Porqué soy libre...
Todo lo valioso, por su propia definición, requiere de altos precios.
¿Qué puede haber más valioso que la libertad?
Así dicho, es una palabra vacía, de significado impreciso, que se presta fácilmente a la demagogia. Definir la libertad es una tarea tan compleja que se puede utilizar casi de cualquier manera.
Yo sí sé lo que es la libertad, al menos la mía.
Consiste en no venderse nunca, en no engañarse nunca. Seguir siempre el propio criterio, la forma que tengo de ver el mundo, con sus definiciones del honor, el coraje y la justicia. Comprendo que quizá no serían compartidas por mucha gente, pero eso da igual. Lo importante es conocerlas claramente y seguirlas con las dudas naturales que supone el aplicarlas en situaciones cambiantes y confusas, pero al menos hacerlo sin autoengaño ni autoindulgencia.
Honor, no atacar a alguien más débil, no ceder ante intimidaciones, no buscar beneficios que se paguen con lo que corresponde a los demás.
Coraje, seguir adelante cuando más miedo se tiene.
Justicia, procurar mantener el equilibrio entre los derechos y deberes que todos disfrutamos o deberíamos disfrutar.
Soy un samurai.
Con el mismo amor por la muerte, lo cual es un vicio lamentable, pero necesario cuando no se sabe qué es lo que tendrás que pagar con la vida.
Y la misma sensación de soledad profunda, densa como la oscuridad, pero igual de dulce.
Y esa fascinación por la espada, que va dentro del tuétano de los huesos y que solo se nota al asirla, como si por fin hubieras encontrado el único lugar al que realmente perteneces.
Qué bien, haber encontrado por fin tu lugar. Aunque solo sea al borde de ese abismo que se abre al final de todo. Sola ante el universo, en el cual nos disolveremos en la paz de la nada.
La paz de la nada.
Creo que me he enamorado...

Yo como siempre tan romántica... ;-)
Al ralentí
Nos pasamos buena parte de la vida luchando desesperadamente por llegar a sitios que de pronto, un poco más adelante en el camino, se nos antojan fútiles.
Sin embargo lo peor no es esto, sino que la sospecha sobre el significado del resto de las cosas a las que aspiras y sin las cuales parece que te vas a morir, se extiende como la proverbial mancha de aceite.
Luego viene el parón.
Has conseguido buena parte de lo imprescindible. Te has hecho a la idea de que el resto no está a tu alcance y hasta te parece que en realidad nunca lo quisiste. Lo que tienes se ha convertido en algo habitual y cotidiano, tanto que ni te acuerdas de lo mal que lo pasaste hasta conseguirlo.
Y ahora, ¿qué?
¿Qué es lo que quieres ahora?
Te has convertido en un vulgar abuelo. Cuando deseas algo, la primera palabra que te viene a la mente es “salud”. Mala cosa, porque significa que los jodidos achaques ya han llegado. Si te planteas conseguir algo, el listado de cosas que no se pueden sacrificar en el intento se ha alargado hasta llenar un cartapacio, en el que se incluye la siesta, tus libros de ficción favoritos y no se qué más cosas que te ocupan mucho tiempo pero sin las cuales no puedes vivir. Ah, y el sofá, esa trinchera inexpugnable de la vida madura.
En fin, que tu vida ha entrado en una especie de ralentí que genera mucha contaminación de todo tipo, pocas satisfacciones en velocidad, mucha comodidad y poco desgaste.
O sea, has envejecido, por ponerlo en menos palabras.
Pero hay que joderse, no cambiaba yo esta época de mi vida por casi ninguna cosa.
Bueno, sí, por un sofá más grande, claro.
Feliz Navidad, hermanos. Y que el año próximo no sea un naufragio.
Amanece
Amanece, es martes.
Hoy nada parece como todos los días. El sol escala el firmamento, inunda las fachadas como una marea rubia, trepa con firmeza por los árboles, las estatuas. Pero algo indefinible ha cambiado.
Todo está lleno de vida. Se nota como un pulsar hondo en las calles, en el aire, miles de corazones que marchan con su ritmo sincopado camino de alguna parte. ¿A donde? Yo que sé.
Llevo viendo esto casi mil años, y eso parece muy poco. Son apenas tres letras, y quizás por eso carezca casi de significado. Quizás también, es que nadie ha vivido tanto. Un vez me dijeron que había un olivo milenario en el Patio de los Naranjos de la Mezquita de Córdoba. Fui a verlo y aspirando el aroma del azahar, me di cuenta de que en algún momento podríamos haber existido, nacido, juntos. Lo vi tan retorcido, tan muerto, que sentí una extraña simpatía por sus ramas atormentadas. Quien sabe si de algún modo, mis brazos resecos, donde apenas circula la savia de la vida, son como los suyos y mi aspecto real es también patético y moribundo.
Porque yo estoy muerto o eso dicen. Ando por las calles, respiro si quiero ese mismo aire contaminado que comparto con las gentes de este siglo, les miro pasar con toda su prisa... pero mi mente se queda con el olivo, con su apariencia de vida detenida, casi mineral. Yo soy ese olivo.
La sangre es la vida, o eso dicen. En realidad, la vida es sólo esta ajetreada fugacidad de los que no se atreven a pensar en la muerte. Ella les espera, imparcial, objetiva, constante. Sólo los que nos hemos escapado de ella sabemos que en realidad da igual, porque la vida es sólo un pulular de insectos camino de ninguna parte, un delirio de la mente enferma del enjambre.
Y yo lo se muy bien, porque he ido a casi todas partes. He bebido toda la sangre que he querido. Pero la vida me elude del mismo modo que la muerte. Soy un ser mineral, como el olivo, y retuerzo mis ramas al lado del fresco rumor del agua, entre el denso olor de los naranjos.
Tengo casi mil años, y no estoy vivo. Ellos están ya casi muertos, teniendo en cuenta el poco tiempo que les queda, a pesar de sus deseos.
Amanece y es sólo un día más. Tengo sed, y necesito beber. Cuando lo haya hecho, descansaré en la noche profunda del tiempo y pensaré si esto que hago tiene algún sentido. Porque del mismo modo que ellos se ajetrean de modo absurdo de un lado para otro, yo vivo pendiente de esta sed que no se acaba, de esta muerte que no llega, de esta sinrazón que es lo único que me queda en común con los humanos.
Soy un vampiro. Tengo sed. Y aún es martes.
El amor
Ya sé que es la pregunta del millón, pero ¿qué es el amor? Todo el mundo parece enloquecer por tenerlo, pero bien pensado, también enloquece por muchas otras estupideces.
El amor ha tenido mucha suerte. Culturalmente, se ha convertido en un producto de lujo. Mueve millones, en la literatura, la música y el cine, que apenas pueden existir sin hacerle un homenaje pequeño, grande o regular. Todos los aceptamos como invitado estrella en cualquier cosa que tenga que ver con el ocio, y no cuestionamos su presencia jamás.
Yo, francamente, pese a ser una ávida lectora de novela romántica, no creo en el amor. Y que conste que no es una pose “maldita” para hacerme la interesante. Creo firmemente en el sexo y en los intrincados lazos que la pasión traza entre todas las condiciones y sexos. Creo en la empatía, ese curioso crujir de corazones al unísono. Pero lo entiendo todo como pasiones fútiles, que nacen con los días contados, y que responden con dificultad a las medicinas que les aplicamos para revivirlas.
El ser humano nace con la condición implacable de su soledad. La cultura inventa miles de artilugios para endulzar esa situación, para negarla, reinterpretarla o eludirla. Pero nada funciona. Lo más importante que hacemos, además de nacer, es morir, y las dos cosas las hacemos solos. Mirad cualquier cuna de bebé. Está allí solo, sin su madre, indefenso, a expensas del mundo. Porque su madre ya existe sin él y él sin ella, o sea, la condición de la soledad ha aparecido mientras se hacía humano y persona.
Por eso el amor es un paréntesis tan celebrado. Mientras dura, sentimos la ilusión de no estar solos, de fundirnos con otra persona, de volver a algún útero cálido y deliciosamente húmedo y además lo hacemos con una intensidad feroz, que nos transmuta en un oro de valor incalculable. En esos momentos, nada nos supera.
Pero claro, como todas las fantasías, tiene que terminar. No hay velo que no se desgarre frente a la tormenta de todos los días, no hay espejismo que al andar hacia él no se descubra. Algún día, al mirar a los ojos de la persona que amamos, descubrimos que allí hay otra persona que sufre, que tiene miedo, que está sola. Que se engaña, que padece pequeñas o grandes indignidades del cuerpo y también miserias del alma. El espejo se ha roto, Alicia ha salido del sueño, y todos nos despertamos como ella, recordando la sonrisa misteriosa del gato con sus promesas de infinitud.
El amor no existe, pero por eso mismo, hay que disfrutar el rato que lo tenemos y luego dejarlo ir sin rencor. Como sólo es una patraña, debemos ir a él relajados, como a un buen teatro, a asistir a una función que nos anima a seguir vivos y como medicina para endulzarnos los tragos amargos de la vida nos imparte continuamente.
Hay otros sentimientos más hondos, que sí lanzan fuertes cuerdas de amarre entre los seres humanos, tan fuertes, que a veces no se pueden romper. Pero esos sentimientos no son populares, no son estéticamente vistosos, no se les dedican apenas canciones. La piedad, la compasión mutua por los seres sufrientes que somos; la amistad, que nos permite navegar por la vida con eso tan valioso que es la compañía; la fe, que no tiene que ser en un dios, sino que puede dirigirse a muchas otras cosas. Todos estos sentimientos son poderosos, se mantienen vivos frente a las inclemencias de la vida y el tiempo y posiblemente nos permitirán apoyarnos con fuerza en ellos.
Pero claro, no los podemos pintar en una postal y llevan mal el que se los embadurne con poesía. No se prestan bien al maquillaje y desfilan mal en cualquier pasarela. No podemos hablar de ellos sin parecer unos patanes de pueblo, sospechosos de reaccionarismo, aunque curiosamente, el amor es un sentimiento tan poco revolucionario, más bien un dulce opio que el poder administra con largueza, por ser barato.
Nos merecemos lo que nos dan, la verdad. Por no mirarnos desnudos al espejo, y ver lo que hay, que es poco y mucho, malo y bueno, desastre y maravilla a partes iguales. Un mono en pelotas, un animal pensante, una anomalía del universo.
Un ser humano. Solo.
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