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para abrirte el corazón
Trocitos de mí mismo, jirones de lo que llevo dentro.
Acerca de
Hoy no hace ni frío ni calor, no corre fuerte el viento, no hay nada especial que me haga reintentar esta aventura, sólo el deseo de volcarme... y cada verso es un jirón de piel.
Sindicación
 
Siesta
A la hora del sopor las voluntades se reblandecen, se pierden entre el calor y la inapetencia. La digestión transforma los cuerpos, volviendo las almas pesadas, con una gravidez exacerbada que pide a gritos una tregua. Las camas se convierten en tierras prometidas, en vergeles abundantes.

A la hora de las noticias las mentes piden un descanso, los pies reclaman enfocar al horizonte, y los brazos se pierden entre los pliegues de las sábanas. La respiración se va haciendo lenta, los ojos pesan como fardos. A esa hora muerta donde la vida se toma un descanso.

Debajo de las sábanas donde se extravían mis manos, los dedos se topan con elementos extraños, que también bucean por el mar de algodón blanco en busca de peces que mueran por la boca. Antes del sueño, el preludio de la siesta, un vaivén de pies que se persiguen, de deseos que se encuentran. La siesta respira con jadeos, con intenciones claras de violentar las horas en que todos los otros descansan, ajenos al movimiento que ha convertido en un terremoto la cama. La humedad impone su ley porque es más fuerte, y el sudor se apodera de mi cuerpo, y los rostros acuchillan la almohada, como a mis oídos tus palabras.

El sueño llegará más tarde, como tu presencia, y mientras tanto repaso cada tarde en que hicimos algo más que la siesta, y mis manos se esconden por mi cuerpo, y mi cabeza te idolatra y te dibuja, y repasa de memoria el sabor de todos tus huecos, y necesitaré una balsa para flotar en este humedal blanco y somnoliento. Y después de ti o de tu recuerdo, mis manos se pegan a la cama, mis ojos al sueño. Durante unos minutos no seremos, adormilados en este siesta, en una competición de besos.
 
Lisboa


La ciudad tiene un sabor rancio. Sus calles dan la impresión que se detuvieron en el tiempo, pero no en un tiempo antiguo; más bien pareciera que se hubiesen negado a crecer. Y sin embargo, todo parece muy viejo. Las fachadas se suceden sin concierto: azulejos lustrosos y grietas en los muros. Lo de ayer y lo de mañana conviven hoy dándose la mano, peleando por sobrevivir. Tal vez por imponerse.

Las piernas se te rompen después de pasearla una mañana, y cada rincón te sugiere una foto, y a la vez la descartas porque algo empaña la hermosura que capta el objetivo. Una profunda belleza se esconde en las calles no siempre limpias y en el ruido de los coches que inundan las plazas. El Chiado avanza hacia la modernidad lustrando los adoquines de sus empinadas calles. Graça permite disfrutar de las vistas más maravillosas del río, y detrás se elevan moles de hormigón que se burlan del paisaje. Alfama se desprende por arte de magia del suelo, y aunque no se aprecie en las instantáneas, hay esquinas de las que emana un triste olor a orín.



La ciudad se hace nueva poco a poco, aspirando a ser novedosa. La ciudad lucha por sacarle brillo a los azulejos, y así seguir robando el corazón de quien un día apostó por ella. La ciudad no es bella en su decadencia (la decadencia es la muerte), es hermosa en su intento de ser renovada. Renovarse y mantener la esencia, y seguir ocupando un hueco en el pecho de quien un día en ella confió. La ciudad sigue al pie de los cañones del Castillo de San Jorge, recordándose cada día que ha de seguir en la brecha, vencer a la decadencia, no dejarse morir. Renovarse cada día en el amor de quien la visita, de sus ojos y de su sonrisa. La ciudad se reconstruye, y se recrea en las sonrisas.

Lisboa siempre será un poco tú.