Subir
C.C. Baxter ocupa la mesa 869 en el piso 19. La señorita Kubelik fue rechaza como secretaria, suficientes pulsaciones, demasiadas faltas de ortografía. C.C.Baxter siempre se enamora de la chica del otro. La señorita Kubelik se queda siempre prendada del hombre casado. C.C. Baxter quiere subir, el piso 27 es su máxima aspiración. Un apartamento bien situado y mucha discrección, y los puntos suficientes para triunfar.
En la televisión un chico rubio llora porque él no triunfará, todos quieren hacerse un hueco, subir al cielo tocar una estrella y ser olvidados. A diferencia de ellos, otros muchos bajan las sucias escaleras del metro, se recorren la ciudad entera, de cabo a rabo, madrugan, y a veces se pluriemplean, pero ellos no salen en la televisión. Ellos no triunfarán rápidamente. Tampoco lamentarán ser nunca una estrella fugaz.
C.C. Baxter escala posiciones, pero ha cometido el error de enamorarse de la señorita Kubelik, su pasaporte al piso 27, la chica del jefe, el hombre casado. La señorita Kubelik confiesa que nunca aprenderá: "no se debe usar rimel cuando se sale con un hombre casado". Ella ya no subirá, porque ha tocado fondo y no puede dejar de llorar.
El chico rubio antes de ser cantante era frutero. Confiesa que no lee, posiblemente también cometa faltas de ortografía. Yo devoro libros, me levantaba a las seis y media, y bajaba las escaleras del metro. Desandaba el camino a las diez de la noche. Todo el día y sin triunfar. Será que soy poco ambicioso, será que los edificios de más de seis plantas me dan un vértigo atroz, será que lo poco que tengo me hace feliz. Será que vivo en un bajo, y el ascensor de este bloque de pisos empieza un piso más arriba.
C.C. Baxter renuncia al baño de jefes, a su confortable despacho con tres ventanas del piso 27, no puede soportar que la señorita Kubelik caiga en manos de otros en su propio apartamento. Billy Wilder describe de una forma atroz las bajas formas de subir de los seres humanos. ¿Qué será del chico rubio cuando no cruce la pasarela? Alguien debería decirle que si el ascensor se estropea, también existen las piernas para subir, y que existe un mundo más allá del piso 27.

En la televisión un chico rubio llora porque él no triunfará, todos quieren hacerse un hueco, subir al cielo tocar una estrella y ser olvidados. A diferencia de ellos, otros muchos bajan las sucias escaleras del metro, se recorren la ciudad entera, de cabo a rabo, madrugan, y a veces se pluriemplean, pero ellos no salen en la televisión. Ellos no triunfarán rápidamente. Tampoco lamentarán ser nunca una estrella fugaz.
C.C. Baxter escala posiciones, pero ha cometido el error de enamorarse de la señorita Kubelik, su pasaporte al piso 27, la chica del jefe, el hombre casado. La señorita Kubelik confiesa que nunca aprenderá: "no se debe usar rimel cuando se sale con un hombre casado". Ella ya no subirá, porque ha tocado fondo y no puede dejar de llorar.
El chico rubio antes de ser cantante era frutero. Confiesa que no lee, posiblemente también cometa faltas de ortografía. Yo devoro libros, me levantaba a las seis y media, y bajaba las escaleras del metro. Desandaba el camino a las diez de la noche. Todo el día y sin triunfar. Será que soy poco ambicioso, será que los edificios de más de seis plantas me dan un vértigo atroz, será que lo poco que tengo me hace feliz. Será que vivo en un bajo, y el ascensor de este bloque de pisos empieza un piso más arriba.
C.C. Baxter renuncia al baño de jefes, a su confortable despacho con tres ventanas del piso 27, no puede soportar que la señorita Kubelik caiga en manos de otros en su propio apartamento. Billy Wilder describe de una forma atroz las bajas formas de subir de los seres humanos. ¿Qué será del chico rubio cuando no cruce la pasarela? Alguien debería decirle que si el ascensor se estropea, también existen las piernas para subir, y que existe un mundo más allá del piso 27.

Príncipe
Juana es profesora de educación infantil, acaba de inaugurar sus quince años de docencia, y observa a los niños que se sientan en la alfombra, mira sus caras, la expectación que precede al cuento. Tienen cuatro años, y demasiada vitalidad para sus años. El cuento de hoy habla de un príncipe, uno especial, que rechazó a muchas princesas que querían ser su esposa, y que se fijó en el hermano pequeño de una de sus pretendientes.
En su clase hay un niño sordo, uno negro, tres suramericanos y dos marroquíes. Para todos ellos Juana seleccionó un cuento. En la clase de Juana también está David, que todavía no cuenta su edad con los dedos de una mano, pero que prefiere el rincón de las casitas, a jugar con los coches. Para él Juana ha contado este cuento.
En la sala de profesores, escandalizados unos, divertidos otros, tolerantes los menos, los profesores comentan el cuento del príncipe. A Juana la ha llamado el director del colegio, algunos padres se han enterado de los cuentos que Juana lee en clase. Juana tiene que defenderse verbalmente y por escrito. Juana siente rabia, y observa a David hacer la comida en la cocina de mentira. Él quiere ser la mamá. Juana no entiende porque nadie la acusa de leer cuentos para integrar a Javier, el niño sordo, a Djassi, el negrito de ojos de luna, a Flavia, Wendy y Gabriela, que nacieron en otro lado del mundo, a Mohamed y Touria, que no pueden comer cerdo en el comedor del colegio. David hace la comida, y guisa su futuro. Sentados en la alfombra, Juana vuelve a contar la historia de un príncipe marica…
En su clase hay un niño sordo, uno negro, tres suramericanos y dos marroquíes. Para todos ellos Juana seleccionó un cuento. En la clase de Juana también está David, que todavía no cuenta su edad con los dedos de una mano, pero que prefiere el rincón de las casitas, a jugar con los coches. Para él Juana ha contado este cuento.
En la sala de profesores, escandalizados unos, divertidos otros, tolerantes los menos, los profesores comentan el cuento del príncipe. A Juana la ha llamado el director del colegio, algunos padres se han enterado de los cuentos que Juana lee en clase. Juana tiene que defenderse verbalmente y por escrito. Juana siente rabia, y observa a David hacer la comida en la cocina de mentira. Él quiere ser la mamá. Juana no entiende porque nadie la acusa de leer cuentos para integrar a Javier, el niño sordo, a Djassi, el negrito de ojos de luna, a Flavia, Wendy y Gabriela, que nacieron en otro lado del mundo, a Mohamed y Touria, que no pueden comer cerdo en el comedor del colegio. David hace la comida, y guisa su futuro. Sentados en la alfombra, Juana vuelve a contar la historia de un príncipe marica…
Olor
Siempre que hace una maleta algo de vital importancia se le olvida. Ha asumido ya su mala cabeza, y procura que lo olvidado no sea necesario, ni lo vaya a requerir con urgencia. Sin embargo, esta vez pensó que todo viajaba en su sitio. La sorpresa fue comprobar que no era así, que se había dejado en el armario de su cuarto de baño la loción para después del afeitado, algo imprescindible para su barba cerrada y para su piel sensible. Buscó en las bolsas de aseo de su hermano alguna crema prestada, pero lo que encontró fue una puerta a la memoria que le hizo tambalearse.
Abrió el bote del after shave con un acusado temblor de manos. Posiblemente le hubieran regalado a su hermano un estuche en el que, además de la loción en crema, se incluía el agua de colonia, pero ya sólo quedaba el denso líquido blanco. Un mundo de esencias se repartieron por la habitación y su cabeza, y un monstruo del pasado le vino a visitar. No debería haber destapado el frasco de Titto Bluni, ni la caja de Pandora, pero el escozor de su piel era superior a sus fuerzas. Se aplicó la pomada en su rostro y en su cuello, intentando no inhalar, procurando no darle importancia a ese aroma que se le quedó anclado en sus fosas nasales y en su hipotálamo. Con el olor de la loción regresaron a su vida días oscuros, y ese apestoso olor a naftalina que habitaba su ropa y su vida, una vida y una indumentaria que siempre le fueron ajenas. El antipolil y Titto Bluni van asociados en un dueto indisociable. Le sobrevino una arcada y ganas de llorar, y se dijo que no, que no merecía la pena, que su vida ya no era un satélite que sólo sabe girar en una órbita inabarcable, inaprensible. Y se dijo que no, que nada significaba aquel olor ni aquel recuerdo. Nada era ya aquella persona. Y, aunque estuvo tentado, no se lavó la cara. Inspiró fuerte, y se armó de valor, y se llenó las manos y los brazos con el ungüento, a modo de terapia de choque, para sobrevivir o morir, pero no para quedarse indiferente. Y su olfato le aseguró que nunca más se dejaría arrebatar por un olor, y que aquella fragancia era sinónimo de futuro, y no de pasado. Sentado, oliendo sus manos, echa de menos un olor de verdad, y no ese tufo a podredumbre y a agua encharcada. La verdad, es preferible oler a Loewe que a miseria; y lo sabe, y ya no se creerá más la publicidad de Titto Bluni, ni las mentiras de seres como aquel, y procurará no olvidar su crema la próxima vez, o comprará dos botes, para tener de repuesto.
Abrió el bote del after shave con un acusado temblor de manos. Posiblemente le hubieran regalado a su hermano un estuche en el que, además de la loción en crema, se incluía el agua de colonia, pero ya sólo quedaba el denso líquido blanco. Un mundo de esencias se repartieron por la habitación y su cabeza, y un monstruo del pasado le vino a visitar. No debería haber destapado el frasco de Titto Bluni, ni la caja de Pandora, pero el escozor de su piel era superior a sus fuerzas. Se aplicó la pomada en su rostro y en su cuello, intentando no inhalar, procurando no darle importancia a ese aroma que se le quedó anclado en sus fosas nasales y en su hipotálamo. Con el olor de la loción regresaron a su vida días oscuros, y ese apestoso olor a naftalina que habitaba su ropa y su vida, una vida y una indumentaria que siempre le fueron ajenas. El antipolil y Titto Bluni van asociados en un dueto indisociable. Le sobrevino una arcada y ganas de llorar, y se dijo que no, que no merecía la pena, que su vida ya no era un satélite que sólo sabe girar en una órbita inabarcable, inaprensible. Y se dijo que no, que nada significaba aquel olor ni aquel recuerdo. Nada era ya aquella persona. Y, aunque estuvo tentado, no se lavó la cara. Inspiró fuerte, y se armó de valor, y se llenó las manos y los brazos con el ungüento, a modo de terapia de choque, para sobrevivir o morir, pero no para quedarse indiferente. Y su olfato le aseguró que nunca más se dejaría arrebatar por un olor, y que aquella fragancia era sinónimo de futuro, y no de pasado. Sentado, oliendo sus manos, echa de menos un olor de verdad, y no ese tufo a podredumbre y a agua encharcada. La verdad, es preferible oler a Loewe que a miseria; y lo sabe, y ya no se creerá más la publicidad de Titto Bluni, ni las mentiras de seres como aquel, y procurará no olvidar su crema la próxima vez, o comprará dos botes, para tener de repuesto.
Abrazo
Es una sensación física, un hueco en el centro del cuerpo, en medio del abdomen, en la base del corazón. Es un hormigueo constante que se instala en los brazos, y que te hace sentir la ausencia con la misma fuerza con la que los mutilados sienten las partes que ya no son suyas. Es un deseo insatisfecho, y un desasosiego malsano, que te hace andar por la ciudad sin saber a donde dirigirte, evitando las bocas de metro y las marquesinas de autobús. Es un grito que tu vida lanza, un alarido que se escapa de tu alma, y que hace caja resonancia en el cuerpo. Es la necesidad de calor y de cariño, de sentirte protegido, arropado. Es ese estado en que sientes que eres de papel, frágil como la luz que se bifurca en haces al pasar por los cristales, en que estás a punto de romperte, un poco más de presión y serás añicos, un montón de guijarros que ni el más eficiente de los pegamentos podrá recomponer. Es poner cara a tu necesidad, y echar de menos su piel, los centímetros cuadrados que te buscan entre la gente, y que se pega a tu espalda, y te atrapa, envolviéndote de caricias y besos. Es un recuerdo de la soledad, de noches sin dormir, en que mendigabas ese abrazo que siempre te habías negado. Es esperar una llamada de teléfono, que cuando llega hace que brinque tu estómago, y es una voz pidiendo perdón que se te va enredando, ascendiendo por los píes, afianzándose en el pecho, en un abrazo lejano que no entiende ni de espacios, ni de tiempos.
Definición
Ella es la novia que nunca tuve, y la que mi madre siempre deseo que lo fuera. Ella es la voz de todas las canciones de misa, un suave susurro encerrado en el cuerpo de una gran mujer. Ella es la abogada del diablo, y el juez que nunca ejerce. Ella es agua con gas las mañanas de domingo, una vez al mes (más o menos). Ella es la mirada que se me mete dentro, y que disfruta de las películas por el envoltorio. Ella es una colección de cintas de video, en las que se condensa el amor que jamás nos tocará vivir. Ella es la segunda sesión del cine mi pueblo. Ella es lo que me queda de esos momentos en el que todavía el uno presidía mi tiempo , y que perdura con paciencia escuchando todas mis historias, que siempre son demasiadas. Ella es un trocito de paz en el centro de mis batallas, y una partida de trivial que será siempre la revancha. Ella es un ático donde asomarse, y a veces no sabes bien qué se puede llegar a ver, y otras no hay nubes que enturbien el paisaje. Ella es mi cordón umbilical. Ella es una canción para cantar en una boda, y una afonía el día antes del concierto. Ella siempre fue una niña buena, hasta el día en que deje de serlo. Ella es la parte de Madrid que siempre está lejos. Ella siempre está al otro lado de mis sentimientos. Ella es un año mayor que yo, y yo un siglo más viejo. Ella siempre será, por definición, la mejor amiga que tengo.





