Secretos
Todos los habitantes guardan una verdad inconfesada, un misterio que sólo ellos conocen. Cada uno de ellos oculta algo, silencian sus vidas esperando que nunca se sepa la verdad. Todos tiene un secreto.
Los secretos se fueron adueñando de sus vidas, se vieron obligados a medir sus pasos y a esbozar sonrisas a destiempo. La verdad se terminó disolviendo por las calles de la ciudad, como los habitantes, que se pierden entre el tráfico acomodados en el asiento trasero de algún taxi, o que son engullidos por el voraz apetito de las bocas de metro.
Todos los que sobreviven entre el asfalto y los bloques de pisos callan algo, y cuando deciden hablar pesa más lo que no dicen que lo cuentan. y en la ciudad sigue habíendo ruido, pero es un ruido vacío de sonidos, como las gallinas en los corrales, cacarean pero lo importante no lo dicen. Todos tienen algo esencial que no decir, todos se han deslizado por la mentira, nadie es transparente. La opacidad y en el sueño son como un cáncer, que en paciente metástasis devora las expectativas. Algunos callan, y sufren en silencio. Otros no paran de hablar, pero sus bocas sólo escupen falsedad. Todos se sienten abandonados. Todos están solos. Todos son víctimas de aquello que les fascina. Todas las luces de la calle son los silencios y los secretos de los que habitan en la ciudad.

Los secretos se fueron adueñando de sus vidas, se vieron obligados a medir sus pasos y a esbozar sonrisas a destiempo. La verdad se terminó disolviendo por las calles de la ciudad, como los habitantes, que se pierden entre el tráfico acomodados en el asiento trasero de algún taxi, o que son engullidos por el voraz apetito de las bocas de metro.
Todos los que sobreviven entre el asfalto y los bloques de pisos callan algo, y cuando deciden hablar pesa más lo que no dicen que lo cuentan. y en la ciudad sigue habíendo ruido, pero es un ruido vacío de sonidos, como las gallinas en los corrales, cacarean pero lo importante no lo dicen. Todos tienen algo esencial que no decir, todos se han deslizado por la mentira, nadie es transparente. La opacidad y en el sueño son como un cáncer, que en paciente metástasis devora las expectativas. Algunos callan, y sufren en silencio. Otros no paran de hablar, pero sus bocas sólo escupen falsedad. Todos se sienten abandonados. Todos están solos. Todos son víctimas de aquello que les fascina. Todas las luces de la calle son los silencios y los secretos de los que habitan en la ciudad.

Futuro
No creyó que fuera necesario vivir desde el porvenir, y por eso nunca lo hizo.
Una vez le echaron las cartas, pero sólo acertaron con su pasado, aunque el hecho de que el brujo conociera casi todo de su vida restaba credibilidad al asunto. Del futuro, si algo le dijeron, nada supo, o lo olvidó todo.
Nunca creyó que fuera necesario recurrir a la magia y a la superstición, ni al fatum ni al destino, y aunque a veces construye castillos en el aire, sabe que la vida es como el lobo de Los Tres Cerditos, "soplaré, soplaré, y tu casa derribaré". Por eso ya no hace planes que duren mucho más de unas horas, y sin embargo no puede evitar desear que cada hora se prolongue sesenta segundos más en cada minuto.
No quiere vivir desde "lo que pueda pasar", porque a lo mejor lo que sucede es que se pierde lo que está pasando. Y queriendo no sufrir elegimos sufrir algo menos, ¿y el tiempo que nos negamos a disfrutar? Hasta ahora no ha visto su futuro escrito en ningún libro, ni nadie ha venido a desvelárselo, con lo cual, tiene dos opciones, o disfrutar y abandonarse a cada caricia (no todo son bofetones), o empezar a llorar hoy para evitar hacerlo mañana. Si el llanto ha de llegar, que sea cuando quiera. Y pensó, mientras tanto lo voy a disfrutar.
Una vez le echaron las cartas, pero sólo acertaron con su pasado, aunque el hecho de que el brujo conociera casi todo de su vida restaba credibilidad al asunto. Del futuro, si algo le dijeron, nada supo, o lo olvidó todo.
Nunca creyó que fuera necesario recurrir a la magia y a la superstición, ni al fatum ni al destino, y aunque a veces construye castillos en el aire, sabe que la vida es como el lobo de Los Tres Cerditos, "soplaré, soplaré, y tu casa derribaré". Por eso ya no hace planes que duren mucho más de unas horas, y sin embargo no puede evitar desear que cada hora se prolongue sesenta segundos más en cada minuto.
No quiere vivir desde "lo que pueda pasar", porque a lo mejor lo que sucede es que se pierde lo que está pasando. Y queriendo no sufrir elegimos sufrir algo menos, ¿y el tiempo que nos negamos a disfrutar? Hasta ahora no ha visto su futuro escrito en ningún libro, ni nadie ha venido a desvelárselo, con lo cual, tiene dos opciones, o disfrutar y abandonarse a cada caricia (no todo son bofetones), o empezar a llorar hoy para evitar hacerlo mañana. Si el llanto ha de llegar, que sea cuando quiera. Y pensó, mientras tanto lo voy a disfrutar.
Torpezas
El alma existe, y no se puede escindir del cuerpo. Tal vez no aparezca en ningún atlas anatómico, posiblemente no pertenece a ningún aparato del cuerpo humano, pero es real, y uno se da cuenta de ella cuando se rompe. Puede ser que los síntomas sean la vista cansada y la falta de apetito, casi con toda seguridad que doleran los huesos y las articulaciones, la cabeza estará a punto de explotar, y en el centro del tronco se hará el vacío. Es entonces cuando se quiebra el alma, y no habrá escayolista capaz de recomponerla.
Siempre fui un niño torpe, tengo un esguince permanente en un tobillo. Tropecé muchas veces y no siempre con la misma piedra. Pero mis huesos no son de cristal y se pudieron curar en mayor o menor medida; sin embargo, el hueco del pecho a veces se hizo muy grande, en el alma surgió un boquete, una fisura, por donde cabe una mano, y duele, escuece. Y siempre fui torpe, con los pies y con el alma. Una melodía de canción me recuerda que "cometí mil pecados de una sola torpeza, tropecé donde avisan para no tropezar", y ahora solo espero que haya alguien que sepa perdonar mis errores, uno que vale por muchos, pero aunque parezca que en este momento las cosas no van bien, ¿nada bueno se puede rescatar? Tumbado en mi cama sigo escuchando la melodía, "y siento que dejarás una epidemia de tristeza si te vas". No queda más remedio que asumir mi alma rota y mis pasos torpes.
Siempre fui un niño torpe, tengo un esguince permanente en un tobillo. Tropecé muchas veces y no siempre con la misma piedra. Pero mis huesos no son de cristal y se pudieron curar en mayor o menor medida; sin embargo, el hueco del pecho a veces se hizo muy grande, en el alma surgió un boquete, una fisura, por donde cabe una mano, y duele, escuece. Y siempre fui torpe, con los pies y con el alma. Una melodía de canción me recuerda que "cometí mil pecados de una sola torpeza, tropecé donde avisan para no tropezar", y ahora solo espero que haya alguien que sepa perdonar mis errores, uno que vale por muchos, pero aunque parezca que en este momento las cosas no van bien, ¿nada bueno se puede rescatar? Tumbado en mi cama sigo escuchando la melodía, "y siento que dejarás una epidemia de tristeza si te vas". No queda más remedio que asumir mi alma rota y mis pasos torpes.

Tristeza
Las manos vacías,
el corazón hueco.
La cama desierta,
la despensa baldía.
Los sueños infectos
de soledad y de miedo,
Las noches cuajadas
de ausencia y anhelos.
La boca reseca,
el alma enjaulada.
Los besos muertos,
la piel cuarteada.
Los días poblados
de soledad y de miedo,
Las horas largas
de ausencia y anhelos.
Los ojos rotos,
el cuerpo sin alma.
Las mañanas frías,
las tardes lloviendo.
Las manos llenas
de soledad y de miedo,
La cama habitada
de ausencia y anhelos.

el corazón hueco.
La cama desierta,
la despensa baldía.
Los sueños infectos
de soledad y de miedo,
Las noches cuajadas
de ausencia y anhelos.
La boca reseca,
el alma enjaulada.
Los besos muertos,
la piel cuarteada.
Los días poblados
de soledad y de miedo,
Las horas largas
de ausencia y anhelos.
Los ojos rotos,
el cuerpo sin alma.
Las mañanas frías,
las tardes lloviendo.
Las manos llenas
de soledad y de miedo,
La cama habitada
de ausencia y anhelos.

Belleza
El hermano mayor de la protagonista lo deja claro en una de las pocas frases que tiene a lo largo del metraje: "el instituto es un concurso de belleza, la universidad es un concurso de belleza. La vida es un puto concurso de belleza". Esta cinematográfica definición de la vida me parece más acertada que la de Forrest Gump, especialmente desde que existe la Caja Roja de Néstle, y se puede elegir, mirando las fotos, el bombón que te quieres comer.
A un, ridículo, concurso de belleza se dirigen los protagonistas, y en un, cruel, concurso de belleza sus vidas se dirimen. Y creo que la definición tiene mucho de acierto. En ocasiones echo un vistazo por los años de atrás y veo como toda mi vida se ha ido reduciendo a un concurso, donde nunca sabes muy bien cual es el premio, donde no tienes claro cuales son las reglas de juego. He tenido que concursar por hacerme un pequeño hueco siempre, y exhibes la mejor de las sonrisas para conseguir el puesto de trabajo, y vas doblegando tu fuerza de voluntad, y poco a poco conquistas parcelas, que abren puertas a nuevas necesidades, y para satisfacerlas debes seguir en el terreno de juego. Siempre bello, y siempre sintiéndote feo. Siempre con el mejor traje, aunque haya pasado demasiadas veces por la tintorería.
Es triste que la vida se reduzca a un mercado de la carne, pero ya nadie se ve exento de sufrir por estar guapo, la culpa habrá que echársela a Jesús Vázquez, porque la imagen cuenta, más que cualquier palabra, y en este concurso de belleza todo se queda en la superficie. Y sé que soy un aspirante más a ser engullido, desde el momento en que acepto concursar, en este escenario donde lo importante es cualquier cosa menos participar.
La vida es competir. La vida es aparentar (¿por qué se tiene siempre la sensación de estar bailando con la más fea?). La vida ha dejado de ser una caja de bombones.

A un, ridículo, concurso de belleza se dirigen los protagonistas, y en un, cruel, concurso de belleza sus vidas se dirimen. Y creo que la definición tiene mucho de acierto. En ocasiones echo un vistazo por los años de atrás y veo como toda mi vida se ha ido reduciendo a un concurso, donde nunca sabes muy bien cual es el premio, donde no tienes claro cuales son las reglas de juego. He tenido que concursar por hacerme un pequeño hueco siempre, y exhibes la mejor de las sonrisas para conseguir el puesto de trabajo, y vas doblegando tu fuerza de voluntad, y poco a poco conquistas parcelas, que abren puertas a nuevas necesidades, y para satisfacerlas debes seguir en el terreno de juego. Siempre bello, y siempre sintiéndote feo. Siempre con el mejor traje, aunque haya pasado demasiadas veces por la tintorería.
Es triste que la vida se reduzca a un mercado de la carne, pero ya nadie se ve exento de sufrir por estar guapo, la culpa habrá que echársela a Jesús Vázquez, porque la imagen cuenta, más que cualquier palabra, y en este concurso de belleza todo se queda en la superficie. Y sé que soy un aspirante más a ser engullido, desde el momento en que acepto concursar, en este escenario donde lo importante es cualquier cosa menos participar.
La vida es competir. La vida es aparentar (¿por qué se tiene siempre la sensación de estar bailando con la más fea?). La vida ha dejado de ser una caja de bombones.

Empezar
Sabía que su sentimiento era de su propiedad, que quizá nadie lo compartiría, y que no pasaría el examen riguroso de cualquier racionalidad; pero era suyo, y no quería luchar contra él, porque en la lucha se acrecentaba. No se puede decir que fuera enfado, era más bien algo parecido a la incomodidad, como cuando no encuentras la postura adecuada en el asiento del tren o del autobús en un viaje, que de tanto moverte, de tanto buscar la forma en la que semi tumbarte, acabas echando humo por las orejas y maldiciendo el viaje, aunque nada te apetece más que el punto de destino.
Era insatisfacción y añorar el estado ideal, una situación que quizá no existiera, o que lo hacía sólo en los parámetros rugosos de su nunca estático cerebro. Por eso, caerse del sueño a las cinco y media de la mañana, y salir a la calle en mitad de la noche huyendo era molesto, tanto el hecho de moverse como el de abandonar el sueño, la cama y la compañía. Y le molestaba (seguía sin encontrar la postura) tener que comer solo, cuando en un día como hoy todo el mundo estaba acompañado, todos se desperezaban del sueño en una casa habitada, mientras que él se sentó en la cama y se tuvo que ventilar el libro que se traía entre manos para no sentirse demasiado abandonado. Una vez más, su vida plagada de seres amorfos, sólo configurados por letras.
Quería empezar con buen pie, e intuía que alguien le había puesto la zancadilla, y que mientras se debatía entre no quitarse el pijama y volver a la cama (la suya, no en la que quisiera encontrarse) y pegarse una ducha y reventarse los zapatos andando, se daba cuenta de que sólo había un lugar donde quisiera estar, a donde dirigirse, y que ese lugar, en este momento, era inaccesible. A punto estuvo de desconectar el teléfono, porque no quería torturarse esperando una llamada o un mensaje que no le aseguraba la paz que necesitaba.
Empezar deseando lo que no se tiene puede que no sea un buen comienzo. Pero quizá tenía mucho más de lo que se pensaba, pero siempre la lavadora que se aloja en su cerebro se encuentra en centrifugado, y así no hay quien se aclare. Y como no sabía por donde empezar, empezó a escribir, movido por lo más subjetivo que las personas tienen, sus sentimientos, y él sabía que su sentimiento era de su propiedad, que quizá nadie lo compartiría...

Era insatisfacción y añorar el estado ideal, una situación que quizá no existiera, o que lo hacía sólo en los parámetros rugosos de su nunca estático cerebro. Por eso, caerse del sueño a las cinco y media de la mañana, y salir a la calle en mitad de la noche huyendo era molesto, tanto el hecho de moverse como el de abandonar el sueño, la cama y la compañía. Y le molestaba (seguía sin encontrar la postura) tener que comer solo, cuando en un día como hoy todo el mundo estaba acompañado, todos se desperezaban del sueño en una casa habitada, mientras que él se sentó en la cama y se tuvo que ventilar el libro que se traía entre manos para no sentirse demasiado abandonado. Una vez más, su vida plagada de seres amorfos, sólo configurados por letras.
Quería empezar con buen pie, e intuía que alguien le había puesto la zancadilla, y que mientras se debatía entre no quitarse el pijama y volver a la cama (la suya, no en la que quisiera encontrarse) y pegarse una ducha y reventarse los zapatos andando, se daba cuenta de que sólo había un lugar donde quisiera estar, a donde dirigirse, y que ese lugar, en este momento, era inaccesible. A punto estuvo de desconectar el teléfono, porque no quería torturarse esperando una llamada o un mensaje que no le aseguraba la paz que necesitaba.
Empezar deseando lo que no se tiene puede que no sea un buen comienzo. Pero quizá tenía mucho más de lo que se pensaba, pero siempre la lavadora que se aloja en su cerebro se encuentra en centrifugado, y así no hay quien se aclare. Y como no sabía por donde empezar, empezó a escribir, movido por lo más subjetivo que las personas tienen, sus sentimientos, y él sabía que su sentimiento era de su propiedad, que quizá nadie lo compartiría...






