Blogs.ya.com Quitar publicidad
El Incordio
Sano ejercicio del derecho al pataleo: entrada a saco en la comunión con ruedas de molino.
Sindicación
 
¡¡¡ HASTA PRONTO !!!

Esta bitácora cierra por vacaciones unos pocos días. Volveré a estar con todos vosotros en septiembre.

Quisiera daros las gracias por vuestra acogida y vuestro interés en esta efímera resurrección agostina y prometeros que a partir del otoño (en el hemisferio norte; la primavera iberoamericana) este blog constituirá todo un proyecto, modesto, desde luego, pero firme, de comunicación.

Un abrazo a tod@s
 
Móvil universal

Casi tres cuartas partes de los españoles tenemos teléfono celular, más común y salerosamente conocido como móvil. Podemos pues decir, sin correr el riesgo de incurrir en error grave, que los únicos españoles -o extranjeros residentes, con o sin papeles- que carecen de móvil son los niños (los niños pequeños, pues ya es corriente su uso a partir de los 12-14 años) los ciudadanos en avanzadísimo estado de ancianidad (y no todos, ni mucho menos) y unos pocos, poquísimos, refractarios.

Esa extensión tremenda y corta en el tiempo (escasamente unos ocho o diez años) ha provocado modificaciones en el comportamiento, digamos, comunicacional de los españoles. Para no llevar las cosas demasiado lejos y convertir esto en un sesudo estudio sociológico, valga decir que, como ya han dicho por ahí, ya no llamamos a hogares sino que lo hacemos a personas, con todas las buenas y malas consecuencias que ello conlleva; las telecos, sobre todo, claro, Telefónica, viene detectando el fenómeno del descenso de las solicitudes de línea fija en los domicilios particulares que en muchos casos solamente se requiere para poder disponer de acceso a Internet. La futura -y yo creo que también fulgurante- extensión y abaratamiento del servicio wi-fi modificará aún más los hábitos telefónicos ciudadanos y, sin duda, obligará a la operadora dominante (y a las demás también, claro, pero en menor medida) a redefinir y llevar a grandes cambios el conjunto de sus productos.

Pero como siempre ocurre en este desgraciado país, la realidad política y empresarial siempre va por detrás de las necesidades del ciudadano. En el primer caso, por ignorancia supina y sonrojante, tan común en nuestros lamentables políticos, y en el segundo, por sinvergüencería monopolística en un ámbito en el que el cliente no existe, existe el súbdito a exprimir, en el que no existe producto sino carnaza -generalmente en estado de putrefacción- para que el súbdto sobreviva y pueda continuar siendo exprimido y en el que el servicio a la colectividad, a la sociedad y al avance del país es un valor totalmente desconocido cuando es obligatorio y consustancial a un monopolio (aunque sólo lo sea de hecho tras setenta y pico años de serlo con todas las de la ley). Por eso, a la compañía hegemónica, por más que otros sinvergüenzas de menor cuantía la hayan hecho ocasionalmente buena, algunos seguimos obstinados en denominarla Timofónica.

Ese monopolio brutal sólo orientado a la cuenta de resultados y al valor de las acciones (del que depende la sustancia de las stock options con que se remunera en buena parte a los engominados de la corbata) ha provocado importantes zonas de sombra en los territorios o comarcas socioeconómicamente más débiles como la montaña o lugares de baja densidad de población: por ejemplo, sé de ciencia y experiencia propia que una parte significativa del Campo de Cariñena no tiene cobertura de telefonía móvil y el Campo de Cariñena tiene una actividad económica notable; pues bien, los agricultores necesitan llevar la radio CB de 27 Mhz en sus tractores para sus comunicaciones normales, pero también para pedir auxilio en caso de accidente, puesto que trabajan en grandes extensiones de secano. Y como esa sombra hay muchas más en España.

Pero, de pronto (¿habrá que creer en la virgen de Lourdes?), un político recibe una iluminación, mete en el programa electoral del partido la universalidad del servicio de telefonía móvil y... ¡Dios mío! ¡¡Milagro!! Se dispone incluso a cumplir ese programa electoral. Y así, el 11 de agosto, en plena lluvia de Perseidas, amanecemos con la noticia de que el ministro Montilla va a iniciar las conversaciones y trámites para declarar la universalidad de este servicio. Bueno, naturalmente los de las stock options ya han puesto el grito en el cielo, ay, ay, ay, quién va a pagar esto, nosotros no, no jodamos, que se nos caen las acciones medio punto y tendremos que comprarnos el Audi treinta centímetros más corto...

En fin, aunque con esperanza, no desdeñamos del todo un cierto y saludable escepticismo hasta que la evidencia de estar en cualquier parte del territorio nacional con el móvil al cien por cien de cobertura (siempre que no se caiga la compañía suministradora, que esta es otra) nos haga reconocer -grata obligación que cumpliremos con alegría- que sí, que vaya, que el ministro iba en serio y que el servicio de telefonía móvil es, en España (y habrá que recordar que España es también las islas Canarias) universal.

Laus Deo.



Creative Commons License

This work is licensed under a Creative Commons License.








 
Forums, culturas, fracasos y otros sinónimos

Decía, días atrás, que en este desgraciado país cuarenta millones de ciudadanos desenfundan la pistola cuando oyen la palabra cultura. Esta es, sin duda alguna, uno de los pilares en que se sustenta el fracaso del Forum de Barcelona. Claro que es fácil echar la culpa a cuarenta millones de ausentes culturales sin tener en cuenta importantes atenuantes: la primera y principal, que esto de la cultura, como la tecnología, es algo de lo que todo el mundo habla -sobre todo, los políticos- pero que nadie conoce; la imagen -real, por demás- que da la cultura en España es la imagen de la pedantería, la imagen de una estúpida e injustificada soberbia por parte de algunos fastasmagóricos próceres, la imagen de cátedras y de sillones marcados con letras mohosos y polvorientos, la imagen de tostones insufribles capaces de desesperar a la monjita más templada; cultura, para muchísimos ciudadanos -y tienen sus buenas razones para ello- es una colección de señores que escriben (o eso dicen) libros gordísimos de cuya página 20 no hay Dios padre que pase y que ganan premios presuntamente importantes que parecen mucho más importantes cuando los gana un español o alguien que, sin serlo, lo habla. Si entramos en otros mundos presuntamente culturales, como el de la cinematografía, la cosa ya es para caerse de risa, una vez superada la indignación por la cantidad de dinero público que, sobre todo en etapas socialistas, se dilapida en el invento. En definitiva, cultura es elitismo acartonado y vacuo, cultura es afectación y esnobismo y, por tanto, cultura es algo ajeno -necesariamente ajeno- a la mayoría de la población. El día que en este desgraciado país se sepa hacer cultura (y para ello hay que hacer, primeramente, buena pedagogía cultural), podremos ser más duros con la desenfundada general de revólveres; hoy, en cambio, tristemente, hay que ser indulgentes con el rechazo.

El alcalde Clos -uno de los más incapaces y lamentables que ha tenido Barcelona- apuntó su túmulo megalomaníaco a esa cultura de cartón piedra, oropel y latón con olor a aceite de sardina en conserva. Se le acusa de no haber sabido explicar el Forum y esa es la única culpa que no tiene, puesto que no hay nada que explicar en este contexto. Forum Universal de las Culturas: su nombre lo dice todo.

Y la gente, naturalmente, ha pasado del mambo. El Forum no ha despertado la menor espectación, curiosidad e interés entre la ciudadanía; mientras que los barceloneses nos sentíamos orgullosos de que gentes de toda España recorrieran centenares de kilómetros sólo para ver nuestras obras olímpicas, cuando, en cambio, algún familiar aragonés, asturiano, andaluz o gallego nos anuncia su visita para ver el Forum, la mayoría de nosotros levanta la ceja y se encoje de hombros como diciendo: «¿Y te vas a dar esa panzada de carretera sólo para ver eso?». Y, por cierto, algunas obras olímpicas -o realizadas a causa de tal ocasión- son cultura; y de la buena. Un magnífico ejemplo de cultura que sí llega a la gente que comprende mejor y ve más próximos a Foster, a Calatrava, a Isozaki o, por supuesto, a Gaudí, que a Borges, a Lázaro Carreter o a Miró y no digamos a esa caterva de pedantes como Saura y otras hierbas de parecida y soporífera calaña. Es mucho más instructivo, razonable, satisfactorio y enriquecedor emplear dos o tres días en desplazarse a Valencia y ver esa maravilla de Ciudad de las Artes y de las Ciencias que perder dos importantes horas de vida aguantando un chafarriñón de Víctor Erice.

Por supuesto que los organizadores del Forum hacen ver que están muy contentos y que todo va bien, que los diálogos son un portento y que, aunque no tanta como se esperaba, ha venido mucha gente. Parece que no tienen en cuenta (sí que lo tienen en cuenta, pero nos toman por tontos) que Barcelona es un entorno urbano de cuatro millones de habitantes y que cualquier tontada bien publicitada, aunque sea un certamen de sexadores de ostras, puede atraer decenas y acaso centenares de miles de visitantes aburridos. El paro, el creciente número de jubilados y, en su momento, las vacaciones escolares, hacen milagros. Por cierto que, en sus cifras, el Forum lo ha echado todo encima: ha contado como visitantes a los escolares llevados allí quieras que no por sus colegios, a los niños de los esplai-guardería (que en eso se convierten, por desgracia, esas tradicionalísimas propuestas educativas catalanas en verano) en idénticas condiciones, a los jubiladetes de los viajes del Imserso y a los sempiternos ganadores de concursos de sopicaldos con todos los gastos pagados. Descuentos, rebajas, ampliaciones horarias, meter en el Forum actos y actividades tradicionales que siempre se habían realizado sin necesidad de Forum (como el Grec, el festival de verano de la ciudad o el foro de las religiones), todo cuenta a la hora de sumar números para paliar un fiasco que ya era aborto en el momento de su misma concepción. Y de sus famosos diálogos, veremos qué queda. Yo casi lo veo venir: una serie de lujosas publicaciones más o menos coleccionables y vendidas a ojo de la cara, de las que dos o tres meses después no tendrá noticias ni Google y que dentro de pocos años aparecerán por centenares, llenas de telarañas y aún en su embalaje original, tiradas por los contenedores de alguna dependencia municipal más o menos marginal y periférica.

Necesitamos una administración municipal que planifique nuestra ciudad en el día a día. Tiene que acabarse ese lastre de ir tirando a base de acontecimientos de renombre -exposiciones internacionales, juegos olímpicos- y languidecer en los interludios entre acontecimientos; o que, celebrados todos los acontecimientos posibles, algún alcalde, so pretexto de integrar un barrio deprimido socioeconómicamente, monte una operación de especulación urbanística colosal y encima, con el dinero de todos -y del que no andamos nada sobrados en la ciudad- se autoerija un monumento a la mayor gloria de su megalomanía. O los barceloneses reclamamos (y, consecuentemente, votamos) un proyecto municipal serio, coherente y estructurado -y da igual qué partido lo proponga- que nos ofrezca un retrato fiel y equilibrado de lo que va a ser nuestra ciudad dentro de veinticinco años logrado con un trabajo constante y diario de modernización y de auscultación de necesidades reales, o estaremos languideciendo durante diez, quince o veinte años más hasta que nos aparezca un nuevo napoleoncillo layetano que nos monte una movida descomunal, desproporcionada y costosa para pavimentar cuatro calles y cubrir de dinero a las inmobiliarias y caixas de siempre.

Hace falta una administración municipal que tenga claro que la que ha de salir en la foto es la ciudad, no el alcalde. Y que un euro bien gastado no precisa de forums ni de mentecateces.




Creative Commons License

This work is licensed under a Creative Commons License.







 
Mens sana in corpore insepulto

En breves fechas (en las que espero yo estar lejos, en la montaña) empezará esa fanfarria tetranual más bien hortera y cutre denominada juegos olímpicos. Quizá esté ya ese circo en marcha cuando el amable y paciente lector pasee sobre estas líneas.

Confieso -en absoluto compungido- ser poco amigo del deporte. Por más que reconozco que su práctica habitual puede ser fuente de algunos bienes para la salud, considero que siempre hay actividades más interesantes que hacer el burro en calzoncillos; mis retorcidos análisis de sangre me obligan a caminar entre una y dos horas diarias y los jugos gástricos se me corrompen y me aumenta la tensión arterial de la ira que me entra pensando en la cantidad de cosas satisfactorias, creativas, apasionantes y enriquecedoras a las que podría dedicarme en ese tiempo perdido lamentablemente en dejar por toda la ciudad partículas y más partículas de la suela de mis zapatos, así que no sé qué es peor, si el remedio o los triglicéridos. Sólo encuentro alguna satisfacción -y siempre que la temperatura ambiente esté por debajo de los 15 grados centígrados- en la práctica moderada del senderismo, con la condición de que ésta tenga como premio añadido la contemplación de paisajes hermosos o la ocasión de acceder a algún bien cultural extra (una ermita románica, una técnica agrícola desconocida por mí hasta entonces, la sabiduría de algún viejo republicano -siempre se encuentran viejos republicanos por los montes, será porque quizá ello les dé alguna ventaja para salir pitando si las cosas se ponen feas- o alguna manifestación inédita o de cualquier otro modo gratificante de la flora o de la fauna).

Vaya por delante que cuando hablo de deporte me estoy refiriendo a la práctica descerebrada del ejercicio muscular en plan sudoroso y -casi siempre- maloliente. Por alguna ignota y estúpida razón, que consecuentemente desconozco, se consideran deporte nobles actividades de destreza, temple e incluso alguna habilidad intelectual que son verdaderas artes; pienso, por ejemplo, en la equitación, el tiro (con arma de fuego o con arco), el alpinismo, el automovilismo, la aeronáutica (acrobacia, paracaidismo, ULM, parapente, y todo un largo y gozoso etcétera), la navegación, la esgrima, la caza, la pesca, el billar, el ajedrez y otros en los que la inteligencia humana predomina sobre la actividad puramente animalesca.

También, realizando un cierto esfuerzo, puedo llegar a considerar humanas algunas actividades deportivas que, por encubrir lo que en realidad no es sino un juego, cabe reconocerles al menos la satisfacción de algunas necesidades lúdicas del hombre, y así podemos conceder esa categoría semihumana al tenis, al waterpolo, al golf y a otros de parecida naturaleza, bien entendido que la humanidad de esos deportes estaría en su práctica, siempre que ésta se realice únicamente por el placer del juego, y no en su contemplación.

Por lo demás, está claro que desperdiciar horas y más horas de valiosa vida humana en ser más alto, más fuerte o más rápido que el vecino es una gilipollez más grande que los cataplines del caballo de Espartero..

Encima, nos venden unos supuestos valores del deporte: el fair play, la hermandad entre los deportistas... ¡¡la concordia entre naciones!! Nada menos...

Y... ¿cuál es la realidad? La realidad es que detrás del deporte de competición se esconde la porquería más enorme que quepa imaginarse, ya desde sus más bajos estratos, desde la práctica infantil en que padres y entrenadores sin escrúpulos -y eso lo he visto yo, que no me vengan con cuentos- presionan y retuercen a los niños en un entorno de brutal competitividad exponiendo a muchos de ellos a la frustración y a la depresión por un presunto fracaso que los lleva al banquillo o incluso -pocos miramientos- a la expulsión formal o de hecho del equipo o de la práctica animal.

De ahí para arriba. Enseguida empiezan a funcionar las fichas, los incentivos y a subirse escalones que van llevando poco a poco al dinero público (centros de alto rendimiento, igual que en una fábrica de maquinaria), al patrocinio empresarial, a la nómina -muchas veces millonaria- y en no pocas ocasiones al incentivo químico-farmacéutico en la mejora del rendimiento (que demasiadas veces suele llevar también al uso de la droga, de la droga de verdad).

Lo de la concordia entre las naciones es un sarcasmo repelente: no sé -ni creo que nadie sepa- de olimpiada o de campeonato mundial alguno que hayan impedido ninguna guerra. Al contrario, recuerdo que en cierta ocasión -bien cómica de no ser tan trágica- un partido de fútbol llevó a una guerra entre Honduras y El Salvador (los “vivas” favoritos del ex-ministro Trillo, por cierto).

Los juegos olímpicos (y los campeonatos del mundo de cualquier cosa, o acontecimientos similares) no son más que un simple negocio basado en miles de millones de derechos de televisión, de publicidad y demás. No es otra cosa. La imagen del contraste entre lo que venden y lo que compran los incautos no es otra que esa tan repetida y caricaturizada -por real, claro- de un partido (por ejemplo) de fútbol en el televisor y un individuo embrutecido, sucio, tripón, abotargado y borracho, rodeado de restos hediondos de pizza y latas de cerveza sentado -despatarrado, más bien- frente al aparato. Esa -y no otra- es la realidad del deporte.

Por lo demás, seamos claros, estas historias, vistas desde cierto punto de vista pierden toda la gracia porque cuando a eso de las excelencias de la raza -que no son los llamados juegos olímpicos otra cosa sino un muestrario de eso, precisamente- se le asocian banderas y naciones, nos encontramos con algo feo, feo, feo... ¿nazi quizá?

Pues eso.




Creative Commons License

This work is licensed under a Creative Commons License.






 
Historias, Hollywood y cartas magnas...

Leo en NoticiasDot que los historiadores británicos se quejan de que las películas de Hollywood hacen lo que les da la gana con la historia. Yo añadiría que con la historia, con la ciencia y, en definitiva, con la realidad, porque ese territorio californiano se define como fábrica de sueños y lo más normal es que sea una fábrica de gilipolleces.

Los historiadores anglosajones de referencia hablan de tres películas: las aquí conocidas como “Salvad al soldado Ryan”, “Robin Hood, príncipe de los ladrones” y una tal “U-571” que no sé si aquí se llamó así. Se quejan, en la primera y en la última, de que eluden la intervención británica en los hechos que se narran y, en el caso de la segunda, de que distorsiona la historia medieval británica.

Uno, en su más tierna infancia, había visto películas sobre Robin Hood y leído el correspondiente libro-tebeo sobre el caso en la añorada “Colección Historias” de la no menos llorada editorial Bruguera, cuyo fondo se halla ahora en las pecadoras garras del grupo Zeta. Algún día hablaré más largo y tendido de Bruguera (procurando, no obstante, olvidarme del grupo Zeta). Decía, pues, que tenía una cierta culturilla -como todos los demás chicos de mi generación- sobre las hazañas del singular héroe popular que, ya antes de nuestro José María, “a los ricos robaba y a los pobres socorría”. Y uno, como toda su quinta, estaba bien familiarizado con nombres como Guy de Gisborne o como Juan “Sin Tierra”, personajes nefastos allá donde los haya. Y se alegraba de que el famoso proscrito pusiera en circulación con legendaria puntería y rapidez de ametralladora todas las flechas que cabían en un carcaj de un par de litros de capacidad -en apariencia- pero de tres o cuatro metros cúbicos en la realidad virtual de la novela. ¡Anda que no les gustaría a los francotiradores de los geos tener el pulso de Robin, que a doscientos metros donde ponía el ojo ponía la flecha, incluso teniendo en cuenta el viento!

Pero fueron pasando los años y uno se metió en la universidad y, de la mano de un Manuel Jiménez de Parga que por aquel entonces parecía mucho más progre que ahora, descubrió, inmerso en la teoría del Derecho político (que se llamaba entonces, porque en 1972 lo de constitucional estaba como mal visto), la Carta Magna de Juan “Sin Tierra”. ¿De quién? De Juan “Sin Tierra”. Pero... ¿ese no era el malísimo de Robin de los Bosques, aún peor que el Doctor No de James Bond? Pues resultaba que el tal malísimo era un político muy eficaz que puso mucho orden en la administración inglesa que, sí, imponía contribuciones, arbitrios, impuestos (valga la redundancia) y tasas, pero no más abusivos que otros príncipes y que, además, parece que revertían en el pueblo de forma bastante razonable, al menos para la época. Quizá incluso lo hubiera podido hacer mejor si no se hubiera visto obligado a dedicar grandes partidas presupuestarias a la subvención de las juerguecitas de su hermanito. ¡Oh, su hermanito! Resulta que don Ricardo Plantagenet, alias “Corazón de León”, el rey amado por su pueblo y defendido hasta la última flecha por el gamberro de don Robin, era un perdulario de muchísimo cuidado que, en vez de estar pendiente del bienestar de su gente, se fue de farra a Tierra Santa, y cuyos higadillos fueron debidamente pateados por el sultán Saladino. También, allá mismo en Tierra Santa, parece que se las tuvo con otros príncipes cristianos, si bien no hay constancia de que, tal como pretendió en su momento la amada Bruguera, entablara combate singular con el mismísimo Capitán Trueno.

De todo ello -y de la vigencia aún en el siglo XXI de la Carta Magna de Juan “Sin Tierra”- parece inferirse que en la realidad de la vida, si Robin Hood hubiera existido y se hubiera dedicado a lo que la leyenda dice que se dedicó en la época que nos ocupa, hubiera fallecido prontamente, apaleado por el propio pueblo.

Así las cosas, no me sorprende que los historiadores británicos estén un poco negros con la estulticia peliculera -¿sólo peliculera?- de los norteamericanos.

Eludo comentar, por evidentes, las inmensas patochadas de sus películas de romanos (con y sin reloj) y el descojone de su tratamiento de la mitología griega a cargo, generalmente, de Victor Mature en minifalda.

Aquí tuvimos nuestro Robin Hood hollywodiense con “El Cid”, película dedicada, entre otras cosas, a mostrarnos que Peñíscola era Valencia. No quiero entrar mucho en el fondo de la cuestión porque el Cid es aún hoy un personaje polémico, inmerso en una época poco y mal estudiada por la gente de a pie, pero uno diría que entre el bandido mercenario del que hablan unos y el héroe olímpico (de Olimpo, como un semidiós, no de la chorrada deportiva con que nos amargan ahora) que nos pintó la mitología franquista o de cualquier otro modo de nacionalismo españolero hay un más que probable y, desde luego razonable, término medio. Pero para hacer unas risas, baste recordar que en la película, la palabra “España”, no como entorno geográfico -que es lo que a todo estirar era España en el siglo XII- sino como imposible concepto político, no se le cae de la boca -de los dientes, mejor dicho, porque los enseñaba prolijamente- a don Rodrigo Díaz de Vivar, tristemente representado por Charlton Heston. Lo único creíble de toda la plasta es ver a Sofía Loren, en el apogeo de su esplendidez, representando a una rotunda asturiana. Y ojo, que cuando hablo de asturianas hablo con conocimiento de causa.

En un artículo anterior hacía mención de que yo no consumo música porque desde hace veinte años no se produce, en general, más que mierda. No digo exactamente lo mismo del cine (sí, por cierto, del cine español), aunque mi opinión cinematográfica se acerca bastante -sin superponerse, ya digo- a la musical. Realmente, para una perla que se encuentra uno (por ejemplo, “Hermanos de sangre”, que recomiendo muy calurosamente o, con más tibieza pero bien valorable, “Elegidos para la gloria”; por supuesto, las dos han pasado bastante desapercibidas) hay que tragar mucha porquería o exponerse a ello; hablo naturalmente de filmografía con pretensiones “históricas”: los delirios parapsiquiátricos de mucha de esa chusma que se autocalifica de “artista” ya está fuera de toda atención.

Suerte que aún nos quedan los libros, gracias a los cuales aún puede escribirse con mayúsculas la palabra Cultura.




Creative Commons License

This work is licensed under a Creative Commons License.





 
En este desgraciado país


En este desgraciado país que vive el presente anclado en el pasado sin que el futuro llegue a considerarse, siquiera, una posibilidad razonable...

En este desgraciado país, en el que el conservadurismo no es una opción lógica fruto del estudio y de la reflexión sino la pura y simple actitud cobarde -y a todos los niveles- que se deduce del pánico al menor cambio...

En este desgraciado país, donde cualquier analfabeto, cualquier cazurro, cualquier ignorante, a la vista de la hoja en la que el sabio escribe sus cálculos, no es capaz de preguntar “¿Qué es esto?”, sino que se cree con derecho a manifestar su más burda y malvada desconfianza: “Ezo... ¿pa qué é?”

En este desgraciado país, en el que la gente estudia (?) letras no por el interés en conocer a Cicerón, a Jenofonte o a Virgilio, sino por huir de las matemáticas, de la física y de la química...

En este desgraciado país, en el que un neo-místico medio loco puede exclamar “¡Que inventen ellos!” y ser aplaudido por la mitad de la población; o en el que un bárbaro al que las balas y las bombas han dejado tuerto, manco y descerebrado, puede escupir “¡Abajo la inteligencia! ¡Viva la muerte!” y ser ovacionado por la mitad de la población que no aplaudió al anterior...

En este desgraciado país, en el que al conjuro de la palabra cultura cuarenta millones de ciudadanos desenfundan el revólver...

En este desgraciado país, donde uno al que le quedan diez o quince años de vida laboral por delante puede decir impunemente “Yo, de eso de la informática, no entiendo”, y decirlo con orgullo, y decirlo rodeado de las sonrisas cómplices de otros muchos, muchísimos, cretinos como él...

En este desgraciado país, en el que un niñato puede subirse a las barbas de un maestro, e insultarlo, y humillarlo, y aherrojarlo, sin ser catapultado a puntapiés a una compañía disciplinaria de la Legión...

En este desgraciado país, capaz de matar a Larra una y mil veces más cada día...

De este desgraciado país... ¿Hay alguna forma de darse de baja?



Creative Commons License

This work is licensed under a Creative Commons License.







 
Inefable don Teddy


Cada vez que don Teddy Bautista abre la boca, los pendejos electrónicos recibimos sus palabras como un auténtico maná de jolgorio y cachondeo que nos alegra las pajaritas y nos relaja de penas y fatigas. Pese al poder que tiene ese hombre y su indudable capacidad de amargar la vida a la ciudadanía, pese a lo grave y oneroso de sus consecuciones (y no digamos nada de sus pretensiones) que son un verdadero palo en la rueda del progreso digital, progreso del que, para mayor inri, este desgraciado país es deficitario en sumo grado, debemos reconocerle una capacidad para la autocaricatura que ya quisieran para sí muchos de sus patrocinados.

Nos obsequia don Teddy con su verbo florido en las páginas del rotativo “La Vanguardia” del 31 de julio, en una entrevista concedida a Víctor M. Amela, y ya mismo una entradilla nos derriba de la silla entre retortijones de risa. Así, cuando en expresión digna de “La cárcel de papel” de la añorada “Codorniz” don Teddy afirma: «Soy un marxista en fase de descompresión anarquista». No hacemos demasiados comentarios. Conociendo al personaje, la expresión -para quien pueda entenderla, que ya es difícil- cae por su propio peso.

Ya más en serio, digamos que la entrevista -un suave cepillado a beneficio del Bautista ejercido por el señor Amela, muy lejano, en este caso, a la figura de Salomé- contiene los habituales lugares comunes que el personaje suele soltar en el ejercicio de su triste oficio y que ya mueven a chiste, si no fuera porque fastidia dejar dialécticamente impune el inmenso morro con que el individuo en cuestión suelta sus boutades, sus mentiras y su demagogia barata. Veamos un primer ejemplo:

P. ¿Quién pierde ahí [en el “top manta”]?
R. Los creadores, productores y distribuidores. Sobre todo el autor, que vive de la suerte de su obra, sin salario fijo. Y, en particular, los autores más modestos y las discográficas más pequeñas: ese robo las puede quebrar
.

Hay que tener cara dura para soltar eso y quedarse tan ancho. O sea, que los más perjudicados por el “top manta” son los autores más modestos y las discográficas más pequeñas. Si fuera así, habría que proponer al “top manta” para la más próxima convocatoria del premio Príncipe de Asturias, por su tarea de divulgación de la cultura. Ya les iría bien, ya, a los autores más modestos y a las discográficas más pequeñas estar en el “top manta”: quizá así quizá tendrían una oportunidar de ver alguna luz de popularidad birlando un poco de espacio a los grandes tiburones de las discográficas potentes (tan caras a don Teddy).

La realidad, como sabe perfectamente el embustero de Teddy y puede comprobar fácilmente cualquier ciudadano echando un sencillo vistazo a las mantas (cosa que no está prohibida y ni siquiera es antiética), es que en la manta se vende lo que más se vende y los autores más modestos y las discográficas más pequeñas están completamente ausentes del mercado pirata.

Y es que, en su línea de defensa de las grandes discográficas y en el de mantenimiento de un mercado absolutamente viciado por un producto manipulado y distribuido a base de presión brutal sobre un consumidor indefenso (el adolescente y el joven, fácilmente saqueables por una publicidad tremendamente agresiva), nuestro héroe echa mano de la lagrimita a ver si algún atontado pica: el salario, San Salario, el humilde sueldecito de los autores. Pero en la manta no están los autores que perciben -o dejan de percibir a causa de ella- humildes sueldecitos: en la manta están los autores que levantan -en las condiciones antedichas- tremendas fortunas.

Ahora es cuando don Teddy y sus secuaces nos acusarán de ser cómplices de la manta. Otra de sus demagogias. En primer lugar yo, personalmente, no soy cómplice de nada porque no adquiero música, ni gratis ni pagando, ni legal ni ilegal, ya que, a mi modo de ver -y mi modo de ver impone su omnímoda dictadura en MI bolsillo-, desde hace veinte años lo único que se escribe sobre un pentagrama es mierda (salvo alguna escasísima, rara, ignota y sorprendente excepción) y, por tanto, yo ya estoy servido. Al contrario: alguna ley debiera prever que se me indemnizara cuando me interrumpen un interesante programa de radio para destrozarme los oídos -muchas veces por sorpresa y sin previo aviso- con los berreos de un chiquilicuatro con ricitos. En segundo lugar, desde los grupos de internautas, especialmente desde la Asociación de Internautas -la corporación de pendejos electrónicos a la que me honro en pertenecer-, no hemos defendido jamás el “top manta”. Defendemos nuestros intereses: especialmente, el de no ser asaltados como en Sierra Morena con el canon de los CD con la excusa barata del “top manta”. No defendemos la piratería musical (ninguna piratería, de hecho), pero tampoco estamos dispuestos a tolerar que un delito marginal sea utilizado para meternos a la trágala uno de los impuestos privados más brutales de la historia de los fielatos. Siendo así, en justa y legítima defensa, debemos colaborar a poner en su justo lugar y precisa cuantificación la realidad que ese señor y su pandilla exageran descaradamente, mintiendo y engañando a la ciudadanía -a la par que esquilmándola- sin escrúpulo alguno.

Pero vamos a seguir con sus declaraciones, que aún dice nuestro hombre más cosas...

P. Exige usted mano dura, interpreto.
R. El autor paga sus impuestos y está desprotegido, se le deja tirado. ¿Por qué se desprotege a personas que están contribuyendo a la cohesión social de un país, a gente siempre predispuesta a la solidaridad? Misterio
.

El misterio, Bautista, es el lugar en el que unos cuantos de sus queridos autores pagan sus impuestos. En España parece ser que no, desde luego. Los hay que son tan aficionados a los paraísos que describen en sus músicas delirantes que, por no perder, no se pierden ni los paraísos fiscales que, lo reconozco, son sin duda alguna los más flipantes.

Pero todavía hay más misterio, don Teddy... ¿De dónde sacará ese ilustre que los autores son -al parecer, intrínsecamente- personas que están contribuyendo a la cohesión social de un país y gente siempre predispuesta a la solidaridad?

Algunos contribuirán, quizá, a la cohesión social del país; otros no. Lo que no acabamos de entender es qué razón asiste al Bautista para caracterizar así a los autores, como si fuera una virtud inherente y diferente a la de otros colectivos sociales y profesionales. Demencial. Como demencial es la segunda afirmación que los califica como gente siempre dispuesta a la solidaridad. Bueno, los hay que sí y los hay que no; y los hay que son muy, pero que muy, sospechosos cuando despliegan sus solidaridades. En todo caso volvemos a lo mismo: ¿qué le hace pensar a don Teddy que la solidaridad es lo que caracteriza a los autores a diferencia y por encima de otros colectivos? Incluso podrían salir mal parados con algunas comparaciones, si tanto nos apura.

Y, a la tercera va la vencida, porque si no va a ser esto un testamento (je, ya le gustaría a don Teddy que fuera el nuestro).

P. Que, pobre [el vendedor del “top manta”], se gana la vida como puede...
R. ¿Quieres ayudarle? ¿Te da pena? Bien, dale un trabajo honesto y digno. Si le compras discos contribuyes a su esclavitud
.

Esto sí que ya sobrepasa todo límite. La jeta que hay que tener para decir esto, y decirlo, encima, así, es ya de tamaño inconmensurable. Y aún más si tenemos en cuenta que quienes están en el poder y tienen en su mano la solución de este problema (habiendo ya anunciado que no piensan resolverlo) son sus protectores y protegidos del P$OE. Dale un trabajo honesto y digno. Se figura el Bautista que hacen la manta por vicio (otras veces, él y sus lacayos territoriales han asegurado sin el menor rubor que los vendedores se meten en el bolsillo sustanciosas cantidades). Dale un trabajo honesto y digno. No se puede, don Teddy. Las normas de sus amigos -o que no han derogado sus amigos- castigan con fuertes sanciones a quien dé trabajo a un “sin papeles”. Y todos ellos, todos los manteros, prácticamente sin excepción, son “sin papeles”, don Teddy. Nadie les puede dar -ni queriendo- un trabajo digno. Mira por dónde le ha salido la lagrimita por la culata. Hay que proteger los humildes salarios de trabajadores que contribuyen en Miami, pero a los manteros hay que darles un trabajo honesto y digno; y si las leyes de sus amigos lo impiden ¿qué? A la cárcel, a Siberia, al gulag... Muy buena esta, Bautista...

En fin, vamos a dejarlo aquí y vamos a dejarlo por imposible.

La verdad es que sorprende no tanto lo que dice, no tanto el volumen de las mentiras que suelta -con todo y ser importante- sino el cinismo, la tranquilidad aparente con la que este hombre intoxica en defensa de unos intereses que, la verdad, dudamos mucho que sean los de los autores, los de los autores como lo que son, efectivamente, un colectivo de trabajadores en el que, como en todos, hay clases: hay clases privilegiadas por grandes corporaciones, y clases que ahora, en este agosto de tantas fiestas, se dejan la piel en la carretera para encontrarse, mientras montan sus escenarios y sus puentes de luces en cualquier lugar y de cualquier manera (como pueden y les dejan) jugándose una descarga eléctrica que los deje fritos, al hombrecillo siniestro, al triste emisario de don Teddy que viene a repasarles el repertorio, a llevarse impunemente el dinero que ellos ganan con tanto sudor, con tantos riesgos y con tantos apuros.

A quiénes protege don Teddy está más que claro.



Creative Commons License

This work is licensed under a Creative Commons License.