HAGAN JUEGO SUCIO, SEÑORES
Pues sí, como muchos de vosotros ya sabéis, este blog, el cual empezó de la forma más tonta y en clave de regañina, está como finalista en el concurso del diario gratuito 20 Minutos. Exactamente participa en la categoría Mejor Frivoblog.No lo voy a negar, fue una alegría para mí el enterarme que estaba finalista. Me hizo (y aún me hace) mucha ilusión. De paso, os doy las gracias a todos y cada uno de vosotros que me votasteis. Claro está que sin esos votos, este humilde blog (que no humilde escritora, ojo) está donde está. Gracias de corazón.
Quiero aclarar unos cuantos puntos y quiero dejarlos por escrito antes de que sea el día de la entrega de premios. Si no lo hago, reviento… y ninguno de nosotros queremos eso.
Los que me leéis con asiduidad ya sabéis, más o menos, como se las gasta Coolkiku. No hace falta que os diga que soy políticamente incorrecta, ni que soy algo necia, manipuladora, amén de engreída, clasista y materialista, Creo que de todo eso ya os habéis percatado, me alegraría de que así fuera.
Otros, ya os habéis dado cuenta de que tengo otros múltiples rasgos de personalidad. Hay incluso hasta quien cree que tengo virtudes, lo cual, también os agradezco mucho. Yo también pienso que las tengo… y muchas.
Pero quizá hasta ahora no os he contado lo competitiva que soy. Si juego, es para ganar. No me vale eso de lo importante es participar y sandeces semejantes. Si participo o juego en algo, lo que pretendo y quiero en todo caso es ser la vencedora, la number one.
No me gusta ni quiero perder. Odio perder. En mi infancia, fui la niña insoportable que se cogía tremendos berrinches si no ganaba aunque fuera jugando al parchís. Era la que daba un manotazo al tablero de La Oca y mandaba las fichas a donde cristo perdió el sobrero cuando se tiraba más tiempo de la cuenta sin salir del calabozo. La que, si jugaba al Monopoly, no tenía piedad con sus hermanitas o vecinas arruinadas: me guardaba el dinero al más puro estilo Tío Gilito, me reía a pulmón abierto y sin piedad si caían en mi calle repleta de hoteles y casas. Eso sí, temblaba la habitación cuando era yo la que tenía que pagar o mi avaricia me llevaba a la más absoluta ruina. Los cimientos de mi casa se resentían y el juego dejaba de ser divertido.
La trayectoria de mi vida ha transcurrido igual que cuando era una niña, el ansia por ganar ha marcado mi vida. Esto siempre ha ido ligado a mi afán de protagonismo y a mis enormes delirios de grandeza. Quiero ser el niño en el bautizo, el muerto en el entierro y la novia en la boda (este orden no es precisamente aleatorio). Necesito ser la mejor en mi trabajo, quiero llegar a ser la más lista, la más culta y como no, la más bella.
Quiero tener el pelo más brillante que nadie, la piel más tersa y suave, quiero vestir la mejor ropa, lucir las mejores piernas y calzar exquisitos zapatos de tacón. Quiero ser una vencedora. No quiero medias tintas en nada.
Necesito escuchar de forma continua que soy la mejor en la cama, que mis besos son los más ricos y agradables… quiero ser la mejor amante porque quiero ser la mejor en todo.
Recuerdo a un antiguo compañero de trabajo, el cual, estoy segura, de que él también se tiene que estar acordando de mí. Tuvo el infortunio y la mala idea de querer ser mejor que yo y de hacerlo de una forma sucia. El quiso competir conmigo y lo consiguió: me presenté a un duro proceso de selección de un puesto que no me interesaba en absoluto y lo hice sólo porque él deseaba ese trabajo y por ende para joderle y pisotearle. Quería hacerle ver que yo valía tanto o más que él. Uno de los días más felices de mi vida fue aquel en el que me dieron ese puesto y delante de él lo rechacé con una sonrisa de oreja a oreja.
Ganar es uno de esos grandes placeres que nos proporciona la vida. No hay que perder la oportunidad de disfrutar de ese éxtasis.
No nos vamos a poner a valorar si sufro un trastorno de personalidad narcisista o cualquier otro tipo de patología. Eso vamos a dejárselo a mi psiquiatra para que se gane sus honorarios. Ya sé que mi comportamiento es, a menudo, ofensivo y que puedo llegar a ser muy arrogante, egocéntrica y mezquina. Todo eso no hace falta que me lo diga nadie, ya lo sé yo… pero hoy he venido aquí a hablar de otra cosa.
Señoritas y Señoritos que concursáis conmigo: se me ha revuelto el estómago cuando me he puesto a leer vuestros últimos artículos llenos de falsedades y cursiladas. No nos engañemos, aquí todos queremos ganar y que nos engrandezcan.
No esperéis a que haga lo que vosotros y diga que estoy loca de contenta porque por fin, el día de la fiesta, voy a conocer a fulanita o a menganito. Que estoy que no quepo en mí porque de una vez por todas voy a poner cara a todos los blogueros (puaj, odio esa palabra) de la red. Que no me importa si no me llevo el premio porque va a ser una ocasión ideal para hacer nuevos amiguitos.
¡Por Dios y por tres!, ¡¿de qué estamos hablando?!, ¡¿de los Mundos de Yupi?!. ¡Pues no!, a mí me trae por culo poner cara a todos los memos que, como yo, pierden el tiempo escribiendo sus sandeces en un blog. Yo no quiero hacer amiguitos nuevos ni quiero ninguna Chupi Pandi. Yo ya tengo mis amigos y ni necesito, ni quiero tener más. Yo lo que quiero es ganar y machacaros a todos, llevarme esa maldita estatuilla y ponerla en mi casa y que cada vez que la vea, pueda recordar que la que gané fui yo y solamente yo.
No pienso decir que si yo no gano me gustaría que lo hiciera Perico de los Palotes porque es mi súper amigo bloguero que se lo merece un montón y es divino de la muerte. No queridos míos, quiero ganar yo y si no lo hago, no quiero que gane nadie.
Juguemos sucio Señoritas y Señoritos, es mucho más divertido. Os invito al machaque y a la antideportividad. Yo ya estoy sacando puntas a mis alfileres para ser clavados en vuestros respectivos muñecos vudus. Yo que vosotros tendría mucho cuidado con las ruedas de vuestros coches y con los medios de transporte que vais a utilizar el día 6 abril. Yo que vosotros, me cuidaría muy mucho durante todos estos días.
Pongamos las cartas sobre la mesa y permitirme que yo me meta un as en la manga. Démonos codazos el día de la entrega de premios y creemos un ambiente hostil durante la fiesta. Gritemos “¡tongo, tongo!” cuando no nos llevemos el premio. Defendamos con uñas y dientes nuestros blogs y desmerezcamos a los que compiten con nosotros.
Hagamos campaña a nuestro favor y de difamación contra el resto. Intentemos camelarnos a los miembros del jurado. Mujeres, usemos nuestras armas de seducción sin miedo a las feministas, que los hombres se busquen su hábiles formas de vencer. Sintámonos cada uno el mejor de nuestra categoría y miremos por encima del hombro al resto.
Claro que he pensando en la posibilidad de perder, la tengo en mente y no descarto esa perspectiva. Sólo espero que, si eso ocurriera, el recinto del Parque Juan Carlos I tenga un buen sistema antiincendios y un magnifico plan de emergencia.
Por la parte que a mí respecta sé cuales son los puntos que tengo a favor y cuales son los que tengo en contra. Bien sé que mi blog es menos visitado que los de la gente con la que compito; en mi defensa diré que desde que nació este espacio, me negué desde el primer momento a hacer publicidad gratuita a otros. Aunque tengo una lista de blogs que leo asiduamente (estos precisamente no concursan) y que me amenizan de lo lindo por su calidad y sus entretenidos y lucrativos textos, nunca les he promocionado ni pienso hacerlo. También soy consciente de que cuento con un diseño de pocas florituras, pero me reconforta saber que mis textos, aunque largos (siempre estuvieron enfocados a gente que, como yo, es capaz de leer más de tres párrafos seguidos) son buenos y sin faltas de ortografía. Pero sobre todo y lo que me llena de júbilo, es que este blog siempre se destacó por ser frívolo, desde su primer hasta su último artículo.
Y hasta aquí queda todo dicho, que dios reparta suerte y queridos míos: hagan juego sucio… muy sucio. Divirtámonos.
DESEOS DE CONCUPISCENCIA

“Cuando los dioses se enfadan con un hombre, le conceden todo lo que pide” (Esquilo, Dramaturgo griego; 524-546 adC).
Pues sí queridos míos, cuanta sabiduría hay encerrada en esa frase, sólo hay que ponerse un pelín filosófico para darse cuenta de que si se nos concediera todo lo que anhelamos, viviríamos en un infierno hecho a nuestra medida. Doy fe de ello, una vez más hablo con conocimiento de causa.
Soy muy dada a clamar al cielo, a ponerme muy dramática y levantar los brazos rogando que se me conceda tal o cual deseo de última hora. Me doy golpes de pecho e imploro que se me otorgue lo que en ese momento me parece que es de suma importancia para poder seguir viviendo. Cuando el deseo se me concede, no suele pasar mucho tiempo hasta que me veo frente al espejo con cara de idiota y diciéndome “ya me podía haber estado calladita, jué”.
No os voy a engañar, tan pronto deseo fervientemente algo como a los cinco minutos quiero todo lo contrario. Soy caprichosa de nacimiento, que le voy a hacer. Unos nacen gordos, otros altos, otros bajitos y otras nacemos antojadizas. A mí la vida me ha mal consentido, y esto os lo digo en un ataque de sinceridad y autocrítica. No me siento orgullosa de ello, no hace falta rascar mucho para ver que desde que tengo uso de razón soy lo que se llama una mimada. La sociedad me ha malacostumbrado (ja ja, me encanta cuando se le puede echar la culpa a la sociedad, es genial) no paro de romper pelotas y a golpe de rogar a mis dioses del Olimpo, consigo todo lo que se me mete entre ceja y ceja.
Las comunicaciones con el cielo son lentas, para cuando me han concedido la primera, no les ha llegado la segunda petición que derogaba a la anterior… y así sucesivamente. Según me van concediendo, me voy arrepintiendo de haberlo solicitado. Pero he aprendido la lección: ¡pido fervientemente no querer pedir nada más!.
Hubo un tiempo en que creí que no terminaba de encontrar a mi pareja perfecta porque lo hombres con los que me iba y venía, al ser más o menos de mi misma edad, se me hacían inmaduros. Entonces decidí que la clave estaba en liarme con un tío considerablemente mayor que yo y así evitaría tal problema. Eché mi solicitud de petición al Olimpo y en el asunto puse “quiero a un hombre mayor”, no tardaron mucho en agenciármelo.
Era todo lo que había pedido: un tipo con mucho dinero (sí, que pasa, no voy a pedir a un muerto de hambre, puestos a pedir…), mayor, atractivo, extremadamente educado y un autentico pozo de sabiduría y cultura.
Caídito del cielo me llegó. La primera vez que le vi supe que tenía que ser para mí, “amo a ese hombre” me dije, “él no lo sabe, pero le amo tanto que ya me duele el corazón”.
Su atractivo (a esas edades los hombres guapos han dejado de serlo para pasar a ser atractivos), su cabeza pulcramente rapada y brillante, su recortada barba y su traje impoluto, me obnubilaron. Durante dos días sólo pude pensar en él, al tercero, los dioses y el destino hicieron que volviéramos a encontrarnos (cosa fácil por motivos laborales) y al cuarto día el viejo ya me había tirado un tejo en plena cabeza.
Para cuando lo hizo yo ya estaba preparada. Es genial tener una amiga íntima, secretaria de un alto cargo, que te facilite su estado civil, edad, hijos, formación, etc…
Muy a pesar de que lo decían mis amigas (le llamaban cosas horribles) yo me lié con el viejo y he de decir me sentí la mujer más feliz del mundo. Fueron unas semanas maravillosas, mi viejo lo tenía todo…
¡Y una mierda!
Que deprimente es abrir los ojos por la mañana, ver su mesita de noche y comprobar que está llena de medicamentos. Buscar urgentemente una farmacia de guardia, pero no para comprar condones como es lo habitual, sino para comprar Vips Vaporub sin el que no podía sobrevivir. Qué horrible es darte cuenta de que eres más joven que su hija… y qué duro, qué duro es para una joven como yo, quedarse con las ganas porque el viejo no puede con su alma y tener que oírle decir que no podía saciarme más por ese día.
Pero esos no eran los mayores problemas, lo más feo era que al final tenía las mismas taras que los tipos con los que había estado, no era diferente a ellos, aunque podía ser el padre de cada uno, pecaba exactamente de lo mismo que los demás: no me hacía plenamente feliz.
Le dejé, estaba escrito.
Haciendo alarde de mi inteligencia hice otra petición. Supe que lo había hecho todo mal: la clave no era pedir a un viejo sino a un joven… Un jovencito inmaduro al que poder amoldar a mi gusto y semejanza, un niñito sin problemas de salud. No me importaba si no tenía tanto dinero como el viejo si en contraprestación tenía suficiente energía como para saciar mi apetito y otras muchas cosas.
Deseo concedido para Coolkiku.
Tuve al jovenzuelo… y no tuve a uno… sino a dos (uno detrás de otro, claro).
Los dos me saciaron, los dos me trataron de maravilla y con los dos se tuvo que terminar la historia: no, no quería ser la madre de ninguno y como ya os conté en su día, no quería enseñar nada a nadie. Incompatibilidad de caracteres, dijimos… pero la realidad era otra muy distinta: diferencia de edad.
Como buena malacostumbrada que soy, no estaba yo preparada para aguantar chiquilladas, las niñerías en todo caso que me las tendrían que soportan a mí, no al revés. No tengo edad para cambiar ciertos hábitos.
Con dolor de ingles y una permanente agujeta en el culo de tanta juventud inyectada, volví a hacer otra petición a mis dioses, comprobé que mi error era que anhelaba sobre la forma y no sobre el fondo. Caí en la cuenta de que había estado equivocada todo ese tiempo, lo que tenía que solicitar era a un hombre sensible, cariñoso, profundo y que no se avergonzara de llorar.
Volvieron a concederme el deseo y mandaron a un sensible. Me colocaron a alguien tan tierno que hizo que nuestra relación fuera como “Sonrisas y lágrimas”: yo sonreía y la nenaza lloraba.
¿No quería a alguien sensible? ¡Pues toma dos tazas!... y no hablemos en lo que a profundidad se refiere, era como un pozo sin fondo. En resumidas cuentas, acabé hasta el moño de profundidades, lloriqueos, alegrías, tristezas, odios, miedos y comprensiones… La nenaza terminó convirtiéndose en un ser auténticamente insoportable.
Lo que tenía que hacer era oooootra petición, un error lo tiene cualquiera y yo nunca dije que fuera perfecta. La experiencia me decía que los viejos no eran lo mío, tampoco lo jovencitos ni los extremadamente sensibles y como para culta, ya estaba yo, lo que necesitaba era a ese hombre al que los asiduos de este blog conocen muy bien. Supe que lo que quería era un hombre rudo, lejano a la metrosexualidad, me daba igual si era diplomático, político o uno de los mayores empresarios del país. Necesitaba que fuera banal, terrenal, carnal, trivial y libidinoso; que bebiera cervezas y le apasionara el fútbol, que no tuviera conversaciones profundas y que no le hiciera falta irse a meditar a ningún lado. Quería que le bastara con sentarse en el sofá en calzoncillos para arreglar su problema existencial, de hecho quería que no tuviera problemas existenciales.
Oído cocina, dijeron los dioses. Deseo concedido.
La próxima vez me meto la lenguecita por donde yo me sé: tuve a mi rudo futbolero, joder que si le tuve.
Yo pensaba que ese tipo de hombres escaseaban en esta era, que ya no quedaban. Pero no, tenemos a muchos, a cientos, a millones, de hecho están por todas partes, lo único que ocurre es que se camuflan muy bien, son como pequeños camaleones. Suelen ir disfrazados, van incluso vestidos de abogados o puede que hasta de economistas, no necesariamente tienen que ser fontaneros o personal de la construcción como yo me temía.
La primera en la frente fue el primer día que fuimos a alquilar una película, yo me iba directita a mi video club de cine de autor que tanto me gusta y mi amado Brutus fue directo al Blockbuster. “Tu video club está lleno de películas infumables y de maricones con gafas de montura negra” me dijo de una forma cruel y concisa.
No nos poníamos de acuerdo ni para el alquiler. Por sus santos cojones (porque ole si tenía cojones el señor) que teníamos que alquilar algo horrible, algo que su título contuviera la palabra “impacto”, “guerra” o “destrucción”. También le valía si en la carátula aparecían explosiones, fuego o alguien sangrando.
La señal de alarma sonó cuando me di cuenta de que en mi nevera había más cervezas que yogures, que se había hecho dueño y señor de mi sofá, mandos a distancia y que continuamente escuchaba de fondo a unos señores retransmitiendo un partido de fútbol.
No, por el Carrusel Deportivo no paso. Lo siento.
En fin, que tampoco era el hombre rudo lo que buscaba, resultó ser un maldito pesado sin dos dedos de frente que se sentía incapaz de interpretar mis cuadros (lo normal es que no se sepan interpretar, porque ni yo misma sé lo que pinto, pero el resto de mis hombres se lo inventaban sobre la marcha y quedaban la mar de bien). Además, si no lo digo reviento: odiaba sus pijamas (y que los usara).
¿Qué pedir entonces?, volví a rogar a los dioses del Olimpo, pero esta vez les pedí que todos los hombres estuvieran a mi merced. No iba a atarme a ninguno, la singularidad me daba muchos problemas, tenía amor para todos. Hice mi solicitud de libre albedrío, eso era lo que quería y necesitaba, ahora sí que sí, me dije.
¿Qué os imagináis que pasó? Pues que como los dioses estaban muy enfadados conmigo, pues que me concedieron el deseo como era de prever. De la noche a la mañana tuve a un chorro de tipos que se interesaban inagotablemente por mí. Encantada de haberme conocido les di a cada uno lo suyo y recibí de cada lo que era para mí. Pero estoy mayor… estoy mayor y los años pasan factura sin piedad. Comencé a hacerme unos líos tremendos, contaba a uno lo que ya le había contado días antes, al otro le decía “¡pero si te lo conté el otro día!”… vamos, que me hacía un lío enorme. Para colmo de males dos de ellos se llamaban igual, así que con los mensajes al móvil la lié más de una vez (y de dos).
Y no sólo eso, si no que físicamente era agotador. Fue una época demoledora, adelgacé, me demacré y dejó de ser divertido. Un día, en plena crisis de agotamiento, me di cuenta de que lo que realmente me pesaba era el enorme vacío existencial que portaba sobre mi espalda.
¡Por favor, Dioses del Olimpo! lo que necesito de verdad de la buena es un novio, sólo uno, que sea normal, ni viejo ni joven, ni sensible ni bruto, quiero un novio que me lleve al cine lo domingos, alguien con el que vivir momentos románticos, un novio en toda regla. Uno que su última llamada del día sea para mí, que me venga a buscar a la oficina y con el que poder dar largos paseos hablando de pájaros, barcos y flores; un noviecito al que presentar y decir “ES MI NOVIO” y que se llene la boca haciéndolo. Alguien que me ponga la mano en los ovarios cuando me duelan y uno que me acompañe al médico cuando lo necesite. Alguien sin excentricidades, algo normal.
Pues sí, caídito del cielo también… vamos, que ni una semana y de la forma más tonta. Bueno, decir que fue de la forma más tonta no es lo más correcto, porque fue de una forma algo accidentada. Yo iba caminando tan tranquila, con mi música puesta en las orejitas, disfrutando que había salido de la oficina sin ser de noche y mi deseo concedido, me atropelló con su moto.
Bueno, he de confesar que tampoco fue tal atropelló. Él iba por la acera y el destino quiso que uno de mis tacones se metiera en un agujero. Tal cosa provocó que tuviera que parar en seco y fue cuando el atropellador me dio un pequeño golpe que me hizo perder el equilibrio. Me asusté bastante, pero no me hizo nada.
Le insulté un poco y con educación (¿a qué os estáis preguntando como se insulta con educación?), más que nada para dejarle bien claro que las motos no van por la acera, sino por la carretera y que si la tenía aparcada y no le quedaba más remedio, que al menos intentara no ir avasallando a las transeúntes como yo.
Una cosa llevó a la otra y bla bla bla, que si eres tonto, bla bla bla que si tú eres guapa, bla bla bla que si tú tampoco eres feo pero que eres un atropellador, que si te llevo a casa, que si ni loca me monto contigo, que si dame tu teléfono, que si sí, que si no…
En fin, que a la semana y media ya éramos íntimos…
Todo se iba cumpliendo según lo previsto, íbamos al cine, fuimos al Retiro, vimos películas que los dos queríamos ver, se tomaba las cervezas justas y necesarias y de vez en cuando se interesaba por los resultados del fútbol pero no de una manera obsesiva. Tampoco tenía problemas de salud, ni de vejez y menos aún de extremada juventud… vamos, una joyita.
No sé ni en que momento ni por qué, yo me puse nerviosita perdida. La primera vez que él me presentó como “su novia” a mí me entró un sudor frío que me recorrió la espalda e hizo que automáticamente me mareara. Ya no sólo me hacía la última llamada del día, sino que también me hacía la primera, y la segunda... y la decimocuarta. Comencé a perder mi espacio vital y dejó de parecerme gracioso que hiciera como si me atropellara con la moto cada dos por tres. Empecé a sentir que pasaba demasiado tiempo con él y poco con mis amigas. Me parecía que eran demasiados los días que dormíamos juntos y pocos lo que pasaba sola en mi casa. El atropellador me agobiaba y muy lejos de echarle la culpa a él, supe que era yo la que tenía un problema: me sentía incapaz de tener pareja. Tampoco era un novio lo que necesitaba… o por lo menos, no por ahora.
Ahora lo que realmente me apetece es pedir a los dioses a un mulato que tenga algo sobrenatural entre las piernas. Pero no lo voy a solicitar por ahora, que visto lo visto me veo escribiendo el siguiente artículo relatándoos como ingresé en un hospital partidita en dos.
Mucho cuidado con lo que rogáis a los dioses, mucho cuidado que últimamente andan enfadados y conceden todo lo que uno pide.
BREVE ENSAYO SOBRE LOS EX (y II)

Buena aceptación tuvo mi anterior artículo de Breve ensayo sobre los ex (I), por mi parte, sólo me queda daros las gracias y continuar con lo que mejor sé hacer: daros consejos y advertiros de los peligros que os podéis encontrar en lo que a las relaciones personales se refiere. Sois muchos los que os quedasteis con ganas de más (yo, de alguna manera, también) y los que me habéis pedido que continué señalándoos los tipos de ex que nos acechan y con los que tenemos que sobrevivir. Pues bien, aquí tenéis otra tanda, espero que os sirva de ayuda y os haga ver que aquí nadie se libra de esto de ser ex, así que aprendamos a ser el ex perfecto desapareciendo y obviando a esa/s persona/s con la que un día compartimos nuestros fluidos, tiempo, dinero, casa, coche, perro, Cola Cao, familia y un largo etc.
Un favor os quiero pedir: ya que me molesto en detallaros a estas personas y os advierto de sus diferencias y cuidados que debemos tener, os ruego que por el bien de todos sigáis mis consejos e indicaciones. Vuelvo a repetir (sin ánimo de ser pesada) que en ningún caso, repito: en ningún caso, es bueno mantener un vínculo con estos seres a los que un día quisimos (a veces, ni eso).
El ex novio, novio de tu amiga: Fue tu novio durante un tiempo y de pronto, por esos avatares del destino (o porque ya no te aguantaba más), acabó siendo el novio de tu amiga. Hay que ser fuerte para soportar este tipo de ex porque se puede caer en la trampa de acabar preguntarse a diario qué es lo que tiene tu amiga que no tengas tú y si es que no hay más mujeres en el mundo que vosotras dos. Lo primero que hay que pararse a pensar es si ella es una amiga de las buenas o una simple conocida que te trae al fresco lo que haga o deje de hacer. En el primer caso, más vale que aceptes pronto esa relación porque si no, acabarás haciendo doblete y tendrás un ex novio y una ex amiga. Por una cuestión de salud mental hay que olvidar que una vez tuviste contacto físico con él, de lo contrario, correrás el riesgo de quedarte idiotizada de por vida. Lo malo de tener un ex así son las cenas y reuniones en las que coincidís. Si eres como yo y perteneces a esa especie en la que se tiene una boca como la de un buzón, siempre soltarás alguna torpeza tipo “a mi me comía todo muy bien” y tú sola, de pronto y sin ayuda de nadie, creyendo que todo el mundo te observa y que te señala con un dedo inquisidor, sueltas de seguido y roja como un tomate “¡mi gato, me refería a mi gato, que siempre se comió todo muy bien!, ¡no quería decir otra cosa!, por favor, ¡perdonarme!, ¡¡nunca pensé en arruinaros vuestra relación…!! yo estoy feliz de que estéis juntos, yo.. yo…” Y la cagas, la cagas tú solita porque nadie, salvo tú, pensó en que te referías a otra cosa que no fuera tu gato. Evitas estar a solas con él no vaya a ser que tu amiga se piense algo raro y si por casualidad os quedáis unos instantes en la misma habitación, suplicas mentalmente que alguien entre por la puerta porque te sientes terriblemente incómoda. Te pasas esos minutos mirando al techo, silbando y evitando que te roce. Tu conciencia nunca estará tranquila, siempre pensarás que algo malo estás haciendo o algo malo se van a creer que haces… y claro, como cada vez que os veis no dejas de hacer el memo ni un solo instante, a nadie le sorprende que ya no esté contigo y esté con ella… Resumiendo: este ex no debería de existir ya que puede acabar con los nervios de cualquier persona, demasiado estresante para soportarlo de por vida.
El ex laboral: ¡Qué malo es tener un ex que trabaja contigo, qué malo!, otro para mandar a la hoguera y otro que debería estar totalmente prohibido. A este no te lo quitas de encima ni con agua caliente. Estás condenada a sufrirle hasta que uno de los dos cambie de empleo (y tal y como están las cosas, cualquiera deja un trabajo así como así). No puedes engañarle diciendo que no puedes quedar porque tienes una reunión (una sola llamada de teléfono y sabrá que es falso), no puedes utilizar como excusa para no verle que estás de trabajo hasta las cejas porque lo más seguro es que se pase por tu despacho y te pille ojeando el Elle. Ni de coña puedes decirle que estás de viaje laboral porque es él quien te los autoriza… no puedes utilizar ninguna excusa laboral (que siempre son perfectas) porque lo más probable es que te entoligue… Lo peor de tener un ex así es que te toca verle en todo momento. Cuando estabais juntos os encontrabais en el ascensor y saltaban chispas, ahora, si coincidís (porque ya te cuidas muy mucho de que no sea así), decides que mejor te subes dieciocho pisos a patita por eso de que quien mueve las piernas, mueve el corazón. Eso sí, pobre de ti como sea un superior tuyo y hayas sido tú la que le has dejado…. pobre de ti, estás jodida de por vida: no olerás un ascenso ni de casualidad. En el caso de ser al revés y seas tú la que estés por encima de él, igualmente estás jodida porque hagas lo que hagas, estará mal hecho y siempre soportarás sobre tus hombros la duda de si estás abusando o no de tu autoridad. Solución: ignorar que un día tuviste algo con esta persona y someterte a un lavado de cerebro que te permita olvidar que un día mantuvisteis una relación. Ya sabes eso de “donde tengas la olla no metas la…”
La ex Guadiana: Nunca llega a ser ex del todo, pero tampoco llega a ser tu pareja… te tiene como puta por rastrojo, hoy sí, mañana no y al otro tal vez. Nunca tiene seguro nada, es un ni contigo ni sin ti. Si está contigo, quiere estar sola, si está sola, quiere estar contigo. Cuando empiezas a tratarla de ex y asumes que ya no estás con ella, vueeeeeelve a aparecer como el Guadiana. De pronto un día lo tiene todo claro y se va a vivir contigo: tu perro ha tenido una depresión porque ya no duerme a tus pies (a ella le molestaba y tú mandaste a tu pobre amigo fiel a dormir al salón), te has gastado un pastizal en mantener la nevera llena y te has comprado unas zapatillas nuevas de andar por casa, pues aún así la hija de puta a los tres meses de estar instalada, vuelve a convertirse en ex y se pira de tu casa porque “todo va muy rápido para ella y tiene que pensarlo”. Tus amigos la odian porque ven como te torea y observan tu decadencia como persona… tú, poco a poco, comienzas a odiarla cada día un poquito más porque te da de todo menos sosiego. No sabes si lo que sientes por ella es amor o es que te va el puteo y lo mejor de todo es que no sabes si es tu ex o es tu pareja y cuando alguien te pregunta “¿Tienes novia?” contestas “humm, ¡sí!... digo ¡no! Esto… ¡no lo sé!, espera que la llamo y se lo pregunto…”. Es un mal bicho, hay que cortar la cabeza a estas ex que no hacen más joderte la vida.
El ex legal: No es que sea un ex legal porque sea muy buena persona, es que la ley dice que es tu ex… si lo dijo un juez, no vas a ser tú el que lo ponga en duda. Dicen que hay tres cosas que hay que hacer en la vida antes de morir: una plantar un árbol, la otra escribir un libro y la tercera es tener un hijo… Bien, yo soy de la opinión que existe una cuarta cosa que hacer y esa no es otra que DIVORCIARSE. Divorciándote aprendes un montón de cosas de la vida, es un modo perfecto para darte cuenta de que es lo que no quieres. Un divorcio no tiene por qué ser algo traumático si mandas a tu ex a tomar por el culo y con un poco de suerte no le vuelves a ver, los traumas vienen cuando algo te sigue encadenándote a él o ella. No hay que olvidar en ningún caso que esa persona te hizo perder el tiempo de una forma excepcional y se quedó con tus mejores años. Sí, vale, que también hubo momentos mágicos donde los dos os sentíais andar por las nubes, pero se os picaron las muelas de tanta dulzura y eso se terminó, así que “pollón” y cuenta nueva en el caso de ellas y que pase la siguiente para los caballeros. Si os andáis quejando que de que tu ex marido o tu ex mujer os siguen amargando la vida, es hora de arrancar de raíz a ese cáncer. Desaparece de su vida, sácalo del mapa, conciénciate de que se acabó la relación y manda tejer un felpudo en el que ponga “Capri c'est fini”. Comienza tu nueva vida nueva sin esa persona y disfruta de el no tener que rendir cuentas a nadie. Háganme caso Señoras y Señores: en ningún caso es recomendable mantener relación (ni buena ni mala) con tu ex marido o tu ex mujer, no es sano, no es bueno para la cabeza, cada uno a su casa y Dios en la de todos. Olvídate de todas esas tonterías que llevas escuchando toda la vida de paz, cordialidad, educación y buenos modales. Vete al mejor bufete de abogados y sal del juzgado cantando a voz en grito esa terrible canción de Pimpinela que tanto juego puede dar: “Vete, olvida mi nombre, mi cara, mi casa y pega la vuelta […] Vete, olvida mis ojos, mis manos, mis labios, que no te desean […] Vete, olvida que existo, que me conociste y no te sorprendas…”. Prepárate para todo y ármate de valor: ¿qué a tu ex le da por ir a bares de alterne y gastarse todo el dinero en el Casino Gran Madrid? ¿qué se gasta un pastizal en un deportivo descapotable y biplaza? Pues bravo por él, al fin y al cabo nunca dejaste de fastidiarle hasta convencerle en comprar el maldito monovolumen. No hagas mala sangre de eso, tú puedes dedicarte a inyectarte botox por todo tu cuerpo y a dormir desnuda sin el miedo de que ese asqueroso barrigón te ponga la mano encima. Si por el contrario a ti te da por hacer turismo sexual en Cuba y tirarte a todo lo que tenga nuez, pues ole tus ovarios… pero nunca, en ningún caso, compartas tus nuevas aficiones con tu ex, ni las entenderá, ni las querrá saber. Seguid los consejos de la sabia Coolkiku: alejaos de ellos, no puede existir amistad entre dos persona que primero se enamoraron, luego se alimentaron de pasión, más tarde firmaron una hipoteca, luego un matrimonio y luego se dejaron de querer para después pasar a desearse poco menos que la muerte.
Nota: Estos consejos no son aplicables si el matrimonio tiene churumbeles, ahí ni me meto, son palabras mayores que me producen alergia.
Y esto es todo por ahora, si tenéis alguna duda o necesitáis cualquier aclaración, no dudéis en poneros en contacto conmigo, estaré encantada de echaros un cable siempre que me sea posible. Quizá mis métodos no son los más ortodoxos, pero creerme si os digo que funcionan y que son los más adecuados y aconsejables… Mi experiencia me avala.
Siempre vuestra,





