THREE EXTREMES (Living in New York)

A estas alturas de la vendimia y después de 4 meses sin dar señales, quiero pensar que el que entra aquí y se lee éste nuevo artículo, es porque verdaderamente (y sorprendentemente) quiere saber que ha sido de mí en todo este tiempo.
¿Qué contaros, pues?. Me resulta difícil contar la verdad. Aunque para vosotros no sea una novedad, os confesaré que tengo una caprichosa inclinación a contar la versión falsa de la historia. A mí no me gusta decir que miento, prefiero decir que disfruto adornando, exagerando y distorsionando la realidad. Me gusta hacer de ella algo simplemente semejante si se la mira de refilón. Suele resultar más divertido e interesante.
Si has aguantado todo este tiempo en leer un nuevo artículo, entonces te has merecido tres versiones diferentes de la historia. Sólo una es la real. Quédate con la que más te guste (o con la que prefieras que me haya pasado).
Para los que desearon que me encontrara con una “Gran Manzana” podrida y llena de gusanos, podréis regocijaros con la Historia # 1: disfrutareis de lo lindo viendo como las pasé canutas.
Para los que en el fondo me tenéis estima y me deseasteis suerte. Para los que, como yo, sufren en silencio la falta de estilo y cultura, sólo para ellos está la Historia # 2. Espero que la disfrutéis.
Y para los incrédulos, sola y exclusivamente para ellos, os he dedicado con sumo placer la Historia # 3: Corta y concisa.
Historia # 1. El infierno: Mis últimos cuatro meses en NY fueron los meses más infames de mi vida. Si existieron otros peores, no cabe duda de que éstos han borrado su estela para tomar la deshonrosa posición.
He de confesar que el día anterior a irme de viaje, tuve procesos fugaces de arrepentimiento: eran varias las cosas que me tenían escamada. Acordé “alquilar” mi casa por el tiempo que yo estuviera fuera, al amigo de la prima que es amiga de un amigo de mi amiga… y el tipo no me terminaba de convencer. En teoría él me ingresaría el dinero del alquiler (supuestamente era de fiar) y yo le hacía un considerable descuento por dejar que mis gatos se quedaran dentro y él cuidara de ellos. En teoría (todo en teoría) era un amante de los animales y estaba encantado de volver a tener, textualmente, bichitos en casa. El caso es que me pareció demasiado amable, demasiado socialista, demasiado fashion y hasta demasiado maricón, que todo hay que decirlo. Todo en él era DEMASIADO, hasta sus palabras eran demasiadas. No sé como me dejé convencer de que ambos nos hacíamos un favor.
Lo que estaba más claro que el agua es que, el día que yo volviera, él tenía que estar fuera de mí casa y sin un solo rastro de su estancia en mi dulce hogar.
Por otro lado, los acuerdos con la agencia americana que me había prometido el oro y el moro, variaron considerablemente. El apartamento prometido fue cambiando de lugar hasta que finalmente acabó siendo uno ni tan céntrico, ni tan grande, ni tan mono, ni tan cerca de la oficina, como en un principio iba a ser. Los horarios tampoco iban a ser los previstos… y lo peor de todo: los honorarios tampoco parecía que iban a ser los pactados.
En cualquier caso, aunque escamada y desconfiada, me volví loca aceptando condiciones y en New York me planté. Un mundo lleno de glamour, pasión, lujuria, fiestas, dinero y reportajes me estaba esperando.
Y una mierda.
Y una mierda como un piano fue la que me comí. La primera en los morros fue a mí llegada al aeropuerto de JFK: mis 426 maletas había sido extraviadas. Al menos una me podía haber llegado, aunque sólo hubiera sido por casualidad, ¿no?. Esa fue la primera señal de que mí mala suerte sólo había hecho más que comenzar.
Por otro lado, el tipo que me iba a venir a buscar, nunca apareció. Su móvil estaba desconectado, en la agencia no sabían nada de él y yo me resistía a irme de allí sin mi equipaje y por mi propio píe. Pero me tuve que marchar, claro… y tuve que hacerlo en un apestoso taxi que manchó mis pantalones blancos de Armand Basi de un sospechoso, maloliente y desagradable líquido marrón. Maldito paquistaní cabrón.
El apartamento, aunque más lejos de lo previsto, no parecía estar tan mal. Al menos tenía un par de ventanas que daban a una calle bastante mona. El resto, daba a unos extraños callejones en donde, por un instante, me pareció ver pasar a una gallina. Sí, una gallina.
Desde el momento de mi llegada al apartamento, todo comenzó a ser un baile de despropósitos. La dichosa casa emitía unos sonidos totalmente insoportables. Al principio parecía que me hablaba, al final, la hija de puta, juraría que me insultaba. La nevera tenía un continuo truuu truuu imposible de aplacar, la cisterna del agua no paraba de caer emitiendo un tssssssss constante. Sin olvidarme (imposible hacerlo) del plop-plop del grifo de la cocina y el clonch clonch del aire acondicionado del vecino de arriba. La primera noche que pasé con el truuu tssssssss clonch plop-plop clonch tssssssss truuu fue bastante insoportable, pero creía que al día siguiente iba a poder a superarlo con unos tapones para los oídos que comprara nada más levantarme. No fue así: ni aunque me hubiera metido dos chorizos de cantimpalo por las orejas, hubiera suavizado esos ruidos tan repetitivos e insufribles.
A pesar de todo, me planté en cuanto pude en la agencia: duchada, pintada y feliz. Bien es verdad que mi llegada no fue como me la había imaginado, entre otras cosas porque yo no vestía según el plan previsto: mis maletas aún no habían aparecido y llevaba puesto lo que me pude comprar de urgencia en un mall. Dos horas después de esperar SOLA a que alguien me recibiera, comencé a desesperarme. Me entraron unas terribles ganas de echarme a llorar (luego ya tuve tiempo de cansarme de hacerlo).
Cuando por fin se me recibió, me dieron la gran noticia: no había sitio físico en la oficina para mí, así que tendría que trabajar desde el apartamento, reunirme un día a la semana con ellos, estar localizable todo el día y mandar diariamente mis trabajos por e-mail.
En un afán de ponerme optimista pensé que no era tan grave, de ese modo podría organizarme para tener mi propio horario e ir a correr por Central Park (teniendo en cuenta que yo sólo he corrido para coger el autobús y a veces ni eso, ese plan era bastante improbable de que se hiciera realidad). También tendría tiempo para ir de compras, visitar todas las galerías de arte del Soho, desayunar fuera y hacer un montón de cosas maravillosas que no se me permitiría hacer si anduviera encerrada en una oficina.
¡¡¿¿Alguien puede imaginar lo que es intentar trabajar con el truuu tssssssss clonch plop-plop clonch tssssssss truuu y la hija de puta de la gallina que vivía debajo de mi casa???!!, es algo imposible…. Si a eso se le suma que me llamaban cada 5 minutos para darme instrucciones que sustituían la anterior orden, pues la jornada se convertía en un infierno lleno de dudas, estrés y de ofuscación total. Mi musa se estaba marchando a la misma velocidad que mí ilusión.
En las fiestas a las que asistía nadie me hablaba, y si lo hacían eran octogenarios a los que tenía que acabar ayudando para ir al lavabo. Me sentía como una aldeana con bigote y refajo en una fiesta de Dolce & Gabbana. Aunque me costara reconocerlo: me encontraba totalmente fuera de lugar.
¿Qué hacer en una fiesta en casos así? Pues cualquier cosa menos lo que yo me dediqué a hacer en todas y cada una de ellas: beber sola con la ilusión de que algo cambiara por completo y de una forma rápida y mágica.
Hoy por hoy, gracias a la experiencia adquirida en ese tiempo, puedo asegurar que cuando me emborracho entre un montón de gente guapa que se lo pasa muy bien, en un país y en una ciudad que no es la mía y sintiéndome Carrie, el alcohol me sube aún más rápido de lo normal. El resultado final era que acababa pillándome un pedo enorme que me hacía tardar tres horas en llegar al apartamento (cuando por lo general estaba a 15 min en taxi) y, por supuesto, haciendo llamadas a España (si estoy pedo se me olvida el pequeño detalle de diferencia horaria) llorando, con hipo y diciendo cosas que al día siguiente y durante el resto de mi vida, me arrepentiré.
Las resacas neoyorquinas han sido las peores con diferencia. No sólo porque me encontrara fatal, si no porque sentía como en cada una de ellas, mi autoestima se iba por la cloaca junto con mi vómito. De la noche a la mañana pasé de la tener la autoestima 100 sobre 10, a tenerla -587 sobre 10.
Los días se me hacían eternos, mis relaciones sociales eran más que limitadas y las que tenía sólo eran para darme un trabajo infernal. Me pasaba el día encerrada en el apartamento rugidor, frente a un ordenador que venía sin la inspiración instalada. Mis días se resumían en trabajar, comer, comprar comida en la tienda de la vuelta de la esquina, seguir comiendo, seguir trabajando y dedicar un tiempo diario al llanto y a las lamentaciones. Si me quedaba algo de tiempo libre, entonces lo de dedicaba a rezar y rogar a todos los santos para que no me mandaran a otra fiesta en la que, en el mejor de los casos, acababa bebiendo sola en la barra y tomando nota de lo imbécil que es la gente allí.
Mandaba mails diarios de auxilio que, para mi gusto, tardaban mucho en ser contestados. Mi madre dejó de aceptar mis conferencias y mi amiga no sólo hizo oídos sordos a mis llamadas de atención, sino que además me escribió para contarme que se había acostado con mi ex por excelencia (añadiendo, la muy zorra, “…te lo cuento porque creo que debo hacerlo, aunque no creo que te importe demasiado, tú sólo te ríes de él y además te recuerdo que te tiraste a dos de mis tres ex importantes…”).
A todo esto no hay que olvidar que por un momento tuve serios problemas económicos. Mi inquilino me ingresaba el dinero tarde y mal (sólo pagaba después coaccionarle con mails y llamadas amenazadoras) y cuando acoquinaba, lo hacía siempre por menos dinero de lo pactado.
Y así transcurrieron mis cuatro meses en NY. Cada día más deprimida, cada día más sola y cada día más GORDA. Creerme si os digo que conseguí engordar 13 kilos en 4 meses. Si alguien cree que eso no es posible, que venga a verme, le enseñaré mis carnes y luego me comeré sus ojos con cuchillo y tenedor.
Mi depresión hizo que mi trabajo allí no fuera sublime (como todos, incluso yo, veníamos esperando), tampoco se puede decir que fuera pésimo, por lo que lo dejaremos por incalificable… Así que mi plan de salir de los Estados Unidos llena de gloria, con una carrera imparable, con una cartera llena de ofertas y con la mejor de la mejor de las recomendaciones, también se fue al traste.
Para finalizar sólo comentaros, como pequeño detalles anecdótico, que el día que por fin llegué a Madrid, nadie, lo que se dice nadie, vino a buscarme. Mis maletas volvieron a ser extraviadas y sin saber que lo mejor estaba por llegar, cuando abrí la puerta de mí casa (a pesar de haber avisado por activa y por pasiva que llegaba ese día a esa hora) me encontré con mis pobres gatos famélicos (y sospecho que sodomizados) mirándome con cara lánguida y al demasiado amable, demasiado socialista, demasiado fashion y hasta demasiado maricón, sentado en MÍ sofá, con los pies encima de MÍ mesa, en calzoncillos y con poca intención de moverse.
Fue entonces cuando la ira que contuve durante cuatros meses salió por cada poro de mis 13 kilos de más. Mi yugular a punto de reventar, roja, envenenada y con los ojos inyectados en sangre, agarré una lámpara y amenazándole con estampársela en la cabeza, le dije a gritos que se marchara de mí casa inmediatamente. El me acusó de loca (resultó que la loca en esa situación era yo, manda cojones) y creo que una citación en los juzgados me llegará dentro de poco, pero eso sí, yo ya estoy en Madrid, en mí casa, con mi trabajo de siempre y en la ciudad de la que nunca debí de haber salido.
Historia # 2. El cielo: Mis últimos cuatro meses en NY han sido los mejores meses de mi vida. Ni en mis mejores sueños pensé que algo tan bueno estaba esperándome.
A sólo un día de marcharme a “hacer las Américas” me di cuenta de que si tenía alguna pequeña duda de si estaba haciendo bien o no, se me disipó por completo: tuve una gran fiesta de despedida, me sentí arropada, querida y envidiada (¿a quién no le gusta ser envidiado?, ¿acaso ese no es motivo suficiente?). Aunque tenía los nervios destrozados (lo cual es bastante normal en mí), sentía que mis ganas de marcharme de Madrid por una temporadita y respirar aire contaminado nuevo, era lo único que me apetecía y debía de hacerlo.
Gracias a una buena recomendación, conseguí “alquilar” mi casa a un gay estupendo, lleno de glamour, de cordura, de serenidad y de buen gusto. Llegamos a un pacto entre damas: Él necesitaba una casa en Madrid por una corta temporada y evitar la frialdad de los hoteles, y yo necesitaba seguir pagando mi hipoteca. Él me pagaría la cantidad suficiente para afrontar la letra y algún que otro gasto, yo le dejaba mis gatos para que le hicieran compañía y para que me los cuidara. Él los mimaría, yo le haría un considerable descuento en el alquiler. Él dejaría mi casa el día que yo regresara tal y como se la encontró: totalmente impecable. Yo le llevaría unos encarguitos que me hizo.
Después de numerosas llamadas, faxes, papeleos y correos electrónicos, la agencia americana que me contrataba por ese tiempo y yo, también conseguimos llegar a un acuerdo. No quería dejar ni un solo cabo suelo, yo ya estoy mayor para ir a los sitios a la aventura y con un petate en el espalda. Sólo me faltó pedirles por escrito el color de las sábanas en las que iba a dormir, aunque pude entreverlas en las fotos que me habían mandado y que examiné con lupa y con sumo detenimiento. ¡Parecía tan divino!.
Llegué al aeropuerto de JFK a la hora esperada y lo hice totalmente expectante de lo que iba a encontrarme. Quedaron conmigo en que una persona de la agencia irá a recogerme y me llevaría hasta el apartamento. Esa misma noche ya tenía que asistir a mi primera fiesta en NY y me presentarían a las personas indicadas para poder comenzar cuanto antes, mi tarea allí.
Cuando vi al americanazo sosteniendo el cartel donde había escrito a mano “Coolkiku”, pensé que mi avión se había caído como un plomo, que había muerto y que estaba en el cielo. Algo tan hermoso no podía ser real. Esa fue la primera señal de que mi buena suerte acababa de comenzar. Estuve a punto de soltarle un morreo y contarle después que los españoles tenemos la costumbre de saludarnos así cuando llegamos a un país que no es el nuestro, pero contuve mis ganas… ¡era una profesional y lo iba a demostrar!.
Mis nervios seguían destrozados, pero una vez en su coche y de camino a lo que iba a ser mi hogar durante cuatro meses, sentí como el americanazo tenía ese poder que tiene una de cada doscientas personas: el de saber tranquilizarme y sosegarme. Era El Americanazo Valeriana y yo estaba feliz.
Me subió las maletas y me enseñó todos y cada uno de los trucos de la casa: lo que tenía que hacer para que no sonara la nevera, qué hacer si el grifo goteaba, como funcionaba cada aparato y hasta me conectó y configuró el portátil. Mis piernas seguían temblando y sólo podía pensar en echarle encima de la cama y que me contara los verdaderos trucos que escondía, pero seguí aguantándome sólo un poco más (bien sabía yo que no podría hacerlo durante mucho tiempo si iba a tener que verle a menudo).
Mientras me contaba los detalles de la agencia, algún que otro intríngulis y lo que esperaban de mí, yo pensaba que en que acababa de decidir, sin ayuda de nadie, que lo que verdaderamente quería era quedarme con él el resto de mi vida y plancharle todas las camisas que me pidiera: en esa casa, en Sebastopol o en Alconbendas. Estaba a punto de llorar de la emoción.
Dejó que descansara, me recuperara como pudiera del jet lag y quedó en recogerme por la noche para ir a la primera de nuestras fiestas.
Dormí poco y mal, estaba tan emocionada que no podía descansar, así que me puse a preparar hasta el último detalle para la noche, me pegué un baño y más tarde conseguí dormir algo.
Esa noche sentí que el mundo era maravilloso, que la vida me sonreía y que estaba rodeada de lo que a mí más me gustaba. Que el lujo se palpaba hasta en los palillos de los aperitivos, que nada era mediocre, que todo era perfecto, que me sentía preciosa y admirada. Que la gente esperaba mi llegada, que querían conocerme, que todo era un sueño que acababa de comenzar y que, teniendo al americanazo al lado, todo se veía aún más bonito.
En tres días ya estaba totalmente organizada. Había redistribuido los muebles del apartamento y había preparado el espacio de trabajo a mi medida. Me sentí tan feliz que compré el ramo de flores más grande que encontré. La inspiración me venía sola, no tenía que usar trucos para que apareciera. Mi musa se había instalado en mi casa y se había quedado a vivir conmigo, estábamos las dos muy contentas.
Mi americanazo me venía a visitar a diario y yo controlé mis instintos hasta el quinto día: el sexto, amanecimos juntos. Él endulzaba mi vida, yo no sé que hacía con la suya, pero estaba claro que le gustaba.
Me pasé cuatro meses sintiéndome dentro de una película, con una sonrisa en la cara imposible de borrar. Practicando sexo a la americana de día y de noche; de frente y de lado, boca arriba y bocabajo. Durante 4 meses me sentí con total inspiración, gastando dinero de día y de noche; de frente y de lado, boca arriba y bocabajo... Me sentía magnifica, lumbreras y ocurrente. Me pasaba el día llamando gilipollas a todo lo que se meneaba y es que a mi americanazo le hacía mucha gracia la pronunciación y mi énfasis al decirlo y como, por una extraña razón, a los españoles nos encanta enseñar palabrotas cuando salimos al extranjero, pues me pasaba el día descargando adrenalina llamando perro judio al primero que tosía.
Por otra parte, en la agencia confiaban plenamente en mi criterio y me daban rienda suelta a todo lo que yo hacía. No tenía plazo para entregar mis trabajos y, sin embargo, en todo ese tiempo nunca hizo falta que me reclamaran nada. Conseguí ser puntual en mis entregas y el orgullo que no me corrigieran ni una sola nimiedad de lo que había hecho.
Conseguí el punto glorioso y perfecto que puede tener una relación temporal: mi americanazo y yo estábamos encantados, hacíamos todo juntos, nos divertíamos y a la vez trabajábamos y, sin embargo, no habíamos llegado al terrible y consabido estado del enamoramiento (un par de años con él y seguro que acabo odiándole, descuartizándole y echándole al río Hudson). Tan sólo nos poníamos románticos cuando llevábamos dos copas de más y después de haber ido a alguna fiesta de obligatoria asistencia. Teníamos tan claro que lo nuestro tenía una fecha de caducidad, que no nos molestamos en hacer planes imposibles. Yo, para bien o para mal, en Madrid tenía mi vida y lo más lejos que podía irme con él, era a Washington a pasar un fin de semana.
En resumen: mis cuatros meses en Nueva York fueron idílicos, algo que contaré a los nietos que nunca tendré. Fueron 4 meses llenos de vida y que los pasé disfrutando, enriqueciéndome y dignificándome. Lo miré todo, absolutamente todo, no quería que nada se me fuera de la retina, quería retenerlo todo y de por vida, lo apunté todo, lo escribí todo, lo fotografié todo, para que todo, sin excepción, quedara perenne.
Cuando llegó el momento del regreso lo hice tal y como lo había vislumbrado en mis mejores sueños: con una gran carta de recomendación, un par de ofertas en las que tendré que pensar y el dulce sabor de boca que te deja un americanazo que ha dedicado 4 meses de su vida, en hacerme la mujer más dichosa del planeta (amén de que me he traído los modelos más exquisitos y los zapatos más sublimes que nadie puede llegar a imaginar).
He vuelto a Madrid renovada, con algo de pena pero con mucha gloria. He entrado por la puerta grande, encantada de haberme conocido y de haberme encontrado mi casa tal y como la dejé; con mis gatos en perfecto estado, con mi familia, mi gente y mi trabajo de siempre, esperando mi llegada y con nuevas y estupendas ideas para los próximos 4 meses.
Madrid sigue estando como lo dejé y eso me reconforta.
Historia # 3. El purgatorio: Nunca me fui a Nueva York, he estado estos cuatro meses en Madrid sin saber que escribir en el blog.





