Ausencia
No sé poner palabras, se me quedan atascadas en la faringe, a lo que me cuesta levantarme por las mañanas, a lo eternas que se me hacen las noches. Sigo pendiente del reloj cuando llegan las horas en que me metía en la ducha para ir a buscarte. Ya no hace falta que corra. Tú ausencia pesa como el plomo. Ya no tengo el calor de tus manos..., tus manos, y pasará mucho, mucho tiempo hasta que consiga no acordarme del timbre de tu voz, de tu forma de andar, del mal humor que aveces te arrincona, y de tu sonrisa..., tu sonrisa. ¿Y de qué me sirve saber que el tiempo todo lo cura? Tendré que esmerarme en comprender que merece la pena estar sano.
Le pido prestadas a Aute las palabras que se me atragantan:
"¿Qué va a quedar?"
¿Qué va a quedar de estos días
borrachos de tu presencia
cuando tú seas tu ausencia
y yo mi melancolía?
¿Qué va a quedar de estos días?
¿Qué apetencia tuya y mía
arrastrará el viento loco
cuando le sepan a poco
tu soledad y la mía?
¿Qué apetencia tuya y mía?
¿Qué va a quedarle a la noche
rondándonle por lo oscuro
cuando sea sólo un puro
e interminable derroche?
¿Qué va a quedarle a la noche?
¿Qué rincón de qué jardín
va a acordarse de nosotros
al ver felices a otros
donde nos vio a ti y a mí?
¿Qué rincón de qué jardín?
La huella de tu aliento
será mi aliento,
la huella de tu labios
serán mis labios,
la huella de tu cuerpo
será mi cuerpo,
la huella de tus manos
serán mis manos.

Le pido prestadas a Aute las palabras que se me atragantan:
"¿Qué va a quedar?"
¿Qué va a quedar de estos días
borrachos de tu presencia
cuando tú seas tu ausencia
y yo mi melancolía?
¿Qué va a quedar de estos días?
¿Qué apetencia tuya y mía
arrastrará el viento loco
cuando le sepan a poco
tu soledad y la mía?
¿Qué apetencia tuya y mía?
¿Qué va a quedarle a la noche
rondándonle por lo oscuro
cuando sea sólo un puro
e interminable derroche?
¿Qué va a quedarle a la noche?
¿Qué rincón de qué jardín
va a acordarse de nosotros
al ver felices a otros
donde nos vio a ti y a mí?
¿Qué rincón de qué jardín?
La huella de tu aliento
será mi aliento,
la huella de tu labios
serán mis labios,
la huella de tu cuerpo
será mi cuerpo,
la huella de tus manos
serán mis manos.

Laberinto
Ya no era una niña, tenía edad para salir con chicos, para ser mayor, pero vivía absorta en su mundo de peluches, de cuentos de hadas y de maquetas de mundos fantásticos. Su cuerpo ya no era el de una niña; su corazón sí. Su vida debería dar un paso adelante, su habitación era el País-de-Nunca-Jamás.
Esta tarde, viendo de nuevo la película, me he sentido identificado con aquella muchacha. Se mete en problemas por no saber encontrar el equilibrio, por hacer y decir lo que no debe, aunque en el mismo momento de meter la pata es consciente de que la cosa se va poner fea. Es lo que tienen los adolescentes. Es lo que tengo yo, que parece que me negara a ser mayor de edad, que doy una de cal y otra de arena, y no siempre en la misma proporción. Y de pronto allí está ella, de bruces con el laberinto, con su propio lío metafísico, un espacio donde nada es lo que parece, donde nada se debe dar por sentado.
Y a veces me pasa que me doy cuenta del laberinto que me he montado, de los sentimientos encontrados que se mezclan, da la poquita claridad mental que tengo. Y hace falta analizar bien las cosas, dilucidar convenientemente a donde dirigir cada paso, y otras veces actuar por pura intuición. Lo malo de los laberintos es que se entra fácil, pero a ver cómo se sale. Pero se puede, lo suyo es encontrar el camino.
Una vez fuera de la maraña la muchacha decide que tiene que empezar a deshacerse de todo lo que le prohíbe crecer. Fuera del laberinto, diciendo adiós, ella dice una de esas frases que a mi me gusta recoger, la dirige a sus amigos-marionetas, yo me reservo el derecho de cambiar el destinatario: "a veces, sin saber por qué, siento que te necesito". Yo añadiría, "gracias por ayudarme a salir del laberinto".

Esta tarde, viendo de nuevo la película, me he sentido identificado con aquella muchacha. Se mete en problemas por no saber encontrar el equilibrio, por hacer y decir lo que no debe, aunque en el mismo momento de meter la pata es consciente de que la cosa se va poner fea. Es lo que tienen los adolescentes. Es lo que tengo yo, que parece que me negara a ser mayor de edad, que doy una de cal y otra de arena, y no siempre en la misma proporción. Y de pronto allí está ella, de bruces con el laberinto, con su propio lío metafísico, un espacio donde nada es lo que parece, donde nada se debe dar por sentado.
Y a veces me pasa que me doy cuenta del laberinto que me he montado, de los sentimientos encontrados que se mezclan, da la poquita claridad mental que tengo. Y hace falta analizar bien las cosas, dilucidar convenientemente a donde dirigir cada paso, y otras veces actuar por pura intuición. Lo malo de los laberintos es que se entra fácil, pero a ver cómo se sale. Pero se puede, lo suyo es encontrar el camino.
Una vez fuera de la maraña la muchacha decide que tiene que empezar a deshacerse de todo lo que le prohíbe crecer. Fuera del laberinto, diciendo adiós, ella dice una de esas frases que a mi me gusta recoger, la dirige a sus amigos-marionetas, yo me reservo el derecho de cambiar el destinatario: "a veces, sin saber por qué, siento que te necesito". Yo añadiría, "gracias por ayudarme a salir del laberinto".

Arriesgar
En aquella historia uno lo vio todo (demasiado) claro. La cosa parecía muy fácil, casi como un juego, chasquear los dedos, y todo estaba de frente, una oportunidad que llega, un tren que se coge, un caballo al que subirse. Uno acostumbrado a domar fieras, a resistir tres segundos más subido en el lomo del animal, sorteando los embites, y lamiendo sus heridas después. El otro llevando los caballos por las riendas, bien sujetos, evitando los golpes, ahorrando el último centavo (aquí usamos los céntimos) para escapar de los ranchos, y delimitar bien las fronteras de su propia vida. Pero no es consciente del arancel que ha de pagar.
En aquella historia, en aquel lugar, ambos están hartos de las judias, del rancho pastoso que se vierte de una lata. Uno se resigna, el otro las piensa vomitar. Para uno todo es poco ("...te hecho tanto de menos que a veces no puedo soportarlo..."), pero el otro no sabe cuanto más puede dar de sí ("...ésto no va a volver a pasar..."); y a pesar de todo, cuando algo se rompe, cuando una escisión se define es cuando surge el riesgo, la apuesta.
Cuando me acerqué por primera vez a aquella historia pensé que todo lo que se puede poner en juego es exterior, es un horario, una vida nueva, es enfrentarse a todos y a todo. Pero no. Todo eso resulta anecdótico, lo que cuesta arriesgar está dentro, enraizado en el hábito, cimentando el corazón. Cuesta mucho más arriesgar un sentimiento, una verdad, es más difícil desprenderse de un vicio que adquirir una virtud.
Con los títulos de crédito, mientras sendos lagrimones me dividían las mejillas, una interrogación saboteaba mis pensamientos: ¿hasta dónde seré capaz de arriesgar? Y lo más jodido de todo: en mi mano está alcanzar algo más de felicidad.
Hagan (hago) juego señores.

En aquella historia, en aquel lugar, ambos están hartos de las judias, del rancho pastoso que se vierte de una lata. Uno se resigna, el otro las piensa vomitar. Para uno todo es poco ("...te hecho tanto de menos que a veces no puedo soportarlo..."), pero el otro no sabe cuanto más puede dar de sí ("...ésto no va a volver a pasar..."); y a pesar de todo, cuando algo se rompe, cuando una escisión se define es cuando surge el riesgo, la apuesta.
Cuando me acerqué por primera vez a aquella historia pensé que todo lo que se puede poner en juego es exterior, es un horario, una vida nueva, es enfrentarse a todos y a todo. Pero no. Todo eso resulta anecdótico, lo que cuesta arriesgar está dentro, enraizado en el hábito, cimentando el corazón. Cuesta mucho más arriesgar un sentimiento, una verdad, es más difícil desprenderse de un vicio que adquirir una virtud.
Con los títulos de crédito, mientras sendos lagrimones me dividían las mejillas, una interrogación saboteaba mis pensamientos: ¿hasta dónde seré capaz de arriesgar? Y lo más jodido de todo: en mi mano está alcanzar algo más de felicidad.
Hagan (hago) juego señores.






