Distancias
Hace poco leí en un libro un problema de lógica (materia para la que cada vez estoy más convencido de no estar preparado). Este problema me hizo pensar, fue como la solución, la bombilla que se te encendería encima de tu cabeza si fueses un dibujo animado. En el problema de lógica se la pedía a una alumna que diera su opinión sobre lo siguiente:
"Supongamos que entre dos personas A y B, hay dos metros de distancia. Y A quiere acercarse a B, pero en cada paso ha de cubrir exactamente la mitad de la distancia total que le resta para alcanzar a B. El primer paso es de un metro, el segundo de medio metro, el tercero de un cuarto de metro. Cada paso de A hacia B será más pequeño, y la distancia se irá reduciendo en una progresión eterna, pero lo sorprendente del caso es que, manteniendo la premisa de que cada paso sea equivalente a la mitad de la distancia total que los separa, por más que avance, A nunca llegará a B".
¿Fatalidad? ¿Lógica aplastante? A veces la distancia es un abismo. Hay grietas que, por muy cerca que uno crea estar, son longitudes insalvables. Al menos queda el consuelo, como al final de la película (después de décadas de andar dando pasos para no estar nunca juntos), en que Robert le dice a Barbra: "estás estupenda, te has vuelto a dejar el pelo rizado", y ella, con una mueca que se debate entre la resignación y la tristeza, apela: "así es como lo llevo cuando puedo ser yo misma". Se dan la espalda y desandan todos sus pasos. El abismo sigue estando en medio, la perspectiva, una mínima, pero insondable distancia.

"Supongamos que entre dos personas A y B, hay dos metros de distancia. Y A quiere acercarse a B, pero en cada paso ha de cubrir exactamente la mitad de la distancia total que le resta para alcanzar a B. El primer paso es de un metro, el segundo de medio metro, el tercero de un cuarto de metro. Cada paso de A hacia B será más pequeño, y la distancia se irá reduciendo en una progresión eterna, pero lo sorprendente del caso es que, manteniendo la premisa de que cada paso sea equivalente a la mitad de la distancia total que los separa, por más que avance, A nunca llegará a B".
¿Fatalidad? ¿Lógica aplastante? A veces la distancia es un abismo. Hay grietas que, por muy cerca que uno crea estar, son longitudes insalvables. Al menos queda el consuelo, como al final de la película (después de décadas de andar dando pasos para no estar nunca juntos), en que Robert le dice a Barbra: "estás estupenda, te has vuelto a dejar el pelo rizado", y ella, con una mueca que se debate entre la resignación y la tristeza, apela: "así es como lo llevo cuando puedo ser yo misma". Se dan la espalda y desandan todos sus pasos. El abismo sigue estando en medio, la perspectiva, una mínima, pero insondable distancia.

Mudanzas
La amiga del amigo de un amigo relataba su flirteo con un casado, padre de una niña, de su empresa. A ella al principio le tocaba más las narices que el corazón, pero ahora reconoce que se pone guapa para que él la vea por las mañanas, y se intercambian e-mails con retales de Pessoa. Todos se rien con o de ella, vete tú a saber. A mí no me hace gracia, me entristece esta historia, como todas las historias condenadas a la nada. El amigo de mi amigo, le dice, y lleva más razón que un santo: "Déjate de tonterias, que ya estamos en edad de romper matrimonios".
A esta edad, en la que sólo cuentas tú para ti mismo, en la que llega un momento en que te da lo mismo ocho que ochenta, a esta edad ya no se respeta nada, en ocasiones ni a uno mismo. No hay matrimonio que se ponga por medio. Porque ya tenemos una edad en que nos lo merecemos todo.
Mientras todos reían con los chistes de la amiga del amigo de mi amigo, yo pensaba en que como siga por ese camino lo tiene chungo. Me vienen a la cabeza esos momentos en que no te ahorras una ilusión, en que desgranas las frases más bonitas, en que te miras varias veces al espejo por la mañana. Yo pensaba en el final, en las camas vacías. En mi cama. Mi cama solitaria. Y mientras pensaba en aquello, ha salido del cedé la voz de María Jiménez, y era como si todas las frases que escribió Sabina las dijera yo. Estoy haciendo las maletas. Me mudo. Todavía no sé muy bien a donde, sólo sé que a esta edad me toca vivir solo.
"Con dos camas vacías" (Joaquín Sabina)
Ni tú bordas pañuelos ni yo rompo contratos,
ni yo mato por celos ni tú mueres por mí,
y antes de que me quieras como se quiere a un gato
me largo con cualquiera que se parezca a ti.
De par en par te abro las puertas que me cierras,
me cuentan que el olvido no te sienta tan mal,
la paz que has elegido es peor que mi guerra,
lo que pudo haber sido, lo que nunca será.
Yo, en cambio, nunca supe ir a favor del viento
que muerde las esquinas de esta ciudad impía,
pobre aprendiz de brujo que escupe al firmamento
desde un hotel de lujo, con dos camas vacías.
¿Quién hará mi trabajo debajo de tu falda?
la boca que era mía, ¿de qué boca será?
el roto de tu ombligo ya no me da la espalda
cuando pierdo contigo las ganas de ganar.
Aunque nunca me callo, guardo un par de secretos,
lo digo de hombre a hombre, de mujer a mujer.
Ni me caso con nadie, ni me pongo amuletos,
por no tener no tengo ni edad de merecer.
Maldita sea la tinta que empapa mis papeles,
maldita la tercera persona del plural,
las uñas que se clavan allí donde más duele,
el rimel que se corre cuando toca llorar.
Como pago al contado nunca me falta un beso,
siempre que me confieso me doy la absolución,
ya no cierro los bares ni hago tantos excesos,
cada vez son más tristes las canciones de amor.
A esta edad, en la que sólo cuentas tú para ti mismo, en la que llega un momento en que te da lo mismo ocho que ochenta, a esta edad ya no se respeta nada, en ocasiones ni a uno mismo. No hay matrimonio que se ponga por medio. Porque ya tenemos una edad en que nos lo merecemos todo.
Mientras todos reían con los chistes de la amiga del amigo de mi amigo, yo pensaba en que como siga por ese camino lo tiene chungo. Me vienen a la cabeza esos momentos en que no te ahorras una ilusión, en que desgranas las frases más bonitas, en que te miras varias veces al espejo por la mañana. Yo pensaba en el final, en las camas vacías. En mi cama. Mi cama solitaria. Y mientras pensaba en aquello, ha salido del cedé la voz de María Jiménez, y era como si todas las frases que escribió Sabina las dijera yo. Estoy haciendo las maletas. Me mudo. Todavía no sé muy bien a donde, sólo sé que a esta edad me toca vivir solo.
"Con dos camas vacías" (Joaquín Sabina)
Ni tú bordas pañuelos ni yo rompo contratos,
ni yo mato por celos ni tú mueres por mí,
y antes de que me quieras como se quiere a un gato
me largo con cualquiera que se parezca a ti.
De par en par te abro las puertas que me cierras,
me cuentan que el olvido no te sienta tan mal,
la paz que has elegido es peor que mi guerra,
lo que pudo haber sido, lo que nunca será.
Yo, en cambio, nunca supe ir a favor del viento
que muerde las esquinas de esta ciudad impía,
pobre aprendiz de brujo que escupe al firmamento
desde un hotel de lujo, con dos camas vacías.
¿Quién hará mi trabajo debajo de tu falda?
la boca que era mía, ¿de qué boca será?
el roto de tu ombligo ya no me da la espalda
cuando pierdo contigo las ganas de ganar.
Aunque nunca me callo, guardo un par de secretos,
lo digo de hombre a hombre, de mujer a mujer.
Ni me caso con nadie, ni me pongo amuletos,
por no tener no tengo ni edad de merecer.
Maldita sea la tinta que empapa mis papeles,
maldita la tercera persona del plural,
las uñas que se clavan allí donde más duele,
el rimel que se corre cuando toca llorar.
Como pago al contado nunca me falta un beso,
siempre que me confieso me doy la absolución,
ya no cierro los bares ni hago tantos excesos,
cada vez son más tristes las canciones de amor.





