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Coolkiku
Os escribo una carta larga porque no tengo tiempo de escribiros una corta.
Sindicación
 
ADIÓS, MADRID (o démonos un tiempo)


Si estas pensando en venir a Madrid y pasar aquí unos días de vacaciones, una nueva temporada laboral, comenzar aquí el 2007, hacer una visita fortuita a un amigo, o, en el peor de los casos, quieres venir hasta la capital para ver el horrible musical de “Hoy no me puedo levantar”, no lo hagas: no sólo porque dicho musical es lo más repulsivo que verás jamás, sino porque aquí ya somos muchos y no necesitamos más gente.


Si estas pensando en venir a dar largos y tranquilos paseos por alguna de sus calles o por el Parque del Buen Retiro, olvídalo, aquí no encontrarás tranquilidad, silencio ni descanso como ocurrió antaño; sólo hallarás una aglomeración de gente fea que habla muy alto. Si piensas que en el centro de Madrid vas a encontrar un sinfín de estupendas tiendas en las que dejarte el sueldo, vas listo: sólo encontrarás gente que sigue hablando muy alto, que no sabe lo que busca y que quiere ser original a base de ser ridículo.


Aquí ya está todo inventado: a los creativos se les han acabado las ideas y los diseñadores no encuentran a las personas adecuadas para lucir sus modelos. Entre paletos y pueblerinos se ha corrido la voz de que existen locales en los que no se pincha a Bisbal y ponen algo que dice ser “música alternativa”. Husmean incansablemente hasta encontrar estos lugares para después, dejar estos sitios infectados con sus terribles camisas de Rottweiler (ellos), y sus tatuajes tribales (ellas). Se taladran los labios, las orejas, las cejas y hasta el cogote para ponerse piercings de oro (o dorados, aún peor si cabe) demostrando así su supuesto poderío.


Los más disimulados y menos desvergonzados, se molestan muy mucho en ocultar sus raíces y camuflar sus verdaderos gustos. Compran su ropa en mercadillos y en tiendas de segunda mano y piensan que con ponerse unas All Star, unos pantalones de pitillo y cuatro chapas en la solapa, ya son lo más in. Sólo hace falta rascarles un poquito para que salga a relucir el verdadero personajillo sin personalidad ninguna, que va donde va la gente y a donde va Vicente: que sale por Chueca porque cree que con estar presente ahí, es estar en la moda, pero que no puede evitar hacer estúpidos comentarios homófobos mientras en el fondo y sin que nadie se entere, está deseando que alguno le roce la costura de su pantalón.


Más tarde, regresa a su casa del extrarradio, de noche y en un búho, al piso que comparte con el extremeño, el segoviano y el mañico y se encierra en su habitación a chatear con alguna que diga llamarse “Asturiana_669” y escribir como le gusta hacerlo a él: tecleando continuamente, aunque no venga a cuento, la letra “k”.


Mira absolutamente todos los conciertos que hay entre semana y asiste a todos los que puede sólo para poder decir que él es un noctámbulo, que tiene resaca (sí queridos, hay gente que presume de eso), que sale todos los días y que escucha música en directo (aunque sea mala). Se coge tremendas borracheras y no puede controlar sus asquerosos vómitos ni su vejiga cuyo líquidos riegan las calles de esta ciudad. Cuando llega a su casa, se tumba en su sofá de terciopelo verde y piensa en lo que daría por volver a escuchar sin pudor ese CD de El Canto del Loco que tanto le gusta y bailotearlo en una discoteca con las chicas que verdaderamente le ponen: las estilistas (que no peluqueras) con el pelo a capas, zapatos de mercadillo barato, aros en las orejas y camisetas con mucha purpurina donde se resaltan palabras como “Sexy”, “Boom” o “Kiss Me”.


Madrid ya no es lo que era. No hace demasiado, podía asistir a una fiesta donde con sólo calzar unos Manolos me convertía en la reina del mambo. Ahora, tengo que dar gracias a los dioses si algún mentecato se percata de que ni mi bolso, ni mi cartera ni mi perfume, son burdas falsificaciones. La vulgaridad, la falta de personalidad y de estilo, han contaminado a mí querida ciudad y eso es algo que me llena de desapego y repulsión.


Nos sobra gentuza, imitadores, impostores y bufones. Nos sobra gente fea, mediocre e inculta. La capital de España (sí, de España, a pesar de lo que digan ciertos catalanes, vascos, gallegos y hasta andaluces) se ha convertido en algo vulgar, anodino y pueril.


Como nada de lo anteriormente expuesto va conmigo y aprovechando una estupenda oferta, los próximo meses los pasaré en Nueva York, donde, por ahora, en las fiestas aún saben reconocer mis Manolos Blahnik (al cual han beatificado), donde el sexo sabe a brownie y donde, hasta el olor a curry, tiene glamour.


Os seguiré contando desde allí. Mientras, y hasta mi regreso, dejo mi vacante para quien la sepa aprovechar.


Besos. Nos vemos en Manhattan.