Palabras
Aferrada a su espalda, mientras él se dormía, ella se callaba muchas cosas. Por las noches, en su garganta se atropellaron las letras, las oraciones y los pensamientos, y mientras besaba su espalda y se asía con fuerzas a su mano le decía en silencio "hazme el amor". Otras noches las palabras que rebotaban en su boca cerrada le increpaban un "¿por qué me tratas así?". Muchas veces le quiso acariciar con verbos dulces y adjetivos deliciosos, para que en sus noches de miedo él tuviera un trozo de calor. Hay muchas preguntas que no tienen respuesta. No han sido formuladas aún, al menos él no las ha oído. A veces se ha quedado afónica de tanto gritar, y ni siquiera ha movido los cartílagos que abren su glotis.
Los silencios se han convertido en su forma de comunicarse, porque no encuentra bien el lugar que la define, porque no se sitúa muchas veces en el mapa de su vida, y sin embargo, sabe que hay un hueco en esa cama que le pertenece, y una parcela de su alma que es suya. Sabe que ella es importante para él, y ha decidido no callarse nada. Por eso, las palabras nonatas de cada noche al final acaban cobrando vida, de una forma u otra, y a veces ni siquiera como palabras. No todo lo que se dijo en su momento está condenado a morir, porque hay cosas que ya no hace falta decirse.
Aquella noche, aferrada a su espalda, repartiendo besos por su dorso, le hubiese pedido el eje de coordenadas, para saber situarse, para valorar la importancia de sus palabras. Pero no se lo preguntó, porque hay mundos y espacios sin dimensiones, que sólo existen a partir de las nueve de la noche. Y la próxima noche, mientras sus piernas se busquen y se entrelacen, ella no le dirá lo feliz que es en el pequeño reino de aquel colchón, donde se dice más de que lo que se calla. La incomunicación no nace del silencio, y el verdadero silencio es llenar el aire de palabras vacías.

Los silencios se han convertido en su forma de comunicarse, porque no encuentra bien el lugar que la define, porque no se sitúa muchas veces en el mapa de su vida, y sin embargo, sabe que hay un hueco en esa cama que le pertenece, y una parcela de su alma que es suya. Sabe que ella es importante para él, y ha decidido no callarse nada. Por eso, las palabras nonatas de cada noche al final acaban cobrando vida, de una forma u otra, y a veces ni siquiera como palabras. No todo lo que se dijo en su momento está condenado a morir, porque hay cosas que ya no hace falta decirse.
Aquella noche, aferrada a su espalda, repartiendo besos por su dorso, le hubiese pedido el eje de coordenadas, para saber situarse, para valorar la importancia de sus palabras. Pero no se lo preguntó, porque hay mundos y espacios sin dimensiones, que sólo existen a partir de las nueve de la noche. Y la próxima noche, mientras sus piernas se busquen y se entrelacen, ella no le dirá lo feliz que es en el pequeño reino de aquel colchón, donde se dice más de que lo que se calla. La incomunicación no nace del silencio, y el verdadero silencio es llenar el aire de palabras vacías.

Aniversario
Dentro de unas horas hubiese cumplido 70 años, 69, porque la guerra le obligó a nacer un año después. Ella ya tendrá listas las flores y el cubo de agua, no quiere olvidarle. Meses antes de que un octubre sin frío le helará el corazón me hice una foto con él, era su cumpleaños, el último, y casi no le quedaba aliento en sus pulmones negros, tanto como el tabaco que siempre fumó. Ahora está presente en las paredes de la casa, y en muchos de nuestros recuerdos, incluso los nietos que no le conocieron hablan de él como si pudiese escucharlos. Nunca se fue del todo, por eso cuando me miro las manos veo las suyas, entrelazados nuestros dedos. Sus manos de gigante, ásperas, las mías de niño, pequeñas y gordas.
Nunca tuve intención de olvidarle, seguro que se alegra, porque siempre tuvo buena memoria, y hablaba de los cerros de Sierra Madrona, y de los que se fueron al monte, y se emocionaba con las películas que hablaban de la guerra, y se iba a medias para que no le viésemos llorar. Su madre siempre le recordó aquel año de su no-vida en la que anduvo oculta en la sierra, con un recién nacido y cuatro hijas a sus espaldas. Tuvieron que bajar la mirada porque eran pobres, pero el monte y la tapia del cementerio se llevó a media familia. Pero era mucho más cruel morirse de hambre. Mi padre nació con un año de retraso, y no conoció a algunos de sus tíos, y sin embargo, si hubiese sabido leer, tendría que haberse aprendido de memoria la lista de los caídos por dios y por la patria que durante más de cuarenta años decoró las paredes de la plaza. El nombre de sus tíos no se mencionaba.
El octubre en que él se marchó yo entendí lo que perdía, y sé que no quiero olvidar, que quiero recordar sus manos agrietadas y sus botas camperas curtidas por la grasa, que no quiero olvidarme de su voz, ni de las veces que le vi llorar sin poder evitarlo cuando algún actor podía ser el rostro de cualquiera de sus tíos perdidos en el monte. Cada cual tiene sus muertos, estén en la lista oficial o no, y conviene recordarlos.
En la película la protagonista reconoce que antes de conocerle a él, ella andaba muy perdida, que podía andar tardes enteras hasta acabar agotada, y por eso, ahora que él no está con ella se aferra a los escasos recuerdos que tiene para no andar sin rumbo, para no perderse. Me gusta pensar que hacer memoria es una buena forma de saber hacia donde orientar los pasos. Mi padre me enseñó las primeras matemáticas, y muchos más, me contó la historia de un niño que nació un año después de haber nacido, la de un hombre que se emocionaba al recordar.

Nunca tuve intención de olvidarle, seguro que se alegra, porque siempre tuvo buena memoria, y hablaba de los cerros de Sierra Madrona, y de los que se fueron al monte, y se emocionaba con las películas que hablaban de la guerra, y se iba a medias para que no le viésemos llorar. Su madre siempre le recordó aquel año de su no-vida en la que anduvo oculta en la sierra, con un recién nacido y cuatro hijas a sus espaldas. Tuvieron que bajar la mirada porque eran pobres, pero el monte y la tapia del cementerio se llevó a media familia. Pero era mucho más cruel morirse de hambre. Mi padre nació con un año de retraso, y no conoció a algunos de sus tíos, y sin embargo, si hubiese sabido leer, tendría que haberse aprendido de memoria la lista de los caídos por dios y por la patria que durante más de cuarenta años decoró las paredes de la plaza. El nombre de sus tíos no se mencionaba.
El octubre en que él se marchó yo entendí lo que perdía, y sé que no quiero olvidar, que quiero recordar sus manos agrietadas y sus botas camperas curtidas por la grasa, que no quiero olvidarme de su voz, ni de las veces que le vi llorar sin poder evitarlo cuando algún actor podía ser el rostro de cualquiera de sus tíos perdidos en el monte. Cada cual tiene sus muertos, estén en la lista oficial o no, y conviene recordarlos.
En la película la protagonista reconoce que antes de conocerle a él, ella andaba muy perdida, que podía andar tardes enteras hasta acabar agotada, y por eso, ahora que él no está con ella se aferra a los escasos recuerdos que tiene para no andar sin rumbo, para no perderse. Me gusta pensar que hacer memoria es una buena forma de saber hacia donde orientar los pasos. Mi padre me enseñó las primeras matemáticas, y muchos más, me contó la historia de un niño que nació un año después de haber nacido, la de un hombre que se emocionaba al recordar.

Fácil
-...ojalá pudieras sentir todo el cariño que te tengo, ojalá sirviera de algo...
Un golpe sordo le anunció que ya nadie escuchaba al otro lado del teléfono, pronunció su nombre varias veces, invocándolo más que llamándolo, pero sólo escucho el silencio por respuesta. La tristeza se apoderó de su noche al saber que, con dos paradas de metro de distancia, cada uno velaría su desasosiego. Podría haber hecho caso omiso y haberse presentado en su puerta, pero ha ido comprendiendo que es mejor esperar, y que en la duermevela de esta noche dibujará un círculo con sus brazos para que él no se sienta desprotegido.
La vida es difícil, y hay que saber encajar, no sólo los golpes, sino también las hostias. En el abrazo de esta noche espera poder consolarle, acariciar la parte de su alma dolorida. Siempre ha sentido deseos de rodearle, de buscar su cuerpo, aunque en ocasiones pareciera que rechaza el cariño, hay como un imán que le atrae con fuerza hacia él. Por eso no hace caso y sueña el mayor abrazo, el más fuerte, el más grande. Un día descubrió que hacerle la vida fácil era como un juego, y aunque se la complicaba en muchas ocasiones, quería seguir jugando, porque como buen perdedor, sabe que lo importante es participar. Podría huir, no tiene porque ensuciar su vida, pero sería de cobardes. Y de inteligentes, acto seguido se autocontesta. Tal vez lo inteligente sea dormirse abrazado por él.
Escuchó en su boca una teoría que quizá tenga mucho de cierta: "los que no tenéis problemas de verdad, os lo termináis buscando". Su vida se complica por hacerséla a él un poquito más fácil. Nadie se lo pide, pero su sonrisa es, si bien no objetiva, sí una razón suficiente. Su propia vida es más fácil así, paradójicamente más llevadera.
Esta noche reunirá fuerzas para comérselo a besos, algo fácil, que no sencillo, si no paras de desearlo. Quizá él no lo siente, no es fácil traspasar dos estaciones de metro, pero seguro que lo nota. Ojalá que lo note.
Ojalá esta noche puedas sentir el cariño, los besos y el abrazo. Ojalá todo fuera un poquito más fácil.
Un golpe sordo le anunció que ya nadie escuchaba al otro lado del teléfono, pronunció su nombre varias veces, invocándolo más que llamándolo, pero sólo escucho el silencio por respuesta. La tristeza se apoderó de su noche al saber que, con dos paradas de metro de distancia, cada uno velaría su desasosiego. Podría haber hecho caso omiso y haberse presentado en su puerta, pero ha ido comprendiendo que es mejor esperar, y que en la duermevela de esta noche dibujará un círculo con sus brazos para que él no se sienta desprotegido.
La vida es difícil, y hay que saber encajar, no sólo los golpes, sino también las hostias. En el abrazo de esta noche espera poder consolarle, acariciar la parte de su alma dolorida. Siempre ha sentido deseos de rodearle, de buscar su cuerpo, aunque en ocasiones pareciera que rechaza el cariño, hay como un imán que le atrae con fuerza hacia él. Por eso no hace caso y sueña el mayor abrazo, el más fuerte, el más grande. Un día descubrió que hacerle la vida fácil era como un juego, y aunque se la complicaba en muchas ocasiones, quería seguir jugando, porque como buen perdedor, sabe que lo importante es participar. Podría huir, no tiene porque ensuciar su vida, pero sería de cobardes. Y de inteligentes, acto seguido se autocontesta. Tal vez lo inteligente sea dormirse abrazado por él.
Escuchó en su boca una teoría que quizá tenga mucho de cierta: "los que no tenéis problemas de verdad, os lo termináis buscando". Su vida se complica por hacerséla a él un poquito más fácil. Nadie se lo pide, pero su sonrisa es, si bien no objetiva, sí una razón suficiente. Su propia vida es más fácil así, paradójicamente más llevadera.
Esta noche reunirá fuerzas para comérselo a besos, algo fácil, que no sencillo, si no paras de desearlo. Quizá él no lo siente, no es fácil traspasar dos estaciones de metro, pero seguro que lo nota. Ojalá que lo note.
Ojalá esta noche puedas sentir el cariño, los besos y el abrazo. Ojalá todo fuera un poquito más fácil.
Anatomía (Todo mi cuerpo)
De saliva y de sudor
teje el lecho de mis noches,
de agua clara y de caricias.
Ilumina las mañanas
que he vertido en tus espaldas
con tus ojos y tus labios,
con tus manos que amasaron
de punta a punta todo mi cuerpo.
De apetitos insaciables
confeccióname ese traje,
de arrebatos y quejidos.
Para vestirme con tu piel
y deshacerme en cada instante
(enajenado y confundido)
en que tu aliento superaba
de punta a punta todo mi cuerpo.
De amores contrariados
edifícame esta casa,
de retazos y recuerdos.
Donde vivir sin tu presencia
es ahogarse poco a poco
en el agua encharcada de tus besos,
cuando ya no estás, y se siente solo,
de punta a punta todo mi cuerpo.
De abandono y esperanza
pacifícame el deseo,
de ternura y de silencio.
De sentirme cada noche rodeado por tus labios,
de esperar con impaciencia
la lluvia dulce y caliente
que empapa de delicias
de punta a punta todo mi cuerpo.
teje el lecho de mis noches,
de agua clara y de caricias.
Ilumina las mañanas
que he vertido en tus espaldas
con tus ojos y tus labios,
con tus manos que amasaron
de punta a punta todo mi cuerpo.
De apetitos insaciables
confeccióname ese traje,
de arrebatos y quejidos.
Para vestirme con tu piel
y deshacerme en cada instante
(enajenado y confundido)
en que tu aliento superaba
de punta a punta todo mi cuerpo.
De amores contrariados
edifícame esta casa,
de retazos y recuerdos.
Donde vivir sin tu presencia
es ahogarse poco a poco
en el agua encharcada de tus besos,
cuando ya no estás, y se siente solo,
de punta a punta todo mi cuerpo.
De abandono y esperanza
pacifícame el deseo,
de ternura y de silencio.
De sentirme cada noche rodeado por tus labios,
de esperar con impaciencia
la lluvia dulce y caliente
que empapa de delicias
de punta a punta todo mi cuerpo.





