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para abrirte el corazón
Trocitos de mí mismo, jirones de lo que llevo dentro.
Acerca de
Hoy no hace ni frío ni calor, no corre fuerte el viento, no hay nada especial que me haga reintentar esta aventura, sólo el deseo de volcarme... y cada verso es un jirón de piel.
Sindicación
 
Electricidad
No quiero ni pensar en la cara de tonto que se le tuvo que quedar a Benjamin Franklin cuando se le chamuscó su cometa. Cara de circunstancia. Dicen que aquella fue mi cara. Y es que las cosas que no se buscan son las que hacen que algo se nos mueva por dentro, las que prenden fuego y hacen saltar chispas. Mi cometa empezaba a estar chamuscada.

Y quien le iba a decir a Alva Edison que de los filamentos del bambú iba a sacar una bombilla. Y quien me iba a decir a mí que todo aquel mes de julio iba a deparar en un tiempo luminoso, que todas las pequeñas locuras (de las que fui víctima más que partícipe) iban a traerme esta noche aquí.

Poco a poco, con mayor o menor intensidad, como si la vida fuese una lámpara de pie, de esas que ilumina tenuemente, y que con suavidad va adueñándose de la oscuridad de las estancias, mis sentimientos han ido asentándose, asegurándose, y perdiendo el miedo.

Y aunque nunca entenderé la Ley de Ohm, ni los príncipios físicos de la corriente alterna polifásica, sí que entiendo (o al menos eso intento) el subidón que muchas veces me da, y los deseos de abrazar y ser abrazado, porque eso es la electricidad, un fenómeno físico originado por una descarga, por una emoción, por un deseo, que me hace moverme, que me hace desear.

Y muchas veces en este tiempo me he susurrado a mí mismo un "madre mía, madre mía", y aunque a veces he querido salir corriendo, he decidido quedarme. Y porque no me fui por piernas, entiendo la respuesta del niño al final de la película, cuando no tiene palabras, y sólo puede decir que lo que siente al bailar es electricidad. No una razón ni un motivo. No una ley que encajone lo que pasa por su cabeza y su cuerpo. Lo que siente es un impulso a dejar que arda su cometa (aunque nadie pueda borrarle la cara de tonto), aunque puedan no entender lo que hace o lo que siente; lo importante es vibrar, y disfrutarlo. Yo también he ido sintiendo en este tiempo la electricidad, tanto que no importa quedarme eloctrocutado. ¿Bailamos?
 
Raro
Como canta Fito, "...no digo diferente, digo raro".

Así llevo un tiempo, como habitado por alguien que no soy yo, pero que se parece (en lo malo) demasiado a mí.

Así voy, levantándome a la pata coja sobre la derecha, pisando bien firme sobre el parqué, para que nada me salga mal, dispuesto a comerme el mundo. Y muchos días, antes de que llegue el desayuno la vida ya me ha pegado el primer mordisco. Y así paso el tiempo, con un péndulo de Foucault en mitad de mí mismo, que tiene dos efectos pendulares (uno regular, otro caótico) que no se terminan de llevar bien, al menos no en cada uno de mis días.

Y ese huésped malhumorado se ha debido de vacunar con valerianas y orfidales, porque nada le afecta, nada le arredra, y monta escenas de los más almodovarianas, sin percatarse de que se enfrenta al Woody Allen más pasado de tuerca que uno se pueda encontrar.

Y me levanto, y me visto, y me voy. Y me digo lo tonto que soy, me desvisto, y me acuesto. Porque ese yo que no soy yo, me ha convertido en un extraño. Sé que todo pasará, que no hay mal que cien años dure, ni mal que por bien no venga. También sé, que mal de muchos consuelo de tontos. Y todo mis congéneres están como yo, pero a mí no me sirve de nada.

Me siento raro, como salido del cuerpo, como si yo fuera un espectador, y todas estas cosas que me pasan no fuesen más que un cutre y vulgar sainete de los Álvarez Quintero. Y estoy que no me tengo, y estoy que no me aguanto.

Y el cansancio se acumula, y tengo la espalda como el infinito. Hecha un ocho. Y a cada rato me digo "experto en cagarla, no la cagues otra vez". Pero mi yo que no soy yo, al menos no el yo de siempre, se busca un agujero, una grieta mínima en el cemento armado que yo había preparado, y la monta. Y no sabe si sentarse o caminar, si tumbarse o quedarse de pie. Si quedarse o marcharse.

En el fondo es sólo eso. No es que mi yo que no soy yo se vengue de mí, sólo es que estoy raro, con presión, incapaz de gestionar mis emociones. Y en el fondo lo que me apetece es ponerme a llorar, pero un buen rato, un rato largo. Me pondré "La flor de mi secreto", porque con esta bicoca, yo ya no sé soy Leo o Amanda Gris. Yo o una neurosis de mí mismo. El Dr. Jekyll o Mr. Hyde.
 
Corazón
Un profesor (en clase de metafísica) sentenció: "en la vida del ser humano lo (y remarcaba con la entonación) Afectivo es lo (volvía a remarcar) Efectivo". Aquellas palabras se me quedaron grabadas, siendo en muchas ocasiones una máxima para entenderme yo, y para comprender a los otros. A Descartes quizá le sentara como un tiro, pero yo he adaptado muchas veces su famosa frase, y sé que "siento, luego existo". Y en aquella triple división del alma platónica, nunca entendí por qué llamó irascible a la que se ocupa de los asuntos del corazón.

Situado en el tórax, en el centro de nosotros mismos, encargado de darnos la vida (y en ocasiones de restárnosla), se enseñorea el corazón. No sé si los filósofos y pensadores estarían de acuerdo conmigo, pero más allá de todos los dualismos, y de todos los sistemas de pensamiento, el corazón marca cada minuto, tic (sístole)-tac (diástole), y aunque avisan de que hay que tener la cabeza fría y los píes en la tierra, el corazón lleva su propio ritmo, a contra corriente, contra natura, contra todo lo que uno quiere, planea y espera, porque escuché muchas noches de verano sentado al fresco, que el corazón tiene razones que no entiende la razón. Y es verdad. Por eso no es fácil poner en palabras un sentimiento, porque siempre se queda corto, menguado y estrecho. Por que no existen adjetivos que califiquen lo que uno siente cuando ve una sonrisa, y una sonrisa no da beneficios ni a corto ni a largo plazo, como mucho deja un buen sabor de boca. No existen verbos suficientes para expresar lo que a veces se siente, y cada sustantivo que nombra la realidad, a la vez. le quita la esencia.

Yo no puedo explicar con palabras lo que me dice el corazón, si lo intento caigo en los lugares comunes y trillados de las películas de Meg Ryan. Pero sé lo que necesito, porque no es la primera vez que siento cosas, y sé donde radican las diferencias, porque puedo mentir a cualquiera, pero por mucho que lo intente, no tiene sentido mentirme a mí mismo. Por eso el corazón tiene su propia voz, tan distinta de la que nace de la glotis, de la que surge de la conciencia. Por eso al corazón se le puede poner esparadrapo, pero no se calla, aunque a veces no sepa expresarse.

Cantaba Bosé aquello de que "...hay corazones que van despacio, locos y ciegos, buscando su espacio, hay corazones y corazones, y cada cual latirá sus pasiones...". Y el mío late su pasión a veces de forma torpe, a veces como un torbellino, según le place, porque es algo que yo no domino. Y no sé si el corazón es razón suficiente, o si debería tener preparado un arsenal de pequeños raciocinios para convencer, pero supongo que una sonrisa, una mano, una caricia o un abrazo no computan en la balanza. También diré que el corazón es lo primero que se rompe, lo que primero enferma y deja de crecer, y por eso, si un día ves que alguien te regala un nuevo latido y una mano para levantarte, quizá no sean razones de peso pero sí motivos suficientes, intentas que las pasiones vuelvan a latir. Y respetando el silencio que el corazón a veces impone (y como canta Carlos Chaouen), sólo puedo decir "...y tú, ¿qué dices corazón qué me tiendes en sol en plena calle?, y tú, ¿qué dices corazón?, ¡qué te calles, qué te calles, qué te calles!"