FULANITA Y SUS MENGANOS

No sé si lo que me pasa tiene que ver con mi despiste, no sé si es por la miopía o simplemente porque estoy en el mundo porque sobra oxígeno. El caso es que tengo un problema que, si bien es verdad nunca me ha preocupado, últimamente pienso en ello más de lo normal.
Creo que me estoy volviendo una neurótica y como buena neurótica (porque ya que lo soy, que sea de las buenas) me preocupa bastante lo que dice y piensa la gente de mí. Amén de que últimamente no acepto nada bien las críticas.
Son ya demasiadas las veces que estando en un acto social, tomando algo en “el bar del barrio”, esperando en el hall del cine o haciendo cola para entrar en un baño, me siento como la muerta en su propio velatorio. Tengo la (fundada) sensación de que todo el mundo me observa, habla de mí y yo, dentro de mi muerte, observo como murmuran sin conseguir escuchar lo que dicen.
Es terrible sentirse espiada, pero más terribles aún es sentir constantemente unos ojos clavados en el cogote. Ojos que esperan que me tropiece para poder reírse de mí, oídos que aguardan a que diga una incongruencia para poderme criticar. Gente que está a la expectativa, que esperan a que me pida otra copa para decir que soy una borracha. Necesitan verme tontear para decir que soy una zorra o verme sin maquillar para decir que sin pintura no valgo nada. Esperan a verme llorar para proclamar que soy una histérica y si me ven reír, sostienen que lo quiero es llamar la atención… Son como buitres carroñeros que esperan a que haga lo mínimo para poder sacarle puntilla y criticarlo hasta la saciedad.
Paradójicamente tengo una imperiosa necesidad de saber todo aquello que se dice de mi persona. Para bien o para mal, a mí me conoce más gente de la que yo conozco, quiero decir: mucha gente sabe quien soy, pero yo no sé quienes son ellos.
Esto me está creando una especie de angustia que, sin llegar a quitarme el sueño, consigue paralizarme cuando alguien me suelta: “Oye, tú eres fulanita, ¿verdad?”. Entonces me agarroto, me detengo, miro fijamente a quien me lo pregunta, hago un esfuerzo mental y cuando me doy cuenta de que no conozco (o al menos no recuerdo) a esa persona, me quedo bloqueada y cien preguntas quieren salir atropelladamente de mi boca:
- ¡¿Quién eres?!
- ¡¿Por qué sabes mi nombre?!
- ¡¿De qué me conoces?!
- ¡¿Qué sabes de mí?!
- ¡¿Te conozco yo a ti?!
- ¡¿Me he portado mal contigo?!
- ¡¿Hemos tenido algún tipo de contacto carnal?!
- ¡¿Te caigo bien?!
- ¡¿Mal?!
- …
He de confesar que esto no ha sido siempre así, digamos que estoy en la tercera fase de un proceso. En la primera fase, cuando alguien me preguntaba si yo era Fulanita de Tal, respondía siempre feliz, simpática, cortés, me mostraba encantada de haberme conocido y feliz de que me conocieran.
No hizo falta mucho tiempo para darme cuenta de que lo que la gente sabía de mí, era en su mayoría falso, distorsionado o simplemente inventado. Cuando escuché cosas que yo no había hecho, abortos que no había tenido, trabajos que no había realizado; cuando me dijeron que había estado con hombres a los que ni si quiera conocía, cuando me agenciaron defectos de los que carezco, vicios que no tengo, cuando me tocó escuchar barbaridades sobre mi persona, falsedades, calumnias, exageraciones, chismes, enredos, mentiras y tergiversaciones, entonces empecé a tener miedo y a no querer saber absolutamente nada de lo que se decía de mí.
Pasé a la segunda fase, en este periodo de tiempo actué de forma totalmente contraria a la primera. Muy harta de escuchar barbaridades y nada positivo, muy cansada de desmentir y aburrida de aclarar asuntos, decidí no querer saber absolutamente nada de lo que se dijera. No quería escuchar ni saber e ignoraría a todo aquel que supuestamente me conociera.
Recuerdo una ocasión (encontrándome yo en esta segunda fase de la que os hablo) en que un tipo que se encontraba con un grupo de amigotes bebedores de cerveza, se desmarcó de ellos hecho un valiente y acercándose a mí, muy seguro de sí mismo, me dio unos toquecitos en el hombro. Me volví, comprobé que su cara no me era en absoluto familiar, me preguntó el esperado “¿Eres Fulanita?” y cuando terminó de formularla, volví a girarme, dándole de este modo la espalda y continué con la conversación que había interrumpido con mi amiga. Fue cuando pude escuchar a mi espalda que dijo algo así como “menuda gilipollas, ya os dije yo que esta tía iba de sobradilla”.
Entiendo que a ese tipo le pareciera una gilipollas, yo también me lo hubiera parecido si me hubiera visto desde su órbita, pero me sentía incapaz de adentrarme en una conversación de dimes y diretes sin sentido con alguien que sí me conocía (al menos sabía como me llamaba, ya era más información de la que yo tenía de él) pero que yo no sabía quien era esa persona.
He de confesar el lado oscuro de esta historia: han sido muchas las veces en las que verdaderamente conocía a la persona que reclamaba mi atención. Gracias a la parte de mi cerebro que no funciona como es debido, gracias a mis grandes y apoteósicas borracheras que han hecho que tenga importantes lagunas mentales, puede que también gracias a que la gran parte del tiempo no llevo las gafas puestas, a que tengo un despiste que no se lo salta un gitano, a todo eso y mucho más: han sido muchas las veces que no recuerdo de que conozco a la persona que me habla, me para o me dice “¡Hasta luego, Fulanita!”
A veces consigo caer en la cuenta, otras veces, haciendo un gran esfuerzo, logro que me suene su cara y algún que otro detalle… incluso puedo recordar el lugar donde nos presentaron o saber si nos conocemos por un motivo laboral o de ocio. Pero son muchas las veces que tan sólo consigo sacar un 0,5% de mi conocimiento sobre él. Me dan pequeños espasmos cuando, imaginándome con cuatro copas de más, me pregunto qué carajo habré dicho yo al tío ese, que cojones habré hecho con él, que sabe de mí, que no sabe… y entonces me agobio y quiero salir corriendo. No hace ni un mes, cenando en El Jardín Secreto, me levanté para ir al baño, alguien me paró a mitad de camino y como viene siendo habitual me dijo algo así como “¡Hola Fulanita!”, yo, de una forma bastante desagradable (que todo hay que decirlo), le contesté preguntando que de qué me conocía. El hombre, que después resultó ser encantador, me dijo que habíamos mantenido días antes una reunión y que habíamos quedado en vernos a la siguiente semana para continuar con ella.
Me quise morir, entre otras cosas porque la reunión en cuestión me interesaba muchísimo.
Ahora me encuentro en la tercera fase, en la que como os explicaba al principio de este artículo, necesito saber todo aquello que se dice de mí. Si alguien me saluda y yo no sé quién es esa persona entonces me paro, contesto, pregunto de qué me conoce, intento averiguar quien le ha dado la información sobre mí y preguntar a ese otro alguien de qué me conoce él y que suelte por su boquita todo aquello que sabe. Controlo mis impulsos y me muerdo la lengua, estoy siendo comedida, intento ser extremadamente educada y gentil y cuando alguien me vuelve a decirme el temido “Oye, ¿eres Fulanita de Tal?” intento no contestar con un “mírame to er coño, madroño” y soltar un educado “sí, ¿nos conocemos?”
Estoy metida en un eterno retorno, pero hoy por hoy, es necesario que sepa cada palabra que se dice de mí, porque como en la mayoría de los casos esa palabra es errónea, tengo la imperiosa necesidad de desmentirlo. Es una cuestión de lavado de imagen que últimamente tengo muy poco aseada gracias a todas esos seres despreciables que tan amablemente se han encargado de hacerme tan mala prensa.
Para todos ellos: que os jodan.
Para el resto: Saludos, besos y flores.
MIS (NO) CINCO HÁBITOS EXTRAÑOS
Parece ser que, como el que no quiere la cosa, Coolkiku se está integrando en este mundillo de los blogs. La pobre, sin ella quererlo, a lo tonto a lo tonto, tiene un grupito encantador de gente que la menciona y que se acuerda de ella cuando hay que jugar.
La semana pasada recibí un comentario de Mordandis en el que me invitaba a jugar a algo que se llama “Mis cinco hábitos extraños”, un juego con unas reglas que no voy a copiar porque son tan simples como escribir tus cinco raros hábitos y luego pasar el juego a cinco personas más (avisando a estas que han sido elegidas mediante un comentario en su blog).
Bien, he de reconocer que me puse manos a la obra, me paré a pensar, cogí lápiz y papel y me dispuse a elaborar mi lista... Pues he sido incapaz de terminarla… y esto ha ocurrido porque, entre otras cosas, he sido incapaz de empezarla.
Lo siento, no tengo hábitos extraños. Tengo hábitos, como todo bicho viviente, pero extraños os juro por lo más sagrado que no tengo (o al menos yo no me los encuentro). Y que conste que me da rabia, me da coraje porque yo quería tener cinco malditos hábitos extraños para poder seguir con esta cadena, ¡pero es que no se me ocurre ninguno porque no me los encuentro!.

Podría decir que me gusta dormir entre sábanas de algodón y que gusta que estén rociadas con mi perfume, podría poner que mi hábito extraño es el de escribir y firmar con bolígrafo azul (para diferenciar las fotocopias)… se me ocurre que podría mencionar que echo doble medida de suavizante a la ropa o que no me maquillo si antes no me he echado la Base Lumière de Chanel (gracias a los polímeros microesféricos y a su tono opalescente, atenúa las imperfecciones, alisa la textura de la piel y unifica la tez), pero no lo hago porque considero que ninguno de estos hábitos o costumbres de mi quehaceres diarios, no tienen nada de extraño ni de particular. Son conductas que he establecido pero para mi propia comodidad y placer, ninguno de ellos es lo suficientemente raro como para catalogarlo de extraño.
Pregunté, consulté, llamé por teléfono y dije “¿Qué hábitos extraños crees que tengo?”... y nada, no dimos con ellos, los que nos salieron eran banalidades que no eran reseñables en ningún modo.
Creo que todo se reduce a que si no tengo hábitos (extraños o no) es porque no soy capaz de tener hábitos de por sí. Mis días, mis meses, mis años, no han seguido nunca una rutina, no soy autómata… no sigo tradiciones ni tengo manías persecutorias. Quizá esto me haga estar más cerca de la perfección, o quizá me aleje… el caso es que puede caber la posibilidad de que uno de mis hábitos extraños sea el de no tener hábitos.
En fin… dejemos el temita. Se supone que tengo que continuar el juego pasándolo a cinco personas con sus respectivos blogs, pues lo siento pero no lo voy a hacer, sin embargo os invito a que me contéis vuestros hábitos extraños o que me reconozcáis que estáis tan cerca de le perfección como yo ya que vosotros tampoco tenéis ninguna manía lo suficientemente anormal como para mentarla.
Saludos,
La semana pasada recibí un comentario de Mordandis en el que me invitaba a jugar a algo que se llama “Mis cinco hábitos extraños”, un juego con unas reglas que no voy a copiar porque son tan simples como escribir tus cinco raros hábitos y luego pasar el juego a cinco personas más (avisando a estas que han sido elegidas mediante un comentario en su blog).
Bien, he de reconocer que me puse manos a la obra, me paré a pensar, cogí lápiz y papel y me dispuse a elaborar mi lista... Pues he sido incapaz de terminarla… y esto ha ocurrido porque, entre otras cosas, he sido incapaz de empezarla.
Lo siento, no tengo hábitos extraños. Tengo hábitos, como todo bicho viviente, pero extraños os juro por lo más sagrado que no tengo (o al menos yo no me los encuentro). Y que conste que me da rabia, me da coraje porque yo quería tener cinco malditos hábitos extraños para poder seguir con esta cadena, ¡pero es que no se me ocurre ninguno porque no me los encuentro!.

Podría decir que me gusta dormir entre sábanas de algodón y que gusta que estén rociadas con mi perfume, podría poner que mi hábito extraño es el de escribir y firmar con bolígrafo azul (para diferenciar las fotocopias)… se me ocurre que podría mencionar que echo doble medida de suavizante a la ropa o que no me maquillo si antes no me he echado la Base Lumière de Chanel (gracias a los polímeros microesféricos y a su tono opalescente, atenúa las imperfecciones, alisa la textura de la piel y unifica la tez), pero no lo hago porque considero que ninguno de estos hábitos o costumbres de mi quehaceres diarios, no tienen nada de extraño ni de particular. Son conductas que he establecido pero para mi propia comodidad y placer, ninguno de ellos es lo suficientemente raro como para catalogarlo de extraño.
Pregunté, consulté, llamé por teléfono y dije “¿Qué hábitos extraños crees que tengo?”... y nada, no dimos con ellos, los que nos salieron eran banalidades que no eran reseñables en ningún modo.
Creo que todo se reduce a que si no tengo hábitos (extraños o no) es porque no soy capaz de tener hábitos de por sí. Mis días, mis meses, mis años, no han seguido nunca una rutina, no soy autómata… no sigo tradiciones ni tengo manías persecutorias. Quizá esto me haga estar más cerca de la perfección, o quizá me aleje… el caso es que puede caber la posibilidad de que uno de mis hábitos extraños sea el de no tener hábitos.
En fin… dejemos el temita. Se supone que tengo que continuar el juego pasándolo a cinco personas con sus respectivos blogs, pues lo siento pero no lo voy a hacer, sin embargo os invito a que me contéis vuestros hábitos extraños o que me reconozcáis que estáis tan cerca de le perfección como yo ya que vosotros tampoco tenéis ninguna manía lo suficientemente anormal como para mentarla.
Saludos,





