MI PRIMA MARISA Y SU ADONIS (2ª PARTE)
Han pasado ya dos meses desde mi primer encuentro con el Adonis y mi prima Marisa. En todo este tiempo han ocurrido cosas que no es que hayan sido precisamente de medalla por mi buen comportamiento, porque la verdad, si quisiera tener mi orgullo en su sitio, no me pondría a escribirlas y me callaría como una puta y haría creer al personal que mi vida es estupendísima y nada patética. Pero como no tengo nada mejor que hacer y una vez me dijeron que escribiendo nuestras propias mierdas se eliminaban tensiones, pues voy, lo planto como quien planta un pino y me quedo más ancha que larga. Probablemente no sea el mejor legado que pueda dejar a mis nietos, pero teniendo en cuenta que al paso que llevo no voy a tener nietos, ni perro que me ladre, pues tampoco me preocupa demasiado.
El caso es que después del incidente en casa de mis padres, creé un estado de alerta máxima y código rojo. Convoqué terapia de grupo con mis dos amigas y les expuse el “problema”. Llegaron a la conclusión de que mi obsesión por el Adonis no era otra cosa que un empeño en tener algo que no podía conseguir. Me dieron a entender que sufría de envidia y que debía de tener un trauma infantil que me hacía desear todo lo que tenía Marisa. Eso sí, también me mostraron su apoyo en aprovechar cualquier mínima oportunidad para beneficiarme al Adonis. No había dolor ni prima hermana que valiera. En el sexo y el amor todo vale, es una guerra como otra cualquiera y la verdad, mis sentimientos hacía Marisa eran del tamaño de una mota de polvo y a mi el cuento ese de “sangre de mi sangre” me importa un comino. Además, ¿quién me jura a mi que de verdad es sangre de mi sangre?, todo es susceptible de poner en duda.
Las tres sabíamos que el problema no tenía solución, aunque bien es verdad que para llegar a la conclusiones sacadas de mi persona, no hacía falta ir a la escuela. Eso sí, me ahorré sesenta euros de consulta en el psicólogo (aunque me gasté otros tantos pagando rondas y rondas de cañas que misteriosamente luego se convirtieron en mojitos).
Llamarlo obsesión, trauma o llamarlo “x”, pero el caso es que el maldito Adonis no se me quitó de la cabeza durante muchos días, incluso semanas. Me importaba un pito si lo que tenía era un trauma o si era la más envidiosa del planeta. Tampoco me preocupaba que me hubiera obsesionado con algo que no podía tener. Lo que sí me quitó el sueño y me hizo dar un millón de vueltas en la cama, era el pensar que Marisa, siendo tan patética como era, se había llevado a un tipo que para mí, aún casi sin conocerle, reunía todas las condiciones para ser el hombre de mi vida. Que dicho caballero no estaba a mi lado, ni me calentaba la cama por las noches, sino que estaba preparando su boda con la otra cerda mientras yo seguía rodeándome de patanes que no me valían ni para calentarme las manos.
No sé si como dicen mis amigas fue el querer tener algo que no estaba a mi alcance, no sé si fue lo que llaman un flechazo (evidentemente, sólo por mi parte) o que me pilló ovulando y con un exceso de feromonas. Probablemente fuera una mezcla de todo eso o seguramente sea que me falta una hervor. Yo me inclino por la opción de que por ese entonces, no tenía nada mejor en lo que pensar y que pasaba por una época bastante vacía y sin preocupaciones. El caso es que yo pensaba en él... y mucho. Nunca, aunque parezca mentira, dejé de ser consciente de que me encapriché de un tipo al que no conocía absolutamente de nada.
Rara vez un hombre me obsesiona de esa manera, la verdad es que he de reconocer que nunca me había pasado algo igual. Justo ahora, mientras escribo esto, he llegado a la conclusión de que lo que realmente me pasaba es que el haber cumplido los treinta hizo mella en mi cerebro atrofiado por los excesos y eso es lo que me hizo comportarme de una forma tan estúpida... o mejor dicho: me hizo comportarme de una forma más estúpida aún de la que suelo tener.
Pero bueno, sinceramente me daba igual, sea lo que fuere a mi se me había metido el maldito Adonis en la cabeza y sólo podía barajar tres opciones:
a) Olvidarme de él (opción recomendable)
b) Intentar algo con él (opción nada recomendable ya que las posibilidades de éxitos eran cero pelotero).
c) Esperar a que mis oraciones y plegarias dieran su fruto (opción poco recomendable teniendo en cuenta los escasos éxitos anteriores)
Gracias al cielo aún me quedaba un poco de cordura y mi cerebro no estaba del todo atrofiado. Me incliné por la opción “a” y opté por quedarme quietecita. También gracias a la sabiduría de mi madre que aprovechaba cualquier pequeña oportunidad para darme el noticiero con los estupendos planes de la parejita feliz: “me ha contado la tía Ana, que Marisa y su chico se han comprado una ático de 180 m2 en pleno barrio de Salamanca”. “Me ha dicho Marisa que este fin de semana se ha ido a conocer a su familia y que son todos encantadores y que él viene de muy buena cuna”. “Me acabo de enterar de que él la ha regalado un solitario de Cartier que cuesta más que toda tu casa con muebles incluidos”. ¡Aaarrg!, ¡joder!, ¡esto es poner a prueba mi instinto asesino y lo demás son tonterías¡. No me vais a negar que todo eso no es demasiado bonito como para ser verdad.

Pero yo me hice fuerte como las rocas e intenté reducir las conversaciones con mi madre. Hice ver que todos esos planes estupendos, no me afectaban en absoluto y salí del paso como buenamente pude. Eso sí, no pude evitar soltar un “a mí como si se tiran de un decimocuarto”. “Mi barrio no lo cambio por el puto barrio de Salamanca”. “No me gustan los áticos”. “Puaj, Cartier, menuda mariconada”.
¡Mentira!, mentira podrida era todo lo que yo soltaba por mi boca, pero era eso o ponerme a gritar de rabia mientras me hacia el harakiri.

Bien es verdad que cuando contaba todas estas lindeces a mis amigas y las examinábamos al dedillo, siempre llegábamos a la misma conclusión: como un chico con tanto dinero, tan guapo, tan listo, tan todo, había llegado a recurrir a un chat para conocer a una chica. No sólo eso, sino que como un tipo con todas esas cualidades, se había fijado en Marisa que tenía la gracia en el culo.
Eso sí, una cosa era evidente, yo podía poner en duda ese amor y criticarlos hasta hartarme, pero lo que estaba claro es que ellos estaban juntos y que aparentemente estaban formando un futuro "súper mega guay" mientras yo tenía muñones por dedos de tanto comerme las uñas de la rabia.
El caso es que cuando por fin conseguí distraerme con otros menesteres y volví a hacer mi vida anormal, mi madre volvió a llamar para darme el noticiero. Esta vez para comunicarme que habían decidido juntarnos a toda la familia al completo para que el puto Adonis (consiguió ganarse el adjetivo de lo cansino que ya se estaba poniendo el asunto) y la zorra de mi prima nos dieran las invitaciones del bodorrio del año.
Volvía a tener tres opciones:
1) Desaparecer del mapa y no asistir a la reunión familiar (75% recomendable si no quería volver a hacer el ridículo).
2) Inventarme una enfermedad contagiosa que me impidiera ir al evento (25% de posibilidades de que alguien me creyera teniendo en cuenta mis antecedentes inventándome enfermedades para no asistir a reuniones familiares).
3) Asistir al evento con mis mejores galas y por lo menos darme el gustazo de ver al Adonis (25% conveniente ya que no tenía buenas galas y sólo iba a conseguir que ver al Adonis, me creara otro cortocircuito en mi cerebro).
Pensé largo y tendido sobre el tema y volví a crear alerta máxima y código rojo. Mis amigas me recomendaban que fuera a la reunión familiar y que me gastara todos mis ahorros en un modelazo que dejara al puto Adonis con la boca abierta y que a la petarda de Marisa se le quitaran las ganas de volver a convocarme para otra reunión familiar. Me recomendaron que aprovechara cualquier pequeña oportunidad para darle un restregón y que tenía que quemar mi último cartucho antes de que los dos pringados se casaran. También aprovecharon para decirme que a ver si con un poquito de suerte me lo tiraba y me quedaba tranquila, porque ya me estaba poniendo muy pesada con el asunto y que me estaba quedando medio gilipollas y obsesiva con el temita.
Sopesé los pros y los contras y a la mañana siguiente me levanté con la decisión tomada: iba a ir a esa comida, le pesara a quien le pesara, y en la medida de lo posible, iba a intentar no hacer ningún tipo de ridículo. Esta vez no iba a hacer caso de mis listas con porcentajes y me iba a dejar llevar por mi instinto femenino.
He de decir que si tuviera que hacer una relación de las cosas que más odio hacer, en una de las cinco primeras posiciones se encontraría comer, cenar o reunirme con toda mi familia al completo y máxime cuando se trata de mi familia materna, que es la saga donde se encuentra Marisa.
Esta saga es como Faunia, en ella nos encontramos los más raros especimenes que os podáis imaginar. Marisa se lleva el premio a la más petarda pero no es el único miembro de esta familia de la que me podía tirar horas hablando y no daríais crédito a lo que os cuento pero ese, es otro tema.
Tenemos bichos raros para dar y regalar y me consta que todos pensamos lo mismo de todos. Pero una cosa os aseguro, jamás de los jamases he hecho yo un mínimo amago de querer reunirme con ellos sabiendo, a ciencia cierta, que ninguno nos soportamos. Que me corten ahora mismo los dos brazos si yo alguna vez he hecho el más pequeño intento de que todos nos juntemos para demostrarnos que todo sigue igual que siempre, sin aguantarnos. Pero no, ellos de vez en cuando se empeñan en quedar con lo que eso conlleva: dolor de cabeza asegurado por la cantidad de berridos, chillidos y gritos cual cerditos en mataderos, que pegan los monstruos cuellicortos hijos de mis primas. Por mi vida os juro que es de lo más insoportable que he vivido yo.
Esta familia materna que tengo se destaca por ser la familia con mayor número de mujeres que existe. Todas somos primas salvo uno. El pobre primo que siempre asiste acojonado y que tan sólo se limita a meterse un chuletón de Ávila de kilo y medio entre pecho y espalda y a asentir o negar con la cabeza. Yo siempre he apostado porque este chico es autista y que nadie nos lo ha dicho, pero cada vez que lo digo me sueltan que la única autista en la familia soy yo.
También la saga destaca por ser la más fértil del mundo. Tan sólo Marisa, el autista y yo, no tenemos descendencia, el resto de las primas (que son mil) tienen lo menos cien monstruos cuellicortos cada una. A cual más chillón y más insoportable. Yo hace mucho que perdí la cuenta y me hago unos líos enormes con quien es hijo de quien. Recuerdo al primero por eso de la novedad, los demás me parecen todos exactamente iguales y siempre meto el cuezo llamando a algún enanito por otro nombre o agenciándoselo a la prima que no es.

Bueno, que me voy del tema, el caso es que se acercaba el día “D” y yo no tenía nada que ponerme, así que tiré la casa por la ventana y me planté en NAC para comprarme el modelo que me había enamorado desde el día que lo pusieron en el escaparate. Me arruiné, sí, me arruiné de la forma más frívola que se puede hacer, me gasté un pastón en el maldito modelo y en el momento de pagarlo supe que los dos meses siguientes iba a tener que alimentarme de agua y del ficus benjamina que tenía en mi salón que, aunque no parecía muy apetitoso, con un poco de sal prometía estar lleno de vitaminas y minerales. Pensándolo bien, no me iba a venir nada mal para perder un par de kilitos que tenía enquistados. No hay mal que por bien no venga.
Aproveché también para comprarme unos zapatos que iban divinamente con el conjunto y que los muy cabrones también me habían enamorado desde el día en que los vi (hay que ver el poder de enamoramiento que tiene una, ¿eh?), así que me plante en Doble AA y tiré de VISA. ¿Para que está la amiga VISA si no es para darte alegrías como esta?.
Ya tenía el modelo, ahora sólo quedaba esperar a que llegara el día.
Era totalmente consciente de que el tema se me había ido de las manos y también era conocedora de mi error y de mi gran ida de olla con el asunto. Además, de vez en cuando, me daba golpes de pecho recriminándome mi comportamiento estúpido que hasta había llegado a dañar, muy seriamente, mi economía unifamiliar.
Pero el mal ya estaba hecho y yo no soy de las que me arrepiento de mis errores (así me va), así que esperé paciente a la comida mientras yo seguía con mi vida cotidiana.
Por ese entonces yo me las iba y me las venía con un David de Miguel Ángel que de vez en cuando me inyectaba mi dosis antirrábica que me dejaba como un guante. Porque claro, una estaría obsesionada con el Adonis pero tonta no estoy y debo seguir con mi vida. Mis necesidades claman al cielo.
La noche anterior a la comida yo la pasé con mi David de Miguel Ángel, entre otras cosas para poder estar folladita y olé (como dice la sabia de mi amiga), con un cutis estupendo y con mi dosis antirrábica inyectaba. He de reconocer que cuando desperté y le vi en mi cama como Miguel Ángel lo trajo al mundo, estuve a tris de llamar a mi madre y decir que una gastroenteritis me hacía imposible acudir a tan maravilloso evento, pero luego recordé la pasta ya invertida y desperté al David.
Llegué tarde a la cita, para no variar, pero ¿cómo decir que no a un cuerpo escultural que, aunque no tiene dos dedos de frente, folla como los ángeles?.
Afortunadamente cuando llegué, aún estaban dándole a las cañitas en el bar del restaurante y no habían empezado a comer. No faltaba ni un puto miembro de la saga, todos al completo, cada vez más y cada vez más críos y más cochecitos.
Y ahí estaba él... EL HOMBRE, el Adonis, mi gran quebradero de cabeza, esa sonrisa profiden, ese hombre que prometía tenerlo todo, esa bestia disfrazada de humano, el hombre de mis sueños, de mis pesadillas, de mis delirios... tan simpático y tan guapo, tan atractivo y educado.. y yo, cual baboso caracol, rendida a sus píes.
También estaba ella, tan petarda, tan desagradable, tan mezquina, con esos cuatro pelitos en su cabeza, con una diadema que daban ganas de quitarla de un ostión, con su trajecito de lino. Tan patética y desagradable. Que horror.
Tuve que aguantar las frases típicas que tanto odio, tuve que soportarlas y hacer de tripas corazón para no soltar por mi boca todo lo que pasaba por mi mente (alguna se me escapó) y tuve que escuchar lo que tantas veces he oído.

- ¿Cuándo vas a venir con un novio?
- ¿Y esa falda tan rara de donde la has sacado? (aportación de Marisa)
- A este paso no te emparejamos
- ¿Cuando vas a dar un nietecito a tus padres?
- Se te va a pasar el arroz
- Siempre es la misma la que llega tarde (aportación de Marisa)
- ¿Sigues llevando vida de bohemia?
- Que rara eres, hija
Me mordí la lengua y en dos minutos escasos ya me había trincado tres vermouths de grifo. Eso había que sobrellevarlo de alguna manera y no se me ocurría mejor opción. La otra alternativa era liarme a niñazos con todos, pero que culpa tenían al fin y al cabo esos críos del petardeo de la saga.
No sé si fue cosa del destino o que mis poderes mentales funcionaron por primera vez en la vida, el caso es que sin comerlo ni beberlo y sin yo, sorprendentemente, provocarlo, tuve sentado al Adonis al lado mío durante toda la comida. Las posibilidades de que eso ocurrieran era muy pocas, teniendo en cuenta que éramos ciento y la madre y que Marisa hizo todo lo que pudo para que yo me sentara en el otro extremo de la mesa. Pero ahí estaba él, sentadito a mi lado... y ahí estaba yo, intentando ocultar mis instintos animales y haciéndole ver que podía tener una conversación sensata.

En medio de ese niñerio y con tanto vocerío de fondo, conseguimos llegar a hablar hasta de cosas interesantes. Me preguntó por mi trabajo, hablamos de viajes, de libros, de películas e incluso me hice la encantadora mujer amante de los niños y les hice unas carantoñas llamándoles a todos “bonitos”y “bonitas” porque no tenía ni puta idea de cómo se llamaban cada uno. Llegué a sentar a un par en mi regazo y les dejé toquetear mi móvil. El juego terminó cuando mi teléfono empezó a ser chupado y mordido.
En un momento dado se me vio el plumero cuando casi cojo del pescuezo a un enano y lo dejo sin aliento. Me había enganchado las medias y derramado un líquido jabonoso de hacer pompas sobre mi falda. Casi asesino al cabrón del niño. Mi mala sangre me hizo no poder evitar agarrarlo del brazo y decirle al oído, a sabiendas de que no me entendería, que esa falda costaba más que su guardería de todo un año y que como volviera a derramar una sola gota más encima mío, iba a convertirse en el primer niño Superman de lo que iba a volar. El chaval sólo me miró con cara de susto y luego se fue corriendo hacía su madre haciendo una especie de pucheros. Lo malo es que el Adonis creo que sí me escuchó porque cuando me giré, le vi mirándome con cara rara.
Él se mostraba encantado con tanto crío y tanta voz a su alrededor, no parecía importarle nada. Ahí estaba él manteando a los niños y mostrando toda su simpatía y paciencia. Echaba monedas a una máquina que escupía pelotitas con premio y papiroflexia con unas servilletas de papel. Los tenía a todos revoloteando a su alrededor y adorándole como yo lo estaba haciendo. Eso sí, yo le adoraba sentadita, ya con el orujo de hiervas y fumándome un puro que me dio mi padre.
Mi prima relataba todos sus preparativos de boda, mis tías y resto de primas la escuchaban maravilladas. Los maridos de mis primas hablaban de cosas que yo no entendía y mis tíos y mi padre se volvían locos para sacar las cuentas de lo que teníamos que poner cada uno. Hacían un montón de números y miraban la factura una y otra vez. Yo no lograba entender donde estaba el problema, para mí era tan sencillo como dividir el total entre las personas que éramos, pero ellos se empeñaban en hacerlo complicado.
Llegó el final de la comida y no sé ni como ni por qué, alguien decidió que el café lo tomábamos en mi casa. Esto es algo que siempre ocurre, como siempre ocurre el tema de la cuenta y los números. No sé por qué extraña razón algún imbécil siempre propone terminar la tarde en mi maldita casa.
No lo entiendo. Todos y cada uno de ellos tienen casas infinitamente más grandes que la mía, poseen sillones y sofás más enormes y confortables (yo sólo tengo uno). Ellos tienen neveras llenas de refrescos, bebidas y comida de todo tipo, mientras que yo sólo tengo leche fermentada y alguna lata de Coca Cola Light. Ellos tienen casas con terrazas y balcones a la calle, yo vivo en una caja de zapatos con cuatro ventanas. Sin embargo, teniendo en cuenta todas estas incongruencias siempre se empañan en ir a mi casa por eso de que la tengo al lado, porque vivo en el centro y porque podemos ir dando un paseito. ¡Joder!, ¡y yo tengo una tía en América y por esa razón no hago utilizar su casa como base área!.
El caso es que no seguí rechistando y acabamos todos en mi caja de zapatos. Si eso no es amor que venga Dios y lo vea, porque aguanté el marronazo sólo para tener al Adonis cerca y amortizar el modelito de la ocasión.
Ahí les tenia a todos, a los patriarcas sentados en el sofá y con el fútbol puesto a toda leche, a otros cotilleando todos mis cd’s y haciéndome preguntas estúpidas tipo “¿te has leído todos estos libros?”, no... los he comprado al peso, no te jode... A otras apiñadas en la cocina y mirando cada detalle que tengo, mi madre volviéndose loca para tenerlos a todos atendidos y ejerciendo de anfitriona sustituta. Yo, con un ataque de nervios sufriendo por mi gatos que estaban atemorizados con tanto niño que se empeñaba en tirarles del rabo (¿les tiro yo de su rabo acaso?).
Tenía hasta gente en mi dormitorio, claro que eso no es de extrañar teniendo en cuenta que es el otro único habitáculo en el que se podía estar. Y ahí estaba él, sentadito en el suelo con un montón de críos alrededor haciéndoles dibujitos en unos folios que yo les había dado. Dibujando dinosaurios, casitas, perritos y hasta un caballo con su jinete.
Todo iba relativamente bien hasta el momento que uno de los enanos impertinentes se metió debajo de la cama y salió de ella con un condón usado en la mano. ¡Tierra trágame!, ¡me quiero morir!, ¡por favor que se derrumbe mi casa y acabemos todos muertos en el subsuelo. ¡Qué me peguen ahora mismo un tiro en la frente que no me va a importar!. ¡Qué alguien me despierte de esta pesadilla que me va a dar algooo...!
Fueron sólo unos segundos en los que sólo se pudo ver:
- Al adonis con cara de susto
- A mi roja como la "grana"
- Al niño feliz con su condón usado en la mano
Pero resurgí de mis cenizas como Ave Fénix y reaccioné ante tal bochorno: agarré el condón, me fui al baño, lo envolví en papel higiénico. Fui a la cocina esquivando a cien mil personas, lo tiré a la basura, volví al baño, mojé una toalla, volví al crío, le pasé la toalla por la mano (no hubiera podido vivir tranquila si ese niño se hubiera llevado la mano a la boca) y me senté en la cama derrumbada con la toalla entre las piernas.
Cuando levanté la cabeza pude comprobar que el Adonis estaba deshuevado de la risa, que los niños seguían haciendo dibujitos y que los únicos adultos que nos habíamos percatado del incidente éramos él y yo. Me limité a echarme las manos a la cabeza y a decir “llévate esto a la tumba si no quieres que te mate” a lo que el contestó haciendo un gesto: cerrándose la boca con una cremallera y tirando la llave.
Como acto reflejo busqué mi móvil y escribí un mensaje al David de Miguel Ángel que rezaba así: “la próxima vez que te quites un condón hazme el favor de hacerlo una pelotilla y metertelo por el cu...”. El David contestó raudo y veloz con otro mensaje que decía: “La próxima vez que me pidas que me ponga un condón le voy a hacer una pelotilla y te lo voy a meter por el co... ¿Que mosca te ha picado?”.
En ese momento oí decir a alguien algo sobre las rosquillas de las tontas y las listas de la época. Según escuché esto, agarré mi bolso y me ofrecí voluntaria a bajar a la pastelería a comprar millones de rosquillas para todos. Tenía que salir de ahí aunque fuera por un rato, aunque fuera mi propia casa y los dejara allí plantados, aunque fueran los últimos minutos de vida y no pudiera despedirme de mis gatos. Tenía que salir de allí, la vergüenza había podido conmigo.
A la altura del segundo piso, casi cuando ya había tomado la decisión de irme a Barajas, coger un avión y no regresar, escuché una voz que decía que esperara que me acompañaba a la pastelería. No podía ser otro sino el Adonis. Dios existe, pensé.
En mi interior, una coctelera: ganas de salir corriendo y pedirle que me dejara vivir que ya bastante me había trastocado sin que él lo supiera. Ganas de bajarle los pantalones y follármelo en la misma escalera. Ganas de decirle que lo que acababa de ver en mi dormitorio, había sido fruto de su imaginación. Ganas de tener poderes y decir “un, dos, tres, nada de esto ha pasado”. Ganas de ponerme a llorar y suplicarle que no se casara... pero sólo fui capaz de soltar un ruidito extraño y hacer un gesto para que me siguiera.
El camino hasta la pastelería no fue tan horrible. El muy mamón tuvo que recordarme el incidente del condón. Quiso tranquilizarme diciéndome que no me preocupara, que nadie lo había visto, que estuviera tranquila porque eso iba a quedar entre él y yo y de paso preguntó si a quien había puesto el mensaje con cara de pocos amigos era al dueño del condón.
El resto fue todo silencio. Fuimos a la pastelería y compré mil kilos de rosquillas para que los gochos que tenía en mi casa, las devoraran como si no hubieran comido en la vida.
De aquí en adelante todo es una nebulosa en mi mente. Lo siguiente que recuerdo es cerrar el portal y disponerme a subir los cuatro pisos sin ascensor mientras pensaba que lo mejor era que se terminara esa tarde cuanto antes. Lo otro que recuerdo es sentir su mano en mi cintura mientras me giraba hacía él... Después, algo extraño que no termino de creerme: el Adonis pegándome un morreo que me dejó medio gilipollas. Claro está que no le quité. No sé que pasó por mi cabeza en ese momento, pero lo que sí sé es que estaba alucinando en colores. Llegué a pensar que todo era fruto de mi mente calenturienta y que eso no podía estar pasando. Tener su lengua en mi esófago era algo que no me podía creer y sentir que el tío tenía entre las piernas un trabuco de aquí a Pernambuco me estaba volviendo loca perdida y a punto de necesitar respiración asistida. Lo siguiente, él apartándose con cara de arrepentimiento.
- Lo siento, no sé que me ha pasado. Todo esto es muy raro, pero la verdad es que me pones muy cachondo y no sé que tienes que me la pones morcillona.
¡¿MORCILLONA?! ¡¿M-O-R-C-I-L-L-O-N-A?!. ¡¿Qué palabra es esa?!, ¿mi príncipe azul diciendo MORCILLONA?. ¿En que película de amor o cuento de hadas que se precie el protagonista dice a la chica que se la pone morcillona?. Santo cielo, ni a Torrente se le hubiera ocurrido algo igual.
Subí las escaleras y abrí la puerta de mi casa sintiendo que lo tenía pegado a mi. Busqué a mi madre y le solté las rosquillas sin mirar atrás. Me hice hueco en el sofá levantando a mi primo el autista y esperé paciente a que todos comieran, se cansaran y se marcharan de mi casa de una maldita vez.
En un pequeño momento de lucidez busqué al Adonis con la mirada y le vi ahí, hablando con mi prima Marisa como si nada hubiera pasado. Os juro que yo no podía articular palabra.
Estaba claro que había conseguido lo que de alguna manera quería, con lo que en mi ego interior podía ponerme una medallita y quedarme tan contenta. Sin embargo, idiota de mi, me quedé hecha mierda. Alucinada, sin creer lo que había pasado y sobre todo bajándole del pedestal en el que le había subido sin merecerlo. Quizá me pilló romántica sin yo saberlo, pero la palabra “morcillona” la tenia en mi tímpano y no paraba de escucharla una y otra vez.
No, no era eso lo que quería, pensareis que estoy trastornada y que después de la guerra que he dado con el Adonis tendría que estar loca de contenta. Sin embargo, no me quedé satisfecha, me quedé como al que acaban de pegar una paliza, como al niño que le dicen que los Reyes Magos son los padres, como quien descubre a su marido vestido de mujer y con unos tacones de diez centímetros. Quizá sea una inconformista, o una idealista... o una tarada que no sabe lo quiere.
Pero a mi se me había caído un mito. Probablemente, si él no hubiera dicho nada, ahora estaría encomendándome a San Antonio de Padua pidiéndole casarme con él. Pero no había sido así. Sus únicas palabras después del beso habían sido “la verdad es que me pones muy cachondo y no sé que tienes que me la pones morcillona” y eso no lo puedo olvidar tan fácilmente. Me lo hubiera esperado de cualquiera, pero nunca del Adonis.
Ya en mi casa, sola, con la invitación de boda entre las manos. Sentada en el sofá con la vergüenza del “momento condón”, con la excitación “momento portal”, con la decepción del “momento morcillona”, con el momento “¿ahora que hago?” en mi interior.

Estaba decepcionada. El Adonis era otro más y no era diferente a lo que ya conocía. Eso sí, seguía estando buenísimo.
Ahora vuelvo a tener tres opciones:
1. Pedir un crédito, comprarme un modelazo, ir a la boda y volvérsela a poner morcillona
2. Desaparecer del mapa y no asistir al evento
3. Fingir una enfermedad contagiosa que me impida asistir a la boda.

Ya veré que hago. Saludos, besos y flores.
El caso es que después del incidente en casa de mis padres, creé un estado de alerta máxima y código rojo. Convoqué terapia de grupo con mis dos amigas y les expuse el “problema”. Llegaron a la conclusión de que mi obsesión por el Adonis no era otra cosa que un empeño en tener algo que no podía conseguir. Me dieron a entender que sufría de envidia y que debía de tener un trauma infantil que me hacía desear todo lo que tenía Marisa. Eso sí, también me mostraron su apoyo en aprovechar cualquier mínima oportunidad para beneficiarme al Adonis. No había dolor ni prima hermana que valiera. En el sexo y el amor todo vale, es una guerra como otra cualquiera y la verdad, mis sentimientos hacía Marisa eran del tamaño de una mota de polvo y a mi el cuento ese de “sangre de mi sangre” me importa un comino. Además, ¿quién me jura a mi que de verdad es sangre de mi sangre?, todo es susceptible de poner en duda.
Las tres sabíamos que el problema no tenía solución, aunque bien es verdad que para llegar a la conclusiones sacadas de mi persona, no hacía falta ir a la escuela. Eso sí, me ahorré sesenta euros de consulta en el psicólogo (aunque me gasté otros tantos pagando rondas y rondas de cañas que misteriosamente luego se convirtieron en mojitos).
Llamarlo obsesión, trauma o llamarlo “x”, pero el caso es que el maldito Adonis no se me quitó de la cabeza durante muchos días, incluso semanas. Me importaba un pito si lo que tenía era un trauma o si era la más envidiosa del planeta. Tampoco me preocupaba que me hubiera obsesionado con algo que no podía tener. Lo que sí me quitó el sueño y me hizo dar un millón de vueltas en la cama, era el pensar que Marisa, siendo tan patética como era, se había llevado a un tipo que para mí, aún casi sin conocerle, reunía todas las condiciones para ser el hombre de mi vida. Que dicho caballero no estaba a mi lado, ni me calentaba la cama por las noches, sino que estaba preparando su boda con la otra cerda mientras yo seguía rodeándome de patanes que no me valían ni para calentarme las manos.
No sé si como dicen mis amigas fue el querer tener algo que no estaba a mi alcance, no sé si fue lo que llaman un flechazo (evidentemente, sólo por mi parte) o que me pilló ovulando y con un exceso de feromonas. Probablemente fuera una mezcla de todo eso o seguramente sea que me falta una hervor. Yo me inclino por la opción de que por ese entonces, no tenía nada mejor en lo que pensar y que pasaba por una época bastante vacía y sin preocupaciones. El caso es que yo pensaba en él... y mucho. Nunca, aunque parezca mentira, dejé de ser consciente de que me encapriché de un tipo al que no conocía absolutamente de nada.
Rara vez un hombre me obsesiona de esa manera, la verdad es que he de reconocer que nunca me había pasado algo igual. Justo ahora, mientras escribo esto, he llegado a la conclusión de que lo que realmente me pasaba es que el haber cumplido los treinta hizo mella en mi cerebro atrofiado por los excesos y eso es lo que me hizo comportarme de una forma tan estúpida... o mejor dicho: me hizo comportarme de una forma más estúpida aún de la que suelo tener.
Pero bueno, sinceramente me daba igual, sea lo que fuere a mi se me había metido el maldito Adonis en la cabeza y sólo podía barajar tres opciones:
a) Olvidarme de él (opción recomendable)
b) Intentar algo con él (opción nada recomendable ya que las posibilidades de éxitos eran cero pelotero).
c) Esperar a que mis oraciones y plegarias dieran su fruto (opción poco recomendable teniendo en cuenta los escasos éxitos anteriores)
Gracias al cielo aún me quedaba un poco de cordura y mi cerebro no estaba del todo atrofiado. Me incliné por la opción “a” y opté por quedarme quietecita. También gracias a la sabiduría de mi madre que aprovechaba cualquier pequeña oportunidad para darme el noticiero con los estupendos planes de la parejita feliz: “me ha contado la tía Ana, que Marisa y su chico se han comprado una ático de 180 m2 en pleno barrio de Salamanca”. “Me ha dicho Marisa que este fin de semana se ha ido a conocer a su familia y que son todos encantadores y que él viene de muy buena cuna”. “Me acabo de enterar de que él la ha regalado un solitario de Cartier que cuesta más que toda tu casa con muebles incluidos”. ¡Aaarrg!, ¡joder!, ¡esto es poner a prueba mi instinto asesino y lo demás son tonterías¡. No me vais a negar que todo eso no es demasiado bonito como para ser verdad.

Pero yo me hice fuerte como las rocas e intenté reducir las conversaciones con mi madre. Hice ver que todos esos planes estupendos, no me afectaban en absoluto y salí del paso como buenamente pude. Eso sí, no pude evitar soltar un “a mí como si se tiran de un decimocuarto”. “Mi barrio no lo cambio por el puto barrio de Salamanca”. “No me gustan los áticos”. “Puaj, Cartier, menuda mariconada”.
¡Mentira!, mentira podrida era todo lo que yo soltaba por mi boca, pero era eso o ponerme a gritar de rabia mientras me hacia el harakiri.

Bien es verdad que cuando contaba todas estas lindeces a mis amigas y las examinábamos al dedillo, siempre llegábamos a la misma conclusión: como un chico con tanto dinero, tan guapo, tan listo, tan todo, había llegado a recurrir a un chat para conocer a una chica. No sólo eso, sino que como un tipo con todas esas cualidades, se había fijado en Marisa que tenía la gracia en el culo.
Eso sí, una cosa era evidente, yo podía poner en duda ese amor y criticarlos hasta hartarme, pero lo que estaba claro es que ellos estaban juntos y que aparentemente estaban formando un futuro "súper mega guay" mientras yo tenía muñones por dedos de tanto comerme las uñas de la rabia.
El caso es que cuando por fin conseguí distraerme con otros menesteres y volví a hacer mi vida anormal, mi madre volvió a llamar para darme el noticiero. Esta vez para comunicarme que habían decidido juntarnos a toda la familia al completo para que el puto Adonis (consiguió ganarse el adjetivo de lo cansino que ya se estaba poniendo el asunto) y la zorra de mi prima nos dieran las invitaciones del bodorrio del año.
Volvía a tener tres opciones:
1) Desaparecer del mapa y no asistir a la reunión familiar (75% recomendable si no quería volver a hacer el ridículo).
2) Inventarme una enfermedad contagiosa que me impidiera ir al evento (25% de posibilidades de que alguien me creyera teniendo en cuenta mis antecedentes inventándome enfermedades para no asistir a reuniones familiares).
3) Asistir al evento con mis mejores galas y por lo menos darme el gustazo de ver al Adonis (25% conveniente ya que no tenía buenas galas y sólo iba a conseguir que ver al Adonis, me creara otro cortocircuito en mi cerebro).
Pensé largo y tendido sobre el tema y volví a crear alerta máxima y código rojo. Mis amigas me recomendaban que fuera a la reunión familiar y que me gastara todos mis ahorros en un modelazo que dejara al puto Adonis con la boca abierta y que a la petarda de Marisa se le quitaran las ganas de volver a convocarme para otra reunión familiar. Me recomendaron que aprovechara cualquier pequeña oportunidad para darle un restregón y que tenía que quemar mi último cartucho antes de que los dos pringados se casaran. También aprovecharon para decirme que a ver si con un poquito de suerte me lo tiraba y me quedaba tranquila, porque ya me estaba poniendo muy pesada con el asunto y que me estaba quedando medio gilipollas y obsesiva con el temita.
Sopesé los pros y los contras y a la mañana siguiente me levanté con la decisión tomada: iba a ir a esa comida, le pesara a quien le pesara, y en la medida de lo posible, iba a intentar no hacer ningún tipo de ridículo. Esta vez no iba a hacer caso de mis listas con porcentajes y me iba a dejar llevar por mi instinto femenino.
He de decir que si tuviera que hacer una relación de las cosas que más odio hacer, en una de las cinco primeras posiciones se encontraría comer, cenar o reunirme con toda mi familia al completo y máxime cuando se trata de mi familia materna, que es la saga donde se encuentra Marisa.
Esta saga es como Faunia, en ella nos encontramos los más raros especimenes que os podáis imaginar. Marisa se lleva el premio a la más petarda pero no es el único miembro de esta familia de la que me podía tirar horas hablando y no daríais crédito a lo que os cuento pero ese, es otro tema.
Tenemos bichos raros para dar y regalar y me consta que todos pensamos lo mismo de todos. Pero una cosa os aseguro, jamás de los jamases he hecho yo un mínimo amago de querer reunirme con ellos sabiendo, a ciencia cierta, que ninguno nos soportamos. Que me corten ahora mismo los dos brazos si yo alguna vez he hecho el más pequeño intento de que todos nos juntemos para demostrarnos que todo sigue igual que siempre, sin aguantarnos. Pero no, ellos de vez en cuando se empeñan en quedar con lo que eso conlleva: dolor de cabeza asegurado por la cantidad de berridos, chillidos y gritos cual cerditos en mataderos, que pegan los monstruos cuellicortos hijos de mis primas. Por mi vida os juro que es de lo más insoportable que he vivido yo.
Esta familia materna que tengo se destaca por ser la familia con mayor número de mujeres que existe. Todas somos primas salvo uno. El pobre primo que siempre asiste acojonado y que tan sólo se limita a meterse un chuletón de Ávila de kilo y medio entre pecho y espalda y a asentir o negar con la cabeza. Yo siempre he apostado porque este chico es autista y que nadie nos lo ha dicho, pero cada vez que lo digo me sueltan que la única autista en la familia soy yo.
También la saga destaca por ser la más fértil del mundo. Tan sólo Marisa, el autista y yo, no tenemos descendencia, el resto de las primas (que son mil) tienen lo menos cien monstruos cuellicortos cada una. A cual más chillón y más insoportable. Yo hace mucho que perdí la cuenta y me hago unos líos enormes con quien es hijo de quien. Recuerdo al primero por eso de la novedad, los demás me parecen todos exactamente iguales y siempre meto el cuezo llamando a algún enanito por otro nombre o agenciándoselo a la prima que no es.

Bueno, que me voy del tema, el caso es que se acercaba el día “D” y yo no tenía nada que ponerme, así que tiré la casa por la ventana y me planté en NAC para comprarme el modelo que me había enamorado desde el día que lo pusieron en el escaparate. Me arruiné, sí, me arruiné de la forma más frívola que se puede hacer, me gasté un pastón en el maldito modelo y en el momento de pagarlo supe que los dos meses siguientes iba a tener que alimentarme de agua y del ficus benjamina que tenía en mi salón que, aunque no parecía muy apetitoso, con un poco de sal prometía estar lleno de vitaminas y minerales. Pensándolo bien, no me iba a venir nada mal para perder un par de kilitos que tenía enquistados. No hay mal que por bien no venga.
Aproveché también para comprarme unos zapatos que iban divinamente con el conjunto y que los muy cabrones también me habían enamorado desde el día en que los vi (hay que ver el poder de enamoramiento que tiene una, ¿eh?), así que me plante en Doble AA y tiré de VISA. ¿Para que está la amiga VISA si no es para darte alegrías como esta?.
Ya tenía el modelo, ahora sólo quedaba esperar a que llegara el día.
Era totalmente consciente de que el tema se me había ido de las manos y también era conocedora de mi error y de mi gran ida de olla con el asunto. Además, de vez en cuando, me daba golpes de pecho recriminándome mi comportamiento estúpido que hasta había llegado a dañar, muy seriamente, mi economía unifamiliar.
Pero el mal ya estaba hecho y yo no soy de las que me arrepiento de mis errores (así me va), así que esperé paciente a la comida mientras yo seguía con mi vida cotidiana.
Por ese entonces yo me las iba y me las venía con un David de Miguel Ángel que de vez en cuando me inyectaba mi dosis antirrábica que me dejaba como un guante. Porque claro, una estaría obsesionada con el Adonis pero tonta no estoy y debo seguir con mi vida. Mis necesidades claman al cielo.
La noche anterior a la comida yo la pasé con mi David de Miguel Ángel, entre otras cosas para poder estar folladita y olé (como dice la sabia de mi amiga), con un cutis estupendo y con mi dosis antirrábica inyectaba. He de reconocer que cuando desperté y le vi en mi cama como Miguel Ángel lo trajo al mundo, estuve a tris de llamar a mi madre y decir que una gastroenteritis me hacía imposible acudir a tan maravilloso evento, pero luego recordé la pasta ya invertida y desperté al David.
Llegué tarde a la cita, para no variar, pero ¿cómo decir que no a un cuerpo escultural que, aunque no tiene dos dedos de frente, folla como los ángeles?.
Afortunadamente cuando llegué, aún estaban dándole a las cañitas en el bar del restaurante y no habían empezado a comer. No faltaba ni un puto miembro de la saga, todos al completo, cada vez más y cada vez más críos y más cochecitos.
Y ahí estaba él... EL HOMBRE, el Adonis, mi gran quebradero de cabeza, esa sonrisa profiden, ese hombre que prometía tenerlo todo, esa bestia disfrazada de humano, el hombre de mis sueños, de mis pesadillas, de mis delirios... tan simpático y tan guapo, tan atractivo y educado.. y yo, cual baboso caracol, rendida a sus píes.
También estaba ella, tan petarda, tan desagradable, tan mezquina, con esos cuatro pelitos en su cabeza, con una diadema que daban ganas de quitarla de un ostión, con su trajecito de lino. Tan patética y desagradable. Que horror.
Tuve que aguantar las frases típicas que tanto odio, tuve que soportarlas y hacer de tripas corazón para no soltar por mi boca todo lo que pasaba por mi mente (alguna se me escapó) y tuve que escuchar lo que tantas veces he oído.

- ¿Cuándo vas a venir con un novio?
- ¿Y esa falda tan rara de donde la has sacado? (aportación de Marisa)
- A este paso no te emparejamos
- ¿Cuando vas a dar un nietecito a tus padres?
- Se te va a pasar el arroz
- Siempre es la misma la que llega tarde (aportación de Marisa)
- ¿Sigues llevando vida de bohemia?
- Que rara eres, hija
Me mordí la lengua y en dos minutos escasos ya me había trincado tres vermouths de grifo. Eso había que sobrellevarlo de alguna manera y no se me ocurría mejor opción. La otra alternativa era liarme a niñazos con todos, pero que culpa tenían al fin y al cabo esos críos del petardeo de la saga.
No sé si fue cosa del destino o que mis poderes mentales funcionaron por primera vez en la vida, el caso es que sin comerlo ni beberlo y sin yo, sorprendentemente, provocarlo, tuve sentado al Adonis al lado mío durante toda la comida. Las posibilidades de que eso ocurrieran era muy pocas, teniendo en cuenta que éramos ciento y la madre y que Marisa hizo todo lo que pudo para que yo me sentara en el otro extremo de la mesa. Pero ahí estaba él, sentadito a mi lado... y ahí estaba yo, intentando ocultar mis instintos animales y haciéndole ver que podía tener una conversación sensata.

En medio de ese niñerio y con tanto vocerío de fondo, conseguimos llegar a hablar hasta de cosas interesantes. Me preguntó por mi trabajo, hablamos de viajes, de libros, de películas e incluso me hice la encantadora mujer amante de los niños y les hice unas carantoñas llamándoles a todos “bonitos”y “bonitas” porque no tenía ni puta idea de cómo se llamaban cada uno. Llegué a sentar a un par en mi regazo y les dejé toquetear mi móvil. El juego terminó cuando mi teléfono empezó a ser chupado y mordido.
En un momento dado se me vio el plumero cuando casi cojo del pescuezo a un enano y lo dejo sin aliento. Me había enganchado las medias y derramado un líquido jabonoso de hacer pompas sobre mi falda. Casi asesino al cabrón del niño. Mi mala sangre me hizo no poder evitar agarrarlo del brazo y decirle al oído, a sabiendas de que no me entendería, que esa falda costaba más que su guardería de todo un año y que como volviera a derramar una sola gota más encima mío, iba a convertirse en el primer niño Superman de lo que iba a volar. El chaval sólo me miró con cara de susto y luego se fue corriendo hacía su madre haciendo una especie de pucheros. Lo malo es que el Adonis creo que sí me escuchó porque cuando me giré, le vi mirándome con cara rara.
Él se mostraba encantado con tanto crío y tanta voz a su alrededor, no parecía importarle nada. Ahí estaba él manteando a los niños y mostrando toda su simpatía y paciencia. Echaba monedas a una máquina que escupía pelotitas con premio y papiroflexia con unas servilletas de papel. Los tenía a todos revoloteando a su alrededor y adorándole como yo lo estaba haciendo. Eso sí, yo le adoraba sentadita, ya con el orujo de hiervas y fumándome un puro que me dio mi padre.
Mi prima relataba todos sus preparativos de boda, mis tías y resto de primas la escuchaban maravilladas. Los maridos de mis primas hablaban de cosas que yo no entendía y mis tíos y mi padre se volvían locos para sacar las cuentas de lo que teníamos que poner cada uno. Hacían un montón de números y miraban la factura una y otra vez. Yo no lograba entender donde estaba el problema, para mí era tan sencillo como dividir el total entre las personas que éramos, pero ellos se empeñaban en hacerlo complicado.
Llegó el final de la comida y no sé ni como ni por qué, alguien decidió que el café lo tomábamos en mi casa. Esto es algo que siempre ocurre, como siempre ocurre el tema de la cuenta y los números. No sé por qué extraña razón algún imbécil siempre propone terminar la tarde en mi maldita casa.
No lo entiendo. Todos y cada uno de ellos tienen casas infinitamente más grandes que la mía, poseen sillones y sofás más enormes y confortables (yo sólo tengo uno). Ellos tienen neveras llenas de refrescos, bebidas y comida de todo tipo, mientras que yo sólo tengo leche fermentada y alguna lata de Coca Cola Light. Ellos tienen casas con terrazas y balcones a la calle, yo vivo en una caja de zapatos con cuatro ventanas. Sin embargo, teniendo en cuenta todas estas incongruencias siempre se empañan en ir a mi casa por eso de que la tengo al lado, porque vivo en el centro y porque podemos ir dando un paseito. ¡Joder!, ¡y yo tengo una tía en América y por esa razón no hago utilizar su casa como base área!.
El caso es que no seguí rechistando y acabamos todos en mi caja de zapatos. Si eso no es amor que venga Dios y lo vea, porque aguanté el marronazo sólo para tener al Adonis cerca y amortizar el modelito de la ocasión.
Ahí les tenia a todos, a los patriarcas sentados en el sofá y con el fútbol puesto a toda leche, a otros cotilleando todos mis cd’s y haciéndome preguntas estúpidas tipo “¿te has leído todos estos libros?”, no... los he comprado al peso, no te jode... A otras apiñadas en la cocina y mirando cada detalle que tengo, mi madre volviéndose loca para tenerlos a todos atendidos y ejerciendo de anfitriona sustituta. Yo, con un ataque de nervios sufriendo por mi gatos que estaban atemorizados con tanto niño que se empeñaba en tirarles del rabo (¿les tiro yo de su rabo acaso?).
Tenía hasta gente en mi dormitorio, claro que eso no es de extrañar teniendo en cuenta que es el otro único habitáculo en el que se podía estar. Y ahí estaba él, sentadito en el suelo con un montón de críos alrededor haciéndoles dibujitos en unos folios que yo les había dado. Dibujando dinosaurios, casitas, perritos y hasta un caballo con su jinete.
Todo iba relativamente bien hasta el momento que uno de los enanos impertinentes se metió debajo de la cama y salió de ella con un condón usado en la mano. ¡Tierra trágame!, ¡me quiero morir!, ¡por favor que se derrumbe mi casa y acabemos todos muertos en el subsuelo. ¡Qué me peguen ahora mismo un tiro en la frente que no me va a importar!. ¡Qué alguien me despierte de esta pesadilla que me va a dar algooo...!
Fueron sólo unos segundos en los que sólo se pudo ver:
- Al adonis con cara de susto
- A mi roja como la "grana"
- Al niño feliz con su condón usado en la mano
Pero resurgí de mis cenizas como Ave Fénix y reaccioné ante tal bochorno: agarré el condón, me fui al baño, lo envolví en papel higiénico. Fui a la cocina esquivando a cien mil personas, lo tiré a la basura, volví al baño, mojé una toalla, volví al crío, le pasé la toalla por la mano (no hubiera podido vivir tranquila si ese niño se hubiera llevado la mano a la boca) y me senté en la cama derrumbada con la toalla entre las piernas.
Cuando levanté la cabeza pude comprobar que el Adonis estaba deshuevado de la risa, que los niños seguían haciendo dibujitos y que los únicos adultos que nos habíamos percatado del incidente éramos él y yo. Me limité a echarme las manos a la cabeza y a decir “llévate esto a la tumba si no quieres que te mate” a lo que el contestó haciendo un gesto: cerrándose la boca con una cremallera y tirando la llave.
Como acto reflejo busqué mi móvil y escribí un mensaje al David de Miguel Ángel que rezaba así: “la próxima vez que te quites un condón hazme el favor de hacerlo una pelotilla y metertelo por el cu...”. El David contestó raudo y veloz con otro mensaje que decía: “La próxima vez que me pidas que me ponga un condón le voy a hacer una pelotilla y te lo voy a meter por el co... ¿Que mosca te ha picado?”.
En ese momento oí decir a alguien algo sobre las rosquillas de las tontas y las listas de la época. Según escuché esto, agarré mi bolso y me ofrecí voluntaria a bajar a la pastelería a comprar millones de rosquillas para todos. Tenía que salir de ahí aunque fuera por un rato, aunque fuera mi propia casa y los dejara allí plantados, aunque fueran los últimos minutos de vida y no pudiera despedirme de mis gatos. Tenía que salir de allí, la vergüenza había podido conmigo.
A la altura del segundo piso, casi cuando ya había tomado la decisión de irme a Barajas, coger un avión y no regresar, escuché una voz que decía que esperara que me acompañaba a la pastelería. No podía ser otro sino el Adonis. Dios existe, pensé.
En mi interior, una coctelera: ganas de salir corriendo y pedirle que me dejara vivir que ya bastante me había trastocado sin que él lo supiera. Ganas de bajarle los pantalones y follármelo en la misma escalera. Ganas de decirle que lo que acababa de ver en mi dormitorio, había sido fruto de su imaginación. Ganas de tener poderes y decir “un, dos, tres, nada de esto ha pasado”. Ganas de ponerme a llorar y suplicarle que no se casara... pero sólo fui capaz de soltar un ruidito extraño y hacer un gesto para que me siguiera.
El camino hasta la pastelería no fue tan horrible. El muy mamón tuvo que recordarme el incidente del condón. Quiso tranquilizarme diciéndome que no me preocupara, que nadie lo había visto, que estuviera tranquila porque eso iba a quedar entre él y yo y de paso preguntó si a quien había puesto el mensaje con cara de pocos amigos era al dueño del condón.
El resto fue todo silencio. Fuimos a la pastelería y compré mil kilos de rosquillas para que los gochos que tenía en mi casa, las devoraran como si no hubieran comido en la vida.
De aquí en adelante todo es una nebulosa en mi mente. Lo siguiente que recuerdo es cerrar el portal y disponerme a subir los cuatro pisos sin ascensor mientras pensaba que lo mejor era que se terminara esa tarde cuanto antes. Lo otro que recuerdo es sentir su mano en mi cintura mientras me giraba hacía él... Después, algo extraño que no termino de creerme: el Adonis pegándome un morreo que me dejó medio gilipollas. Claro está que no le quité. No sé que pasó por mi cabeza en ese momento, pero lo que sí sé es que estaba alucinando en colores. Llegué a pensar que todo era fruto de mi mente calenturienta y que eso no podía estar pasando. Tener su lengua en mi esófago era algo que no me podía creer y sentir que el tío tenía entre las piernas un trabuco de aquí a Pernambuco me estaba volviendo loca perdida y a punto de necesitar respiración asistida. Lo siguiente, él apartándose con cara de arrepentimiento.
- Lo siento, no sé que me ha pasado. Todo esto es muy raro, pero la verdad es que me pones muy cachondo y no sé que tienes que me la pones morcillona.
¡¿MORCILLONA?! ¡¿M-O-R-C-I-L-L-O-N-A?!. ¡¿Qué palabra es esa?!, ¿mi príncipe azul diciendo MORCILLONA?. ¿En que película de amor o cuento de hadas que se precie el protagonista dice a la chica que se la pone morcillona?. Santo cielo, ni a Torrente se le hubiera ocurrido algo igual.
Subí las escaleras y abrí la puerta de mi casa sintiendo que lo tenía pegado a mi. Busqué a mi madre y le solté las rosquillas sin mirar atrás. Me hice hueco en el sofá levantando a mi primo el autista y esperé paciente a que todos comieran, se cansaran y se marcharan de mi casa de una maldita vez.
En un pequeño momento de lucidez busqué al Adonis con la mirada y le vi ahí, hablando con mi prima Marisa como si nada hubiera pasado. Os juro que yo no podía articular palabra.
Estaba claro que había conseguido lo que de alguna manera quería, con lo que en mi ego interior podía ponerme una medallita y quedarme tan contenta. Sin embargo, idiota de mi, me quedé hecha mierda. Alucinada, sin creer lo que había pasado y sobre todo bajándole del pedestal en el que le había subido sin merecerlo. Quizá me pilló romántica sin yo saberlo, pero la palabra “morcillona” la tenia en mi tímpano y no paraba de escucharla una y otra vez.
No, no era eso lo que quería, pensareis que estoy trastornada y que después de la guerra que he dado con el Adonis tendría que estar loca de contenta. Sin embargo, no me quedé satisfecha, me quedé como al que acaban de pegar una paliza, como al niño que le dicen que los Reyes Magos son los padres, como quien descubre a su marido vestido de mujer y con unos tacones de diez centímetros. Quizá sea una inconformista, o una idealista... o una tarada que no sabe lo quiere.
Pero a mi se me había caído un mito. Probablemente, si él no hubiera dicho nada, ahora estaría encomendándome a San Antonio de Padua pidiéndole casarme con él. Pero no había sido así. Sus únicas palabras después del beso habían sido “la verdad es que me pones muy cachondo y no sé que tienes que me la pones morcillona” y eso no lo puedo olvidar tan fácilmente. Me lo hubiera esperado de cualquiera, pero nunca del Adonis.
Ya en mi casa, sola, con la invitación de boda entre las manos. Sentada en el sofá con la vergüenza del “momento condón”, con la excitación “momento portal”, con la decepción del “momento morcillona”, con el momento “¿ahora que hago?” en mi interior.

Estaba decepcionada. El Adonis era otro más y no era diferente a lo que ya conocía. Eso sí, seguía estando buenísimo.
Ahora vuelvo a tener tres opciones:
1. Pedir un crédito, comprarme un modelazo, ir a la boda y volvérsela a poner morcillona
2. Desaparecer del mapa y no asistir al evento
3. Fingir una enfermedad contagiosa que me impida asistir a la boda.

Ya veré que hago. Saludos, besos y flores.





