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Coolkiku
Os escribo una carta larga porque no tengo tiempo de escribiros una corta.
Sindicación
 
DESDOBLAMIENTO DE PERSONALIDAD
Estoy llevando una vida sosegada y libre de sobresaltos. Ando por la vida bucólica y pastoril. Todo me marcha sobre ruedas e, incluso, he disfrutado de unas maravillosas vacaciones invernales de sol, playa y mojitos.


Aunque algo me ronda en el estómago: compro turrones para compartir con los demás pero de vez en cuando no puedo evitar sentir a Satán latir dentro de mí. Por las noches, de madrugada y mientras duermo placidamente, me despierto sobresaltada con la sensación de que mi vida últimamente está siendo demasiado serena.


En cualquier caso, mi actitud, de un tiempo a esta parte, ha sufrido importantes variaciones. Diferentes comportamientos en diferentes situaciones me han dado la voz de alarma. Me sorprendió mi respuesta cuando, en un vuelo que se las prometía eterno, a unas horas en las que sólo puede apetecer dormir y acurrucarse bajo una fina manta de Iberia, un crío se desgañitaba llorando y se tomaba muy en serio el dejarse las cuerdas vocales atrofiadas para el resto de su larga vida. Algo realmente insoportable, unos gritos y un llanto seriamente ensordecedores.


La frustración de la tripulación por no poder calmar a la fiera, el estremecimiento de la madre que no conseguía dominar a la criatura, y la crispación de todos los viajeros que no lográbamos aplacar el terrible sonido con ayudas externas como iPods o tapones para los oídos; hacía que la tensión se pudiera masticar dentro del avión. Tarde o temprano, alguien iba a pegar un grito diciendo algo así como “¡Qué alguien calle a ese puto niño de una vez!” y esa no fui yo. No, no fui yo.


En otro momento de mi vida, me hubiera levantado con paso firme, me hubiera acercado al niño y le hubiera metido un tacón de aguja por la garganta o, en el mejor de los casos, hubiera abierto la salida de emergencia y le hubiera sacado de allí de una patada en el culo. Pero me sorprendí a mí misma diciendo al tipo que tenía sentado al lado y que se encontraba al borde del asesinato: “por favor, un poco de paciencia, ¿no ve que es un bebé?. Algo le pasará a la criatura que le hace llorar tan desconsoladamente”.


¿¡Qué?!. ¡¿Yo diciendo eso?! ¡¿YO?!. Esas palabras habían salido de mí y según las solté, no di crédito a lo que había dicho. Inmediatamente tapé mi boca como si hubiera dicho la más malsonante de las palabrotas y me dije a mí misma “¡No!, eso no se dice Coolkiku, ¡Eso no es propio de ti!”.


¿Qué extraña enfermedad me estaba atacando?


Otro día me vi observando a una pareja de ancianos. Él agarraba del brazo a su viejita mientras ella, se ayudaba de un bastón. Entre los dos sumaban más de doscientos años y sus arrugas, al igual que su edad, eran incontables. En otro momento de mi vida me hubiera dado una náusea que me hubiera hecho girar la cara y retirar mi plato con desprecio haciendo un gesto de “Ya se me jodió la comida” y, sin embargo, me asombré mirándoles con ternura mientras decía “¿No te parece realmente emotivo?”.


No contenta con esas asombrosas actuaciones, me sorprendí dando benévolos consejos a mis amigas: ya no recomendaba la infidelidad como salida de escape a sus problemas sentimentales. Repartí bombones entras las octogenarias y antipáticas secretarias de mi departamento y, llamé a mi madre sólo porque me apetecía charlar con ella.


En lo que al plano amoroso/sentimental/sexual (todo en uno para ahorrar) se refiere, fui yo la primera extrañada cuando me di cuenta de que era ya mucho el tiempo el que llevaba acostándome con el mismo enlacado. Estaban siendo ya muchas las noches en las que me quedaba a dormir en su casa y demasiadas en las que se quedaba a dormir él en la mía. En mi móvil sólo había mensajes y llamadas de él y mis ganas de acostarme con otros, se habían reducido considerablemente.


¿Me habría pegado el enlacado alguna enfermedad de transmisión sexual que me producía una extraña fidelidad hacia él? ¿o era simplemente una falta de opciones?


El claro detonante de que mi personalidad había sufrido una metamorfosis fue cuando, el pasado martes, saliendo del cine de la mano (sí, de la mano) del enlacado en cuestión: nos encontramos con su madre (sí, su madre).


Y yo la salude. Y yo fui amable. Y yo dije “me alegro muchísimo de conocerte”. Y yo comenté la película con ella. Y fui yo quien propuso seguir la conversación tomándonos un café. Y encima, para colmo de males, me pareció una mujer encantadora (si la llego a llamar suegra, os juro por todos los dioses del olimpo, que me arranco la lengua y me la pisoteo en mitad de la calle).


A todo esto, he puesto adornos navideños hasta en el cuarto de baño y sugiero a mis invitados que no se vayan de casa sin probar el suave papel higiénico con la cara Papa Nöel. He dado el aguinaldo a los niños que llamaron a mi puerta (más bien eran adolescentes que buscaban dinero para canutos) e, incluso, no he criticado hasta la saciedad (sólo un poco), a todos esos paletos que van al centro de Madrid a comprarse pelucas, ver Cortilandia y pasear para ver las lucecitas de la Gran Vía.


Esto, aunque no lo parezca, es una bonita historia de Navidad. Ficticia, claro está, porque Coolkiku, no toma café.


Feliz Navidad y próspero año nuevo a todos.