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para abrirte el corazón
Trocitos de mí mismo, jirones de lo que llevo dentro.
Acerca de
Hoy no hace ni frío ni calor, no corre fuerte el viento, no hay nada especial que me haga reintentar esta aventura, sólo el deseo de volcarme... y cada verso es un jirón de piel.
Sindicación
 
Presente
Me asalta la nostalgia cuando el AVE Lanzadera afronta su último tramo, cuando empiezan a recortarse los primeros edificios, cuando los olivos se mantienen en equilibrio en las faldas de los cerros. Se me estrecha el corazón en las cuestas (arriba) que anduve de pequeño, y un velo de agua aflora, en ocasiones, nada más cruzar el Puente de San Agustín. El barrio ha encogido, también las vecinas que siguen barriendo las calles desconfiadas de la eficiencia de los empleados municipales. Todo se ha hecho más pequeño, todo ha menguado. Todo, menos el pasado.

Cuando me echo la siesta en el sofá, recuerdo las ocasiones en las que visionaba mi futuro en el techo, acariciando posibilidades, asomándome a un porvenir que todavía está por llegar. Todos los planes que a mí mismo me esperaban decidí truncarlos, pero aún así, pasaba las tardes muertas de aquel agosto último antes de enfilar rumbo al futuro, rumbo a Madrid, moviendo hacia adelante y hacia atrás los acontecimientos que me esperaban.

Viví siempre fuera de mi mismo, o quizá demasiado ensimismado, como para darme cuenta de que los recuerdos siempre son magníficos y mentirosos, y las proyecciones vías de escape de la mediocridad de aquel viejo sofá de eskay que me sostenía. Y no me percaté de que sólo tuve el momento que estaba viviendo, y quizá por eso, porque ya fracasé cada vez que imaginé mi película en el techo, decidí dejar las películas para el cine, y esforzarme en vivir lo poco, lo mucho, o lo nada, que tenga cada mañana.

Y cuando despierto me siento afortunado, y me quedo durmiendo un rato todavía, sabiendo que hoy es lo que tengo, y que la nostalgia es un espejismo, y la película en el techo una ilusión. Por eso los besos que mejor saben son los de ahora, los días más felices son los de este mes, y los únicos buenos propósitos los que no se proponen serlo.

Y mañana dios dirá, si es que Dios sigue existiendo.
 
Eufemismos
No, no los confundamos con los sinónimos, que el que no distingue, confunde. "Manifestación suave o decorosa de ideas cuya recta y franca expresión sería dura o malsonante", según la R.A.E., y así parece ser que lo decoroso no es lo franco, y lo suave es antónimo de lo duro. El problema del lenguaje es ese, que configura muchas cosas, más allá de los sonidos que articulamos. Por eso, cuando se cierra una casa de alterne (eufemismo), lo que se suspende es la actividad (eufemismo). Y desde luego actividad había, que tiene que ver mucho con movimiento, porque la casa de citas (eufemismo) se encontraba en una calle bastante decente de un barrio más que respetable, pero eso no impedía que el desfile de trajes de chaqueta y corbatas fuera constante, que hubiese vehículos de alta alcurnia estacionados en doble fila, y que los taxis siempre escupieran al asfalto a recios y regios señores. Actividad, mucha. Y ahora se ha suspendido. Ya no hay movimiento. Las razones no las sé, tampoco es que importen mucho, pero me hace gracia ver como lo correcto nos impide nombrar las cosas por su nombre, y como utilizamos los eufemismos, no sólo lingüísticos, para desenvolvernos con todo el decoro posible dentro de los márgenes. Porque hacer pipí (eufemismo) fuera del tiesto no está bien visto.

Lo jodido (no lo malo, no, lo realmente jodido) es comprobar como amoldas tus comportamientos a la suavidad de lo sensatamente establecido, aunque te toque los huevos (que no los testículos). Y a veces hay que comulgar con ruedas de molino, y los civiles que mueren en los conflictos armados (que no las guerras) son daños colaterales (eufemismo), y los gordos no son gordos, son rellenitos (¡toma ya!), y los feos poco agraciados (y muy feos), y no se folla, se practica el sexo, como si fuese lo mismo poner una cruz en la casilla de un formulario que darse un homenaje (eufemismo). Y así componemos una lista de palabras tan ambigua como muchos de los comportamientos que camuflan las palabras que se evitan. Comportamientos y palabras, las que se escapan por el cuerpo, y las que se ocultan dentro, socavando el cerebro, que se pronuncian en un grito silencioso, cuya lógica no siempre sabe ni de lo suave ni de lo correcto.
 
Puta
Re-puta. Ella es, y Sabina encontró las palabras precisas, la más señora de todas las putas, la más puta de todas las señoras; porque ella es, de la cabeza a los píes, toda una señora, que sin llegar aún al cuarto de siglo te soprepasa con esa sabiduría que da el haber estado toda la vida en la calle. Ella, de los píes a la cabeza, es un auténtico putón verbenero, porque no hay cosa que le prive más que una buena fiesta, porque tiene ese punto de ligereza, de superficialidad, de que la vida no va con ella, que hace que te asombres de la sencillez con que encara las cosas: si va al cine es porque el actor está lo suficiente bueno como para gastarse los más de seis euros de la entrada, si ve el telediario es porque se da un enfoque más de la tortuosa relación Pantoja-Muñoz. Ella es así, aspirante eterna al Gran Hermano, y defensora a ultranza de la más patética prensa del corazón; de ese corazón que hace que sea tan puta, que no le cabe en su anatomía, y por eso te puedes llevar un cachito.

Re-que-te-puta. Y a mucha honra, porque ella no es una santa, y aún menos una virgen, y para nada una mártir, que ella está aquí para pasárselo bien, y por eso es difícil aburrirse a su lado, porque debajo de su pátina de indiferencia se encuentra una necesidad imperiosa de querer, de desplegarse en caricias, que no siempre han de darse con las manos, de besos que se mandan con los ojos, de secretos que se gritan con el tacto. Puta y señora. Niña pequeña que de pronto se ha hecho grande, con la inconstancia de quien no quiera dejar nunca de saltar a la comba para que se le vean las bragas. Ella es prismáticamente sencilla, como un libro abierto, como unas faldas levantadas.