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Coolkiku
Os escribo una carta larga porque no tengo tiempo de escribiros una corta.
Sindicación
 
¡FELIZ NAVIDAD Y PRÓSPERO AÑO NUEVO!



Besos y abrazos para todos pero muy especialmente para todos esos hombres que usan más laca que yo, deseándoos de corazón que no dejéis de ser como sois, sin vosotros este blog no tendría razón de ser.


Os quiere,
 
¿UN SOPLO EN EL CORAZÓN O UNA BRONQUITIS AGUDA?


Yo lo que quería era tener un soplo en el corazón. Me parecía que tenía un nombre tan divino esa enfermedad… “tengo un soplo en el corazón”, me sonaba realmente bien, hasta romántico me parecía. Hablamos de cuando era una cría, una niña a la que su profesor, Don Carlos, llamaba “Antoñita la Fantástica” (para el que no lo sepa, Antoñita la Fantástica es esa niña de los libros que yo leía por aquel entonces). Pili, la niña del parque, tenía uno (un soplo en el corazón) ¡cuán envidiada era por mí sin ella saberlo!. Cuando decía que no podía correr por el soplo, cuando nos contaba que en el colegio no podía hacer gimnasia… yo, la miraba envidiosa, también quería esa enfermedad para mí. Pilar era débil, blanquecina y frágil. No como yo, que tenía unas chapetas enormes, rojas como dos manzanas Red Delicious, que andaba hecha una gitana todo el día, que intentaba correr y pegarme más que cualquier niño del parque o del colegio. A mí me hubiera gustado ser como era Pili, delicada y liviana.


También quise tener escarlatina, pero eso no se lo debo a Pili, sino a la película y el libro de “Mujercitas” al que a mi madre me adentró. También me parecía precioso ese sufrimiento, otra enfermedad con nombre muy sugerente para mí, como de color carmesí… Pero tampoco tuve la “suerte” de contraerla, para entonces para mi desgracia, ahora para mi fortuna.


Me caía cien veces al día, me tiraba por todos los barrancos, me pegaba todo lo que podía y más, me pasaba todo el día “recogidita en la calle” y a mí nunca me escayolaban, por mucho que me cayera de un árbol o me tirara en plancha desde la valla que rodeaba los columpios. Yo nunca me rompía nada, lo máximo que me pasó fue hacer la comunión con una enorme herida en la frente por haberme caído de la bici (una BH verde que me encantaba). Deseaba ser como los niños y niñas que eran escayolados, que tenían sus yesos llenos de firmas y dibujitos, los que andaban con muletas, con vendas… Mis huesos eran duros, nunca se rompían.


Me ponía un chicle en el paladar y fabriqué un alambre para mi boca porque me fascinaba la idea de llevar aparato en los dientes (como Elena, la de mi clase, a la que llamaban “Chiquitren”), de este modo, parecía que hablaba como si llevara uno, pero tampoco tuve esa suerte. Mi dentadura estaba bien alineada (afortunadamente para mis padres que se ahorraron un dineral y desafortunadamente para mí que quería portar uno), así que eso tampoco pudo ser.


Había otra niña en mi barrio (la hija del portero del bloque de al lado de mi casa) que tenía un defecto de nacimiento el cual le hacía que no pudiera estirar completamente su brazo izquierdo. También me gustaba eso, fue por lo que me pasé un largo tiempo haciendo el camino de mi casa al colegio con mi brazo doblado, como ella. Dejé de hacerlo por insistencia de mis hermanas que caminaban a mi lado y se avergonzaban de mi estupidez.


Es curioso lo idiota que puede llegar a ser una niña tan pequeña, es disculpable por eso de la edad y la inocencia. Ahora, que los Dioses me libren de querer ser escayolada, de llevar aparato en los dientes o de sufrir cualquier enfermedad coronaria o infecciosa. Tengo una salud de hierro, he pasado las enfermedades normales (varicela, paperas, etc…) y he sufrido alguna que otra faringitis como todo hijo de vecino, pero para de contar, mi historial médico, gracias a Dios, es envidiable.


Pero recientemente he caído enferma. Me pasé una semana con un tonto constipado que no pasó de estar llena de mocos, ojos llorosos y mil estornudos por segundo. Al parecer y según el médico, por no haber estado bien curado dicho constipado, por haberme pasado la noche más fría del mundo luciendo palmito con mi nueva adquisición (un vestido precioso), zapatos calados y sin bufanda, me llevó a que el resfriado derivara en una bronquitis.


Esta bronquitis de la que os hablo me hizo pasar una noche terrible, tosiendo como una tísica, sin poder pegar ojo, sin encontrar la postura que me permitiera dejar de toser y poder dormir… pero mi falta de costumbre en ir al médico me hizo pensar que podría curarme yo sola a base de fumar menos y caramelitos de menta (está visto que sigo siendo la misma ingenua de años ha). No funcionó. A la siguiente noche llegué a los 39,5º de fiebre. Casi nada.


Al día siguiente visité al médico. Fue cuando me diagnosticó la mencionada bronquitis. “Es seria”, me dijo, cúratela bien si no quieres llegar a una neumonía.


¿Neumonía? esa enfermedad ya no me parecía tan bonita, me sonaba a pobre, a alguien que tose mucho y que es muy feo. Tener bronquitis ya me parecía demasiado indecoroso como para llegar a tener la neumonía esa.


Así que compré el antibiótico que me recetó, unas gordísimas pastillas imposibles de tragar, también pastillas efervescentes de esas que saben y huelen a huevo podrido, Termangil para la fiebre y los dolores de cabeza, otras pastillas descomunales para proteger mi estómago del daño que me pudiera hacer el antibiótico y me dispuse a tomarlas, hasta que cometí un grave error: leerme los efectos secundarios. Decidí que se los iba a tomar Rita, porque lo que era yo, desde luego no iba a ser.


La siguiente noche la volví a pasar jodida y no precisamente porque me la pasara fornicando. Cuando dejé un pulmón sobre mi almohada y comencé a tener alucinaciones derivadas de la fiebre, decidí que iba a empezar a seguir el tratamiento.


Mi memoria no me llegaba para recordar una fiebre así, ya he dicho que rara vez enfermo. No podía creer que pudiera encontrarme tan mal. Muerta de calor, muerta de frío, sudando, tiritando…. Hasta llegué a ver a mi abuela (muerta la pobre hace ya doce años) sentada en mi cama y hablándome como si fuera lo más normal del mundo.


A la mañana siguiente comencé a tomarme todo lo que me había recetado el doctor, las alucinaciones me habían acojonado.

He de decir que todos esos medicamentos hicieron sus efectos bastante rápido, pero aún no me encontraba dispuesta a hacer mucho más que no fuera ir de la cama al sofá y del sofá a la cama.


Pero hay una enfermedad de la que aún no os he hablado y que he sufrido toda la vida: el miedo al aburrimiento. Si me aburro: tiembla la tierra. Ya sabéis eso de que cuando el diablo no sabe que hacer, mata moscas con el rabo.


El hastío pudo con mi enfermedad y cuando comprobé que existía una programación matutina que desconocía, que María Teresa Campos y Ana Rosa Quintana no eran leyendas urbanas como venía sospechando, cuando ya había decorado mi casa de Navidad, cuando leí todo lo que mi considerable dolor de cabeza me permitió, cuando ya no se me ocurría nada mejor que hacer para entretenerme, tiré de móvil y mandé el siguiente mensaje a diestro y siniestro: “Estoy malita, tengo bronquitis, necesito que me cures, el médico me ha dicho que necesito calor y mimos. Haz lo propio. Besitos


Bueno, no fue a diestro y siniestro a quien mandé el dichoso mensaje, porque debido a mi aburrimiento ya había comunicado a todos mis allegados que podían perderme debido a mi grave estado de salud, sería más correcto y sincero decir que ese mensaje lo mandé a todos esos hombres que usan más laca que yo y que de alguna manera venía echando de menos ya que últimamente les había tenido bastante abandonados por culpa de mi otra nueva adquisición llamada “El Efebo”.


No me decepcionaron como viene siendo habitual y contestaron todos rápidos y veloces a mi reclamo. Yo, orgullosa de aún mantener ese poder hacía ellos, les di toda la coba que pude y más. Encantada de haberme conocido leía rozagante:


1. Yo te curo mi niña, sólo tienes que decirme cuando y dónde


2. ¿Voy ahora mismo a tu casa y te pongo esa inyección que quita todos los males?


3. Mis besos son curativos, te daría tantos que te iba a dejar bien en un santiamén


Y el mensaje que más me gustó, mi preferido:


4. Mis ojos se llenan de lágrimas ante la triste noticia, sin ti mi vida ha estado rodeada de vulgaridad y olor a pachuli, sólo tienes que decirme cuando quieres que vaya a darte los arrumacos que me reclamas. Beso.


Hasta entonces una delicia comprobar que todos seguían ahí, dispuestos a curarme, mimarme, darme calor o lo que fuera necesario. Ahora me doy cuenta de que no debí de haberlo hecho. Como no soy capaz de reconocer mi culpa, se la echo a esos efectos secundarios que ya sospechaba que algo malo me tenían que causar, lo que sí está claro es que yo y solamente yo, sé lo insistentes que son estos hombres que usan más laca que yo y lo difícil que luego me resulta volver a hacerles entender que sólo les necesito de cuando en cuando y para mi propio interés.


El caso es que tuve que idear una especie de planning para organizar las visitas hacía mi persona. Tenía que citarles a diferentes horas (evidentemente), convencerles de que no podían estar demasiado tiempo ya que no me encontraba del todo bien y que tenían que ser respetuosos con mi estado malsano y febril. Les hice entender que esas citas, sólo se trataban de algo tranquilo y apaciguado.


Pero a quien no le gusta ser asediado con regalos, carantoñas y levantamientos de ego, a mí por lo menos me encanta. Fueron viniendo poco a poco (siempre, y en cualquier caso, cuando El Efebo me lo permitió, porque él se había propuesto hacer de mi dolencia una meta para demostrarme sus dotes de enfermero y para hacer de esos días, los días más calientes de mi vida) y fueron llegando con una rosita uno, otro con un CD, con un libro y también con chocolate 99% Cacao que, este en concreto, sabe que me pierde. Aunque todos y cada uno de ellos me mimó con sumo cuidado, no pudieron evitar también (hay que joderse los predicables que son todos ellos y el parecido abismal que tienen entre sí en lo que respecta a su actitud) reprenderme por mi desapego de últimamente y por no por haber contestado a sus reclamos cuando ellos lo necesitaron.


Y es que los pobres sólo aprenden de mí a base de golpes, veo que no tengo otra formas de enseñarle y esto no es precisamente violencia de género, que nadie me crucifique por decir esto, que está visto que ahora nadie puede decir una frase hecha como “a base de golpes” y quedarse tan ancho, que a la mínima te endosan una querella que te deja tiritando, pero ese es otro tema, lo que quería decir que estos chicos míos no terminan de darse cuenta de que, aunque de vez en cuando tenga una necesidad imperiosa de saber que están ahí, no quiero mucho más de ellos. El día que me falten ya lloraré sangre si hace falta, pero hoy por hoy, esto es lo que hay y necesito.


Lo malo viene ahora, que estoy curadita del todo, más sana que una manzana y que no necesito de sus mimos ni carantoñas, y ellos erre que erre que si te pongo la inyección, que si te meto la lengua hasta no sé donde para limpiarte de virus… Me tengo que limitar a decirles que por ahora estoy con escarlatina y que mejor que no se acerquen mucho a mí si no quieren morir por esta horrible enfermedad, pero no me creen. Volveré a dejar de contestarle por una temporada, a ver si aprenden. A veces pienso que ellos me piden a gritos este trato descortés.


Si ya decía yo que lo que quería era tener un soplo en el corazón, es mucho más mono que la bronquitis de las narices.





 
PRUEBAS CONCLUYENTES DE QUE COOLKIKU ES IDIOTA
(Artículo complementario a 69 razones para odiarme (a mí misma) e inspirado en el poema de Jaime Bayly publicado en el libro “Aquí no hay poesía”: Editorial Anagrama. Narrativas Hispánicas, nº 218, 2001)





• Echarme en las piernas insecticida (Bloom Max de Cruz Verde) en lugar de un repelente de mosquitos


• Discutir acaloradamente con el que por ese entonces era mi pareja porque no le gustó como pronuncié “Manniskoätarna” al comprar las entradas del cine


• Ser incapaz de aprenderme de memoria cualquier canción en inglés


• Hacerme una cantidad considerable de kilómetros para depositar mi voto en la ciudad donde estaba empadronada y darme cuenta al llegar, de que olvidé en casa mi DNI


• Ver a Mayor Oreja pasear por el Retiro con dos guardaespaldas y perseguirlo sólo para estar cerca de él


• Pensar cuando era niña que podía llegar a ser Presidenta de mi país


• Romper a llora cuando un agente inmobiliario que intentaba venderme un piso, me pidió que cenara con él (comprar un piso es una de las causas que más provoca estrés en nuestra sociedad)


• No ser capaz de resolver la más simples operaciones matemáticas sin ayuda de una calculadora


• Leerme íntegramente y con gran curiosidad un periódico del año pasado


• Hacerme pasar por extranjera al subirme en un taxi para, de este modo, evitar hablar con el taxista. Contestar a los tres minutos mi teléfono y mantener una conversación en un perfecto castellano


• Saludar y abrazar efusivamente a Gabino Diego confundiéndole con un antiguo compañero de clase


• Decir al representante de Roberto Carlos (futbolista) que de pequeña me encantaba la canción de el gato que está triste y azul y canturreársela para que comprobara que conocía a su representado


• Decir al representante de Michel Salgado que no tengo muy claro quien es su representado porque no sigo mucho la Fórmula Uno


• Intentar convertir a un turco al cristianismo


• Creerme las palabras de mi ex cuando me dijo duerme conmigo que te prometo que no habrá sexo


• Apostar muy seria mis dos brazos derechos


• Llevar toda una vida intentando aprender inglés y no saber construir una frase sin pasarme un par de minutos pensando


• Llamar al Servicio de Información Toxicológica (91-562.04.20) para preguntar que me podía pasar ya que no estaba segura de si me había tomado una o dos pastillas del antibiótico que me habían recetado


• Montar un número en una tienda porque me habían desaparecido mis gafas de sol Gucci que acababa de dejar en el mostrador mientras pagaba. Llamar al seguro de hogar para ver si me cubría el robo, comprobar que sólo por robo con violencia. Pedir un parte facultativo mostrando un arañazo en el escote que yo misma me había hecho el día anterior. Ir a la comisaría a poner la denuncia del supuesto robo con violencia. Llegar al día siguiente a la oficina y ver que las gafas estaban encima de mi mesa