QUERIDÍSIMA MAMÁ

¿Son los padres responsables de nuestra personalidad? ¿o eso es sólo un recurso facilón?. ¿Son nuestros padres los causantes de nuestros miedos, traumas, desasosiegos y ansiedades?. No son ni uno ni dos los estudios que opinan que efectivamente es así… pero hay opiniones para todo.
No voy a ser yo quien cuestione ciertas teorías, ni me voy a mojar poniéndome del lado de la víctima de una infancia difícil. Tampoco me decantaré por el lado de unos padres que, en su momento, también fueron hijos victimas de sus padres. No voy a debatir nada, sólo dejaré la pregunta en el aire: ¿es inevitable que, de alguna manera, acabemos siendo un espejo de nuestros progenitores?.
Lo que está claro es que esto es la pescadilla que se muerde la cola.
Piénsenlo señores, recapaciten y háganlo con total sinceridad. No hagan aspavientos diciendo que por nada del mundo podrían llegar a parecerse al cabeza de su familia y analicen este tema de forma objetiva. Estoy segura de que, un alto porcentaje de los lectores, se habrán sorprendido más de una vez diciéndose a si mismos “¡horror!, me parezco a mi madre/padre…”.
Mi propia experiencia me dice que sí, que lamentablemente me parezco a mi madre. No sólo porque físicamente soy calco de su persona, sino porque según cumplo años, el parecido es tan asombroso que he decidido dejar de luchar contra lo evidente: sí, me parezco a mi madre y cuanto más empello pongo en no parecerme a ella, la semejanza se convierte en algo terriblemente impactante.
Mi madre no quería tener hijos, pero de todos modos nací un frío y helador día de invierno. Las malas lenguas (exactamente la lengua viperina de mi abuela que era igual o peor que la de mi madre –con lo que se vuelve a ratificar la teoría de los parecidos entre los padres y lo hijos-) cuentan que cuando yo tan sólo contaba con unas horas de vida, alguien se aventuró a decir que era clavadita a la madre que me parió. Mi realista madre sólo pudo responder con un desgarrador “eso es sólo lo que me faltaba”.
Mi madre no me dio de mamar para que no se le estropearan sus bonitos y turgentes pechos (cosa que no sirvió para nada ya que las tetas, antes o después, se caen y a día de hoy le llegan más o menos a la altura de la cintura). Mi madre jugaba poco o nada conmigo porque mi energía, literalmente, le producía una jaqueca que tardaba días en remitir. Mi madre nunca me llevó ni me recogió del colegio… porque para eso estaba “la chica”.
Mi madre hizo de la puesta en escena, de los modales y del vestir, una forma de vida y yo he seguido sus pasos a píes juntillas, aún habiéndola odiado por haber dedicado todo su tiempo a ello, por hacer de eso su profesión, por dedicarse a algo tan superficial y por no haber sabido hablar de otra cosa.
Mi madre le daba al bebercio, empinaba el codo o simplemente era una borrachuza, como ustedes quieran llamarlo, pero mi madre era de la alta sociedad y para esas personas lo adecuado era decir que bebía para “matar el gusanillo” o que simplemente era un “hábito social”. El mismo hábito que le hacía tener resacas tan brutales que en casa no podía oírse ni a una hormiga caminando por la alfombra… o el mismo hábito social que le hacía tomarse, de cuando en cuando y para desayunar, un pelotazo de Chivas.
El caso es que, para qué negarlo, yo he llegado a odiar a mi madre, y creo que como yo, muchas personas en su época adolescente (aunque no creo que tanto como yo, ya que superarme a mí en cualquier tema relacionado con el odio, es tarea difícil). Verdaderamente era muy complicado hacer comprender ciertos asuntos a nuestros padres, sobre todo en una época tan compleja como es la del pavo, ya que las hormonas y el vello corporal hablaban por nosotros.
Pero en defensa de ellos he de decir que lamentablemente desconocíamos lo que pasaba por sus cabezas, sólo nos ocupábamos de mirarnos el ombligo, de pretender ampliar la hora de llegada casa y de obtener el último grito en pantalones vaqueros, pero nunca nos paramos a pensar en que podrían estar con el morro torcido porque tenían problemas matrimoniales, de trabajo o porque habían sido victimas de una infidelidad. Ésas cosas también las han vivido nuestros padres… aunque no lo queramos creer. Todo está inventado…
Sí, lo siento, tu madre pudo ser infiel a tu padre (o viceversa)… no pienses que porque hiciera las mejores tortillas de patatas y las más exquisitas croquetas, porque pasara el aspirador a diario por tu dormitorio o porque te bordara las iniciales en tu ropa interior cuando te ibas de campamento, no fuera capaz de ponerle los cuernos a tu padre. Efectivamente eran otros tiempos, pero estaban hechos de lo mismo que nosotros: de carne y hueso. Sí, ellos también tenían impulsos sexuales y aunque se reprimieran más, a veces también daban rienda suelta a sus instintos animales.
El caso es que mis padres no eran los padres al uso. Veía como en casa de mis amigas lo normal era tener la foto de boda sobre el mueble del salón y como sus madres prepararan sandwiches de foie gras y piñatas en sus fiestas de cumpleaños. Nada de eso tenía yo… aunque sí tuve otras cosas que no tenían mis compañeras, olvidándonos de lo material, yo disponía de la simpatía y sabiduría de los amantes de mi madre.
No fueron ni uno ni dos… pero siempre fueron muy amables conmigo. A uno, mi predilecto, le recuerdo con gran ternura: Don Álvaro Ignacio de Irazabal, el gran señor que me regaló, por mi noveno cumpleaños, la colección de libros de Pollyanna, de Eleanor H. Porter, y al cual le debo mi afición por la lectura.
Don Álvaro le duro mucho tiempo y se convirtió en uno más de la familia, no sé si mi poderosa imaginación me traiciona, pero juraría que le recuerdo cenando con nosotros y con mi padre presidiendo la mesa.
Nunca subestimes la curiosidad de un niño, puede llegar a ser brutal: les espié hasta que un día dejó de parecerme gracioso y me di cuenta de que el estar fisgoneando quitaba mucho tiempo a mis estudios y lectura. Al fin y al cabo, ya no veía nada nuevo. Curiosamente, cuando espiaba, lo hacía con mesura, para poder otorgarles algo de intimidad en mi propia casa… llegado un momento puntual de la escena de amor, no sé si por pudor o por no querer ver lo evidente, retiraba la vista y me iba a mi cuarto.
Eso sí, de vez en cuando y si el aburrimiento se apoderaba de mí, volvía a fisgonear. La última vez que lo hice fue cuando me atreví a cruzar el umbral y vigilarles desde dentro, desde el lugar en el que tenía totalmente prohibido el paso, desde el cuarto donde mi madre decía que se metían a “trabajar”…
Desde el interior de un mueble rústico castellano y con la barbilla apoyada en mis rodillas, me llevé una grandísima sorpresa: aquel día tuvieron una terrible discusión, no puedo recordar cual fue el problema y el motivo de tanta bronca, pero sé que mi madre lloraba desconsolada y que Don Álvaro intentaba calmarla mientras ella le pegaba unos buenos manotazos.
Estuve mucho tiempo pensando que la discusión tuvo que ver conmigo, me parecía demasiada casualidad que el día de la gran bronca yo, sin que ellos lo supieran, hubiera sido la única espectadora.
Don Álvaro Ignacio de Irazabal desapareció aproximadamente dos meses después… y con los años, la curiosidad volvió a poder conmigo e intenté localizarle. A Don Álvaro se le había tragado la tierra. Supongo que afortunadamente para el sosiego de mi casa natal (¿no será, casualmente, tu padre?).
A mis 25 años, le confesé todo esto a mi psicólogo y horas después se lo recordé a mi madre. Mi psicólogo guardó silencio y mi madre se limitó a tragar saliva, mirar para otro lado y aguantarse las lágrimas en unos ojos terriblemente colorados, como si hubiera salido de una piscina llena de cloro. No quise preguntar más, estaba claro que fue alguien sumamente importante y se lo dejé para su intimidad y recuerdo. Tampoco yo le cuento el final de mis historias… Hay cosas que es mejor no saber.
Pero el paso de los años, la madurez y las vivencias te hacen comprender a los que antes eran “los mayores”. Ahora, con más edad con la que mi madre me tuvo, he llegado a perdonarla y hasta a quererla. No puedo vivir con ella, pero tampoco sin ella. Al fin y al cabo le debo grandes cualidades como la obsesión por la limpieza, el enfermizo orden, la afición por las cosas caras y los devaneos con los hombres.
He comprendido que también ellos tuvieron debilidades y que sus formas no fueron las perfectas. He aceptado que tengo un padre y una madre que, aunque ninguno de los dos sean modelos a seguir, son los que me convirtieron, para bien o para mal, en lo que soy. Al fin y al cabo se tomaron muchas molestias en hacer de mí una mujer de provecho y aunque ambos creamos que no lo han conseguido, yo me siento muy orgullosa de haber tenido a una madre, que en los años de la transición española, este país se le antojaba rancio para unas expectativas demasiado altas para aquel entonces.
Y aunque inevitable y desafortunadamente me parezca a mi madre (de mi padre hablaré otro día porque él también tiene para dar y regalar), acepto gustosa la herencia y, en la medida de lo posible, intentaré evitar la descendencia y si no lo consigo, tal y como no lo consiguió ella, evitaré el llevarme los amantes a casa en presencia de mi hijo/a.
Es que manda pelotas… mira que llevarte los ligues a casa… ahí te pasaste tres pueblos, mamá, ¿qué no?.