Errores
Después de ver la película uno se queda algo confuso, porque como reza la frase que promociona la historia "el error de una mujer puede ser la oportunidad de otra", y desde luego uno no puede ponerse de ningún lado. La moral no es una posición. Quizá ni una opción. Muchos actos no se eligen, aparecen impuestos por ese resquicio animal que todavía perdura en nosotros, y esos actos, esos instantes de debilidad y de necesidad, son a la vez errores y oportunidades.
Uno siempre espera que el que lleva el número anterior al propio se despiste, ese error supondrá la posibilidad de ser atendido con mayor celeridad en las colas burocráticas; uno siempre espera que el adversario claudique, porque así mayor será la recompensa. Las oportunidades y los errores se van turnando en un movimiento pendular que nos convierte a la vez en víctimas y verdugos.
En ocasiones, cuando uno, literalmente, la caga, lo que puede llegar a doler no es el error en sí mismo, sino las puertas que se abren para otras personas, y se lamenta, no sólo de lo que no se tendrá, sino también del disfrute que nuestros fallos suponen para otros.
Pero uno no elige errar. Posiblemente ni siquiera elijamos siempre, nuestro instinto predeterminado (a no estar solos, a ser deseados) nos impone acciones que luego nos dolerán, pero nos consolamos con un "que nos quiten lo bailao" que no aliviará ni un ápice el dolor posterior, pero que suavizará la soledad (de las protagonistas), que por un breve momento las arropará y las hará vivir en un espejismo, maravilloso a pesar de su fugacidad.
¿Cuál de las dos se equivoca cuando las dos aprovechan su oportunidad? Las dos bordean la perfidia, y las dos saborean la miel, aunque la dulzura primigenia se haga hiel en sus venideras historias. Yo no puedo juzgarlas, porque sin llegar a sus extremos, yo, como ellas, aproveché los errores de otro para tener mi oportunidad, y muchas veces el reloj se volvió en mi contra, dejando que se me pasara el número en la cola, siendo mi error la salvación de cualquier otra persona.
Pero sin llegar a tomar posición por ninguna de ellas, de los errores se aprende, y las oportunidades hay que cazarlas al vuelo, aunque nos escupan en la cara.

Uno siempre espera que el que lleva el número anterior al propio se despiste, ese error supondrá la posibilidad de ser atendido con mayor celeridad en las colas burocráticas; uno siempre espera que el adversario claudique, porque así mayor será la recompensa. Las oportunidades y los errores se van turnando en un movimiento pendular que nos convierte a la vez en víctimas y verdugos.
En ocasiones, cuando uno, literalmente, la caga, lo que puede llegar a doler no es el error en sí mismo, sino las puertas que se abren para otras personas, y se lamenta, no sólo de lo que no se tendrá, sino también del disfrute que nuestros fallos suponen para otros.
Pero uno no elige errar. Posiblemente ni siquiera elijamos siempre, nuestro instinto predeterminado (a no estar solos, a ser deseados) nos impone acciones que luego nos dolerán, pero nos consolamos con un "que nos quiten lo bailao" que no aliviará ni un ápice el dolor posterior, pero que suavizará la soledad (de las protagonistas), que por un breve momento las arropará y las hará vivir en un espejismo, maravilloso a pesar de su fugacidad.
¿Cuál de las dos se equivoca cuando las dos aprovechan su oportunidad? Las dos bordean la perfidia, y las dos saborean la miel, aunque la dulzura primigenia se haga hiel en sus venideras historias. Yo no puedo juzgarlas, porque sin llegar a sus extremos, yo, como ellas, aproveché los errores de otro para tener mi oportunidad, y muchas veces el reloj se volvió en mi contra, dejando que se me pasara el número en la cola, siendo mi error la salvación de cualquier otra persona.
Pero sin llegar a tomar posición por ninguna de ellas, de los errores se aprende, y las oportunidades hay que cazarlas al vuelo, aunque nos escupan en la cara.

Libros
Todo empezó con una carta, a los Reyes Magos. Se ve que harto de las bolsas de indios y de las cajas de coches, y ante la imposibilidad de que nos trajeran una Nintendo, y cansado de compartir los juguetes con mis hermanos, me dio por pedir algo para mí solo. Un libro. Recuerdo los libros que nos mandaban en la escuela, los del Barco de Vapor, que iban catalogados por edades, y que yo, para marcar la diferencia con los demás niños, siempre me cogía de la biblioteca del colegio alguno que fuera para "mayores". Perdidos por alguna caja de recuerdos en el sótano de mi casa tienen que estar mis dos joyas: "El castillo de Irásynovolverás" y "El fabricante de lluvia". Luego mis vecinas me prestaron todito Michael Ende, y recuerdo que me leí dos veces seguidas "Jim Botton y Lucas el maquinista".
En el instituto nos mandaban libros, algunos de lectura obligatoria y otros a elección del personal. Con catorce años me ventilé "Bajo las ruedas" de Hesse, y entonces entendí que lo mío era el masoquismo literario, nada de literatura juvenil, no señor (durante una gripe aquel año cayó en tres días "La pasión turca"). Con el recién estrenado carnet de la biblioteca municipal aquel verano, creo que el primero de adolescencia, me bebí a Agatha Christie, en un sólo día "Asesinato en el Orient Express".
Todo cambió cuando me leí "El extranjero", y se apoderó de mí el existencialismo, esta tendencia a la depresión por dentro. Y me dió por cepillarme todo libro denso, aunque tuviera que releerme páginas enteras varias veces porque no me enteraba de nada. Pero sin duda alguna, en vaticinio de lo que podría pasar después, "Cien años de soledad" dejó una huella endeleble, y por eso me hago poquito a poco con todos los libros de García Márquez. Y luego llegó Madrid, y el transporte público, y Almudena Grandes, y Javier Marías, y Muñoz Molina. Y un día en la estantería de una librería, "El guardián entre el centeno", y con paciencia mi vida se circunscribe a los libros, y a veces pienso que cada libro que termino se queda con un poco de mí. Y no sé si todo está en los libros, pero desde luego (casi) todo lo que me interesa sí. Y leo y leo, y empalmo libros, y a veces llevo encima dos, porque me quedan poquitas páginas de uno, y muchas estaciones de metro por delante. Y he llegado a llorar, y a excitarme, a indignarme, y a sentir miedo. "La insoportable levedad del ser", que no es cuerpo ni es alma, sino una amalgama de letras, que terminan en un libro, en un ejercicio de soledad, como en la "La lluvia amarilla", un ejemplo de lo que a mí me gusta, y que mucha gente no es capaz de terminar.
Tengo tantos pendientes en la estantería, que me produce ansiedad saber que están ahí y yo todavía no puedo leerlos.Regálame un libro y hazme feliz, y dedícamelo, como el que leo ahora, que no extraviaré (aunque debería arriesgarme a vivir más fuera de los libros).
Y termino con el mejor final que he leído (ahora que lo releo para transcribirlo, vuelvo a tener ganas de llorar), porque esa es la condena, y también la delicia: "...pues estaba previsto que la ciudad de los espejos (o los espejismos) sería arrasada por el viento y desterrada de la memoria de los hombres en el instante en que Aureliano Babilonia acabara de descifrar los pergaminos, y que todo lo escrito en ellos era irrepetible desde siempre y para siempre PORQUE LAS ESTIRPES CONDENADAS A CIEN AÑOS DE SOLEDAD NO TENÍAN UNA SEGUNDA OPORTUNIDAD SOBRE LA TIERRA".

En el instituto nos mandaban libros, algunos de lectura obligatoria y otros a elección del personal. Con catorce años me ventilé "Bajo las ruedas" de Hesse, y entonces entendí que lo mío era el masoquismo literario, nada de literatura juvenil, no señor (durante una gripe aquel año cayó en tres días "La pasión turca"). Con el recién estrenado carnet de la biblioteca municipal aquel verano, creo que el primero de adolescencia, me bebí a Agatha Christie, en un sólo día "Asesinato en el Orient Express".
Todo cambió cuando me leí "El extranjero", y se apoderó de mí el existencialismo, esta tendencia a la depresión por dentro. Y me dió por cepillarme todo libro denso, aunque tuviera que releerme páginas enteras varias veces porque no me enteraba de nada. Pero sin duda alguna, en vaticinio de lo que podría pasar después, "Cien años de soledad" dejó una huella endeleble, y por eso me hago poquito a poco con todos los libros de García Márquez. Y luego llegó Madrid, y el transporte público, y Almudena Grandes, y Javier Marías, y Muñoz Molina. Y un día en la estantería de una librería, "El guardián entre el centeno", y con paciencia mi vida se circunscribe a los libros, y a veces pienso que cada libro que termino se queda con un poco de mí. Y no sé si todo está en los libros, pero desde luego (casi) todo lo que me interesa sí. Y leo y leo, y empalmo libros, y a veces llevo encima dos, porque me quedan poquitas páginas de uno, y muchas estaciones de metro por delante. Y he llegado a llorar, y a excitarme, a indignarme, y a sentir miedo. "La insoportable levedad del ser", que no es cuerpo ni es alma, sino una amalgama de letras, que terminan en un libro, en un ejercicio de soledad, como en la "La lluvia amarilla", un ejemplo de lo que a mí me gusta, y que mucha gente no es capaz de terminar.
Tengo tantos pendientes en la estantería, que me produce ansiedad saber que están ahí y yo todavía no puedo leerlos.Regálame un libro y hazme feliz, y dedícamelo, como el que leo ahora, que no extraviaré (aunque debería arriesgarme a vivir más fuera de los libros).
Y termino con el mejor final que he leído (ahora que lo releo para transcribirlo, vuelvo a tener ganas de llorar), porque esa es la condena, y también la delicia: "...pues estaba previsto que la ciudad de los espejos (o los espejismos) sería arrasada por el viento y desterrada de la memoria de los hombres en el instante en que Aureliano Babilonia acabara de descifrar los pergaminos, y que todo lo escrito en ellos era irrepetible desde siempre y para siempre PORQUE LAS ESTIRPES CONDENADAS A CIEN AÑOS DE SOLEDAD NO TENÍAN UNA SEGUNDA OPORTUNIDAD SOBRE LA TIERRA".
Metro
Ante la fiebre inauguradora, y pre-electoral, el Metro de Madrid ya no sólo vuela, sino que es imposible enterarse de cuales son los vertiginosos cambios que se producen. Todo el mundo discute sobre cómo ha de ser el futuro plano, yéndoseles la vida en ello. A mí me da igual, sólo discrepo en un detalle en el que nadie repara, la nueva estación Estadio Olímpico (se ve que estamos en campaña) debería llamarse La Peineta, sé que no suena igual de bien, pero si así se llama el estadio, ¿por qué confundir a la gente con unas olimpiadas que lo mismo nunca se celebran?
El caso es que a mí no me hace falta el plano, por que esa red de colores me la sé de memoria. Sin haber hecho ningún esfuerzo, y sin conocer como es Pan Bendito por fuera, si me paro un poco, podría ser como aquellos concursantes del "¿Qué apostamos?", que recitaban sin pestañear cualquier lista que se les pusiera por delante. He vivido en tantas paradas de metro, que puedo moverme por la ciudad sin apuro, sé calcular todos los trasbordos, las líneas y estaciones a evitar, e incluso, sin haber salido a la superficie, me conozco las calles en las que están las bocas de metro.
Dentro de esas líneas no me pierdo, me siento seguro. Si me despisto, sólo tengo que encontrar el metro más cercano, y todo mi ser vuelve a estar tranquilo. Fuera de la maraña, hay demasiadas cosas que me dan miedo, y tengo la sensación de ser incapaz de moverme. A pesar de ello muchas veces contemplo la red, intentando comprobar que no han modificado ninguna estación: que ahora viene Sol, y luego Gran Vía, y Tribunal, y así hasta llegar a casa, asegurándome con vehemencia que a ningún duende (ni a ningún político) se le ha ocurrido alterar mi pequeño, y cálido, espacio conocido.
Tendré que aprender a moverme fuera del metro, por si se rompe, cosa nada extraña. Tendré que saltar al vacío, arriesgarme, cerrar los ojos para no ver si han retirado la tela de araña de colores. Tendré que crecer, y ponerme a caminar, dicen que soy mayor, y no siempre se llega a tiempo a coger el metro.

El caso es que a mí no me hace falta el plano, por que esa red de colores me la sé de memoria. Sin haber hecho ningún esfuerzo, y sin conocer como es Pan Bendito por fuera, si me paro un poco, podría ser como aquellos concursantes del "¿Qué apostamos?", que recitaban sin pestañear cualquier lista que se les pusiera por delante. He vivido en tantas paradas de metro, que puedo moverme por la ciudad sin apuro, sé calcular todos los trasbordos, las líneas y estaciones a evitar, e incluso, sin haber salido a la superficie, me conozco las calles en las que están las bocas de metro.
Dentro de esas líneas no me pierdo, me siento seguro. Si me despisto, sólo tengo que encontrar el metro más cercano, y todo mi ser vuelve a estar tranquilo. Fuera de la maraña, hay demasiadas cosas que me dan miedo, y tengo la sensación de ser incapaz de moverme. A pesar de ello muchas veces contemplo la red, intentando comprobar que no han modificado ninguna estación: que ahora viene Sol, y luego Gran Vía, y Tribunal, y así hasta llegar a casa, asegurándome con vehemencia que a ningún duende (ni a ningún político) se le ha ocurrido alterar mi pequeño, y cálido, espacio conocido.
Tendré que aprender a moverme fuera del metro, por si se rompe, cosa nada extraña. Tendré que saltar al vacío, arriesgarme, cerrar los ojos para no ver si han retirado la tela de araña de colores. Tendré que crecer, y ponerme a caminar, dicen que soy mayor, y no siempre se llega a tiempo a coger el metro.

Detalles
Rezan las guías de viajes que el encanto de la ciudad radica en sus detalles. La suma de cada uno de sus rincones, de sus espacios, de las tonalidades de la luz, de la originalidad de su trazado, hace que el conjunto sea mágico. Cada detalle se une a otro, con el que se concatena para hacerte disfrutar. Nada más llegar puedes sentirte decepcionado, llena de gente, de coches, incómoda. Pero cuando los turistas se marchan, y antes de que vengan otros nuevos, esas horas son cruciales para maravillarse por una ciudadela compuesta de pequeñas joyas: una escalera de madera tejada, donde la luz debe pelearse con los listones para hacerse ver, una torre desconchada coronada por tejas de colores, que con el último sol brillan de forma especial, una plaza tranquila donde desde muy temprano ya no queda nadie, un mirador con una escuela y un cementerio.
Cada pincelada suelta quizá no diga mucho, todo unido es un recuerdo sólido. Los detalles dan la magia, posibilitan el enamoramiento. El detalle de los rostros previos al sueño, a veces cansados, otras a punto de estallar, nada tienen que ver con los pelos revueltos y las marcas de la sábana al despertar. Ambos son necesarios. El detalle de las galas que se eligen para decorar y agradar, el propio ojo y la mirada ajena, muestra un mundo mínimo de pequeñas cosas que hacen placentero el camino a tu lado. El detalle de la risa, de la cara amplia, del disfrute y la sorpresa, hacen que a veces mi estómago esté a punto de reventar, de una sensación extraña, mezcla de agradecimiento y felicidad. La impotencia que genera el detalle de la voz a punto de llover, cuando el mundo se confabula para raptarte la esperanza, ese momento, lo siento, pero tampoco me lo quiero perder. El detalle del abrazo buscando consuelo ante una preocupación, o sólo como descanso, necesario para olvidar, imprescindible para seguir aferrado, hacen que el abrazado se pueda sentir cimiento, consciente aún de la fragilidad de la que está hecho.
La ciudad, y tú, y yo, tenemos el encanto en la suma de cada detalle. Pero la ciudad, y tú, y yo, a pesar de la belleza que exhibimos, tenemos un mundo de pobreza detrás de las ventanas, pero ese detalle también es necesario para enamorarse del conjunto. La ciudad, en el corazón mismo de aquel país, un país roto, desconchado, asfixiado, pero pletórico de belleza. Me quedo con cada detalle, los que se ven, los que se ocultan. Me quedo con tu conjunto.

Cada pincelada suelta quizá no diga mucho, todo unido es un recuerdo sólido. Los detalles dan la magia, posibilitan el enamoramiento. El detalle de los rostros previos al sueño, a veces cansados, otras a punto de estallar, nada tienen que ver con los pelos revueltos y las marcas de la sábana al despertar. Ambos son necesarios. El detalle de las galas que se eligen para decorar y agradar, el propio ojo y la mirada ajena, muestra un mundo mínimo de pequeñas cosas que hacen placentero el camino a tu lado. El detalle de la risa, de la cara amplia, del disfrute y la sorpresa, hacen que a veces mi estómago esté a punto de reventar, de una sensación extraña, mezcla de agradecimiento y felicidad. La impotencia que genera el detalle de la voz a punto de llover, cuando el mundo se confabula para raptarte la esperanza, ese momento, lo siento, pero tampoco me lo quiero perder. El detalle del abrazo buscando consuelo ante una preocupación, o sólo como descanso, necesario para olvidar, imprescindible para seguir aferrado, hacen que el abrazado se pueda sentir cimiento, consciente aún de la fragilidad de la que está hecho.
La ciudad, y tú, y yo, tenemos el encanto en la suma de cada detalle. Pero la ciudad, y tú, y yo, a pesar de la belleza que exhibimos, tenemos un mundo de pobreza detrás de las ventanas, pero ese detalle también es necesario para enamorarse del conjunto. La ciudad, en el corazón mismo de aquel país, un país roto, desconchado, asfixiado, pero pletórico de belleza. Me quedo con cada detalle, los que se ven, los que se ocultan. Me quedo con tu conjunto.






