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para abrirte el corazón
Trocitos de mí mismo, jirones de lo que llevo dentro.
Acerca de
Hoy no hace ni frío ni calor, no corre fuerte el viento, no hay nada especial que me haga reintentar esta aventura, sólo el deseo de volcarme... y cada verso es un jirón de piel.
Sindicación
 
Niños
A veces lo tengo enfrente y no me doy cuenta. Estoy tan acostumbrado a ellos que no me percato, que empalmo las horas y no escucho lo que me están diciendo. Por eso aluciné en colores cuando Rafa me amenazó con no volver a mi clase, y me sentó mal que un mocoso de cinco años me sacara el índice para dejarme clara su posición. Rafa no pronuncia la la k, dice "toche", "tasi" y "tuatro", y a esa edad ya nos encontramos con el problema. Es gitano y tiene el paladar ojival, y su madre me confesó que hasta hace un mes tomaba la leche en biberón (¡con "tuatro" años!), así tiene la boca tan deforme, y unas vegetaciones como un campo de algodón. Total, que después de la amenaza, Rafa confesó indignadísimo "por tú me van a operar de ", y el índice indica la nariz. No me extraña que me odie. Tendré que explicarle lo que la operación es..., ¡qué manía tienen algunos padres de mentir a sus hijos!

Mauri nació en Bolivia, y vino con tres años a España. Era un niño de orfanato y está acostumbrado a perder. Sus padres adoptivos se separaron hace poco, y ya no sabe donde poner el corazón. Tiene seis años y ahora se suelta a hablar, todavía con lengua de trapo. Y con esa media lengua te lo dice bien claro: "Nací en Bolivia, y tuve una mamá, luego la otra mamá, y ahora mamá". Desde luego que sabe contar, los números y su historia. Pero el mayor avance de Mauri no es que pronuncie bien las sílabas trabadas o lea de un tirón palabras sencillas. El mayor progreso es que Mauri ha aprendido a abrazar.

Natalia ha dejado de pensar, y a sus ocho años es un problema. Está harta de ver como sus padres se pelean, y cada vez que le pido hacer una frase, siempre los utiliza a ellos, y no suelen salir bien parados. No quiere pensar para no tener que enfrentar la realidad. Y aunque los papeles digan que su retraso mental es ligero, yo sé que ella miente, y que oculta sus pensamientos porque no quiere llorar. Y cuando le exiges un poco llora, y luego te mira pidiendo perdón, y yo la abrazaría, pero sé que no debo. Sólo sé decirle, "Natalia no llores, porque tú no eres tonta". Ojalá se atreva a volver a pensar.

María no entiende "El Principito", y no me extraña, sólo tiene nueve años y la mirada de una niña mayor. A veces se pierde con las películas y no se entera muy bien de lo que pasa, o se entera demasiado y no lo quiere decir. No sabe escribir "vesícula" y piensa que va a suspender lengua por faltas. Pero a María le faltan unos años para llegar a entender totalmente el capítulo XXI del libro de Saint-Exupery, esa necesidad de domesticar, de crear un lazo fuerte, tan fuerte que ni una operación, ni el contar mamás por años, ni el dejar de pensar, ni los ojos de niña mayor puedan romper. La necesidad no de echar el lazo, si no de que te lo echen.

Y yo tengo miedo a que tanto niño, me vaya robando, cada uno, un trocito de corazón; y ya sabe: "lo esencial es invisible a los ojos. Sólo se ve bien con el corazón".
 
Norte
Había perdido el norte, y en muchas ocasiones las ganas de seguir vivo. La brújula se volvió loca, y las agujas ya no sabían calcular las coordenadas, dejaron de indicar los caminos correctos; y entre tanto desbarajuste sintió unos deseos terribles de sentarse a esperar, de no hacer nada.

El norte ya no estaba en el horizonte, porque alguien, armado de paciencia y de una goma de borrar, se dedicó a desdibujar aquella línea, que se tornó vertical, que dejó de estar a la vista, que se esfumó. Y el septentrión se fugó con todos los sueños que había ido atesorando desde que tenía uso de razón, aunque no hiciera uso de ella. Todos los pasos adelante y hacia arriba habían sido un espejismo, una línea imaginaria. Y su soledad se quedó vacía, y su cuerpo roto, y por algún agujero se le escurrió el alma. Y sin norte, sin proyectos, sin futuro y sin horizonte, ¿a dónde podía ir?

Como a la niña de la película, la vida le regaló una fotografía, un país que no existía, un lugar sin localización, sin contornos, y también sin límites. Un mundo B lejos de aquel mundo A por el que ya no paseaba, ahora lo escalaba astillándose las uñas. Un mundo que estaba al sur, en las antípodas de sus coordenadas. Un mundo meridional que había atisbado en alguna que otra duermevela. Y decidió caminar de espaldas al horizonte despintado, y mientras se tumbaba en el sofá, y sin brújula, encontró el camino al sur, y se dejó llevar, mientras muchos transitaban buscando el norte, él, como la niña de la película, empezó a desear habitar algún día en el sur. Sin mundos A. Sin mundos B. Sin horizontes en vertical.

 
Nadar
A veces me pasa en las películas, con frecuencia también en los libros, que una frase consigue erizarme la piel, tanto que soy capaz de ponerme a llorar justo en ese momento sin ningún tipo de pudor. Y así me pasó hacia el final de esta historia.

Ella tiene miedo, demasiado, porque en su cuerpo y en su corazón todavía son visibles las cicatrices. Se ha creado un mundo para sí misma, ya no es capaz de oír, y duda a veces de su capacidad para sentir. Él habla otro idioma al suyo, y aunque no sabe nadar, se ha refugiado en una isla de la que ya no puede salir. Ella no oye. Él no puede hablar. Pero por algún extraño milagro son capaces de entenderse. Pero ella tiene miedo, porque su corazón tiene una pátina de dolor tan grande, que podría resistir un cataclismo nuclear.

"¿Y si un día me da por llorar tanto que mis lágrimas llegan a ahogarte?" Ella tiene miedo de que alguien le diga que la quiere, de que alguien luche por ella, de que alguien la busque, de que alguien sepa su historia. De que alguien decida arriesgar por ella. De que alguien, con un cincel y mucha paciencia, descubra la maravilla que se esconde, sepultada, en el centro de su pecho.

Él sabe que no va a ser fácil, y ya no cree en los cuentos de hadas ni en los finales felices. A él se le atragantaron todos los huesos de perdiz que quiso comerse, pero no puede estarse toda la vida en aquella isla. No puede evitar no quererla. Y por eso se lo dice.

Y en ese momento el corazón se me puso de pie, y se me llenaron los ojos de agua (como ahora los tengo), y entendí que no siempre se pueden expresar todas las razones, y que si un día las lágrimas son tantas que corro el peligro de que me puedan ahogar, yo, también, "aprenderé a nadar".