Oportunidad
La segunda vez que se encontraron tuvo miedo de su desnudez, porque en su espalda podía leerse, como si de un documento en braille se tratara, todo el dolor que durante años había acarreado consigo. Aquel látigo de cuero trenzado no era más que la expresión material de una fusta invisible con la que había decidido castigarse desde hacía ya demasiado tiempo, y las heridas recientes que todavía escocían en su dorso eran la manifestación de unas llagas más profundas que asolaban una parte de su cuerpo que ni siquiera tenía forma, ni ubicación, acaso alguna circunvolución cerebral que todavía no se podía intuir en las tamografías.
La segunda vez que se vieron sintió vergüenza, una náusea recorrió su vientre, ascendió por su esófago y pujó por salir fuera de su boca, con un ansía fuerte por vomitar su propia vida; una vida en la que se aferró al masoquismo, como los perros apaleados del conductismo, única posibilidad de llenar el hueco huérfano y el colchón abandonado, de salir a flote de la tormenta, sin saber que las brazadas no le llevaban a la superficie.
La segunda vez que cruzaron sus caminos, no se lo pensó dos veces, y prefirió exhibir las rojeces y las magulladuras, y de repente se vio confensando la verdad, una verdad que le duele cada vez que la recuerda. Se abandonó a la sumisión y al despropósito, y no encontró la madera a la que asirse. Su cuerpo se vio roto y ajado por un cilicio, y en aquellas manos que no siempre eran hábiles supo que podía encontrarse, recomponerse, reconstruirse.
La segunda vez que sus cuerpos se mezclaron, percibió que en la mezcla no se disolvería, que como en un buen plato, el resultado final no camuflaría ninguno de los ingredientes, y que sólo hacía falta alguien que tuviese el paladar educado para saber reconocer cada sabor, y nombrarlo.
La segunda vez que se abrazaron fue el preámbulo de la tercera, y a su vez ésta el prólogo de la cuarta, y en cada abrazo los jirones fueron cicatrizando, la piel tomó tersura. Y a veces las cicatrices se resienten, pero otras comprenden la importancia de los abrazos. Y no puede verse como una víctima, porque buscó el dolor y los golpes, porque fue su propio verdugo, sólo delegó la ejecución a otras manos.
La segunda vez que se saborearon entendieron que hay lugares cuya geografía es la silueta de un cuerpo humano, cuya ley es facilitarse el rumbo y que el mar se confunde con la saliva. Y en aquella cama, que no era suya, encontró lo que en tantas camas anduvo buscando: la oportunidad de no recibir más latigazos, la posibilidad de encontrarse a sí mismo dentro de otros brazos. Y ahora asume que puede ser, que está obligado a no depender, que el miedo es el peor amo.
La segunda vez que se vieron sintió vergüenza, una náusea recorrió su vientre, ascendió por su esófago y pujó por salir fuera de su boca, con un ansía fuerte por vomitar su propia vida; una vida en la que se aferró al masoquismo, como los perros apaleados del conductismo, única posibilidad de llenar el hueco huérfano y el colchón abandonado, de salir a flote de la tormenta, sin saber que las brazadas no le llevaban a la superficie.
La segunda vez que cruzaron sus caminos, no se lo pensó dos veces, y prefirió exhibir las rojeces y las magulladuras, y de repente se vio confensando la verdad, una verdad que le duele cada vez que la recuerda. Se abandonó a la sumisión y al despropósito, y no encontró la madera a la que asirse. Su cuerpo se vio roto y ajado por un cilicio, y en aquellas manos que no siempre eran hábiles supo que podía encontrarse, recomponerse, reconstruirse.
La segunda vez que sus cuerpos se mezclaron, percibió que en la mezcla no se disolvería, que como en un buen plato, el resultado final no camuflaría ninguno de los ingredientes, y que sólo hacía falta alguien que tuviese el paladar educado para saber reconocer cada sabor, y nombrarlo.
La segunda vez que se abrazaron fue el preámbulo de la tercera, y a su vez ésta el prólogo de la cuarta, y en cada abrazo los jirones fueron cicatrizando, la piel tomó tersura. Y a veces las cicatrices se resienten, pero otras comprenden la importancia de los abrazos. Y no puede verse como una víctima, porque buscó el dolor y los golpes, porque fue su propio verdugo, sólo delegó la ejecución a otras manos.
La segunda vez que se saborearon entendieron que hay lugares cuya geografía es la silueta de un cuerpo humano, cuya ley es facilitarse el rumbo y que el mar se confunde con la saliva. Y en aquella cama, que no era suya, encontró lo que en tantas camas anduvo buscando: la oportunidad de no recibir más latigazos, la posibilidad de encontrarse a sí mismo dentro de otros brazos. Y ahora asume que puede ser, que está obligado a no depender, que el miedo es el peor amo.
Comentario:
La vida rara vez da segundas oportunidades, así que cuando aparecen lo mejor es aprovecharlas (eso dicen...)
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Esta funcion amo esclavo... ¿todavía estamos con esas?
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Que razón tienes. El miedo es nuestro peor enemigo. El miedo nos hace autodestruirnos. El miedo nos anula como personas. El miedo nos hace tomar decisiones equivocadas. Natalia también da en el clavo: si se consigue superar el miedo, se sale mucho mas fuerte. Eres una persona nueva.
Comentario:
A veces se esta tan perdido, q son necesarios otros brazos para encontrarse
Un beso
Un beso
Comentario:
El amor ahuyenta el miedo y, recíprocamente el miedo ahuyenta al amor.
Mil besos.
Mil besos.
Comentario:
Hola Luar !!!
Has vuelto a dejarme alucinado !!! que manera de escribir y sentir, fascinante !!
Abrazos enormes !!!
Has vuelto a dejarme alucinado !!! que manera de escribir y sentir, fascinante !!
Abrazos enormes !!!
Comentario:
Encontrarse y perderse en unos brazos que dan y recibe...sin depender!!
Mil bikos.
Mil bikos.
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q bonito! Poder encontrarse en otros brazos.. sin duda el miedo es el peor amo, bien q lo sé.. Ahora q todo me va bien, el miedo hace intentos por arrebatarmelos.. pr yo soy más fuerte. bessos





