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El Incordio
Sano ejercicio del derecho al pataleo: entrada a saco en la comunión con ruedas de molino.
Sindicación
 
¿La República que viene?


Se ha dicho y repetido -con evidente ánimo hagiográfico, por utilizar una expresión no demasiado antipática- que el actual monarca es «rey de un país republicano». Esto, que en puridad es una cretinez, tiene un fondo de realidad. Yo era muy jovencito, apenas tenía ocho años, cuando Franco nos impuso al nieto de Alfonso XIII como futuro Rey de España porque le dio la real gana, no sé si nunca mejor dicho, pero recuerdo claramente que la cosa no despertó el menor entusiasmo; los franquistas no acababan de ver clara esa historia de restauración monárquica (por más que ellos la llamaron instauración), que sólo aceptaron a falta de otra cosa, los antifranquistas aún menos, porque veían una prolongación coronada del Régimen, y los sectores más díscolos del interior de la estructura del Movimiento o de su órbita (es decir, los falangistas y los requetés, sobre todo aquéllos), veían a la monarquía como legía en los ojos, los azules por antimonárquicos sin paliativos, y los requetés porque la via juancarlista estaba -y seguiría estando- alejada de su pretendida línea de sucesión carlista.

Así las cosas, parecería que lo único que teóricamente podía satisfacer a todos los españoles era la instauración de una república, de la Tercera República. El problema era que, para todos los españoles, la referencia republicana era la Segunda República y eso era sinónimo de trauma para mucha gente, lo que frecuentemente llevó -y lleva aún- a la incongruencia de ser antimonárquico pero sentir repulsión por una república. Es decir, ni siquiera se pudo debatir sobre los diferentes modelos republicanos no tanto porque el Régimen lo prohibiera -que lo prohibía, por supuesto- como porque saltaban chispas con el asunto. Por supuesto, a partir de 1976, el tema ni meneallo porque aquí estaba todo el mundo con un culín así: «no toquéis nada, a ver si vamos a romperlo todo», era la consigna del momento.

Las cuestión hubiera podido haberse vuelto a plantear cuando, tras la victoria electoral del PSOE, el equipo formado por Felipe González, Alfonso Guerra y Narcís Serra, con puño de hierro, como Azaña, pero con guante de seda, a diferencia de éste, redujo al Ejército a obediencia civil a divinis aprovechando su acomplejamiento y su vergüenza corporativa no sé muy bien si por la intentona de Tejero o por el fracaso de la misma. Pero no quisieron correr riesgos; el pueblo, tras el susto del 23-F, tenía pocas ganas de experimentos y todo el sistema de poder se volcó en «consolidar la democracia», eufemismo que escondía lo que en realidad significaba: «consolidar la monarquía».

Y la monarquía se consolidó. O eso pareció. El rey Juan Carlos I gozaba del favor popular gracias, en parte, a su innegable carisma personal que le da un aire entre bonachón y campechano, amigo de la fabada y de los huevos fritos con chorizo, y gracias, sobre todo, al férreo apoyo, estricto y sin fisuras, que todos los medios de comunicación volcaron sobre el monarca, con mucho más miedo de quedarse cortos que de exagerar, y que cultivaron -exagerándolo, efectivamente, hasta el ridículo- ese carisma de Juan Carlos. Durante años, hasta hace muy poco tiempo, no se ha podido publicar en España una sola línea o imagen crítica hacia la Casa Real porque la pena por ello era, en su más inofensivo supuesto, el ostracismo fulminante, inapelable e irreversible, la muerte profesional con declaración de anatema hacia el periodista, realizador o escritor imprudente. Por lo demás, la promesa que formulara Guerra de que tras el mandato socialista «a España no iba a conocerla ni la madre que la parió» se cumplió razonablemente bien y, por antisocialista que se sea, hay que reconocer que poco tiene que ver la España del 31 de diciembre de 1982 con la del 31 de diciembre de 1995. Para lo bueno y para lo malo, España está plenamente integrada en el concierto europeo y mundial y es la octava economía del mundo (otra cosa es que tanta riqueza esté peor repartida que nunca, pero nos salimos del tema...) y nadie tenía ganas de rozar el tintero del Sistema con el codo republicano. Viva la Constitución, oye, y el fin de semana, a esquiar.

A partir de 1996, sin embargo, parece que las cosas empiezan a cambiar, aunque ya antes, no obstante, había habido indicios de lo que se preparaba. En primer lugar, empiezan a surgir algunas críticas -tímidas al principio, respetuosas, con muchos con perdón sembrados en el texto, y luego ya menos tímidas, menos respetuosas y sin perdón ni nada. Cerca de la galera real van cayendo obuses que levantan olas de agua turbia: empresarios ejemplares que no sólo lo eran para Jordi Pujol, banqueros de nuevo cuño deslumbrantes de gomina, algún amigo de toda la vida -el encargado de vigilar los petrolillos familiares, por ejemplo-, gentes que habían gastado bastante alfombra en la Zarzuela, empezaron a ser huéspedes de la Dirección General de Instituciones Penitenciarias.

Para acabarlo de arreglar, van pasando más cosas: por un lado, empiezan a aparecer generaciones nada monárquicas y que, atención, ya no cargan con el trauma histórico que subyace en la palabra República; por otro lado, en el año 2000, el Partido Popular obtiene en las elecciones generales la mayoría absoluta y su líder, José María Aznar, ejerce el poder con una brutalidad -en el sentido político de la palabra- sin precedentes desde la muerte del Dictador. Aznar, además, se envuelve y envuelve toda su acción de gobierno en la bandera nacional (versión monárquica) y se envuelve prolijamente, porque toda superficie parece poca, hasta llegar a los trescientos metros cuadrados del banderón que pone, a la trágala, en pleno centro de Madrid; simultáneamente, inicia una guerra abierta contra los nacionalismos catalán y vasco que pronto pasa del anticatalanismo a la redonda anticatalanidad y al mismo efecto con el Pais Vasco, enervando tremendamente los ánimos en estas regiones. Era lo único que faltaba: perdido el miedo a la república (como palabra y como concepto) y constantemente envuelto en la bandera monárquica el gobernante más odiado de la etapa constitucional, y exacerbada la animadversión contra él en, por lo menos, dos autonomías, el republicanismo recidivo estaba cantado. Desde el año 2000, no hay manifestación, da igual que sea contra la guerra o que pida pan con tomate, en la que no aparezcan varias banderas republicanas. Muchos jóvenes, además, manifiestan que con la tricolor les da menos corte lucir su españolidad y esa sensación es, a mi modo de ver, una verdadera puntilla: la bandera republicana como externalización de una españolidad sin complejos.

En algunos medios se desliza el soplo de que en la Zarzuela hay preocupación por tanta bandera republicana enarbolada a la menor ocasión; por otra parte, la aparición -bastante frecuente últimamente- de artículos y libros con biografías y hazañas diversas del vigente monarca está deshaciendo el encanto de aquella imagen popular que tan cuidadosa y denodadamente se le construyó al rey.





Desde hace unos muy pocos años, a todo esto hay que añadir la popularidad del heredero, el principe Felipe, que va cayendo en una curva descendente que se acentúa a cada día que pasa. Salvo a ojos de muchachitas adolescentes, para el resto y mayoría de los españoles, Felipe de Borbón ha sido un elemento lejano, muy a la inversa que su padre; objeto de una educación de cuidado diseño llevada a cabo -desde que murió Franco- en las más exquisitas instituciones nacionales y extranjeras, su círculo de amistades ha sido altamente sospechoso y es más que evidente que en él abunda el género pijo hasta llenarlo prácticamente; alguno de los individuos que lo componen es, además, muy poco recomendable como amistad no para un príncipe sino para cualquiera. De hecho, y como oí decir acertadamente a Peñafiel en televisión, el príncipe ha cometido un error en el que no cayó su padre: se ha rodeado de una verdadera corte y una corte de zánganos, además.

Las señales de alarma ya sonaron con el caso Eva Sannum cuando, como es sabido, prácticamente toda la red se lanzó con entusiasmo casi salvaje a protestar ante la posibilidad de que la señorita en cuestión pudiera acceder a la corona de España. Los vivas a la República fueron constantes y estentóreos en medio del ruido formado. Fue una campaña tan sorprendente e imprevista que los medios de comunicación convencionales no pudieron evitar hacerse eco de ella, cosa que aprovecharon los monárquicos más reclacitrantemente conservadores (Ansón, Ussia, Peñafiel...) para hincarle el diente a la cuestión.

De nuevo, ahora mismo, el príncipe se niega a cumplir con su deber y se ha prometido nuevamente con una mujer que aventaja a la Sannum en nacionalidad, vistosidad profesional y -probablemente, no seguramente- en cociente intelectual, pero poco más. El anuncio del compromiso se realizó tras una cuidadosa operación de ocultación y con nocturnidad; nadie, ni los paparazzi más avezados lograron descubrir un noviazgo que, según se sostiene oficialmente, duró casi un año, si bien es cierto que en ese tiempo la novia, Letizia Ortiz, una modesta presentadora de telediarios y semanarios en la televisión pública -poco más que una presentadora de continuidad- fue promocionada tan discreta como desproporcionadamente.

Esa oficialización súbita y sorprendente pilló a todo el mundo, pueblo y prensa, a contrapié. Además, la boda se anunció para muy pronto: el compromiso se anunció en noviembre y la boda va a ser a finales de mayo, menos de siete meses después. Evidentemente, cuando la red ha reaccionado de forma masiva ya ha sido tarde: la boda está encima; además, en este caso, y salvo las protestas, formalmente respetuosas pero muy cargadas de mala leche, por parte de los recalcitrantes antes citados, los medios de comunicación han edificado otro tinglado de carraca mediática y de preciosismo respecto del acontecimiento, pero sin poder ocultar reservas y protestas de muchísima gente de todas las clases sociales ante el dispendio que se prepara pese a una cantada (y poco creída) austeridad. Y, encima, ese viaje a las Bahamas mientras aún había bolsas negras del 11-M en el Anatómico Forense, con el happy end de la principesca escandalera en el aeropuerto de Miami, incluido el rocambolesco viaje a los lavabos de doña Letizia.

Sin perjuicio de la participación en la cuchipanda que tanto gusta a los españoles y especialmente a los madrileños, sea cual sea la causa, razón y fin del festejo, lo cierto es que esta boda es muy impopular y el río de la crítica y del reproche no va a cesar con la boda, eso está claro. Por lo demás, muchos se preguntan por la razón de una promesa y boda tan meteóricas; a ojos de los españoles, teníamos un príncipe solitario por Todos los Santos y estará casado para Pentecostés. No falta quien rumorea, atando esa inusitada velocidad con el rápido consenso para modificar la Constitución en el sentido de que el heredero de la Corona será el primogénito, cualquiera que sea su sexo (excluido el caso del propio príncipe Felipe), que el rey podría ser víctima de una enfermedad terminal a medio plazo hasta el punto de que, quizá, no tendría tiempo de ver llegar un segundo nieto procedente de Felipe y se aseguraría así la sucesión para el caso de que Felipe tuviera una hija unigénita al acceder a la Corona.

Pero... ¿accederá a la Corona, cualquiera que sea el momento en que le toque hacerlo?

Es muy imprudente vaticinar taxativamente que no, pero está clarísimo que, de un modo u otro, lo va a pasar muy mal, mucho peor que su padre y por otras razones. Carecerá de aquel apoyo consolidatorio que tuvo hace treinta años y durante muchos más el viejo monarca y, por otra parte, los enemigos de la monarquía, que son muchísimos, no han salido aún masivamente del armario: aparte de amplias capas populares, entre estos enemigos hay intelectuales, empresarios y políticos de muchísimo fuste. Veremos que pasará cuando salgan todos a superficie...

En todo caso, a la corona española le espera un futuro a corto y medio plazo muy, muy gris. Veremos de qué color se torna el futuro un poco más lejano.
 
Morir por un euro

Pablo era un señor que trabajaba conduciendo un autobús y lo hacía para la compañía de Transportes Metropolitanos de Barcelona (TMB) desde hacía doce o catorce años, no recuerdo muy bien (los datos de señores normales que trabajan conduciendo un autobús no aparecen fácilmente ni retorciendo el Google). Un día, algún avispado (o pre-avisado) y eficiente inspector de vaya uno a saber qué tendría que inspeccionar, descubrió que faltaba no sé que gilipollez de billete de inspección o como quiera que le llamen en su estúpido lenguaje los idiotas de corbata y gomina, y en la cuenta de caja faltaba la contraparte de un euro y diez céntimos correspondiente al papelito en cuestión. Grave problema. Como el terrorismo etarra no nos castiga masivamente a los barceloneses desde lo de Hipercor y la masacre de Madrid sucedió precisamente allí, en Madrid, los habitantes de la magna capital del Forum no tenemos nada mejor de qué horrorizarnos que de la falta de un jodido euro y de diez putos céntimos en el arqueo de un autobús, de modo que los acróbatas del management que tan diligentemente conducen los eternos e irrevocables destinos de esa compañía que los ciudadanos sufrimos un día sí y otro además, decidieron tomar severas cartas en el asunto vista la alarma social del hecho, así que, ni cortos ni perezosos, despidieron a Pablo después de incoarle un expediente con todas las garantías procesales y en atento y estricto cumplimiento de todos los reglamentos del universo. Igualito que hacía, en los alegres tiempos de Paco el Invicto, el Tribunal de Orden Público (aquel TOP de tan grata memoria). Y aquí paz y luego gloria.



Pero, claro, estos tíos de la boina, como los llamaba el impagable Tito B. Diagonal, incapaces de distinguir entre un cartón de Don Simón y una botella de Mouton-Roschild de 1924 (hay que ser hortera para no llegar a algo tan elemental) siempre tienen que adoptar la vía extremista, el terrorismo puro y duro, y Pablo tuvo que joder la marrana poniéndose en plan exhibicionista y quitándose de enmedio. O sea, suicidándose. Hala, ahora que íbamos tan contentos a inaugurar ese Forum tan fardón, el tío ese tiene que ir a ponerse en plan de autoinmolado islámico, nos ha jodido...

La cuestión es... ¿por qué se suicida un hombre, un padre de familia con dos hijos en edad escolar, con una vida estructurada, ante un problema que no se aguanta de pie en Magistratura ni dos minutos? Imagino que dentro de catorce o veinte meses, después de sesudos estudios y de haber cobrado cincuenta o sesenta mil euros de honorarios en dinero seguramente público, ilustres cerebritos de las escuelas de management nos explicarán, con mucho powerpoint, mucha impresión en color y mucho cuento, que la terpopsia de la firlucia provocó un desbordamiento en el sexagésimo estroncio, lo que llevó a un colapso catalíptico que desembocó en una irremediable termofistemia en el epistémoro. Claro, después de eso, como todos podemos ver fácilmente, incluso los legos en la cuestión, inevitablemente acaba uno ahorcándose en la cadena del váter.

Otros (otros que, naturalmente, somos rojos, antiglobalizadores, terroristas, enemigos de Micro$oft e incluso provocadores de triglicéridos) pensamos, sumidos en nuestra ignorancia, que cuando un hombre se quita la vida en estas circunstancias es porque está anímicamente hecho polvo, psicológicamente destruido, con la autoestima reducida a escombros y todo ello en una intensidad tan grande que, indefectiblemente, conduce al transtorno mental, a la simple, pura y dramática incapacidad volitiva.

En otras palabras, Pablo tuvo que ser forzosamente objeto de un mobbing de una intensidad tan tremenda, durante sabe Dios cuánto tiempo, que fue absolutamente incapaz de sobreponerse a un revés que todos podemos ver como duro y preocupante pero pocos o nadie como terminal y dirimente de, nada menos, la propia vida y la estabilidad emocional de la familia. Ahí os quedáis todos, querida, yo me voy al otro barrio y tú te quedas en este valle de lágrimas con el sambenito de ser la viuda de un ladrón. Cojonudo.

Pero, claro, el verdadero problema, sobre todo para los secuaces del señor Clos, es que los rojos, prestos siempre a conspirar contra la civilización cristiana, no se conforman y los compañeros del finado y los sindicatos que los representan (excepto el amarillo oficioso) empiezan a decir que esto es muy raro, que vamos a ver ese expediente, que qué historia es esa del euro con diez, que cómo es que se despide a un tío por esa gilipollez y qué está pasando aquí, en definitiva; y exigen que ese expediente se anule, que, ya irremediablemente perdida la vida del trabajador, se reponga al menos su honor y su memoria y, ya de paso, que pongan en la puta calle al responsable de este desaguisado. Como los corbatillas que representan a la compañía sólo saben dar excusas de mal pagador, los sindicatos (excepto el amarillo oficioso) convocan una huelga, justo los días inaugurales de Forum, los muy vendidos al oro de Al-Qaeda, y los corbatillas -agarrarse- pretenden ante la Generalitat unos servicios mínimos... ¡¡¡del cien por cien!!! Bueno, afortunadamente, aunque en la Generalitat hay mucho simpatizante del sindicato amarillo oficioso, parece que hay algo más de cerebro y deciden unos servicios mínimos quizá discutibles, quizá excesivos, pero, muy a grosso modo, relativamente dentro de lo normal o, por lo menos, de lo tradicional.

Bien, escribo esto con la huelga ya en marcha. Los de la gomina dicen que no tiene demasiado seguimiento; yo digo que no sé si tiene mucho seguimiento o no, pero como esta compañía ya es una llaga funcionando al cien por cien el -llamado- servicio, no parece que la huelga haya empeorado espectacularmente la mierda de funcionamiento habitual.

Vamos, pues, al último punto interesante de la cuestión...

Tenemos un muerto. Tenemos sobre la mesa del Instituto Anatómico Forense el cadáver de un señor que -así lo informa el médico funcionario del Ministerio de Justicia porque, desde luego, así es- ha fallecido por propia voluntad y mano. ¿Y ya está? ¿El Fiscal no tiene nada que decir? ¿El simple hecho de que no haya una tercera mano material no es suficiente como para que la torpe y pesada maquinaria de la Justicia se ponga en marcha? ¿No puede pensarse en que puede haber ocurrido una inducción al suicidio por culpa de una situación de mobbing? ¿No vamos a ver de aclarar si, con carácter previo al suicidio (aún considerando éste -que ya es considerar- no como el muy posible resultado de una conducta delictiva sino como un probable indicio de la misma) alguien no se habrá pasado tres pueblos en abuso de autoridad, en representación de la empresa o quizá incluso bajo orden de la empresa misma o de alguna de sus corbatas en jefe? ¿Ya está? ¿Lo enterramos y ponemos en su nicho «Se mató porque alguien dijo que robó un euro y diez»? ¿Es así como va a funcionar la cosa? Porque si es así como va a funcionar la cosa, señor jefe de la Fiscalía de la Audiencia de Barcelona, lamento decirle que, entre otros no pocos, nos sobra usted.

Así de claro.
 
Fotut 2004 (Jodido 2004)

Mañana, 8 de mayo de 2004, en presencia del Rey de España y de un número de VIPs calculado en unas 3.000 personas (hay que ver lo rápido que las cifras tienen tres ceros detrás en cuanto se habla de gorrones), se inaugurará en Barcelona la mayor cuchipanda desde los Juegos Olímpicos de 1992 y la más abominable desde que los romanos pusieron pie en el Mons Taber. Hablo, claro está, del llamado Forum Universal de las Culturas, un empecinamiento personal y bastante megalomaníaco del ínclito señor Clos, a la sazón alcalde de Barcelona y prueba político-administrativa palpable de lo ineficiente que es el sistema democrático tal y como está montado.

Toda la carraca mediática hace votos por el éxito del Forum (en el que, en el fondo, nadie cree) y las alusiones al espíritu del 92 pour encourager a la parroquia parece que van a caer en saco roto y ello pese a los conciertos de cracks roquero-mediáticos (de esos que tan perjudicados resultan por los pendejos electrónicos y otras gentes de mal vivir), que fácilmente llenan auditorios con cifras seguidas de cuatro ceros y que aliviarán, al menos un poquito, las calveras que lustran las previsiones. Pero, contra lo que la maquinaria mediática cree en el fondo de sus cilindros entintados o de los focos de sus estudios, el Forum Barcelona 2004 ha sido un éxito. Ha sido un éxito para el alcalde Clos, ha sido un éxito para las constructoras afines y ha sido un éxito para unas cuantas entidades financieras, con independencia de que se apunte mucha o poca gente a ver los numeritos del festejo, porque el Forum 2004 ha sido -ya no es nada- la tapadera de la mayor operación de especulación urbanística que ha visto Barcelona desde los tiempos de Porcioles. Y, si me apuran, desde antes de Porcioles.

Nuestro nunca bien ponderado señor alcalde nos ha convertido la ciudad en un parque temático a beneficio de guiris (y a sus ciudadanos en camareros al servicio de los fugaces turistas de crucero) y el Forum de las narices va a ser la atracción principal, vamos, como si fuera el Dragon-Khan de las barcinos eternas.



El evento lleva de partnerships (como dicen los encorbatados de la gomina) a todas las industrias armamenteras del país y de palanganeros (eso sí es román paladino) a varias ONG que, con diversos pretextos, no tanto para acallar sus conciencias como para no perder el tren de las subvenciones, se han dejado instalar -manda narices- en la jaima de la explanada. Como si dijésemos, en el puto desierto. Algunas han protestado porque se han sentido tratadas como basurilla y porque, ya de paso, protestar queda bien, hace más progre y, sobre todo, se hace perdonar una presencia inexplicable; pero largarse, lo que se dice largarse, ni una de muestra. Bien por Greenpeace, que no ha tragado, y bien por José Bové, que se las cantó claras a nuestro poncio en jefe, como emblemas de muchas otras también sonadas ausencias.

Todos los presentes, por otra parte, sentarán sus reales y obsequiarán a la concurrencia con sus gorgoritos en un lugar otrora conocido como el Camp de la Bota, un antiguo barrio de chabolas cuyas playas el franquismo dedicó a fusilar a más de mil quinientas personas entre 1939 y 1952 (y la cosa se detuvo porque vino el Congreso Eucarístico y ya no quedaba bonito andar pelando a la gente en la línea de mar), a las que hay que añadir -de entre 1936 y 1939- otro medio centenar de personas con tránsito al otro barrio por cuenta de la República, tras sendos juicios de aquellos tan divertidos que se hacían por aquel entonces. Puedo imaginarme al jefe del piquete de ejecución (negro o rojo, da igual) vendándole los ojos al reo (rojo o negro, respectivamente, también da igual) y diciéndole algo así como: «Jo, macho, qué suerte tienes; justo aquí, donde en cosa de minuto y medio te vamos a desintegrar el esternón, dentro de sesenta años va a estar la pérgola de células fotovoltaicas del Forum 2004». Estoy seguro de que el “justiciable” quedaría en la gloria, nunca mejor dicho. ¡Ahí es nada que te fusilen en los terrenos del Forum!

Pues nada, conciudadanos, que las trompetas tocan a farra y sólo cabe encomendarse al sustancioso consejo que dio aquel madrileño colega de Clos y casi tan pinturero como él: «Colocarse y al loro».
 
De la música en lata a la música en línea

Tras cuatro días de darle vueltas a la pintoresca demanda que nos ha interpuesto la $GAE, en la lista de la Asociación de Internautas las aguas han vuelto hoy a su pacífico cauce y nos hemos hecho un cierto eco de la noticia de que una nueva empresa vende en la red canciones a 0,95 euros y CD enteros a poco más de 3,50 euros. Más el IVA (16%), faltaría más. Por supuesto, se trata de una iniciativa legal e incluso cuenta con la bendición de la $GAE. Podéis comprar sin ir al infierno de cabeza y sin que don Teddy os llene el alma y os harte el cuerpo con la viscosidad verde de sus acusaciones de latrocinio, piratería, electropendejismo y demás cagarela.

He estado en la página en cuestión (http://www.onmusicplay.com) y no es que me parezca intrínsecamente mala sino, sencillamente, que aún está muy verde; y si no, echadle un vistazo a las secciones de música clásica y jazz. Pero, en fin, todo se andará y si el negocio y el cuerpo aguantan, tiempo al tiempo.

Yo, como salvedad, quisiera hacer una única observación directamente derivada de mi atribuida condición de pendejo electrónico: dado que esa música se obtiene en archivo informático, no me salen muy bien las cuentas; por un lado, el autor cobra su parte cuando, al adquirir la canción, el cliente paga a la empresa vendedora, merced al contrato que ésta ha suscrito con la dichosa $GAE; pero, por otra parte, cuando ese cliente va a guardar esa música -en el formato que sea: WAV, MP3, etc...- se encuentra con que vuelve a pagar a la $GAE merced al canon que nos han impuesto sobre los CD-R y CD-RW. Alguien -¿quién?- sale con el trasero escaldado en ese tejemaneje. Alguien que ha comprado legalmente su música -retribuyendo con ello al autor-, la ha grabado en un CD -y vuelve a retribuir al autor, bueno, ejem, a la $GAE- y ejecuta ese CD en un aparato con el que también pagó derechos de autor al adquirirlo. Espero no dar ideas, pero el día menos pensado, la $GAE puede pretender (y conseguir: no olvidemos que el PSOE está en el gobierno) cobrar derechos de autor a todos los ciudadanos por el uso de los tímpanos; también a los sordos ¿por qué no? puesto que también a ellos les cobra el canon del CD. De chiste negro, vamos...



Otra cosa que se me ocurre... A reserva de que no he realizado ninguna transacción con esa página y, por tanto, desconozco el mecanismo de facturación ¿cómo demuestro la legalidad de mi archivo informático? Si compro un CD material hay un soporte físico original que da fe del pago de todos los derechos, haberes, comisiones, intermediarios, transportes, impuestos y demás cagarela; incluso puedo vender ese CD (original, recordemos) a quien me lo quiera comprar al precio que acordemos. Pero, a menos que la empresa vendedora expida una factura muy detallada (porque en el cargo de tarjeta no cabe el título entero de la canción y el nombre de su autor), el adquirente no puede demostrar que una canción en concreto, o un grupo de ellas, ha sido adquirida legalmente. Es más: si la vende y hace entrega del CD (que ya no es un original, en este caso, aunque es tan legal como si lo fuera) en un lugar público y es sorprendido por los mortadelos y filemones que la $GAE tiene paseando por ahí, se juega una acusación por piratería frente a la cual está totalmente indefenso.



Pero todas estas salvedades, todos esos disparates, sólo son atribuibles a la propia $GAE y a unas administraciones públicas que miran para otro lado -cuando no otorgan llanamente, complacientes- ante esos despropósitos. Si tras un importante esfuerzo mental conseguimos obviar, olvidar, a la $GAE dichosa y a su diezmo, nos damos cuenta de que sí, de que el futuro de la comercialización musical está ahí y también puede estar ahí uno de los puntos de apoyo en la lucha contra la piratería (la de verdad, la de los patibularios que explotan la inmigración ilegal); está claro que si un chiquillo quiere -perdónale, Señor, que no sabe lo que quiere- la bulería del niño de los tirabuzones, no necesita gastarse tres euros en el top manta para adquirir, ilegal y fraudulentamente, un disco entero, el 90 por 100 del cual no le interesa ni mucho ni poco: ahora podrá, con un solo eurillo, tener la bulería dichosa, a plena satisfacción del comerciante y del de los tirabuzones, sin que a don Teddy le dé un pasmo y saque del paro a un colegio de abogados entero a pleitazo limpio. Otra cosa es que mucho me temo que al de los tirabuzones no le vamos a ver a un euro por canción hasta que la multinacional de turno lo tire como un papel sucio cuando la gente esté harta de él y ya no venda una escoba.

Pero este tipo de comercialización y estos precios ofrecen una vía muy ancha para los músicos independientes o para las pequeñas firmas discográficas, con las que muchas veces somos injustos metiéndolas en el mismo saco que las grandes, cuando su esfuerzo cultural es, en proporción a los medios disponibles, imponente; pensemos que Hevia, por ejemplo, estrella de una multinacional, no estaría donde está -aparte de sin su propio esfuerzo, al menos el que realizó en el primer disco para la multinacional y el no poco que había realizado mucho antes- sin una pequeña y simpática discográfica de mercadillo dominical llamada Fono-Astur que está aguantando, ella solita prácticamente, todo el folk asturiano.

Estas páginas se pueden fácilmente constituir en auténticas distribuidoras poniendo en circulación música realizada con bajo presupuesto, ya que las nuevas tecnologías facilitan el acceso a estudios de grabación, más o menos, peor o mejor equipados, a músicos sin grandes presupuestos. Aparte de la bondad de que la música independiente encuentre canales eficaces y ágiles para su comercialización, huelga decir la cantidad de puestos de trabajo que esto puede generar en otras profesiones (técnicos de imagen y sonido, informáticos, etcétera).

Naturalmente, los grandes van a tener que entrar en el circuito si quieren seguir estando presentes en el negocio, pero van a tener que competir de verdad, sin otra ventaja sobre los demás que la posibilidad de enormes gastos en promoción publicitaria. O sea, que van a tener que cambiar el modelo de negocio, empezando por dos o tres cosas esenciales: diversificar el fondo (no apoyarse -o no hacerlo solamente- en dos o tres teóricas lumbreras superventas), vender un producto de calidad (se acabó lo de una canción bien elaborada -en su caso, que no se da siempre, tampoco- y once porquerías más de relleno a 20 euros el conjunto) y olvidarse del control del mercado en comandita con las grandes cadenas de distribución (grandes superficies).

¿Y la $GAE de las narices? ¡Ah, esa es la gran incógnita! Por supuesto que su modelo está ya prácticamente finiquitado. Incluso para los propios autores -los de base, la inmensa mayoría de sus famosos 70.000 afiliados- la $GAE y sus métodos son un incordio y una injusticia. Yo imagino que más a la corta que a la larga habrá ahí una convulsión y don Teddy y su camarilla ingresarán gloriosamente en la jubilación o en otra dedicación (en la que, esperemos, no puedan esquilmar los bolsillos ciudadanos); tengamos, en tal caso, la esperanza de que entre en el puente de mando de la $GAE nueva gente con otro talante (ahora que está tan de moda lo del talante) y podamos por fin volver a llamarla SGAE y verla envuelta en un respeto que sin duda muchos de sus socios merecen y respetuosa, a su vez, con los ciudadanos.

Que también nos lo merecemos.