser prosaico, y a la vez renuncio a serlo. Me gustaría que la poesía dure muche más que un verano, y que los veranos se confundan en el invierno.

Me gustaría...
 
Glamour
Es el icono de la distinción, de la belleza, que se eleva por encima del resto de la cosas bellas; es el deseo que todos tenemos de un mundo donde no existe lo sucio, lo triste, lo mediocre, donde lo feo y lo gris no tienen cabida. Es la vida esbelta, fastuosa, donde no se contempla el fin de mes. Es un rostro precioso, perfecto, condenado a parecer lo que no es, con una anorexia que le carcomió el cuerpo, que la dejó exhausta. Es la locura, la dolce vita, la falta de preocupación.

Vestida de Givenchy se mueve por las calles de una ciudad que está hecha a su medida, con los zapatos en la nevera y un gato sin nombre, porque no se siente con el derecho de nombrarlo, puesto que no le pertenece. Ataviada por sus joyas, prestadas, llega demasiado pronto a una casa sin muebles, a un hogar desprovisto del fuego. Parece ser distinta, distinguida, pero no es más que una prostituta. Es curioso que la imagen del glamour que nuestra sociedad tiene, sea una actriz, una farsante, caracterizada de puta, que cobra cincuenta dolares por prestar su compañía.

Ella no es lo que parece, ni la actriz, ni el personaje. El Hollywood que la encumbró no le perdonó que prefiriera los niños de África a las calles de Sunset Boulevard, y la olvidó. Y ahora hablan de ella relatando su vida como una hagiografía, dispuestos a crear un mito, el mismo mito que el personaje, que en la escena final se enfrenta a la verdad: da igual donde vayas Holly Golightly, no podrás huir, no escaparás, porque llevas contigo la jaula que tú misma te has creado. Pero seguimos necesitando el glamour, el pensar que somos distintos, que el mundo no es feo, que no existe África, ni los cayucos, que la vida es tan perfecta como una gargantilla de diamantes.
 
Víctimas
A la hora de escribir lo siguiente parto de una premisa: mi actitud vital, en muchas ocasiones, es victimista, y puesto que no me gusta, que rechazo esa forma de ser en mí, tampoco me gusta la actitud de víctima, en general. No es que esté en contra de las víctimas, más bien me rebelo ante la exhibición de dolor que nos regalan, y cómo en base a su sufrimiento nos hacen (me hacen) comulgar con ruedas de molino.

De muestra un botón. Existe en España la Asociación de Víctimas del Terrorismo. Yo no estoy a favor del terrorismo, ni del religioso ni del político, pero me no me gusta que me obliguen a pensar como ellos, que intenten hacernos ver que toda la sociedad es víctima de ETA, y que si alguien opina lo contrario, o decide hacer una película en la cual se intente mostrar la realidad de Euskadi (o País Vasco, controversias lingüísticas las mínimas, por favor) desde un punto de vista prismático, en la cual también hablen las madres de los presos, o personas afines a la ideología abertzale (creo que se escribe así), esa película está condenada, y ese director es un simpatizante del horror y un terrorista. Julio Medem y La pelota vasca sufrieron la censura de anular la libertad de expresión que imponen las víctimas. Y más, si bien es verdad que existen las muertes violentas de mujeres a manos de sus parejas (hombres), nadie puede negar que el maltrato y la violencia de género, no es exclusiva de un género, por eso no entiendo que haya mujeres que se crispen cuando alguien plantea la cuestión de que los hombres también sufren esa situación horrenda, y que aboguen por el "nosotras sufrimos más", pensé que hablábamos de seres humanos, no de competiciones de dolor, y que siendo realistas, si una señora se autoagrede y achaca un maltrato (se sabe de casos así, están ahí, en los juzgados), ese señor esa noche duerme en la cárcel, y en el caso contrario, la justicia da tantas vueltas que termina mareada y con ganas de irse a la cama. ¿Las mujeres no son violentas?, ¿no tienen mala leche?, ¿no pierden los estribos?, ¿no tienen miedo?

Iciar Bollaín en su película Te doy mis ojos planteaba el miedo como el desencadenante de la violencia. Evidentemente los golpes se los llevaba ella, pero no se reduce la historia al típico buenos y malos, vemos como el miedo ha hecho un túnel en el corazón de él, y no sabe encauzar su terror. La solución no es levantar la mano y arrear un guantazo, pero tampoco lo es una ley de violencia de género irrisoria, y yo que soy hombre espero no sufrir nunca un maltrato, porque lo llevo crudo para que se me haga caso.

Vemos a la traida y llevada Natasha, y me asombra su actitud. Ella no se considera una víctima, relata lo que le pasó, pero no se recrea en su dolor, ni nos impone la crueldad del pensamiento único. Por eso pensamos que está loca, porque si sus palabras fueran otras, si se comportara como una víctima al uso, la entenderíamos, pero gracias a Dios ella poco tiene que ver con el señor Bush y su país de víctimas, que aterrorizan al mundo por el mero hecho de haber sufrido. También sufrimos en Madrid, y no estamos todo el día regodeándonos en el dolor, porque el fin no justifica los medios (o eso me enseñaron). Supongo que hay demasiados judíos en Estados Unidos, y ellos son especialistas en sufrir más que nadie (y de verdad, que lo del holocausto no es cosa de poco), pero no creo que deben tener carta blanca para hacer lo que les salga de las narices, y encima tomar el nombre de dios en vano y hacer guerras santas para ganar más dinero.

Si por algo me gustó Mi vida sin mí de Isabel Coixet fue porque ante el sufrimiento no existe la víctima. Si te quedan cuatro días de vida vívelos a tope y deja de aguarnos la existencia con tanto llorar. Tendré mala sombra, pero no me gusta la gente que me brinda su dolor en bandeja, y si no lo comparto, soy un insensible. No soy de piedra, y no me gusta que la gente sufra, pero me aburre que las personas utilicen el sufrimiento como arma arrojadiza. A lo mejor un día me tengo que comer todas estas (ya demasiadas) palabras, y mi vocación de víctima me convierte en plañidera. Cuando vi la película de Berlanga lo entendí, las víctimas tantas veces se convierten en verdugos, que me da miedo el efecto pendular, y que de repente, los verdugos sean las víctimas.

 
César
César miente
y se divierte.
César se hace de papel
aviones y dragones,
un cañón de tizas blancas
que no hiere a nadie, y es
una explicación constante
de por qué no quiere comer.

César de trapo
tiene la lengua
y el alma de plastidecor,
de inquietud las manos tiene
y de jugar el corazón.

César es un vagabundo
de exuberante imaginación.
César va y viene, y baila
y se inventa una canción
que justifique los silencios
de sus atisbos de razón.

César miente,
y sus mentiras siempre están a su favor.
César se cree a ciencia cierta
de una isla emperador,
astronauta, caballero,
don quijote emprendedor
de una quimera de papeles
que vuelan como un avión.

César juega al escondite,
y se esconde y no lo ves.
César calla de repente
al encontrar la explicación
que lo destierre impunemente
de su feliz conversación,
con las hadas y las brujas,
los amigos que no son.

Justo antes de crecer,
César miente
y se divierte,
César se hace de papel.