Jugar
He decidido jugar, y no con fuego.
Nunca compro décimos de lotería, salvo en Navidad. No hecho monedas a las tragaperras, odio el sonido a fiesta cutre que desprenden; además, tengo miedo de incorporar la ludopatía a mi conjunto de adicciones. Nunca he apostado nada, y sé que los cartones de las tómbolas sólo sirven para alfombrar de restos la calle. Tengo que estar muy seguro para yo jugar a algo (al Trivial quizá, no hay quien me levante el quesito rosa), sé que tengo mal perder, y lo más triste de todo, me da pánico ganar. Suena ilógico, ¿verdad?
Además, ¿por qué nadie juega de la misma manera al parchís?
No jugar me mantiene al margen, como un mero espectador. No me involucro, y no me duele. No siento ni padezco, no corro riesgos.
Me hizo gracia su presencia, desgarbada, como un junco, alta, inhiesta. Una sonrisa que llevo mucho tiempo recordando. Y sé que me puede salir el tiro por la culata, pero esta vez tengo que arriesgar, porque no sólo juego yo, también te estoy haciendo jugar. Yo marco las reglas, yo hago las preguntas. Juego con ventaja, pero tú siempre ganarás. Contesta bien al cuestionario, tendrás el premio.
Gracias por jugar.

Nunca compro décimos de lotería, salvo en Navidad. No hecho monedas a las tragaperras, odio el sonido a fiesta cutre que desprenden; además, tengo miedo de incorporar la ludopatía a mi conjunto de adicciones. Nunca he apostado nada, y sé que los cartones de las tómbolas sólo sirven para alfombrar de restos la calle. Tengo que estar muy seguro para yo jugar a algo (al Trivial quizá, no hay quien me levante el quesito rosa), sé que tengo mal perder, y lo más triste de todo, me da pánico ganar. Suena ilógico, ¿verdad?
Además, ¿por qué nadie juega de la misma manera al parchís?
No jugar me mantiene al margen, como un mero espectador. No me involucro, y no me duele. No siento ni padezco, no corro riesgos.
Me hizo gracia su presencia, desgarbada, como un junco, alta, inhiesta. Una sonrisa que llevo mucho tiempo recordando. Y sé que me puede salir el tiro por la culata, pero esta vez tengo que arriesgar, porque no sólo juego yo, también te estoy haciendo jugar. Yo marco las reglas, yo hago las preguntas. Juego con ventaja, pero tú siempre ganarás. Contesta bien al cuestionario, tendrás el premio.
Gracias por jugar.

Débil
Hay películas (también canciones, poemas, libros...) que se te agarran al pecho. Cómo un constipado de vías bajas, cuesta arrancar esa sensación de ahogo, porque tienes la sensación de que te oprimirá y que va a faltar el aire. Hay películas (como ésta) que hablan de un final, de algo imposible, de un desatino. Y hay formas de contar historias (como en esta película) que importa más lo que ves que lo sucede.
Puede ser una historia de amor y abandono vulgar, pero los ojos de los protagonistas siempre están a punto de desbordarse, y siempre llueve en Londres, y no todos han decidido sacar el paraguas a pasear. El tiempo se fracciona, se divide, deja de existir, vemos la misma escena muchas veces, pero cada vez desde unos ojos distintos, porque el amor y sus finales nunca pueden observarse con la misma óptica.
Es una historia que habla del final, de lo último, de la incapacidad para perdonar y de la necesidad de la redención. Pero ante todo es la historia de una debilidad. A veces necesitas unos ojos (muy concretos) que te miren, unas manos (esas, y no otras) que te amasen, una boca (solo una) que te bese, y todo lo demás es vagabundear bajo la lluvia, a veces resguárdandote, otras sin protección alguna.
El gran problema del amor es tener que desenamorarse. Ella cuando ha de marcharse, víctima de su promesa, le dice a él , "el amor no se acaba porque dejemos de vernos". Se lo ha prometido a Dios y a sí misma. Algunos minutos más tarde dirá, "soy débil para cumplir mis promesas". Yo también.
He leído muchos libros, he visto demasiadas películas. Pero algo se descubre en las palabras que escriben o declaman otros, una verdad profunda sobre uno mismo: "soy débil para cumplir mis promesas".

Puede ser una historia de amor y abandono vulgar, pero los ojos de los protagonistas siempre están a punto de desbordarse, y siempre llueve en Londres, y no todos han decidido sacar el paraguas a pasear. El tiempo se fracciona, se divide, deja de existir, vemos la misma escena muchas veces, pero cada vez desde unos ojos distintos, porque el amor y sus finales nunca pueden observarse con la misma óptica.
Es una historia que habla del final, de lo último, de la incapacidad para perdonar y de la necesidad de la redención. Pero ante todo es la historia de una debilidad. A veces necesitas unos ojos (muy concretos) que te miren, unas manos (esas, y no otras) que te amasen, una boca (solo una) que te bese, y todo lo demás es vagabundear bajo la lluvia, a veces resguárdandote, otras sin protección alguna.
El gran problema del amor es tener que desenamorarse. Ella cuando ha de marcharse, víctima de su promesa, le dice a él , "el amor no se acaba porque dejemos de vernos". Se lo ha prometido a Dios y a sí misma. Algunos minutos más tarde dirá, "soy débil para cumplir mis promesas". Yo también.
He leído muchos libros, he visto demasiadas películas. Pero algo se descubre en las palabras que escriben o declaman otros, una verdad profunda sobre uno mismo: "soy débil para cumplir mis promesas".






