EJERCICIO DE SINCERIDAD
Mi psicoanalista me ha dicho que después de usar absolutamente todo los métodos de introspección y de exploración del inconsciente conmigo, ahora le toca usar una nueva técnica terapéutica para el tratamiento de mi enfermedad mental. Es un método de análisis crítico en el que voy a tener que trabajar duro.Yo no estoy del todo de acuerdo con él, primero porque no le pago para hacerme trabajar (y mucho menos, para hacerme trabajar duro), segundo porque me toca las narices que me ponga tareas cuando salgo de la consulta y tercero, porque ya le he advertido que, quizá, mi sinceridad no le va a gustar especialmente. Pero él insiste en que debo hacerlo si quiero curarme.
En fin, si eso es lo que quiere: eso haré.
Mi psicoanalista es conocedor de este blog y los deberes que me ha puesto son los siguientes:
- Quiere que me sincere con todos vosotros
- Quiere que os diga quién hay detrás de Coolkiku
- Quiere que os hable de mí (su autora)
- Quiere que os cuente mi problema
- Quiere que me enfrente a mi problema reconociéndolo y haciéndolo público.
Pues bien, queridos: mi psicoanalista me diagnosticó (con las pistas que yo le di) un problema típicamente masculino en nuestra sociedad (y no, no soy un tío) y ese no es otro que “El miedo al compromiso”.
Como imagino que ya sabéis o sospecháis, el miedo al compromiso no es otra cosa que ser incapaz de compartir gustos, aficiones e intenciones sobre la vida con, en mi caso, una pareja sentimental. Según él soy incapaz de establecer una relación formal, me asusto ante una expectativa de cambio en mi independiente vida y no tolero la idea de “compartir”. Dice que espero más de lo que doy, que soy demandante y que en el momento que la relación no sigue el curso esperado, me frustro y rompo con ella sin dar posibilidad de cambio. Absolutamente siempre, culparé a la pareja por lo sucedido.
Dice que mantengo expectativas muy altas, lo cual me sirve para que ninguna pareja consiga alcanzarlas. Nunca estoy segura de si esa persona, es la indicada.
Como, según él, no se estoy preparada para comprometerme, busco los fallos para lograr comprobar que la causa del fracaso es que la otra persona no es la adecuada: de esta manera consigo evadir mis responsabilidades fácilmente.
Esto es brevemente lo que mi psicoanalista define como mi problema. Esto es lo que él dice. Lo realidad, dista bastante de esa teoría:
Efectivamente tengo un relativo miedo al compromiso pero es simple y llanamente porque no quiero tenerlo. Ya sé lo que es el compromiso y es algo que no me asusta siempre y cuando sea con la persona adecuada. No fue por ese “miedo” por lo que fui a su consulta. La autentica y truculenta historia, queridos míos y querido psicoanalista, es otra bien distinta.
Mi psicoanalista se llama Rafael Aramburu Sabater, le conocí en una fiesta hará aproximadamente año y medio. Le vi y me gustó. Le vi y me fascinó. Le vi y sólo vi en él maravillas de la naturaleza… le escuché y pensé que sólo le faltaba el acento argentino para que mi fantasía fuera perfecta. En cualquier caso, pensé que los dioses volvían a ser generosos conmigo, les di las gracias por ello y me puse manos a la obra.
Después de una caída de ojos, de mostrarme como la más divina, la más inteligente e intentar hacerle ver que yo para él era un exquisito regalo que no podía dejar pasar, sólo conseguí su tarjeta de visita para que fuera a su consulta si algún día tenía algún “problema”.
Pues sí, fui a su consulta. Mi problema entonces era que quería tirármelo y no sabía como.
Tener un lío con un psicoanalista sin acento argentino me costó un verdadero pastizal (80 € de nada por consulta) y una hora a la semana de charla todos los jueves. Que este dato os sirva para haceros una idea de hasta donde llega mi “enfermedad”.
Sí, conseguí tirármelo una y varias veces y conseguí hacerlo de tal modo que pareciera que fuera él el que se lo quería montar. Yo me dediqué a hacerme la avergonzada diciendo que estaba muy feo que un profesional se acostara con su paciente. Él se echaba las manos a la cabeza dándome la razón pero, al rato, se olvidaba de su profesionalidad y volvía a tenerle encima de mí en su diván mientras yo le recibía con los brazos abiertos. Al menos conseguí que, después de sucumbir una y otra vez, no me cobrara las consultas y tratara mi supuesto problema de una manera objetiva.
Pero la rutina mata todo y tirarte a tu psicoanalista una vez a la semana, también puede llegar a ser algo mecánico. Sin embargo, yo no quería prescindir de mi dosis semanal, por lo que seguí fingiendo algo que no padecía y seguí viéndole a pesar de su falta de acento.
Me aburría soberanamente cuando, poniendo todo su empeño, intentaba averiguar el por qué de mi comportamiento y de mis desplantes. A su vez, me hacía gracia cuando me preguntaba sobre mi infancia, por mi familia, por cada una de mis parejas importantes, por mis sueños, por mis pesadillas. Lo supo absolutamente todo de mí y hasta el día de hoy, no ha conseguido dar con el por qué. He esperado paciente a que se diera cuenta por él mismo que no hay un por qué, porque sencillamente no hay una patología… o al menos no existe la que él cree que es.
Nos ponía a nosotros como ejemplo cuando yo le contestaba que no quería cenar, comer o quedarme a dormir en su casa. Sin embargo, nunca he podido dejar de ir una vez por semana a verle. Sólo los dioses y yo sabemos lo que disfrutaba cuando él simulaba asesinarme agarrándome del pescuezo mientras lo hacíamos.
Mi psicoanalista sigue en sus trece de curarme algo que no padezco y que, en caso de padecer, no me preocupa en absoluto tenerlo. Él me pide sinceridad para con vosotros y yo aprovecho la coyuntura y me sincero con él: No, no es esa la enfermedad que tengo, querido, es otra bien distinta que, por cierto, no creo que puedas curarme si no te percatas de que la tengo.
Te propongo un trato: tú no me pidas más de lo que yo te doy; deja que tenga los compromisos que yo quiera tener y a cambio, seguiré dejándome asfixiar y volveré a perdonarte ese acento que te falta para ser perfecto.
“Existen dos maneras de ser feliz en esta vida, una es hacerse el idiota y la otra serlo”. Sigmund Freud (Fundador del Psicoanálisis).

Este año decidí que, para bien o para mal, mis vacaciones estivales las iba a pasar en un lugar, que nada tiene que ver con la ciudad donde vivo. Un lugar donde el lujo brilla por su ausencia, un destino en el que la diferencia cultural es abismal, donde todo lo que iba a ver, no lo había visto con anterioridad… y me marché, acompañada por mi habitual compañera de viaje, a un país donde me pasé más tiempo del que me podía permitir.
Jugué a disfrazarme y a convertirme en una burda copia de una modelo de Coronel Tapioca, no me llevé uno sólo de mis perfumes (entre otras cosas para que los mosquitos no me comieran), ni un solo calzado que tuvieran algo de tacón. Hice una gran maleta de prendas de algodón y de colores claros, me llevé sólo los cosméticos que entonces creía imprescindibles y quise jugar a ser una samaritana con los que viven en condiciones que mi imaginación, por mucho que lo intentara, no llegaba a vislumbrar. La realidad, por desgracia, supera a la ficción.
Y ahora, después de esta pequeña introducción, toca preguntarse: ¿Puede Coolkiku convertirse en un personaje místico?, ¿puede dejar de lado por un momento todas sus excentricidades?, ¿puede compartir?, ¿puede dejar de ser un ser consumista y convertirse en alguien generoso?, ¿sabría dejar de lado su egoísmo y egocentrismo?
La respuesta es que sí puede, claro que puede… Sin embargo, la respuesta a todas esas preguntas, también es que no. Curiosa paradoja.
Sólo me hicieron falta dos días para aclimatarme a ése país…. O quizá fueron dos horas… o lo más probable es que nunca llegara a hacerme a algo así. Acostumbrarse a respirar algo que se puede cortar con un cuchillo o hacerse con un hedor tan profundo que te llega hasta la boca del estómago, es complicado. Habituarse a dormir vestida en una litera, sobre mi equipaje y dando manotazos a las cucarachas que se empeñaban en dormir conmigo, no es sencillo ni agradable para alguien que se ha hecho a dormir en una cama limpia y perfumada donde puede dormir tanto en vertical, como en horizontal. La realidad es que tendría que sacar fuerzas de flaqueza para volverlo a hacer… y lo curioso, es que volvería a intentarlo.
Me encontré en un lugar místico y espiritual que, para alguien tan escéptico como yo, es algo así como un shock… y me sorprendí dando a alguien que no tiene absolutamente nada, ofreciendo lo poco que llevaba encima a quien tenía aún menos que yo. Me sentí el ser más despreciable cuando me di cuenta de que mi tratamiento capilar de dos horas, podría alimentar a una familia entera durante dos meses, Me sentí ingrata, egoísta y mezquina como no me he sentido en la vida. Me cayeron lágrimas como puños cuando vi a los niños dormir entre, literalmente, la mierda. Se me desgarró el alma cada una de las veces que me pedían y no podía darles más y cuando, entre todo eso, me regalaban una sonrisa tan bella que cualquier intento de descripción, sería un insulto a la verdad.
Comprendí que puede existir armónicamente el polvo, el barro, la basura junto con el oro, la plata, la belleza y un sin fin de colores deslumbrantes… y aunque cueste entenderlo, uno puede comprobar que la miseria puede vivir con la generosidad de quien la vive… y que alguien puede vivir feliz teniendo menos que nada.
Descalza, entre la mugre, me di cuenta de que es repugnante a la vez que placentero... y me sorprendí a mí misma rezando algo que no sabía muy bien que era. Lloré lo que no he llorado nunca en unas vacaciones y sin embargo, han sido unas vacaciones realmente felices.
Eché de menos a quien antes echaba de más, me sentí maternal, recordé a mis muertos, a cada uno de mis amantes, a los amores que se quedaron en nada. Recordé a mi familia y me emocioné al pensar en ellos. Perdoné, sin que me lo pidiera, al que me hirió y me sorprendí a mí misma dando en el clavo de lo que quería a partir de ese momento. Fui consciente de cada uno de mis miedos, de mis defectos y me enfrenté y despedí a los fantasmas que se habían instalado en mí.
No sé si fue la cantidad de horas de trayecto a bordo de una especie de vehículo con ruedas o si es que el lugar invitaba a la meditación, el caso es que conseguí dar con las respuestas a las cuestiones que llevaban tiempo torturándome. Me hice a los olores, a los buenos y a los malos; envidié la fe del necesitado y puse en duda algunas formas de vida. Me estremecí cada día con algo nuevo y comprendí, que en un mismo planeta, existen mundos diferentes… y que siempre va a ser así y justamente eso, es lo que le hace ser melódico.
Regresé con la pena del que le quitan la oportunidad de volver a ver lo más bello, del que le arrancan de los ojos los colores más impresionantes, pero volví añorando cada rincón de mi casa, apreciando cada objeto que poseo, abrazando a dos gatos alimentados mejor que un sin fin de seres humanos y necesitando fervientemente el abrazo y el beso del que me quiere.
Sin embargo, Coolkiku poco o nada a cambiado y si he de ser sincera, lejos de hacer una generosa donación a una ONG o hacerme socia de una Asociación que ayude a los más desfavorecidos, en el mismo momento que pisé mi país natal, invertí mi dinero en un tratamiento para hidratar mi pelo, en un exfoliante para sacar la mugre y en un vestido y dos pares de sandalias aún rebajadas. Volví a mi restaurante preferido, me fui de copas, y tan solo dos días después, me marché con el me añoró y al que eché en falta, a un retiro rural con piscina, spa, bodega, gastronomía delicatessen y sexo, mucho sexo mientras respiraba un aire puro y me protegía con mis gafas de sol de Dolce y Gabbana.
Seguramente para estas Navidades y para tener mi conciencia tranquila, compraré los christmas de UNICEF y para el próximo huracán, terremoto o tsunami, mandaré un sms con la palabra AYUDA al 7755 y esa noche dormiré respirando hondo y creyéndome mejor persona, y lo haré en mi camita con mis sábanas de algodón, libre de insectos, caminaré descalza por mi suelo de madera limpio y sin ratas. Compraré regalos inútiles e innecesarios y recordaré y suspiraré por ese niño de futuro incierto con una terrible malformación: el que me regaló la más bellas de las sonrisas, el que, con un harapo, descalzo, con hambre y totalmente deformado, me azotó en todo el corazón cuando me miró directo a los ojos. El niño que se quedó en mi retina y por el que lloré desconsoladamente sin él saberlo.
Me alegro de volver a estar aquí con todos vosotros y de que me hayáis permitido la licencia de ponerme trascendental. Esta ha sido la redacción de la vuelta al cole. Este blog continuará con las historias de siempre en breve…
A ese niño, con todo mi amor y todo mi egoísmo…





