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El hilo de Ariadna
Burbujas de aire y sol arrastradas por el viento, caen los minutos lentamente
Acerca de
Mis aficiones son muy variadas, me gusta la literatura de género (fantástico, histórico, policíaco, romántico, etc), la historia militar y el arte, sobre todo la arquitectura y la pintura. También me gusta la fotografía, aunque de esto ya no practico, y sí mi marido, del que subiré algunas fotos. La música por supuesto, escucho de todo, desde flamenco y clásica, hasta los Smashing Pumpkins. Me fascina el Japón medieval, leo todo lo que puedo sobre él, como puede verse también por el diseño que he escogido para el blog. Otro tema que me fascina es la historia y problemática de la mujer y sí, pese a quien le pese, me confieso feminista.
Sindicación
 
Amanece

Amanece, es martes.

Hoy nada parece como todos los días. El sol escala el firmamento, inunda las fachadas como una marea rubia, trepa con firmeza por los árboles, las estatuas. Pero algo indefinible ha cambiado.

Todo está lleno de vida. Se nota como un pulsar hondo en las calles, en el aire, miles de corazones que marchan con su ritmo sincopado camino de alguna parte. ¿A donde? Yo que sé.

Llevo viendo esto casi mil años, y eso parece muy poco. Son apenas tres letras, y quizás por eso carezca casi de significado. Quizás también, es que nadie ha vivido tanto. Un vez me dijeron que había un olivo milenario en el Patio de los Naranjos de la Mezquita de Córdoba. Fui a verlo y aspirando el aroma del azahar, me di cuenta de que en algún momento podríamos haber existido, nacido, juntos. Lo vi tan retorcido, tan muerto, que sentí una extraña simpatía por sus ramas atormentadas. Quien sabe si de algún modo, mis brazos resecos, donde apenas circula la savia de la vida, son como los suyos y mi aspecto real es también patético y moribundo.

Porque yo estoy muerto o eso dicen. Ando por las calles, respiro si quiero ese mismo aire contaminado que comparto con las gentes de este siglo, les miro pasar con toda su prisa... pero mi mente se queda con el olivo, con su apariencia de vida detenida, casi mineral. Yo soy ese olivo.

La sangre es la vida, o eso dicen. En realidad, la vida es sólo esta ajetreada fugacidad de los que no se atreven a pensar en la muerte. Ella les espera, imparcial, objetiva, constante. Sólo los que nos hemos escapado de ella sabemos que en realidad da igual, porque la vida es sólo un pulular de insectos camino de ninguna parte, un delirio de la mente enferma del enjambre.

Y yo lo se muy bien, porque he ido a casi todas partes. He bebido toda la sangre que he querido. Pero la vida me elude del mismo modo que la muerte. Soy un ser mineral, como el olivo, y retuerzo mis ramas al lado del fresco rumor del agua, entre el denso olor de los naranjos.

Tengo casi mil años, y no estoy vivo. Ellos están ya casi muertos, teniendo en cuenta el poco tiempo que les queda, a pesar de sus deseos.

Amanece y es sólo un día más. Tengo sed, y necesito beber. Cuando lo haya hecho, descansaré en la noche profunda del tiempo y pensaré si esto que hago tiene algún sentido. Porque del mismo modo que ellos se ajetrean de modo absurdo de un lado para otro, yo vivo pendiente de esta sed que no se acaba, de esta muerte que no llega, de esta sinrazón que es lo único que me queda en común con los humanos.

Soy un vampiro. Tengo sed. Y aún es martes.