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para abrirte el corazón
Trocitos de mí mismo, jirones de lo que llevo dentro.
Acerca de
Hoy no hace ni frío ni calor, no corre fuerte el viento, no hay nada especial que me haga reintentar esta aventura, sólo el deseo de volcarme... y cada verso es un jirón de piel.
Sindicación
 
Empirismo
Muchas veces me ha pasado que he necesitado ver para creer. No me han bastado las razones, tampoco las intuiciones. Yo, como los ingleses del siglo XVIII, necesitaba tener la experiencia, tocar con mis manos, ver con mis ojos. Así me fui enredando en experimentos que nunca me han llevado a ninguna parte, sólo al vacío, el que se queda en las manos que no tocan. Sólo a la oscuridad, la que arrasa los ojos que no pueden ver ya nada. Sólo al silencio, el que oprime los oídos después de tanto ruido. Sólo a la hiel, que se instala en la boca, con un sabor a derrota que no deja paso a la dulzura. Sólo al frío, el que tapona la piel e impide sentir.

Muchas veces me ha pasado que lo tuve delante y no supe verlo. Muchas veces en cada caricia se me estaba regalando un mundo, y en cada silencio una oportunidad. Pero yo seguía en mis trece, buscando las razones objetivas de tanta sinrazón. Y siempre me he empeñado en ir más allá de cada gesto, en sopesar cada mirada, en medir cada tono de voz.

Un día, la vida cansada de gritar a mis oídos taponados, me cruzó con el mayor gesto de amor. Me tienes que odiar y me quieres, me tienes que echar y me acoges. Haces lo contrario a lo que dicta la cordura. El sentido común ha dejado de ser de todos, y ya sólo atiende a tus razones. Mis manos siguen vacías, y mi piel helada y arrasada. Mi lengua sigue siendo un trapo que no articula las palabras. Mis ojos lloran a intervalos luchando por levantar las persianas, y mis oídos no quieren prescindir de tu voz. Sólo tengo el corazón para sentir que me quieres.

No hacen falta más razones.
 
Invierno
Más allá de los márgenes de su piel los termómetros se atrevían a contabilizar los cuarenta grados. Dentro de sus poros, en el centro del estómago, en la base del alma, se había perfilado una gruta cavernosa con las paredes de hielo. El hielo no le anestesiaba. El hueco crecía y menguaba atendiendo a un capricho azaroso, y las paredes de frío se iban apoderando de su corazón.

Copos duros de nieve mansa, despojados del encanto de las postales, se derramaban sobre su cabeza y su ánimo, abriendo brechas en sus sentimientos. Aquel verano fue largo, y como en la canción de Sabina, no paró de nevar, y la nieve dejó un rastro de barro marrón helado que hacía que le fuera imposible caminar, andando desorientado entre las calles de una ciudad en llamas, mientras un frío siberiano le envolvía en cada paso.

Tenía miedo, tanto, que el terror le imposibilitó dejar crecer un suelo de posibilidades verdes, de esperanzas por las que transitar. El frío y el miedo que siente mientras dibuja una esfera con su cuerpo, las piernas cercanas a su pecho, la cabeza baja, llena de vergüenza, tumbado en su cama, se han afincado en el mismo lugar donde la ausencia duele como un árbol sin hojas en las llanuras que sus ojos vieron desde siempre. Árboles de hoja caduca. Sentimientos obligados a pararse en seco, cuando la inercia sólo pide avanzar.

Ya no podría decir te quiero, y las lagrimás, a pesar de su consistencia salina, no pudieron deshacer el hielo que se le formó alrededor de las plantas de sus pies. Este verano con vocación de invierno le arrancó de cuajo la posibilidad de buscar calor por si el invierno frío.

Y mientras la nieve se vierte sin remedio, quiere molestarse en escuchar en el fondo de su cabeza helada, de su amor congelado, el ruido de una máquina quitanieves. No quiere permitirse el lujo de habitar en el invierno.
 
Todo
Todo mi mundo se amontona en una habitación que cada vez es menos mía.
Toda mi vida cabe en la cuarta balda de una nevera vieja sitiada por el hielo. Y ya casi no enfría.
Todos mis amigos se han convertido en mi colchón, pero yo no puedo conciliar el sueño porque alguien me arrancó de un golpe la droga necesaria para dormir.
Todas las fotos golpean mi cabeza y los recuerdos.
Todos los olores me asfixian el sentimiento.
Toda mi esperanza se ha pintado de un verde tan oscuro, demasiado, que se confunde con el fango.
Todas mis lágrimas han vuelto a brotar, a ráfagas intermitentes, y yo pensé que ya no me quedaba más agua en los ojos.
Todo mi miedo y mi dolor se agolpan en la tráquea, anudando mis vías respiratorias, impidiendo que el aire entre, que la voz salga.
Todo mi corazón se ha vuelto a romper, y las piezas están por el suelo, revueltas, confundidas. Perdidas.
Toda mi fe se ha extraviado, y ya no quedan dioses en los que creer.
Todo mi futuro ya no está en el horizonte, ahora es una escalera a la que le faltan algunos peldaños.
Todas mis posibilidades se acurrucan en una mano, suave y dulce si se abre, tosca y agresiva si se cierra.
Todos mis anhelos aspiran a la felicidad que cabe en tu mano.

Todas las capas de la cebolla me pueden condenar al llanto largo, ojalá que no eterno.

Todo el corazón de la cebolla puede ser que esté sangrando.
Todas las heridas cicatrizan.
Toda la sal que ya no cabe en mis ojos te puede ayudar a sanar.