NO ME AMES
No me ames porque yo no te amo a ti, ni lo haré nunca. Lo sabes y no quieres quitarte esa venda que te tiene tan ciego, más que ciego. No vuelvas a decirme que me amas porque si lo haces, el corazón te va a doler más aún de lo que te duele ahora.

No vuelvas a llamarme para preguntarme que hago, la próxima vez te voy a contestar la verdad... y los dos sabemos que no te va a gustar.
Deja de tejer patucos, no quiero ser la madre de tus hijos, no quiero presentarte en sociedad, no quiero pasar contigo más tiempo del que paso, no quiero estar contigo en una playa, no quiero que nos hagamos una foto juntos. No vuelvas a sacarme una maldita foto.
Te lo advertí, te dije que no podía tener nada serio contigo, te dije que dejaras de tratarme como tu novia, ni lo soy ni lo he sido nunca. Deja de mandarme mensajes diciéndome que quieres estar conmigo. Todo lo que te pase a partir de ahora es culpa tuya, yo he sido siempre sincera.
Tengo un corazón enorme y tengo la capacidad de querer a mucha gente y sin embargo a ti no te amo. Sigo viendo al hombre que te conté que me hizo tanto daño, sigo viéndole y no tengo intención de dejar de hacerlo. Yo sí le quiero a él, pero a ti no te amo.
También amo a ese otro con el que me viste, ¿por qué no lo quieres recordar?. No quiero dejar de verle, de él me gustan muchas cosas, me embruja cuando me llama Bella. Me encanta ser amada por él y sin embargo, a ti no te amo.
No pienso dejar de verme con ese otro que me saca un pelo del ojo con la mayor dulzura del mundo. Él aprendió bien la lección, ahora, cada día que pasa, me gana a pasos agigantados. Se dio cuenta que yo era nociva para su frágil corazón y ahora es muy cauto. Deberías aprender de él.
No me ames porque antes que a ti amé a tu amigo y aunque no lo sepas, rozamos el romanticismo juntos. Te diré que el otro día, en tu propia cocina, mientras nos preparabas la mesa para cenar, nos besamos muy apasionadamente. Me gusta más como me besa él que como lo haces tú. Le sigo amando y sin embargo, a ti no te amo.
No invadas mi espacio vital, me pone muy nerviosa que andes por mi casa como si fuera la tuya. No enciendas mi televisión, ni mi radio, ni cambies mi despertador de hora. Te lo dije, te dije que te marcharas que luego iban a venir las lamentaciones... y no me hiciste caso. ¿Ahora qué?, quieres más de mi y yo no puedo darte más que esto. ¿Es que no notas mi crispación de últimamente?. Hay días que quiero estar sola, dormir sola, ducharme sola y hay días que quiero estar con otros.
No quiero hablar a diario contigo, no necesito saber que haces a todas horas, me da igual lo que te ha pasado hoy en el trabajo, no me interesa. Sin embargo, sí quiero saber lo que hace ese médico que me operó en sábado, sigo acostándome con él, no he dejado nunca de hacerlo. A él también le amo... y a ti no.
No quiero volver a hablar de tus sentimientos conmigo, no te está funcionando el chantaje emocional. Tendrás que dejar de verme si quieres curarte de este mal.
Y todo esto te lo digo porque te quiero sin amarte, porque me ablandaste el corazón esa fatídica noche, pero no puedo agradecértelo más de lo que ya lo he hecho y lo siento, pero a ti no te amo.
Vuelve al guardamuebles y saca tu dignidad, recupérala. Desde que me conoces no has hecho uso de ella y eso te hace cada día más feo, no te es favorecedor.
Precisamente porque te quiero sin amarte estoy siendo benevolente contigo. No suelo tener estas deferencias. Te lo dije ayer y te lo vuelvo a decir hoy: te faltan dos segundos para que me odies. Pobrecito, ¿te has enterado ya de que a ti no te amo?.
Esta noche, cuando nos veamos, sabrás tan bien como yo que probablemente sea nuestra última noche. Duerme conmigo si quieres, pero mañana no me hagas un drama. El domingo me iré con ese otro al que tanto odias y haré todo lo que él me pida... porque a él es a otro al que amo... pero a ti no.

No vuelvas a llamarme para preguntarme que hago, la próxima vez te voy a contestar la verdad... y los dos sabemos que no te va a gustar.
Deja de tejer patucos, no quiero ser la madre de tus hijos, no quiero presentarte en sociedad, no quiero pasar contigo más tiempo del que paso, no quiero estar contigo en una playa, no quiero que nos hagamos una foto juntos. No vuelvas a sacarme una maldita foto.
Te lo advertí, te dije que no podía tener nada serio contigo, te dije que dejaras de tratarme como tu novia, ni lo soy ni lo he sido nunca. Deja de mandarme mensajes diciéndome que quieres estar conmigo. Todo lo que te pase a partir de ahora es culpa tuya, yo he sido siempre sincera.
Tengo un corazón enorme y tengo la capacidad de querer a mucha gente y sin embargo a ti no te amo. Sigo viendo al hombre que te conté que me hizo tanto daño, sigo viéndole y no tengo intención de dejar de hacerlo. Yo sí le quiero a él, pero a ti no te amo.
También amo a ese otro con el que me viste, ¿por qué no lo quieres recordar?. No quiero dejar de verle, de él me gustan muchas cosas, me embruja cuando me llama Bella. Me encanta ser amada por él y sin embargo, a ti no te amo.
No pienso dejar de verme con ese otro que me saca un pelo del ojo con la mayor dulzura del mundo. Él aprendió bien la lección, ahora, cada día que pasa, me gana a pasos agigantados. Se dio cuenta que yo era nociva para su frágil corazón y ahora es muy cauto. Deberías aprender de él.
No me ames porque antes que a ti amé a tu amigo y aunque no lo sepas, rozamos el romanticismo juntos. Te diré que el otro día, en tu propia cocina, mientras nos preparabas la mesa para cenar, nos besamos muy apasionadamente. Me gusta más como me besa él que como lo haces tú. Le sigo amando y sin embargo, a ti no te amo.
No invadas mi espacio vital, me pone muy nerviosa que andes por mi casa como si fuera la tuya. No enciendas mi televisión, ni mi radio, ni cambies mi despertador de hora. Te lo dije, te dije que te marcharas que luego iban a venir las lamentaciones... y no me hiciste caso. ¿Ahora qué?, quieres más de mi y yo no puedo darte más que esto. ¿Es que no notas mi crispación de últimamente?. Hay días que quiero estar sola, dormir sola, ducharme sola y hay días que quiero estar con otros.
No quiero hablar a diario contigo, no necesito saber que haces a todas horas, me da igual lo que te ha pasado hoy en el trabajo, no me interesa. Sin embargo, sí quiero saber lo que hace ese médico que me operó en sábado, sigo acostándome con él, no he dejado nunca de hacerlo. A él también le amo... y a ti no.
No quiero volver a hablar de tus sentimientos conmigo, no te está funcionando el chantaje emocional. Tendrás que dejar de verme si quieres curarte de este mal.
Y todo esto te lo digo porque te quiero sin amarte, porque me ablandaste el corazón esa fatídica noche, pero no puedo agradecértelo más de lo que ya lo he hecho y lo siento, pero a ti no te amo.
Vuelve al guardamuebles y saca tu dignidad, recupérala. Desde que me conoces no has hecho uso de ella y eso te hace cada día más feo, no te es favorecedor.
Precisamente porque te quiero sin amarte estoy siendo benevolente contigo. No suelo tener estas deferencias. Te lo dije ayer y te lo vuelvo a decir hoy: te faltan dos segundos para que me odies. Pobrecito, ¿te has enterado ya de que a ti no te amo?.
Esta noche, cuando nos veamos, sabrás tan bien como yo que probablemente sea nuestra última noche. Duerme conmigo si quieres, pero mañana no me hagas un drama. El domingo me iré con ese otro al que tanto odias y haré todo lo que él me pida... porque a él es a otro al que amo... pero a ti no.
MI PRIMA MARISA Y SU ADONIS (3ª Y ÚLTIMA PARTE)
A Esther Lucas y Cristina Rosenvinge
Soy una princesa frustrada... eso, o visto demasiadas veces “Vacaciones en Roma” (¡quiero el flequillo de Audrey Hepburn, por favor!). A pesar de que diga con toda mi bocaza que odio las cursilerías, no puedo evitar rendirme a los píes de un vestidazo de fiesta largo y suntuoso. Todo en su justa medida, porque antes de ponerme un vestido de Moda’s Mary me arranco la piel a tiras.
Decidí asistir a la boda. Decidí hacerlo no sin antes, como ya iba siendo habitual, dar un millón de vueltas al asunto. Osé a ir aún a sabiendas de que no iba a ser lo mejor para mí. Como ya os he explicado, no me gustan las reuniones familiares, no me siento cómoda, aunque me encuentre rodeada de personas que conozco desde mi infancia, me siento una extraña entre ellos. Como una turista accidental, pero quise ir, entre otras cosas, para poder vestirme de largo.
Pero no sólo soy una princesa frustrada, también nací para ser rica y para el lujo en todos sus aspectos. Ya de pequeña se me veía el plumero cuando mi Barbie no dejaba que Ken le fuera a recoger a patita, no... tenía que pasar a buscarla en un descapotable rojo o mi Barbie Cristal no salía de debajo de la cama. O cuando en párvulos ya coleaban mis aires de grandeza tumbándome en el suelo del patio y obligando a los niños de mi clase a llevarme cargadita mientras cantaban “Donde vas Alfonso XII donde vas triste de ti, voy en busca de [...] Su carita era de cera, sus manitas de marfil y el velo que la cubría de color carmesí”.
Soy de la opinión de que la especie humana se divide claramente en dos tipos de personas: están los que son de mentalidad pobre y aunque nazcan con una cuenta en Suiza con un montón de ceros, son miserables de pensamiento y alma y los que, como yo, nacemos con esencia de Donald Trump.
Los primeros son los que cuando les planteas que harían si les tocara la lotería, te contestan diciendo que ellos se conforman con que les toque lo suficiente para quitarse la hipoteca. El otro tipo de personas, son que los que si les plateas la misma pregunta, antes de que termines de formularla, se han gastado los millones y les hace falta más.
Los de mi raza, aunque no tengamos donde caernos muertos (como es mi caso), sólo nos gusta y nos fijamos en lo caro, lo bonito, lo lujoso y no queremos saber nada de mediocridades y medias tintas. Si tenemos que buscar donde vivir, ni nos planteamos la idea de hacerlo en el extrarradio y si alguien nos plantea la idea de vivir en el “cinturón” entonces, echamos a correr con sarna en el cuerpo sólo por haber oído esa horrible palabra y por habernos visto, por una décima de segundo, siendo “un/a cinturoniano/a”.
Si salgo de compras, sólo me llama la atención las prendas y complementos con precios insultantes y mis pies siempre me hacen meterme en esos comercios con dependientas estupidísimas que se creen algo por estar detrás de un mostrador doblando blusitas de marca. Para mi desgracia, suelo salir de estas tiendas como he entrado: con las manos vacías y con la rabia de no haberme podido comprar todo lo que me ha enamorado.
Pero para la gran boda de año volví a tirar la casa por la ventana y de nuevo tuve que alimentarme de las pocas hojas que ya le quedaban a mi ficus benjamina. No podía asistir con un vestidito de Zara de andar por casa, por lo que decidí enriquecer la cuenta de mi querido y amado diseñador santanderino y adquirir el vestido que ya me rondaba por la cabeza tiempo atrás.
He de contaros que exactamente cinco días después de la comida familiar y del momento decepción en mi portal volví a ver a mi ya menos amado Adonis. Cinco días después, cuando acababa de volver de pegarme el desayuno padre y tirarme más de una hora fuera de mi lugar de trabajo, el guarda jurado de mi empresa me dijo que alguien había venido a verme.
¿Alguien?, por poco le cojo de la pechera y me lío a puñetazos con él cuando el bobalicón no supo decirme quien era ese alguien. Después de hacerle un interrogatorio de cuarto de hora con preguntas como “de color tenía el pelo”, “era joven o viejo”, “guapo o feo”, “alto o bajo”, “cuales fueron exactamente sus palabras”, “iba o no iba de traje”, él sólo se limitó a quedarse encogido de hombros y contestar “no sé, no sé... sólo me ha dicho que no era importante y que volvería a pasarse”.
Pedazo de inútil el guarda jurado, tenía que haber llamado al Departamento de Recursos Humanos de su empresa y hacer que le despidieran inmediatamente. Con guardas jurados de esa calaña en nuestro centro de trabajo lo llevábamos claro. ¿Cómo podíamos estar seguros con un señor que no era capaz de identificar a las personas que entran?, ¿cuál era su cometido entonces? ¿jugar al solitario durante horas?. En fin.
Dejé todo lo que estaba haciendo y me dediqué a llamar, ya desde mi despacho, uno por uno a todas las personas del sexo opuesto que hubieran podido venir a verme. Se nota que una no recibe muchas visitas en su trabajo, por no decir ninguna, pero hay ciertas dudas con las que yo no puedo vivir y si se trata de quedarme con la intriga de quien ha podido interesarse por mi, entonces ya ni hablemos.

Quedé como la mayor de las rastreras cuando en la ronda de llamadas llamé a mi ex para preguntarle si había venido a verme. No sólo me contestó que no, sino que además, el muy imbécil, se pensó que todo era una artimaña para volver a ponerme en contacto con él.
Cuando ya estaba a punto de gritar de la desesperación por la angustia que me estaba creando esa duda, sonó mi teléfono para decirme que tenía una visita. Por supuesto pregunté si se había dignado a identificar a esa persona y cuando me dijo quien era se me cortó la respiración. Después bailé una sardana sin que nadie me viera, tapé el auricular, dije “¡sí, sí, sí!” varias veces consecutivas, hice un gesto de triunfo, alcé mis manos al cielo y colgué.
Antes de bajar me pasé por el baño y me atusé el pelo, me eché gloss y bajé las escaleras con tanto temblor en las piernas que por poco las bajo rodando. Le vi sentadito y trajeado, pasando las páginas de un periódico al que se notaba que no prestaba atención. Se levantó raudo en cuanto me vio bajar y después de preguntarme, con cierto nerviosismo, si me podía tomar un café con él porque tenía algo que decirme, salimos a la calle. Me hice la señorita ocupada diciendo que teníamos que ser rápidos porque tenía mucho trabajo que hacer y no podía andar perdiendo el tiempo.
Fui rápida de pensamiento y le llevé a otra cafetería a la que no voy asiduamente. Primero porque acababa de estar en la habitual y segundo, porque el camarero que me sirve el alimento en los desayunos y comidas, me tira los tejos con catapulta y no quería que me viera con él. No se fuera a pensar que tenía alguna historia con el Adonis y automáticamente dejara de halagarme todos los días con sus lindeces. Eso me mataría, no podría vivir sin el alimento diario a mi ego.
Mi corazón estaba apunto de salir de su caja torácica, otros mil pensamientos a la velocidad de la luz. Lo primero fue repasar la ropa interior me había puesto, lo segundo verme fornicando con él en el baño de la cafetería y lo tercero alegrarme infinitamente de que ese día me hubiera puesto falda, lo cual haría que el polvo del baño, fuera más sencillo y ágil.
Los pensamientos posteriores fueron algo más profundos: decidí que si se me planteaba la posibilidad de sexo con él, que mejor lo hiciéramos en su coche. Luego volví a pensar y decidí que mejor íbamos a mi casa a echar un polvo conejero ya que tenía que volver rápidamente a la oficina si no quería que me despidieran por tanto tiempo escaqueada. Inmediatamente después recordé que esa mañana me había ido con la cama sin hacer y que tenía la cena sin fregar, fue entonces lo que me hizo pensar que estaba medio idiota por caer en la cuenta de una tontería de tal calibre y que en cosas como esas, se notaba que me hacía mayor.
Por supuesto, el pensamiento que estuvo de fondo en todo momento cual banda sonora, fue el de si a esas alturas ya la tendría morcillona. De pronto, me asaltó la terrible duda de que si lo que verdaderamente había venido a decirme, era que había contado su debilidad a mi prima Marisa porque el remordimiento había podido con él. Entonces imaginé a mi prima agarrándome de los pelos mientras me llamaba maldita zorra, diciéndome que se había dado cuenta desde el primer momento que quería liarme con su Adonis. En esos minutos de pensamientos profundos, mientras nos dirigíamos a la cafetería donde no existía ningún camarero guapo que me floreara, ideé un argumento con el que contraatacar a Marisa, venía a decir que yo nunca había intentado nada con él, que por mi parte todo había sido de pensamiento y que los pensamientos no son condenables. Que su chico no había podido controlar sus impulsos sexuales hacia mi persona y que tal cosa era normal teniendo en cuenta que ella era un cardo borriquero.
Pero luego pensé que lo que seguramente había venido a decirme era que no podía pasar un segundo más de su vida sin mi presencia (no sé que me pasa últimamente que me lo tengo tan creído) y que tenía que rogarme que nos fuéramos a vivir a un país lejano a ser muy felices y a comer muchas perdices si no quería que él se muriera de pena.
La realidad fue otra muy distinta, ya sentaditos y con lo brazos apoyados en una mesa la mar de pegajosa, lo que me dijo fue simplemente que quería volver a pedirme disculpas por el comportamiento que había tenido en mi portal. Que él no era ese tipo de hombres que iban avasallando a las mujeres (pues menos mal, que lo llega a ser...) y que se sentía totalmente arrepentido de su acto.
A mi me dio un ataque de sinceridad y me puse a largar todo lo que quise y más. Reconocí que desde el momento en que le vi sólo había tenido pensamientos pecaminosos con él. Resalté varias veces que dichos pensamientos habían sido muy pero que muy obscenos pero que a día de hoy, se me habían pasado, aunque debía de advertirle que mi cabeza nunca deja de discurrir y que tengo una parte de mi cerebro muy masculinizada que me hace tener continuamente reflexiones deshonestas. También aproveché para contarle que su incorporación a mi familia me había hecho tener un pequeño cortocircuito el cual ya estaba superado. Que Marisa no era Santo de mi devoción y que si tenía que verle en comidas navideñas y demás reuniones familiares, que más nos valía que él controlara su instintos animales, porque una vez lo podía soportar, dos puede que también, pero que a la tercera se la iba a sacar estuviera quien estuviera delante.
Después de mi discurso, en el que mi Adonis me observaba muy atento, no pude resistir la tentación y terminé preguntándole si mientras hablábamos ya se le había puesto morcillona. Hizo unos segundos de silencio antes de contestar, medio ruborizado me dijo que efectivamente era así, que desde que me vio bajar, estaba en ese estado. Que no podía remediarlo y que se avergonzaba mucho de ello y que si no dejaba de tocarme la teta mientras hablaba con él, que la cosa pintaba muy mal.
Contesté diciendo que el tocarme la teta izquierda con la mano derecha era simplemente una manía que arrastraba desde la infancia, que no tenía ninguna connotación sexual o, al menos, yo no era consciente de ella, pero que ahora que sabía que haciendo eso se estaba poniendo malito, que no tenía ninguna intención de dejarlo de hacer. Me amenazó diciendo que si no dejaba de sobarme la teta izquierda con la mano derecha, iba a tener que arrepentirse de sus actos por segunda vez y fue entonces cuando yo le dije que tenía una boca como un buzón, que si de verdad iba a hacer algo que lo hiciera de una vez que no tenía todo el tiempo del mundo.
Volvió a echarme una pequeña charla sobre su actitud y sus remordimientos, pero a mi ya me había entrado la risa floja y no me creía nada. Aunque lograra creerme que estaba arrepentido de su actuación en mi portal (no me extraña, yo también lo estaría), su intento de pedirme disculpas estaba quedando bastante mal, porque a esas alturas del café, el hilito de baba estaba a punto de caer por la comisura de sus labios.
El caso es que entre pitos, flautas y comentarios subidos levemente de tono, la cosa se nos estaba volviendo a ir de la manos. Sin pedir la cuenta, el camarero nos la trajo y no nos quedó otra que pagar y salir antes de que dejáramos la mesa más pegajosa aún.
He de reconocer que la escena me estaba resultando muy graciosa como he de reconocer que aunque sentía que tenía las riendas de la situación, estaba especialmente nerviosa porque sentía que algo iba a volver a pasar.
Me conformé con un leve empujón hacía la fachada de un Caja Madrid y, en cuestión de segundos sentí que me iba a taladrar en medio de la vía publica.
- ¿Me vas a decir ahora que no sabes que tengo pero que te la pongo morcillona?
- Creo que es evidente, ¿no?
- No me gusta la palabra morcillona, me parece horrible. No vuelvas a decirla
- Si sigo viéndote, no te lo puedo prometer
La verdad es que para no gustarme la palabrita en cuestión me estaba dando mucho juego y no se me caía de la boca. Me pasaba el día entero “ja,ja,ja morcillona por aquí” y “ja,ja,ja, morcillona por allá”.
Decidí volver a mi trabajo y dándole un casto besito en los labios me despedí deseándole suerte. Él me pidió mi teléfono con la mala excusa de que como íbamos a se familia, no estaría de más el tenerme localizada, yo contesté con el chiste fácil y estúpido de que si le daba mi teléfono me quedaba sin él y que era pena porque era el único que tenía. Me partí de la risa yo sola, al Adonis mucha gracia no le hizo, sólo sonrió de medio lado.
Y le di mi número..., y él me dio el suyo... y en ese momento supe que me estaba metiendo en un buen lío.
A él fue al primero que se le disparó el dedo mandando un mensaje. Lo hizo aproximadamente a los diez días. Un viernes a las tres de la mañana mientras, probablemente, andaba de trompeteo con algún colega y mi prima dormía placidamente en su camita con sábanas de hilo creyendo que su hombre estaba teniendo felices sueños con ella.
A mi el mensaje me pilló en un fiesta y como no, contesté. Durante una hora estuvimos como dos tontitos dándole a los botones de nuestros teléfonos. No nos dijimos nada del otro planeta, fueron mensajes insulsos aunque con cierta picardía, eso sí, nos tuvo a los dos bien entretenidos y con una sonrisa en la boca que auguraba intenciones muy mundanas.
Sabía que días después volvería a escribirme. Esas cosas se saben. La intuición femenina es algo muy fuerte que aún no se ha estudiado en profundidad. Volvió a hacerlo otro día por la noche... y yo, volví a contestar.
Mi obsesión hacía él había bajado considerablemente, ya no me tenía trastornada, seguía con mi vida normal y de vez en cuando me alegraba la tarde o la noche con algún mensaje al móvil diciendo que se acordaba de mi.
Ya sólo quedaban diez días para su gran boda, él lo sabía, yo lo sabía pero en nuestros mensajes nunca hablábamos de eso. Yo tenía claro que iba a asistir, cada día lo tenía más claro. Desde luego no iba a hacerlo como la amante que no había llegado a consumir, ni como la enamorada desconsolada que observaba como su amado se casaba con su propia prima. Iba a asistir con mi vestidazo (tenía que amortizarlo) y como la prima excéntrica por parte de la novia.
No podía perderme ese evento, como no podía perderme la cara del Adonis ante los supuestos ojos de Dios jurando fidelidad eterna. Eso tenía que ser digno de ver.
Como os iba contando, a tan sólo diez días del casamiento al Adonis se le volvió a disparar el dedo... y esta vez lo hizo con fuerza, no se andó con rodeos. Esta vez decía que estaba en un almuerzo de trabajo y que si podía tomarme una copa con él cuando terminara, que necesitaba volver a verme y que no aceptaba una negativa por respuesta.
Querido míos, soy blanda, soy la más blanda del mundo y además me apetecía considerablemente, así que contesté con menos rodeos aún diciéndole hora y lugar para nuestra cita.
A las siete de la tarde empezamos a beber. Él ya venía calentito y era fácil suponer que ya se había trincado los menos botella y media de vino y dos orujos. Yo iba muy predispuesta lo que me hacía estar a la altura de su desinhibición.
A las diez de la noche ya estábamos subiendo los cuatro pisos que llevan a mi casa y a partir del momento en que se cerró la puerta de entrada, todo lo que os cuente es poco para haceros ver que fue el mayor de los desastres sexuales jamás contados.
En la primera intentona un gatillazo... Esto podía ser relativamente perdonable si una piensa en el estrés que podía tener él ante su infidelidad (que no la mía) o la cantidad de alcohol ingerida pero nunca haciendo lo que hizo: ponerse a roncar.

Cuando despertó intenté convencerle de que lo mejor era que se marchara. Que yo creía en las señales y que esa había sido una clara señal para no continuáramos con lo que habíamos mal empezado.
Pero no, hubo un segundo intento y está vez fue peor aún si cabe: fue justamente todo lo contrario, en un abrir y cerrar de ojos mi querido Adonis dio por terminada la faena: “un, dos, tres... ya he terminado”. Yo comenzaba a ponerme de mal humor, de muy mal humor. Tuve que sujetarme la pierna con los dos brazos para evitar darle una patada que le tirara de la cama.
La tercera, queridos míos, la tercera fue un desastre total. Sí, hubo una tercera, la hubo para mi desgracia y creo que como castigo de los Dioses por estar mal tirándome al prometido de mi prima hermana. Culpa mía, culpa mía y sólo mía por no haber hecho caso de la señal y no hacer que se marchara en el mismo momento en que sentí que se debía de ir.
En la tercera intentona el Adonis se creyó Nacho Vidal y, sudando como un cerdo, se puso a hacer una serie de números eróticos bastante patéticos. Creo que después de las dos grandes decepciones, cualquier cosa que hubiera hecho, me hubiera parecido mal, aunque se hubiera puesto a hacer sorprendentes malabares con su cola, no me hubiera gustado. Hay hombres a los que se les nota que ven demasiadas películas porno, y a mi ya odiado Adonis, es a uno de ellos. Quiso escenificar y poner en práctica en poco tiempo todo lo que había visualizado y memorizado en dichas películas y para mi sorpresa, se pasó más tiempo de píe encima de la cama, que tumbado.
Como contaros el resto sin pacer soez. El caso es que el muy mamón terminó su faena en mi desencajada cara. Mejor dicho, no terminó en mi desencajado rostro, el cabrón tuvo buena puntería y en realidad lo hizo en mi desorbitado ojo. No sé si lo sabéis amigos, pero escuece... escuece y mucho.
Recuerdo que agarré el pié de la lamparita con la sana intención de abrirle la cabeza pero me tuve que ir corriendo al baño a echarme agua en el ojo para aliviar el escozor.
Ahora me casaba todo, y nunca mejor dicho, realmente Marisa y él hacían muy buena pareja. Él era el peor follador del mundo y ella la más estúpida. Él no encontraría a otra mejor para pasar el resto de sus días; ella tampoco.
Si creéis que el Adonis había dado por finalizada su campaña en quedar como el hombre más odiado del mundo andáis equivocados: Yo ya me había vestido y le había dado su ropa para que se diera cuenta de que NECESITABA que se marchara. Entonces fue cuando me preguntó si podía usar mi baño, le dije que por supuesto, lo hice con el morro torcido y con mi ojo aún colorado, pero cualquier cosa con tal de que se marchara cuanto antes.
Ya iba notando que estaba tardando más de lo habitual, ¿se estaría dando una ducha?, no parecía..., no se oía el agua correr... que extraño, andaba tardando más de la cuenta.
Por fin salió del baño y yo me dispuse a entrar para buscar una goma y amarrarme los pelos de loca que se me había quedado. En cuanto asomé el hocico no tuve ninguna duda de lo que había estado haciendo durante tanto tiempo allí dentro.
¡No podía ser verdad, el Adonis no sólo era impotente y eyaculador precoz (él tiene el poder de ser ambas cosas a la vez), sino que también se dedica a dejarme tuerta y a defecar en mi baño!
Eso fue la gota que colmó el vaso (el vaso que ya estaba más que colmado, por cierto) y lo que me hizo ir empujándole poco a poco hasta la puerta para que se marchara. Si se quedaba un minuto más corría verdadero peligro. Se me estaban pasando por la cabeza mil diferentes formas de asesinatos crueles y despiadados.
Al día siguiente el Adonis volvió a la carga con los mensajes. A tan sólo ocho días para su boda también lo hizo... como lo hizo a los siete días, y los seis y hasta un día antes de su boda volvió a intentar ponerse en contacto conmigo.
No contesté a ninguno de sus mensajes y llamadas, estaba demasiado escarmentada y mi ojo aun tenía un derrame que me recordaba lo sucedido. El Adonis se había convertido en un psicópata que me tenía el móvil colapsado y yo en una desaparecida en combate.
El día anterior a la boda y el mismo día del evento, lo pasé con mi querido David de Miguel Ángel al que, después de haber estado con el Adonis, adoraba más que nunca. Me quedaba abrazada a él y le decía al oído lo mucho que me gustaba como me hacía el amor (porque ya no me follaba, ahora me hacía el amor), me apetecía verle a todas horas y le pedía más veces de las normales que se quedara a dormir conmigo. Él no daba crédito a mi cambio de actitud, pero callaba muy sabiamente, ya había pasado bastante tiempo conmigo como para saber de que pié cojeaba.
Quería ver al Adonis, quería verle rodeado de gente donde mi integridad física no corría ningún peligro. Verle ante el altar y ver lo que probablemente sólo sabíamos mi prima y yo: que detrás de esa estupenda fachada, se escondía un patético hombrecito que despertaba lo más crueles instintos asesinos. Quería intentar averiguar (en la distancia) si también el día de su boda conseguiría ponérsela morcillona y si aún tenía ese poder charcutero sobre él. Tenía que comprobar todo eso y tenía que hacerlo en vivo y en directo.
Mi David de Miguel me llevó hasta la iglesia y después de darle un millón de besos, bajé del coche con paso muy firme y notables aires de grandeza.

Dos intentonas tuvo el Adonis de acercamiento: la primera cuando terminó la ceremonia, en la puerta de la iglesia, casi ante los ojos de Dios me susurró algo al oído, pero os juro que no logré escuchar lo que me dijo, demasiado ruido de fondo, además de que lo hizo en mi oído roto, el izquierdo, por ese oído oigo poco, muy poco.
El segundo intento fue en el baile, tras la cena, cuando todos movían torpemente sus cuerpos y yo me encontraba sentada al lado de una viejecita que rondaba los ciento cuarenta y tres años (por lo menos) pero con una conversación la mar de interesante. El Adonis intentó inútilmente sacarme a bailar, pero con las mismas me giré y seguí hablando con la anciana.
Si algo tienen de malo las barras libres es que me emborracho más rápido aún de lo normal. Poco a poco voy sufriendo mi transformación: la metamorfosis entre María Jiménez y Massiel. La viejita llevaba tres gin-tonics, yo cinco whiskies con hielo y la unión de nuestra merluza fue la que nos hizo meternos en una profunda conversación llena de confesiones.
Ella me relató las historias de unos cuantos amantes que tuvo allá por el Siglo III adC y me confesó, mientras reía tapándose la boca que seguramente en su día fue muy carnosa y sensual, que durante la guerra no se pasaba tanta hambre como la gente decía.
Me pedí el sexto whisky con hielo y entonces conté a mi querida y nueva amiga absolutamente todo lo que me había pasado con el Adonis desde el primer día que entró por la puerta de casa de mis padres. Ella me confesó que era su tía abuela y que eso que yo le había contado no le sorprendía en absoluto, que el abuelo del Adonis o lo que era lo mismo, su difunto cuñado, había sido exactamente igual que él y que aunque a ella no la había dejado tuerta como a mi, había sufrido en sus carnes otras cosas bien parecidas.
Mientras observaba la celebración sentaba al lado de mi amiga y al mismo tiempo que ambas nos fumábamos un puro al más perfecto estilo Saritísima, tuve un pequeño momento de supuesta lucidez y enganché mi teléfono para escribir un mensaje: "te echo mucho de menos, ¿puedes venir a buscarme?”.
Mi David de Miguel Ángel sólo tardó media hora en llegar y en cuanto lo hizo me escapé sin despedirme de nadie. Tan sólo dije adiós a la ancianita que me dio un maravilloso abrazo lleno de complicidad. En su coche, bastante ebria, me volvió a dar una gran exaltación del amor y poniéndome bucólica y pastoril le dije:
- Me encanta estar contigo, pero aún no me siento preparada para una cosa
- Para tener una relación estable, ¿verdad?
- No, para que hagas caca en mi casa.. y por favor, respétame siempre los ojos.
Nunca hagáis caso a ese dicho que dice que se tenga la boca cerrada y los ojos bien abiertos: en ciertas ocasiones, es mejor que sea justamente al revés.
F I N
Muchos besos y muchas flores
Soy una princesa frustrada... eso, o visto demasiadas veces “Vacaciones en Roma” (¡quiero el flequillo de Audrey Hepburn, por favor!). A pesar de que diga con toda mi bocaza que odio las cursilerías, no puedo evitar rendirme a los píes de un vestidazo de fiesta largo y suntuoso. Todo en su justa medida, porque antes de ponerme un vestido de Moda’s Mary me arranco la piel a tiras.
Decidí asistir a la boda. Decidí hacerlo no sin antes, como ya iba siendo habitual, dar un millón de vueltas al asunto. Osé a ir aún a sabiendas de que no iba a ser lo mejor para mí. Como ya os he explicado, no me gustan las reuniones familiares, no me siento cómoda, aunque me encuentre rodeada de personas que conozco desde mi infancia, me siento una extraña entre ellos. Como una turista accidental, pero quise ir, entre otras cosas, para poder vestirme de largo.
Pero no sólo soy una princesa frustrada, también nací para ser rica y para el lujo en todos sus aspectos. Ya de pequeña se me veía el plumero cuando mi Barbie no dejaba que Ken le fuera a recoger a patita, no... tenía que pasar a buscarla en un descapotable rojo o mi Barbie Cristal no salía de debajo de la cama. O cuando en párvulos ya coleaban mis aires de grandeza tumbándome en el suelo del patio y obligando a los niños de mi clase a llevarme cargadita mientras cantaban “Donde vas Alfonso XII donde vas triste de ti, voy en busca de [...] Su carita era de cera, sus manitas de marfil y el velo que la cubría de color carmesí”.
Soy de la opinión de que la especie humana se divide claramente en dos tipos de personas: están los que son de mentalidad pobre y aunque nazcan con una cuenta en Suiza con un montón de ceros, son miserables de pensamiento y alma y los que, como yo, nacemos con esencia de Donald Trump.
Los primeros son los que cuando les planteas que harían si les tocara la lotería, te contestan diciendo que ellos se conforman con que les toque lo suficiente para quitarse la hipoteca. El otro tipo de personas, son que los que si les plateas la misma pregunta, antes de que termines de formularla, se han gastado los millones y les hace falta más.
Los de mi raza, aunque no tengamos donde caernos muertos (como es mi caso), sólo nos gusta y nos fijamos en lo caro, lo bonito, lo lujoso y no queremos saber nada de mediocridades y medias tintas. Si tenemos que buscar donde vivir, ni nos planteamos la idea de hacerlo en el extrarradio y si alguien nos plantea la idea de vivir en el “cinturón” entonces, echamos a correr con sarna en el cuerpo sólo por haber oído esa horrible palabra y por habernos visto, por una décima de segundo, siendo “un/a cinturoniano/a”.
Si salgo de compras, sólo me llama la atención las prendas y complementos con precios insultantes y mis pies siempre me hacen meterme en esos comercios con dependientas estupidísimas que se creen algo por estar detrás de un mostrador doblando blusitas de marca. Para mi desgracia, suelo salir de estas tiendas como he entrado: con las manos vacías y con la rabia de no haberme podido comprar todo lo que me ha enamorado.
Pero para la gran boda de año volví a tirar la casa por la ventana y de nuevo tuve que alimentarme de las pocas hojas que ya le quedaban a mi ficus benjamina. No podía asistir con un vestidito de Zara de andar por casa, por lo que decidí enriquecer la cuenta de mi querido y amado diseñador santanderino y adquirir el vestido que ya me rondaba por la cabeza tiempo atrás.
He de contaros que exactamente cinco días después de la comida familiar y del momento decepción en mi portal volví a ver a mi ya menos amado Adonis. Cinco días después, cuando acababa de volver de pegarme el desayuno padre y tirarme más de una hora fuera de mi lugar de trabajo, el guarda jurado de mi empresa me dijo que alguien había venido a verme.
¿Alguien?, por poco le cojo de la pechera y me lío a puñetazos con él cuando el bobalicón no supo decirme quien era ese alguien. Después de hacerle un interrogatorio de cuarto de hora con preguntas como “de color tenía el pelo”, “era joven o viejo”, “guapo o feo”, “alto o bajo”, “cuales fueron exactamente sus palabras”, “iba o no iba de traje”, él sólo se limitó a quedarse encogido de hombros y contestar “no sé, no sé... sólo me ha dicho que no era importante y que volvería a pasarse”.
Pedazo de inútil el guarda jurado, tenía que haber llamado al Departamento de Recursos Humanos de su empresa y hacer que le despidieran inmediatamente. Con guardas jurados de esa calaña en nuestro centro de trabajo lo llevábamos claro. ¿Cómo podíamos estar seguros con un señor que no era capaz de identificar a las personas que entran?, ¿cuál era su cometido entonces? ¿jugar al solitario durante horas?. En fin.
Dejé todo lo que estaba haciendo y me dediqué a llamar, ya desde mi despacho, uno por uno a todas las personas del sexo opuesto que hubieran podido venir a verme. Se nota que una no recibe muchas visitas en su trabajo, por no decir ninguna, pero hay ciertas dudas con las que yo no puedo vivir y si se trata de quedarme con la intriga de quien ha podido interesarse por mi, entonces ya ni hablemos.

Quedé como la mayor de las rastreras cuando en la ronda de llamadas llamé a mi ex para preguntarle si había venido a verme. No sólo me contestó que no, sino que además, el muy imbécil, se pensó que todo era una artimaña para volver a ponerme en contacto con él.
Cuando ya estaba a punto de gritar de la desesperación por la angustia que me estaba creando esa duda, sonó mi teléfono para decirme que tenía una visita. Por supuesto pregunté si se había dignado a identificar a esa persona y cuando me dijo quien era se me cortó la respiración. Después bailé una sardana sin que nadie me viera, tapé el auricular, dije “¡sí, sí, sí!” varias veces consecutivas, hice un gesto de triunfo, alcé mis manos al cielo y colgué.
Antes de bajar me pasé por el baño y me atusé el pelo, me eché gloss y bajé las escaleras con tanto temblor en las piernas que por poco las bajo rodando. Le vi sentadito y trajeado, pasando las páginas de un periódico al que se notaba que no prestaba atención. Se levantó raudo en cuanto me vio bajar y después de preguntarme, con cierto nerviosismo, si me podía tomar un café con él porque tenía algo que decirme, salimos a la calle. Me hice la señorita ocupada diciendo que teníamos que ser rápidos porque tenía mucho trabajo que hacer y no podía andar perdiendo el tiempo.
Fui rápida de pensamiento y le llevé a otra cafetería a la que no voy asiduamente. Primero porque acababa de estar en la habitual y segundo, porque el camarero que me sirve el alimento en los desayunos y comidas, me tira los tejos con catapulta y no quería que me viera con él. No se fuera a pensar que tenía alguna historia con el Adonis y automáticamente dejara de halagarme todos los días con sus lindeces. Eso me mataría, no podría vivir sin el alimento diario a mi ego.
Mi corazón estaba apunto de salir de su caja torácica, otros mil pensamientos a la velocidad de la luz. Lo primero fue repasar la ropa interior me había puesto, lo segundo verme fornicando con él en el baño de la cafetería y lo tercero alegrarme infinitamente de que ese día me hubiera puesto falda, lo cual haría que el polvo del baño, fuera más sencillo y ágil.
Los pensamientos posteriores fueron algo más profundos: decidí que si se me planteaba la posibilidad de sexo con él, que mejor lo hiciéramos en su coche. Luego volví a pensar y decidí que mejor íbamos a mi casa a echar un polvo conejero ya que tenía que volver rápidamente a la oficina si no quería que me despidieran por tanto tiempo escaqueada. Inmediatamente después recordé que esa mañana me había ido con la cama sin hacer y que tenía la cena sin fregar, fue entonces lo que me hizo pensar que estaba medio idiota por caer en la cuenta de una tontería de tal calibre y que en cosas como esas, se notaba que me hacía mayor.
Por supuesto, el pensamiento que estuvo de fondo en todo momento cual banda sonora, fue el de si a esas alturas ya la tendría morcillona. De pronto, me asaltó la terrible duda de que si lo que verdaderamente había venido a decirme, era que había contado su debilidad a mi prima Marisa porque el remordimiento había podido con él. Entonces imaginé a mi prima agarrándome de los pelos mientras me llamaba maldita zorra, diciéndome que se había dado cuenta desde el primer momento que quería liarme con su Adonis. En esos minutos de pensamientos profundos, mientras nos dirigíamos a la cafetería donde no existía ningún camarero guapo que me floreara, ideé un argumento con el que contraatacar a Marisa, venía a decir que yo nunca había intentado nada con él, que por mi parte todo había sido de pensamiento y que los pensamientos no son condenables. Que su chico no había podido controlar sus impulsos sexuales hacia mi persona y que tal cosa era normal teniendo en cuenta que ella era un cardo borriquero.
Pero luego pensé que lo que seguramente había venido a decirme era que no podía pasar un segundo más de su vida sin mi presencia (no sé que me pasa últimamente que me lo tengo tan creído) y que tenía que rogarme que nos fuéramos a vivir a un país lejano a ser muy felices y a comer muchas perdices si no quería que él se muriera de pena.
La realidad fue otra muy distinta, ya sentaditos y con lo brazos apoyados en una mesa la mar de pegajosa, lo que me dijo fue simplemente que quería volver a pedirme disculpas por el comportamiento que había tenido en mi portal. Que él no era ese tipo de hombres que iban avasallando a las mujeres (pues menos mal, que lo llega a ser...) y que se sentía totalmente arrepentido de su acto.
A mi me dio un ataque de sinceridad y me puse a largar todo lo que quise y más. Reconocí que desde el momento en que le vi sólo había tenido pensamientos pecaminosos con él. Resalté varias veces que dichos pensamientos habían sido muy pero que muy obscenos pero que a día de hoy, se me habían pasado, aunque debía de advertirle que mi cabeza nunca deja de discurrir y que tengo una parte de mi cerebro muy masculinizada que me hace tener continuamente reflexiones deshonestas. También aproveché para contarle que su incorporación a mi familia me había hecho tener un pequeño cortocircuito el cual ya estaba superado. Que Marisa no era Santo de mi devoción y que si tenía que verle en comidas navideñas y demás reuniones familiares, que más nos valía que él controlara su instintos animales, porque una vez lo podía soportar, dos puede que también, pero que a la tercera se la iba a sacar estuviera quien estuviera delante.
Después de mi discurso, en el que mi Adonis me observaba muy atento, no pude resistir la tentación y terminé preguntándole si mientras hablábamos ya se le había puesto morcillona. Hizo unos segundos de silencio antes de contestar, medio ruborizado me dijo que efectivamente era así, que desde que me vio bajar, estaba en ese estado. Que no podía remediarlo y que se avergonzaba mucho de ello y que si no dejaba de tocarme la teta mientras hablaba con él, que la cosa pintaba muy mal.
Contesté diciendo que el tocarme la teta izquierda con la mano derecha era simplemente una manía que arrastraba desde la infancia, que no tenía ninguna connotación sexual o, al menos, yo no era consciente de ella, pero que ahora que sabía que haciendo eso se estaba poniendo malito, que no tenía ninguna intención de dejarlo de hacer. Me amenazó diciendo que si no dejaba de sobarme la teta izquierda con la mano derecha, iba a tener que arrepentirse de sus actos por segunda vez y fue entonces cuando yo le dije que tenía una boca como un buzón, que si de verdad iba a hacer algo que lo hiciera de una vez que no tenía todo el tiempo del mundo.
Volvió a echarme una pequeña charla sobre su actitud y sus remordimientos, pero a mi ya me había entrado la risa floja y no me creía nada. Aunque lograra creerme que estaba arrepentido de su actuación en mi portal (no me extraña, yo también lo estaría), su intento de pedirme disculpas estaba quedando bastante mal, porque a esas alturas del café, el hilito de baba estaba a punto de caer por la comisura de sus labios.
El caso es que entre pitos, flautas y comentarios subidos levemente de tono, la cosa se nos estaba volviendo a ir de la manos. Sin pedir la cuenta, el camarero nos la trajo y no nos quedó otra que pagar y salir antes de que dejáramos la mesa más pegajosa aún.
He de reconocer que la escena me estaba resultando muy graciosa como he de reconocer que aunque sentía que tenía las riendas de la situación, estaba especialmente nerviosa porque sentía que algo iba a volver a pasar.
Me conformé con un leve empujón hacía la fachada de un Caja Madrid y, en cuestión de segundos sentí que me iba a taladrar en medio de la vía publica.
- ¿Me vas a decir ahora que no sabes que tengo pero que te la pongo morcillona?
- Creo que es evidente, ¿no?
- No me gusta la palabra morcillona, me parece horrible. No vuelvas a decirla
- Si sigo viéndote, no te lo puedo prometer
La verdad es que para no gustarme la palabrita en cuestión me estaba dando mucho juego y no se me caía de la boca. Me pasaba el día entero “ja,ja,ja morcillona por aquí” y “ja,ja,ja, morcillona por allá”.
Decidí volver a mi trabajo y dándole un casto besito en los labios me despedí deseándole suerte. Él me pidió mi teléfono con la mala excusa de que como íbamos a se familia, no estaría de más el tenerme localizada, yo contesté con el chiste fácil y estúpido de que si le daba mi teléfono me quedaba sin él y que era pena porque era el único que tenía. Me partí de la risa yo sola, al Adonis mucha gracia no le hizo, sólo sonrió de medio lado.
Y le di mi número..., y él me dio el suyo... y en ese momento supe que me estaba metiendo en un buen lío.
A él fue al primero que se le disparó el dedo mandando un mensaje. Lo hizo aproximadamente a los diez días. Un viernes a las tres de la mañana mientras, probablemente, andaba de trompeteo con algún colega y mi prima dormía placidamente en su camita con sábanas de hilo creyendo que su hombre estaba teniendo felices sueños con ella.
A mi el mensaje me pilló en un fiesta y como no, contesté. Durante una hora estuvimos como dos tontitos dándole a los botones de nuestros teléfonos. No nos dijimos nada del otro planeta, fueron mensajes insulsos aunque con cierta picardía, eso sí, nos tuvo a los dos bien entretenidos y con una sonrisa en la boca que auguraba intenciones muy mundanas.
Sabía que días después volvería a escribirme. Esas cosas se saben. La intuición femenina es algo muy fuerte que aún no se ha estudiado en profundidad. Volvió a hacerlo otro día por la noche... y yo, volví a contestar.
Mi obsesión hacía él había bajado considerablemente, ya no me tenía trastornada, seguía con mi vida normal y de vez en cuando me alegraba la tarde o la noche con algún mensaje al móvil diciendo que se acordaba de mi.
Ya sólo quedaban diez días para su gran boda, él lo sabía, yo lo sabía pero en nuestros mensajes nunca hablábamos de eso. Yo tenía claro que iba a asistir, cada día lo tenía más claro. Desde luego no iba a hacerlo como la amante que no había llegado a consumir, ni como la enamorada desconsolada que observaba como su amado se casaba con su propia prima. Iba a asistir con mi vestidazo (tenía que amortizarlo) y como la prima excéntrica por parte de la novia.
No podía perderme ese evento, como no podía perderme la cara del Adonis ante los supuestos ojos de Dios jurando fidelidad eterna. Eso tenía que ser digno de ver.
Como os iba contando, a tan sólo diez días del casamiento al Adonis se le volvió a disparar el dedo... y esta vez lo hizo con fuerza, no se andó con rodeos. Esta vez decía que estaba en un almuerzo de trabajo y que si podía tomarme una copa con él cuando terminara, que necesitaba volver a verme y que no aceptaba una negativa por respuesta.
Querido míos, soy blanda, soy la más blanda del mundo y además me apetecía considerablemente, así que contesté con menos rodeos aún diciéndole hora y lugar para nuestra cita.
A las siete de la tarde empezamos a beber. Él ya venía calentito y era fácil suponer que ya se había trincado los menos botella y media de vino y dos orujos. Yo iba muy predispuesta lo que me hacía estar a la altura de su desinhibición.
A las diez de la noche ya estábamos subiendo los cuatro pisos que llevan a mi casa y a partir del momento en que se cerró la puerta de entrada, todo lo que os cuente es poco para haceros ver que fue el mayor de los desastres sexuales jamás contados.
En la primera intentona un gatillazo... Esto podía ser relativamente perdonable si una piensa en el estrés que podía tener él ante su infidelidad (que no la mía) o la cantidad de alcohol ingerida pero nunca haciendo lo que hizo: ponerse a roncar.

Cuando despertó intenté convencerle de que lo mejor era que se marchara. Que yo creía en las señales y que esa había sido una clara señal para no continuáramos con lo que habíamos mal empezado.
Pero no, hubo un segundo intento y está vez fue peor aún si cabe: fue justamente todo lo contrario, en un abrir y cerrar de ojos mi querido Adonis dio por terminada la faena: “un, dos, tres... ya he terminado”. Yo comenzaba a ponerme de mal humor, de muy mal humor. Tuve que sujetarme la pierna con los dos brazos para evitar darle una patada que le tirara de la cama.
La tercera, queridos míos, la tercera fue un desastre total. Sí, hubo una tercera, la hubo para mi desgracia y creo que como castigo de los Dioses por estar mal tirándome al prometido de mi prima hermana. Culpa mía, culpa mía y sólo mía por no haber hecho caso de la señal y no hacer que se marchara en el mismo momento en que sentí que se debía de ir.
En la tercera intentona el Adonis se creyó Nacho Vidal y, sudando como un cerdo, se puso a hacer una serie de números eróticos bastante patéticos. Creo que después de las dos grandes decepciones, cualquier cosa que hubiera hecho, me hubiera parecido mal, aunque se hubiera puesto a hacer sorprendentes malabares con su cola, no me hubiera gustado. Hay hombres a los que se les nota que ven demasiadas películas porno, y a mi ya odiado Adonis, es a uno de ellos. Quiso escenificar y poner en práctica en poco tiempo todo lo que había visualizado y memorizado en dichas películas y para mi sorpresa, se pasó más tiempo de píe encima de la cama, que tumbado.
Como contaros el resto sin pacer soez. El caso es que el muy mamón terminó su faena en mi desencajada cara. Mejor dicho, no terminó en mi desencajado rostro, el cabrón tuvo buena puntería y en realidad lo hizo en mi desorbitado ojo. No sé si lo sabéis amigos, pero escuece... escuece y mucho.
Recuerdo que agarré el pié de la lamparita con la sana intención de abrirle la cabeza pero me tuve que ir corriendo al baño a echarme agua en el ojo para aliviar el escozor.
Ahora me casaba todo, y nunca mejor dicho, realmente Marisa y él hacían muy buena pareja. Él era el peor follador del mundo y ella la más estúpida. Él no encontraría a otra mejor para pasar el resto de sus días; ella tampoco.
Si creéis que el Adonis había dado por finalizada su campaña en quedar como el hombre más odiado del mundo andáis equivocados: Yo ya me había vestido y le había dado su ropa para que se diera cuenta de que NECESITABA que se marchara. Entonces fue cuando me preguntó si podía usar mi baño, le dije que por supuesto, lo hice con el morro torcido y con mi ojo aún colorado, pero cualquier cosa con tal de que se marchara cuanto antes.
Ya iba notando que estaba tardando más de lo habitual, ¿se estaría dando una ducha?, no parecía..., no se oía el agua correr... que extraño, andaba tardando más de la cuenta.
Por fin salió del baño y yo me dispuse a entrar para buscar una goma y amarrarme los pelos de loca que se me había quedado. En cuanto asomé el hocico no tuve ninguna duda de lo que había estado haciendo durante tanto tiempo allí dentro.
¡No podía ser verdad, el Adonis no sólo era impotente y eyaculador precoz (él tiene el poder de ser ambas cosas a la vez), sino que también se dedica a dejarme tuerta y a defecar en mi baño!
Eso fue la gota que colmó el vaso (el vaso que ya estaba más que colmado, por cierto) y lo que me hizo ir empujándole poco a poco hasta la puerta para que se marchara. Si se quedaba un minuto más corría verdadero peligro. Se me estaban pasando por la cabeza mil diferentes formas de asesinatos crueles y despiadados.
Al día siguiente el Adonis volvió a la carga con los mensajes. A tan sólo ocho días para su boda también lo hizo... como lo hizo a los siete días, y los seis y hasta un día antes de su boda volvió a intentar ponerse en contacto conmigo.
No contesté a ninguno de sus mensajes y llamadas, estaba demasiado escarmentada y mi ojo aun tenía un derrame que me recordaba lo sucedido. El Adonis se había convertido en un psicópata que me tenía el móvil colapsado y yo en una desaparecida en combate.
El día anterior a la boda y el mismo día del evento, lo pasé con mi querido David de Miguel Ángel al que, después de haber estado con el Adonis, adoraba más que nunca. Me quedaba abrazada a él y le decía al oído lo mucho que me gustaba como me hacía el amor (porque ya no me follaba, ahora me hacía el amor), me apetecía verle a todas horas y le pedía más veces de las normales que se quedara a dormir conmigo. Él no daba crédito a mi cambio de actitud, pero callaba muy sabiamente, ya había pasado bastante tiempo conmigo como para saber de que pié cojeaba.
Quería ver al Adonis, quería verle rodeado de gente donde mi integridad física no corría ningún peligro. Verle ante el altar y ver lo que probablemente sólo sabíamos mi prima y yo: que detrás de esa estupenda fachada, se escondía un patético hombrecito que despertaba lo más crueles instintos asesinos. Quería intentar averiguar (en la distancia) si también el día de su boda conseguiría ponérsela morcillona y si aún tenía ese poder charcutero sobre él. Tenía que comprobar todo eso y tenía que hacerlo en vivo y en directo.
Mi David de Miguel me llevó hasta la iglesia y después de darle un millón de besos, bajé del coche con paso muy firme y notables aires de grandeza.

Dos intentonas tuvo el Adonis de acercamiento: la primera cuando terminó la ceremonia, en la puerta de la iglesia, casi ante los ojos de Dios me susurró algo al oído, pero os juro que no logré escuchar lo que me dijo, demasiado ruido de fondo, además de que lo hizo en mi oído roto, el izquierdo, por ese oído oigo poco, muy poco.
El segundo intento fue en el baile, tras la cena, cuando todos movían torpemente sus cuerpos y yo me encontraba sentada al lado de una viejecita que rondaba los ciento cuarenta y tres años (por lo menos) pero con una conversación la mar de interesante. El Adonis intentó inútilmente sacarme a bailar, pero con las mismas me giré y seguí hablando con la anciana.
Si algo tienen de malo las barras libres es que me emborracho más rápido aún de lo normal. Poco a poco voy sufriendo mi transformación: la metamorfosis entre María Jiménez y Massiel. La viejita llevaba tres gin-tonics, yo cinco whiskies con hielo y la unión de nuestra merluza fue la que nos hizo meternos en una profunda conversación llena de confesiones.
Ella me relató las historias de unos cuantos amantes que tuvo allá por el Siglo III adC y me confesó, mientras reía tapándose la boca que seguramente en su día fue muy carnosa y sensual, que durante la guerra no se pasaba tanta hambre como la gente decía.
Me pedí el sexto whisky con hielo y entonces conté a mi querida y nueva amiga absolutamente todo lo que me había pasado con el Adonis desde el primer día que entró por la puerta de casa de mis padres. Ella me confesó que era su tía abuela y que eso que yo le había contado no le sorprendía en absoluto, que el abuelo del Adonis o lo que era lo mismo, su difunto cuñado, había sido exactamente igual que él y que aunque a ella no la había dejado tuerta como a mi, había sufrido en sus carnes otras cosas bien parecidas.
Mientras observaba la celebración sentaba al lado de mi amiga y al mismo tiempo que ambas nos fumábamos un puro al más perfecto estilo Saritísima, tuve un pequeño momento de supuesta lucidez y enganché mi teléfono para escribir un mensaje: "te echo mucho de menos, ¿puedes venir a buscarme?”.
Mi David de Miguel Ángel sólo tardó media hora en llegar y en cuanto lo hizo me escapé sin despedirme de nadie. Tan sólo dije adiós a la ancianita que me dio un maravilloso abrazo lleno de complicidad. En su coche, bastante ebria, me volvió a dar una gran exaltación del amor y poniéndome bucólica y pastoril le dije:
- Me encanta estar contigo, pero aún no me siento preparada para una cosa
- Para tener una relación estable, ¿verdad?
- No, para que hagas caca en mi casa.. y por favor, respétame siempre los ojos.
Nunca hagáis caso a ese dicho que dice que se tenga la boca cerrada y los ojos bien abiertos: en ciertas ocasiones, es mejor que sea justamente al revés.
F I N
Muchos besos y muchas flores





