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Coolkiku
Os escribo una carta larga porque no tengo tiempo de escribiros una corta.
Sindicación
 
MI PRIMA MARISA Y SU ADONIS (1ª PARTE)
El otro día fui a comer a casa de mis padres... no es que esto tenga una importancia tan grande como hacer un artículo sobre ello, pero los hechos ocurridos me dejaron tan marcada que no he podido remediar el hacerlo.


La comida transcurrió con la normalidad en la que suelen hacerse: comemos con la tele puesta e intentamos buscar algo de polémica para dar ambiente al asunto, parece que si no discutimos por algo, ya no es lo mismo, no tiene gracia.


Cuando mi padre se ha comido hasta las patas de la mesa (no he visto en mi vida persona que trague tanto) y ya ha hecho la sobremesa que él cree oportuna, entonces es cuando se retira al salón y se sienta en su sofá a dormitar.


Nosotras nos quedamos en la cocina a charlar. En realidad mi madre se pone a recoger y fregar los cacharros. Yo, desde que no vivo con ellos, me siento una invitada y dejo que sea ella quien lo haga. Mientras hace sus quehaceres, yo me siento en el mayor de mis disfrutes fumándome un piti y ojeando el Diez Minutos (típica revista que ni lees, ni compras y que además criticas a quien lo hace, pero que una no puede evitar empollarse si cae en sus manos). Comento con mi madre la gentuza que sale en esas revistas y pasamos de un tema a otro sin sentido alguno.


En un momento dado, la madre que me parió, sin pudor ni anestesia y sabiendo como me pongo cuando tengo que sociabilizarme con el resto del mundo, va y me suelta que en cuestión de una hora vendrá mi prima Marisa a tomar café.


Yo monto en cólera, juro en arameo, se me hincha la yugular, los ojos se me inyectan en sangre y comienzo a echar algo de espuma por la boca. No soporto a mi prima Marisa desde que tengo uso de razón o mejor dicho, desde que siendo crías le enseñé a jugar a las damas e inmediatamente me ganó catorce veces seguidas.


En cualquier caso y obviando el detalle de las damas, mi prima siempre ha logrado sacarme de mis casillas. Es uno de esos seres grimosos y blanquecinos (ya sé que yo no soy precisamente la mulata de Oklahoma) que siempre andaba lloriqueando, que la adolescencia la pasó en su habitación llena de osos amorosos y que siendo jovencitas, se permitió el lujo de criticarme por llevar minifaldas que enseñaban hasta lo que no estaba escrito, cuando ella, llevaba enormes faldas escocesas con pelotillas que picaban sólo con mirarlas.


Se escandalizaba y santiguaba cuando veía a dos desconocidos besándose y me contaba ruborizada que alguna compañera de su instituto, se había magreado con algún muchachito. Yo, buena de mí, intenté abrirle los ojos y hacerle ver que eso era ley de vida, que su compañera era una afortunada y que yo tenía una lista de novios que llegaba hasta Lima y que ella, por su propio bien, debía de hacer lo mismo. Pero no, se perturbaba muchísimo e incluso, tengo entendido, que hasta llegó a rezar por mí y por el encarrilamiento de mi vida (para mi que no rezó mucho y si lo hizo, lo hizo jodidamente mal).


Gracias a Marisa mis padres se enteraron de que yo fumaba. Maldita la hora que le enseñé el paquete de Fortuna que guardaba en mi mesita de noche. Le faltó tiempo a la muy perra para ir con el cuento a mis padres a los que cuales, les faltó tiempo también para armar el GRAN ESCÁNDALO FAMILIAR.


Ese incidente y alguno que otro más de la misma guisa, me hizo no volver a querer nada de tan insensata criatura que se escandalizaba con lo más mínimo. Aquella con la que no podía compartir nada y que con el paso del tiempo, en bodas, bautizos, comuniones y últimamente funerales, había conseguido revolverme el estómago con esos modelitos de hilo tan estúpidos como ella.


El caso es que cuando ya no me quedaba aliento para seguir criticándola y hasta había implorado al mismísimo diablo para que no se diera lugar la cita, pregunté a mi madre cual era el motivo de tan estimable visita. Mi madre, que aún no había dicho ni palabra, me contestó con voz temblorosa que vendría con su novio (¡SU NOVIO!) para presentárnoslo.


“¡¿Qué Marisa tiene novio?!”. Oh cielos!, esa fue la gota que colmó el vaso, mi prima no podía tener novio, ¡si es el ser más indeseable del mundo!.


- Acabas de arruinarme la vida, mamá. Si Marisa tiene novio, entonces algo muy malo debí de hacer en mi vida anterior para que se me castigue de este modo.
- ¡¡Pero si a ti te duele la boca de decir que no quieres novio!!
- Ya, pero tampoco quiero que ella lo tenga...


La parte buena llegó cuando mi querida madre me contó que al susodicho le había conocido a través de un chat (bueno, creo dijo “chas” o algo así, pero lo entendí perfectamente. Son muchos años ya). Entonces yo me descojoné, me despeloté y me meé de la risa, me di golpes en la barriga e hice como si llorara del carcajeo. Me faltó dar tres vueltas de campana, pero una ya está mayor para eso, me llega a pillar más joven y a Dios pongo por testigo que hasta hago el pino puente en el aire.


Cuando terminé de hacer tan dantesco numerito y comprobé que mi madre me miraba con cara de “Señor, ¿qué he hecho yo para parir ser tan idiota?”, me encendí otro piti e hice que me relajaba sólo para sonsacar algo más de información.


Me contó poco, realmente no sabía casi nada: que se habían conocido chateando, que él era navarro y que se había venido a vivir a Madrid para estar cerca de ella.


¿Qué tipo de pirado podía hacer algo así por la prima Marisa? Me estaba costando mucho trabajo entenderlo, de hecho, a día de hoy, sigo sin comprenderlo. Algo raro debió de hacer ella... algo muy extraño, de eso estoy segura. Vayan ustedes a saber si no le hizo algún conjuro para que él se quedara a su lado hasta la eternidad (siempre fue un poco bruja). Claro que, tendríamos que ver como era él.. ¡ja!.., la verdad es que según lo iba pensando, la cita iba prometiendo, podía reírme mucho con tan conmovedora historia de chat digna de un reality show de andar por casa.


Cuando sonó el timbre de la puerta, mi madre me dijo de la forma más diplomática que pudo, que me comportara, que sólo iba a ser un rato y que me mostrara lo más amable que supiera y/o pudiera. ¡No sé como se atrevió a darme este tipo de pautas con la edad que tiene una ya!.


Yo, haciendo caso a mi madre, me comporté de la forma más educada con la que supe reaccionar ante tan patético evento: me quedé repanchigada en la silla y subí el volumen de la televisión.


Les estaba oyendo presentarse, besarse, decirse estúpidos cumplidos y me estaban entrando ganas de vomitar. Pero aguanté... aguanté cual campeona y dilaté como pude el saludarles hasta que no me quedó más remedio y les tuve delante.


Mi cara debió de ser todo un poema porque mi madre me lanzó una mirada asesina que me hizo reaccionar, creo que incluso, se me debió de abrir la boca... Delante de mis ojos tenía a EL HOMBRE. Cualquier adjetivo adulador era poco para semejante criatura y yo, con esos pelos.



¡Qué hombre, señores, qué hombre!. Un mortal de ojos verdes, enormes manos, pelo alborotado con toda la gracia del mundo y una barba de tres días que le hacía más encantador aún... Iba perfectamente vestido, yo no hubiera elegido mejor atuendo para él. Para colmo de males, era adorable y lucía una dentadura perfecta, unos labios magistrales y todo eso y más que no quiero mencionar para no parecer que babeo delante de la pantalla de mi ordenador (creerme si os digo que lo estoy haciendo). Estaba viendo al mismísimo Adonis y le amaba, me había enamorado de él sólo con mirarle. Cuando abrió la boca, al amor se le sumó la pasión, la perversión y hasta se me despertó de un golpe mi escondido instinto maternal.





Su cara me resultaba conocida y enseguida caí en la cuenta: era el hombre que mi imaginación siempre utilizó para todo tipo de pensamiento erótico.


¿Qué enorme fallo tendría?, no creo que fuera físico, porque de nuevo, mi poderosa imaginación y mi desvergüenza, dejó que intuyera que lo que escondía entre las piernas era tan grandioso como él (o más).


¿Cómo semejante criatura se había fijado en Marisa teniéndome a mí en la familia que al menos era más simpática que ella?. Creo que, hasta en el lecho de mi muerte, dedicaré una milésima de segundo para hacerme esta misma pregunta.


Ella, tan estúpida como siempre, aprovechaba cualquier oportunidad para descalificarme y ridiculizarme, recordando momentos de nuestra infancia, adolescencia y juventud que hasta yo quería olvidar. Pero había dado con tremendo grano en el culo, porque yo no quise quedarme atrás y me encargué de defenderme de la mejor manera que pude: ridiculizándola a ella también. En cuestión de minutos, el café se había convirtiendo en una lucha de titanes para demostrar quien era la más imbécil de las dos.


“Pues tenéis un tremendo parecido físico” dijo el Adonis, “con esas palabras la has cagado. Vuelve a decir eso y de aquí me voy a Corporación Dermoestética a cambiarme el careto”, pensé. Pero le perdoné semejante insultó, creo que el pobre lo único que quería hacer era apaciguar el ambiente discrepante que había. En cualquier caso, algo tenía que decir ante tremenda barbaridad; sólo fui capaz de pronunciar: “¿estás seguro de lo que dices?, porque mira que cada vez que nos vemos, yo termino pensando que una de las dos es una bastarda”.


Mi madre pegó un grito y me soltó dos insultos que no me atrevo a repetir por respeto a mis lectores. Creo que esta madre mía perdió los papeles y es que, la pobre, nunca se termina de acostumbrar. Hasta ella misma se avergonzó de su comportamiento, porque rápidamente pidió disculpas al Adonis y a su bicho por el lenguaje que había utilizado. Yo, intenté arreglarlo diciendo que era broma, pero la verdad sea dicha: los tres me miraron con bastante mala cara.


Afortunadamente se incorporó mi padre y con su presentación, se pudo distraer un poco el asunto. Al pobre, le hacía tanta gracia como a mí aguantar el petardeo de la prima Marisa. Con lo bien que estaba él en su sofá con la manta por encima...


No sé de que modo el Adonis y mi padre entablaron una conversación que les estaba resultando la mar de interesante. Hablaban de cámaras de fotos, diafragmas, sensibilidades de carretes, objetivos polarizadores... y me di cuenta de los ojitos melosos que ponía mi padre y de la falta que le hacía al pobre mío tener un yerno. “Pero no te preocupes papi, sólo tengo el pequeño inconveniente de la prima Marisa y cuando lo tenga solucionado, me encargo de agenciarnos a este chico de yerno para ti y de pareja para mí”, rumié.


El caso es que, mientras ellos tenían una charla ágil y entretenida, en la cual yo no podía participar ya que para mí, un diafragma no es otra cosa que un método anticonceptivo, la sensibilidad es una capacidad de percibir sensaciones y un carrete es una charla bastate pesada, pues intenté captar la atención de mi madre, la cual me ignoró de una forma bastante cruel. A mi prima Marisa no quería ni mirarla así que decidí irme a otro planeta a imaginar alguna que otra cosa. Tuve una visión: dos tenedores clavados en cada ojo de mi prima y yo haciendo un estupendo favor al Adonis mientras ella, gritaba de dolor y terror con la cara cubierta de sangre. Mis padres no estaban en la quimera: eso ya hubiera sido demasiado degenerado.


No podía más que tener pensamientos macabros con ella y eróticos-festivos con él. Aprovechaba cualquier oportunidad para entablar cualquier pequeña conversación con el Adonis y que la otra no nos molestara, pero estaba siendo muy difícil, con tanta familia incordiando estábamos siendo mucho más que multitud.


Estuve apunto de ponerme delante suya y levantarme la camiseta mientras hacía lo más parecido a un baile brasileño, pero me contuve, no creo que hubiera quedado muy decoroso. Pensé también en la posibilidad de tirarle el café por encima y limpiárselo a lametazos, pero también deseché esa idea, me hubiera tomado por una fresca (ja,ja,ja), así que opté por la posición pasiva: esperaría a recibir mensajes ocultos de él...


Los mensajes parecía que estaban tardando en llegar, de hecho creo que nunca llegaron. Me temo que lo que imaginé que eran guiños, tan sólo eran pestañeos y que sus miradas hacía mi persona no eran otra cosa que miradas de espanto por la cantidad de chorradas que estaba soltando gracias a mi nerviosismo y a la torpeza que me caracteriza cuando alguien me gusta más de la cuenta.


Pero quemé mis últimos cartuchos y me convertí en una especie de fulana cutre-luxe a la que daba pena mirar. Pero que fuera lo que Dios quisiera... y lo que Dios quiso en esos momentos es que yo me sintiera la persona menos deseada del planeta aparte de la más imbécil. Todas mis insinuaciones y patéticos movimientos sólo dieron un resultado: la indiferencia del Adonis y el regocijo de mi prima Marisa que tan estúpida no debe de ser, porque convencida estoy de que se dio cuenta de mi malograda actuación.





Cuando la pareja feliz se marchó y mi padre volvió a su sofá a taparse con la manta, mi madre, sin ningún tipo de compasión por mi bajada de autoestima, soltó todo tipo de improperios por el comportamiento que había tenido.


- ¡Sólo te ha faltado bajarle los pantalones y hacerle...!
- ¿Y hacerle qué, mamá? –me entró la risa, no lo pude evitar, estaba realmente enfadada conmigo-
- ¡Hacerle nada!, me haces perder hasta mis buenos modales...
- Andaaa, picaronaaa, ¡qué hasta tú has pensado lo mismo que yo al ver semejante hombre!, ¿eh?


Ahí se terminó el dialogo, porque a partir de ese momento todo fueron reprimendas y desaprobaciones por mi actuación. En algún momento dado, incluso llegó a mencionar algo de la herencia, pero en ese momento ya estaba yo en el infierno quemándome en mi propia miseria. ¿Dónde está el apoyo de una madre cuando más lo necesitas?.


Camino a mi casa, con el rabo entre las piernas (ya me hubiera gustado a mi que fuera literal) y con la humillación por vestimenta, no pude evitar hacer una parada en PC City para preguntar precios de ordenadores y ya que estaba en el tema, que me informaran cuales eran esos chats donde personas como mi prima, encuentran a tipos guapos y estupendos. El dependiente me miró con cara rara, así que para que no pensara que estaba chiflada, le conté la historia de mi prima Marisa y su Adonis. Me entendió perfectamente, porque dijo algo así como “que mala tu prima, mira que echarse un tío bueno por novio, ¿dónde ha quedado la delicadeza de la gente?...”, “¡eso, eso!, ya veo que tú me entiendes, seguro que a ti te ha pasado algo parecido, ¿verdad?”.


Cuando salí de la tienda, pude ver por el rabillo del ojo como el dependiente había cogido del hombro a su compañero y me señalaba descojonado de la risa.


Sólo me quedó irme a mi casa y llamar a mi amiga la cual sí que me entendió perfectamente. Rápidamente dio con la solución: Aún podía reventarles la boda... y eso iba a hacer.


¡¿Quién dijo que yo era una rabiosa?! ;-)

 
CLASES DE INGLÉS
Lo siento, que me perdonen los Dioses del Olimpo pero no puedo con los tipos que usan chaleco y se ponen una camisa de cuadros debajo. Es que acabo de ver uno y se me han puesto los pelos como escarpias y un nudo en el estómago al pensar que estos son los que quedan en el “mercado”. Este es el mismo tipo de hombre que se cuelga un cordel del cuello con un bic azul. El mismo, y no otro, que usa pantalones de pinzas color granate brillantes por el uso.


Mis sospechas me dicen que es el que me llevaría a veranear a un estupendo apartamento en Torrevieja y por las tardes daríamos grandes caminatas por el paseo marítimo para comprar en los puestos, un llavero decorado con conchitas de playa. Cenaríamos sardinas en la terraza de debajo de casa y por las mañanas iríamos a la playa con toda su familia al completo que, curiosamente, se compone de cinco mil miembros.


Sin olvidar los fines de semana en el pueblo al que tiene que ir religiosamente para hacer alguna chapucilla en la casa de vete tú a saber quien (siempre se le ha dado muy bien la brocha gorda) y mentando, como no, esas Semanas Santas viendo la procesión de “los coloraos” y llevándome después a comer caracoles a ese estupendo bar lleno de jarras de cerveza procedentes de todos los países (es que el dueño es muy internacional) y bufandas de equipos de fútbol que se caen de la mierda que tienen.



Es el mismo que dice que su trabajo es ser “oficinista” y claro que lo es, ya lo creo, se pasa sus ocho horas (ni un minuto más) en su puesto de trabajo, meneando su culito rechoncho por los pasillos, poniendo a caer de un burro a su superior (no soporta que sea una mujer) y tiene su mesa llena de expedientes amarillentos con manchas de salchichón.


La hora de la comida es la mejor, porque no baja a comer ¡no!, ¡eso nunca!, se trae siempre su tupperware, con sus cubiertos, su servilleta bien dobladita y se prepara la mesa de trabajo que ya quisiera el mejor restaurante de la zona. Y es que los cheques restaurante que da la empresa no los usa, esos son para los fines de semana gastarlos en “La Gran Muralla” del que es cliente habitual desde el año 1983 que se inauguró, ¿para que ir a otro restaurante teniendo al chino Juan que es de completa confianza y que da un trato tan cordial?.


Pero claro, miro a mi alrededor y las opciones no creáis que son mucho mejores. También encuentro al extremo contrario, al maravilloso tipo engominado que tiene a su familia viviendo en cualquier capital de provincia que se te ocurra y que el muchacho ha conseguido hacer carrera en Madrid. Trabaja en la mejor consultora internacional y me pone la cabeza como un bombo cuando se pone a hablarme del maravilloso mundo del padel. Los fines de semana son agotadores porque nos podemos pasar tres horas y media buscando un parking que sea digno de su flamante coche al que trata como si fuera la extensión de su pene.


El lado bueno es que te infla de sándwiches de Mallorca, porque él se gasta sus cheques restaurantes allí (aunque él sí come fuera, pero como es tan, tan, tan, afortunado le sobran cheques porque la mayoría de los días le invitan a zampar). Pero claro, el lado malo está cuando tú compras los dichosos sándwiches en Rodilla, parece que has cometido un pecado mortal. Monta en cólera porque esos no son tan buenos como los que él trae. Ese día me voy a la cama con tremendo empacho de queso con nuez y salami. Me paso la noche repitiéndome que la próxima vez no debo ser tan rabiosa y comérmelos todos de golpe porque él no quisiera ni probarlos. Eso sí, él se va a la cama con más hambre que un peluquín, que se joda.


El terror llega cuando se pone a hablar de sus compañeros del CEU: esos chavalines que el que menos ronda ya los treinta y cinco años. Batallitas estupendas de borracheras, fiestas de la primavera, partidas de mus... Uf, grandes esfuerzos hay que hacer para no dar un cabezazo contra la mesa.


Las vacaciones con él son muy estresantes, porque también hay playa para rato y a mí se acaban las ideas de como tapar mi celulitis y no dejar ver que su maldita madre tiene cien veces mejor cuerpo que yo a pesar de que me triplique la edad. Sus hermanas están bronceadísimas y delgadísimas y yo intentando descifrar lo que dicen porque creo que no hablan mi mismo idioma. Me temo que es un problema de vocalización.


El mejor, sin duda, es el padre: ese empresario de renombre que se toma los whiskies doblados cuando llega la noche y me mira con cara de compasión. El que entre pestañeos me transmite que salga de esa familia en cuanto pueda y creo entenderle decir "¡corre!, ¡huye!, ¡sal de aquí antes de que te resulte demasiado tarde!".


Yo no paro de rezar ni un instante para que no me hagan volver a jugar al tenis, lo paso realmente mal, no consigo hacerles entender que a mí sólo me enseñaron a jugar al balón prisionero, que yo no me bronceo como ellos, que mi adicción a fumar no es buena para hacer tanto deporte y que tengo que estar en la sombra porque, para mi desgracia, soy persona y me quemo con el sol. Pero ellos lo pasan bomba dale que te pego a las pelotitas, parece que no se cansan nunca los jodios. Termino con el padre tomándome un Campary en la sombra, sin hablar y mirándoles, esperando que revienten del agotamiento.



¡Pero cómo habla inglés mi muchacho, cómo lo habla! da gusto oírle cuando le intenta explicar a un americano como ir al Retiro desde la Gran Vía. Mi chico, con su admirable inglés, le dice paso por paso lo que tiene que hacer, cada semáforo que tiene que cruzar. Se desvive y aprovecha para apuntarle que él también vivió en EE.UU. y poco le falta para recitarle todos los estados por orden alfabético. Luego me mira orgulloso y me dice que debo mejorar mi inglés, y yo voy y le contesto que si acaso yo le digo que debe mejorar su técnica para taparse el cartón que por mucho que se engomine se le sigue viendo. Ya tenemos bronca. La próxima vez me callo.


No puedo sin más olvidar al tipo alternativo con el que los días con él son como pasar un examen de estar a la moda, ¡qué presión!.


Mis horas laborales las dedico a leerme el “mondo bizarro” o el “z for zero” para que no pille en ningún renuncio, pero al final siempre lo consigue. No sé como explicarle que yo nunca me aprendí todos los héroes de los cómics, que yo con superman me conformé y que en mi adolescencia veía Candy Candy y que la verdad, me encantaba. Que no consigo entenderle cuando me dice algo como “fulanito es un líder rebelde interplanetario que se autodefine humildemente como un soldadito galáctico, está entre nosotros desde 1986 encarnado en el cuerpo de un ser humano”, a lo que yo contesto “chico, ¿eres idiota o te diste un golpe en la cabeza?. Otra bronca, si es que no me callo.


La parte buena llega cuando vas de compras con él... Imposible comprarse algo en una tienda normal y corriente. No, hay que ir a todas las malditas tiendas de segunda mano de la ciudad... y es que a una le gusta ir a una tiendecita de estas, incluso a dos... pero a la décimo cuarta me siento Mercedes Alcántara recién salida de Cuéntame.


Los aperitivos veraniegos no los tomamos en un terraza como todo hijo de vecino, hay que sentarse en el puto suelo para luego quedarme jodida con cistitis del frío que he pillado. Eso sin comentar que de estar sentada en tan fastidiada postura, se me quedan las piernas dormidas y cuando me levanto me pego tremendo guarrazo. En dos segundos soy el hazmerreir de todo el maldito lugar. Muy alternativos sí, pero no tienen consideración.


Un buen día parece que has encontrado al chico perfecto con el que no sientes que te tienes que saber todas las capitales del mundo, al que tampoco le gustan los caracoles, al que le encanta la música que escuchas y sus despertares no son apestosos. Ese tipo que le encanta tu ropa y te sabe aconsejar, el que lleva un abrigo de espiga en invierno que dan ganas de subirse a su chepa para venerarle. Con el que una se va un martes a ponerse ciega de tostas y de vino tinto, el que se parte de risa con tus chistes y tiene el punto de degeneración perfecto. Ese que se sienta en las sillas, que odia Torrevieja y que le importa un cojón si hablo bien o mal el inglés.


Pero claro, todo tiene su truco y este no iba a ser menos. Un buen día, mientras me encuentro tirada en el sofá de su casa y acaba de terminar Cine de Barrio, te dice algo así como “¿cariño, me acompañas a buscar a mi diler”? y yo, inocente de mi, sólo se me ocurre contestar “¿Lidl? Hay un supermercado Lidl por aquí cerca? ¿qué quieres comprar?”. Inmediatamente él se descojona de la risa, me acaricia la cara haciendo un gesto de “eres un angelito” y me explica que un diler no es otra cosa que un camello. Ahí me doy cuenta de que tengo que apuntarme, con urgencia, a clases de inglés.


En cuestión de un segundo ves pasar ante tus ojos las últimas citas con él y comprendes un cúmulo de situaciones. Caes en la cuenta de por qué eran las ocho de la mañana y él estaba fresco como una lechuga y con pocas ganas de dormir. Que esos enormes ojos negros que se le ponían no era otra cosa que su iris se había convertido en una enorme pupila negra. Entiendes que él nunca se cansara cuando yo estaba hecha una piltrafa y el cabrón fuera de un lado a otro como si llevara un petardo en el culo... e, idiota de mí, caigo en la cuenta de lo que quiso decir cuando soltó “menuda fiesta me pegué gracias a la farmacia”... Y yo pensando que se había comprado dulcolaxo supositorios porque sufría de estreñimiento.


Inmediatamente dejo de contestarle el teléfono, no contesto a sus mails, no le abro la puerta y camino de puntillas por mi casa. No quiero saber nada de él y busco piso por otra zona. Mientras, sustituyo los libros de mi mesita de noche por el "Manual de drogodependencias", "Psicosociología de la juventud drogadicta", "La adicción a la cocaína. Tratamiento, recuperación y prevención" y el mejor de todos: "Ese chico que se droga es mi hijo".


A las dos semanas ya se me ha pasado la paranoia y puedo volver a contestar el teléfono con total normalidad y sin sufrir temblores. Entonces es justo cuando me pilla y por error le contesto. Él se sorprende mucho de que esté viva y yo, que no soy tan ocurrente como él gracias a la farmacia y otras ayudas químicas, le digo que no he podido hablar en todo este tiempo porque mi perro se comió los deberes.


En fin... ¡cómo está el mercado!.


Saludos cordiales.