Al ralentí
Nos pasamos buena parte de la vida luchando desesperadamente por llegar a sitios que de pronto, un poco más adelante en el camino, se nos antojan fútiles.
Sin embargo lo peor no es esto, sino que la sospecha sobre el significado del resto de las cosas a las que aspiras y sin las cuales parece que te vas a morir, se extiende como la proverbial mancha de aceite.
Luego viene el parón.
Has conseguido buena parte de lo imprescindible. Te has hecho a la idea de que el resto no está a tu alcance y hasta te parece que en realidad nunca lo quisiste. Lo que tienes se ha convertido en algo habitual y cotidiano, tanto que ni te acuerdas de lo mal que lo pasaste hasta conseguirlo.
Y ahora, ¿qué?
¿Qué es lo que quieres ahora?
Te has convertido en un vulgar abuelo. Cuando deseas algo, la primera palabra que te viene a la mente es “salud”. Mala cosa, porque significa que los jodidos achaques ya han llegado. Si te planteas conseguir algo, el listado de cosas que no se pueden sacrificar en el intento se ha alargado hasta llenar un cartapacio, en el que se incluye la siesta, tus libros de ficción favoritos y no se qué más cosas que te ocupan mucho tiempo pero sin las cuales no puedes vivir. Ah, y el sofá, esa trinchera inexpugnable de la vida madura.
En fin, que tu vida ha entrado en una especie de ralentí que genera mucha contaminación de todo tipo, pocas satisfacciones en velocidad, mucha comodidad y poco desgaste.
O sea, has envejecido, por ponerlo en menos palabras.
Pero hay que joderse, no cambiaba yo esta época de mi vida por casi ninguna cosa.
Bueno, sí, por un sofá más grande, claro.
Feliz Navidad, hermanos. Y que el año próximo no sea un naufragio.