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El Incordio
Sano ejercicio del derecho al pataleo: entrada a saco en la comunión con ruedas de molino.
Sindicación
 
Liberales y botarates

Desde que, a mediados y finales de los ochenta el imperio comunista se desmoronó, la geopolítica ha dado muchas vueltas; no sólo por el hundimiento del bolchevismo sino también por otros fenómenos como las ahora llamadas TIC (tencologías de la información y de la comunicación). No todas estas vueltas han sido positivas. La expansión del unilateralismo americano (en mis tiempos le llamábamos imperialismo, pero se ve que eso no es ya modelno) nos ha traído, aparte de los horrores de la “Zona 0” y de Atocha (podemos añadir Grozni, a cargo del zar postsoviético) el renacimiento de una serie de antiguallas ideológicas que, como los zombies de película barata, han irrumpido en nuestras vidas: el neoliberalismo (también calificable de ultraliberalismo o, simplemente, de liberalismo a secas) y el neoanarquismo (también llamado kaleborrokismo, acracia o, simplemente, anarquismo a secas). Cuesta establecer cuál de los dos es más ridículo aunque, sin duda, el que más sufrimos es el neoliberalismo (los ácratas nos cuestan una pastita en contenedores de basura incendiados, pero aparte de eso, puede uno vivir perfectamente ignorándolos).

Lo cierto es que, en su origen más honorable, cada ideología ha hecho aportaciones positivas a la Humanidad, y me cuesta encontrar alguna, por execrable que sea, a la que no se le pueda encontrar la mínima cosa buena. Algo así como lo que pensaba Cervantes de los libros, de los que decía que no podía existir uno tan malo que no se pudiera obtener de él siquiera un simple párrafo de sabiduría. El liberalismo, en su momento preciso (en la Historia, como en el transporte público que no sea barcelonés, todo funciona bien cuando todos los factores confluyen en el lugar y momento precisos y exactos) trajo al mundo conceptos que han sido un verdadero orgullo para la civilización occidental y por los que aún suspiran demasiadas sociedades mucho menos occidentales: los derechos individuales, la protección del hombre frente al Estado, el fomento de la iniciativa privada, el libre mercado, la libertad de conciencia, de culto y de pensamiento, etc. Todo ello es, conceptualmente, loable. Y que no falte.

El problema -entre otras aberraciones más antiguas de la idea primigenia, como el capitalismo monopolístico- surge cuando esto se exagera y se intenta llevar hasta sus últimas consecuencias por encima de todo lo demás. Y, sobre todo, cuando esa exageración es sospechosamente parcial. Por ejemplo, los megaliberales actuales tienden a la utopía del mercado total y absolutamente libre y desregulado; en cambio, en algo en la misma medida puramente liberal como los derechos cívicos y la protección individual frente al Estado no sólo no pretenden avanzar sino que invierten grandes medios y esfuerzos en subvertir el principio y retroceder de sus avances invocando terrorismos diabólicos y ejes del mal sin cuento. Para muestra, el mandato de ese alcohólico analfabeto y psicópata que tienen por presidente en los EE.UU. (y que me parece que vamos a tener para cuatro años más; y digo vamos y digo bien) que yo creo que debería ser nominado (y, consecuentemente, perseguido) como el terrorista más buscado del mundo, y lo digo en la total convicción de que no estoy cometiendo ningún exceso verbal ni cayendo en ningún extremismo político propugnando tal cosa (aunque, por supuesto, los mega-neo-liberales -o liberales a secas- me estarán calificando, tan pronto lean estas líneas, poco menos que de cuñado favorito de Bin Laden).

Las consecuencias sociales y políticas que estamos viviendo como resultado de ese renacimiento -que yo creo que será fugaz, pero no por ello menos dañino- del mega-ultra liberalismo, o liberalismo a secas, son tremendas: derrumbamiento del estado del bienestar en el entorno noroccidental, empobrecimiento grave de los países en vías de desarrollo, entrada en la miseria más abyecta de los países que ya eran pobres antes, quiebras en los principios sociales de medio mundo, agresión constante a las creencias religiosas más tradicionales del otro medio, subversión de las estructuras sociopolíticas no para crear sistemas más justos sino para someter con más eficiencia a pueblos enteros a los designios no ya de una potencia dominante sino de una empresa hegemónica (Nigeria, por ejemplo, depende práctica e íntegramente de la Shell Oil, sin alternativa posible por evolución política normal) y un largo etcétera que prefiero no hacer exhaustivo en bien de mis transaminasas.

Sensorial e individualmente, ese mega-neo-liberalismo -o liberalismo a secas- es, sencillamente vomitivo, porque impregna toda la cotidianidad y convierte al personal, ya de por naturaleza insolidario, en una monstruosidad ciega sólo pendiente de la satisfacción de su propio hedonismo, sin mayores ni ulteriores consideraciones.

Me producía arcadas, hace ya unos pocos años, una carta al director de «La Vanguardia» publicada en la época en que estaba en la cresta de la ola el debate sobre si el pequeño comercio -en el caso concreto, las panaderías- debería abrir o no debería abrir los domingos y festivos. La carta estaba escrita por un basilisco que clamaba, con el perentorio dramatismo de quien intenta evitar la ejecución de una pena de muerte, por su derecho a comer pan tierno si había alguien dispuesto a vendérselo. Para ese capullo, doscientos años de conquistas sociales deberían haberse desplomado (bien, de hecho lo ha conseguido, al menos parcialmente) sólo porque el muy soplapollas exige su derecho no a comer (que ése es sagradísimo), sino a a comer pan tierno. Sobran los comentarios.

Pero es que hoy mismo me he topado con otra cosa parecida. Estaba viendo la tele mientras cenaba (o sea que, para empezar, la culpa es mía) y han ofrecido la noticia de turistas españoles atrapados en Haití. No he salido de mi asombro. En primer lugar, hay que ser imbécil para embarcarse hacia allá sabiendo que hay un huracán por los alrededores (en algún caso han ido allá cuando ya había pasado el huracán en cuestión). Lo hacían, según parece, por no perder el importe del viaje. O sea, imbécil y medio. Seguidamente han aparecido escenas de ellos mismos in situ o sea, en Haití, protestando por la situación. Hasta aquí he llegado. Cambio de canal, mira, aunque salga el gran fraterno de las narices, porque demasiadas veces los telediarios son la peor telebasura o, mejor, oye, cierra la tele y así hablamos en familia más a gusto.

No me ha sentado mal la cena, hasta ahí podíamos llegar, que esos cretinos me revolvieran las peptinas, pero me ha parecido notar hasta mal olor. ¿Qué clase de perfecto animal hay que ser para quejarse porque el alojamiento no está en buenas condiciones, la carretera tenía un palmo de agua y el ambiente huele a cadáver y a mierda mientras se está rodeado de gente que, sobre tener poco, lo ha perdido absolutamente todo? ¿Cómo puede uno quejarse porque no se sabe muy bien qué le ha fastidiado un viaje, unas vacaciones que, previamente, los elementos se habían encargado de joderle, mientras a dos metros de la protesta gilipollesca hay montones de personas buscando no a sus familiares sino a los cadáveres de esos familiares (y hablar de familiares es hablar de esposas, padres, hijos, hermanos...)? ¿Quién les (¡nos!) ha untado la sensibilidad de mierda de esa manera? No, el haitiano que se joda, de todas maneras hace una semana ya era un desgraciado pero, coño, ¿qué pasa con los setecientos euros que me ha costado ese viaje, joder, que igual son mi sueldo de medio mes? Si el viaje ya era de escasa y dudosa ética, al aprovechar unos precios bajos basados en la especulación laboral, inmobiliaria, política y económica de la población, si ya era de dudoso decoro ir de potentado (de patético potentado, ser reina por una semana antes de volver a casa a ser el pringao de siempre, como todos) rodeado de tanta miseria, zamparse en una sola comida mucho más de lo que la mayoría de los que hay a menos de treinta metros del plato ingerirá en una semana entera... ¿que decir ante la brutalidad de esa protesta por la incomodidad en medio de la catástrofe?

En otros tiempos en los que estaba más en contacto con ONGs, he conocido voluntarios y cooperantes que han trabajado en países económica y socialmente deprimidos y algunos me explicaban que una de las cosas más duras (hasta que se acostumbra uno, que a todo se acostumbra uno) es comer cada día rodeado de tantísima hambre. Muchos -me contaban- se escondían no tanto por compasión, no tanto para que el hambriento no viera al que comía, sino para poder soportar el simple y sencillo hecho de comer (y no precisamente el menú del Hilton) en medio de ese drama.

Y en medio del desastre, otros se quejan porque la habitación tiene humedades y el agua les llega a los tobillos (incluso alguno ha pillado diarreas, vaya por Dios,porque ha comido o bebido algo infectado o en malas condiciones).

Indemnización, sí señor. Igual que a las víctimas del terrorismo o del aceite de colza. Indemnización, reparación de daños y perjuicios, sobre todo. Para los haitianos, el arrocito que les reparte la Cruz Roja (cuando les llega) y van que arden. A mí que me devuelvan los setecientos euros de mis vacaciones y otros tantos por el sufrimiento que me han hecho pasar.

Hay veces que barrunto que no estaría mal volver a instaurar la pena de trabajos forzados, de verdad. Hay a quien cinco años picando piedra con dos mil calorías diarias y doce horitas de trabajo les aclararían bastante las ideas, el raciocinio y la sensibilidad.

Pan tierno en domingo y buen tiempo por obligación reglamentaria: este es el liberalismo de la pequeña sociología vecinal.

Vamos bien.



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¿Elecciones en Bananalandia? ¡No! Empieza el curso en España...

Que el autor del titular de esta noticia tenga un puesto de trabajo, me parece un insulto a los buenos periodistas que estan en el paro. No hago más comentarios. ¿Hace falta?

Gracias al aviso de algunos amables lectores, acabo de ver que el enlace ya no lleva a ninguna parte. Pudiera ser que «El Periódico» no conserve sus noticias en web mucho tiempo, o pudiera ser que, a la vista de la parida, lo hayan retirado por vergüenza torera. Ante la eventualidad de que estemos ante el segundo caso, rectificar es de sabios y no voy a hurgar en la herida reproduciendo por mi cuenta el titular. Además, más gorda la ha montado «El País».

Simplemente, eso sí, me reitero en el fondo de la cuestión: el tremendismo y la truculencia sin sentido no le hacen ningún bien al idioma y son los medios quienes a diario construyen ese idioma, lo cual es una responsabilidad adicional. Hay que poner más cuidado.


(Nota añadida a las 12:25 LMT del 17 de septiembre de 2004)



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Futuro incierto, pero... ¿imperfecto?

Nuevamente me mueven al comentario algunas lecturas de esta semana. Por una parte, un artículo del profesor Jorge Cortell, «La rebelión de los libros», que puede encontrarse en la página web de la Asociación de Internautas. Otro de David de Ugarte, «La invasión de los ladrones de gremios» aparecido recientemente en la Bitácora de Las Indias. Y otro más que no es tal artículo sino una intervención del abogado Roberto Inchausti en Barrapunto, sobre las patentes de software, que ha llegado a ser citado incluso en la delirante página de Indymedia Barcelona, donde apenas ha generado polémica (ninguna, al momento de escribir estas líneas) muy probablemente porque los críos estos de mega-ultra-tope-izquierda-anarco-super-independentista y vete a saber qué más, son igual de deliberadamente ignorantes en materia de TIC que los políticos del sistema a quienes tan despiadadamente critican -con su razón- y a los que tanto se parecen.

¿Que relación tienen entre sí? Superficialmente, poca.

Cortell dispara sapos y culebras contra la anunciada -y después de la publicación del artículo, reculada- supresión de las rebajas de los libros de texto por la vía de la apropiación del conocimiento que ello supone para llegar a proponer que digitalicemos (escaneemos en ese estrambótico pichinglis que usamos con excesiva frecuencia, por más que lo haya admitido la Real) los libros de texto para su difusión en archivo informático de forma gratuita y desinteresada, al modo de una guerra contra tanto abuso en el ámbito de la sacrosanta, delicadísima y tan maltratada enseñanza. Recomiendo la lectura íntegra del artículo porque este párrafo es insuficiente para comprenderlo en su íntegro y recto sentido, aunque baste a los efectos de este mío.

David de Ugarte se hace eco de la alarma creciente en el corporativismo periodístico por tanto “periodista aficionado” a que están dando lugar las bitácoras, calificando el fenómeno de intrusismo profesional.

Y, finalmente, Roberto Inchausti mueve ficha, en cierto modo provocativamente, respecto de las patentes de software, un tema en el que Europa se está jugando su futuro tecnológico (o sea, todo su futuro) en medio de la indiferencia de los ciudadanos que, en su ignorancia, pagarán carísimo (no sé si con su sangre, pero seguro, seguro, que con su pan) su menfoutisme tecnológico.

Pero, en realidad, los tres confluyen en lo mismo, intencionadamente o no: los grandísimos cambios a los que va a llevar (está llevando ya) la Red. Cuando hace unos años algunos dijimos (me incluyo modestamente) que la informática e internet iban a suponer una verdadera revolución industrial muchísimo más importante que las anteriores pocos nos creyeron; cuando por fin nos creyeron, tuvimos que cambiar el argumento, a la vista de la evolución del asunto, para decir, muy poquitos años después, que las TIC no iban a ser una simple revolución política o económica, sino un verdadero punto de inflexión en la Historia y, desde luego, en los modelos sociales, políticos y económicos y no nos creyeron y seguirán sin creernos hasta que la realidad los haga bajar del burro.

No estamos ante un cambio ideológico como el que supuso el cristianismo al sustituir a la cultura romana, según el humanismo histórico; no estamos ante un cambio económico, como el paso de un modo de producción feudal a un modo de producción capitalista, según el materialismo histórico; no estamos ante un cambio geopolítico como el que supuso la Conferencia de Yalta o la caída del Muro de Berlín y del aparato comunista: estamos ante un cambio tal que las expresiones “ideología dominante”, “modo de producción” o las palabras como “geopolítica”, pueden incluso caer en la obsolescencia.

En un entorno más inmediato, esto está afectando a los derechos de autor y a la llamada (mal llamada) propiedad intelectual que se defiende no como gato, sino como tigre panza arriba, pero también, como vamos viendo, a algunas profesiones (y paulatinamente, a muchas más), todos ellos en una guerra tan dramática como para ellos perdida.

La propiedad intelectual sólo fue posible aprovechando la existencia material y de propiedad restringida y censable de la maquinaria necesaria para la reproducción: la imprenta, la estampación de discos, etcétera, todo ello perfectamente controlable. En el momento en que la maquinaria necesaria para la reproducción se convierte en un electrodoméstico y, por tanto, no es censable (no hay que matricular al ordenador como si fuera un vehículo), su posesión es, por tanto masiva, y es apta para reproducir y retransmitir material sujeto, por fuerza e imperio de la ley, a propiedad privada.

La discusión que aún no se ha iniciado, que convendría iniciar y que seguramente no llegará a iniciarse porque la realidad dejará atrás esa necesidad, es la oposición -si la hay- entre la naturaleza democrática de la ley y su naturaleza ética, es decir, si una ley que de hecho está siendo contestada por una gran masa social por vía de su incumplimiento más olímpico debe decaer o, por el contrario, cabe sobreponer el imperativo ético del bien protegido por la norma al imperativo democrático. Pero, claro, entonces la discusión se llevaría a cuál es la naturaleza y origen de la ética que da lugar a la norma, lo que cerraría nuevamente el círculo en torno a la democracia y a la mayoría como fuentes de mandatos morales, además de como fuentes originarias del derecho.

Un debate filosófico, ético y jurídico de altísimos vuelos que la ciudadanía ha obviado por vía de hecho y ha podido hacerlo porque, al contrario que derechos como la vida o la integridad física, la propiedad del conocimiento está cuestionada, guste o no a quienes disfrutan de dicha propiedad, digan lo que digan los códigos civil y penal y ese cagallón denominado Ley de la Propiedad Intelectual. En estos momentos, la sociedad está viendo cualquier obstáculo legal al libre acceso al conocimiento como un acto de tiranía. Y no sólo el ciudadano individual: cuando Sudáfrica anunció que iba a fabricar por la cara medicación patentada para luchar contra el SIDA y ahí se las dieran todas, y obligó a los laboratorios farmacéuticos a negociar precios a la baja, estaba participando muy planificadamente en esa rebelión contra la propiedad del conocimiento.

Los músicos ven su obra divulgada y compartida (¡¡y se quejan!!); a los escritores les pasará otro tanto tan pronto existan medios técnicos fiables y cómodos para la lectura electrónica; los periodistas ven que los aficionados, poco profesionales académicamente, pero garantes de una mayor honestidad al no estar extorsionados por sus editores, les estamos comiendo el terreno a través de la red porque, carentes de condicionamiento alguno, vamos directos y descarnadamente, sin la menor censura editorial, a lo que interesa al común de los ciudadanos; y si yo digo imbecilidades, no las dirá el de la bitácora de al lado, pero eso, lo imbécil o no de un contenido, queda al exclusivo juicio del lector, lo que no le permite la prensa convencional en la que un medio parece fotocopiado de otro salvo en el servicio a tal partido o a tal interés económico, corporativo, ideológico o fáctico. Sólo los foros y las bitácoras en internet han podido, por ejemplo, obligar a los medios de comunicación del sistema a divulgar noticias críticas o negativas sobre la familia real española, práctica considerada anatema hasta hace no más de tres o cuatro años. Pero los foristas, los bitacoristas, los abonados a listas de correo, no estamos trabados por pactos de reptiles suscritos en las alcantarillas gubernamentales y en las mediáticas. Además, somos gratuitos. Y aquí, en la red, no hay censura posible o, por lo menos, fácil.

El número de profesiones afectadas por reconversiones radicales o que incluso pueden llegar a desaparecer es grandísimo, y eso a medio plazo, mucho, muchísimo antes de culminarse ese vuelco histórico anunciado.

Si las previsiones de cambio son tremendas, a la vista de lo visto y de lo previsto, produce escalofríos de vértigo pensar a dónde se podrá llegar con lo ahora imprevisible e inimaginable. Muchos estudiosos de la red sostienen -y yo tiendo, en general, a creerlos- que estamos en su Edad de Piedra.

¿Qué pasará cuando se invente el fuego?




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El mercado y la creatividad

Tengo en mis manos un par de recortes de prensa. Uno corresponde a «El País», en su edición del pasado 20 de agosto, y contiene un artículo de Fernando Trueba titulado ¡Viva la excepción cultural!. El otro corresponde a uno de los dos -creo que son dos- periódicos gratuitos que se distribuyen en Barcelona y lamento no poder precisar cuál ni su fecha (primeros días de septiembre) porque me lo dieron recortado tal cual; su autor es José Cervera y su título El prestigio en Internet.

Me ha llamado la atención el segundo porque, pese a su sencillez formal y conceptual -obviamente adecuada al público de estos periódicos, que llega hasta donde llega- sostiene unas ideas que pocas veces se ponen enfrente de individuos como Teddy Bautista y que son verdades como puños; resumiendo (en mis propias palabras, porque yo también he sostenido esta idea muy frecuentemente), por más que digan los manipuladores de mercados, ninguna piratería, ningún cambio en la distribución musical, cinematográfica o literaria, ni siquiera el más radical, pondrá fin a la música, ni a la literatura, ni, en fin, al cine. Y todo ello por la sencilla razón de que todas esas artes constituyen formas de expresión y la necesidad humana de expresarse no tiene que ver con la comercialización artística ni necesita de ella. Primero fue el arte y después su mercachifleo, no lo olvidemos para no tragar la rueda de molino con que, sensu contrario, nos quieren hacer comulgar con el conocimiento en general. ¿Una prueba? Internet mismo y, en ella, una ingente cantidad de contenidos gratuitos y de calidad, bien elaborados, fruto de montones de millones de horas de excelente trabajo. Incontestable.

Entresaco algunos párrafos para dar a José Cervera un merecido protagonismo:

Los artistas quieren comunicar y para ello necesitan un receptor: alguien que escuche su música, lea sus libros, vea sus cuadros o sus películas. Escribir (componer, pintar, filmar) para el cajón es masturbación, un acto fallido. El arte no existe sin alguien que lo admire y disfrute. La comunicación es imposible si el círculo no se cierra.

Es por eso que Homero no escribía para vender sus versos, ni los autores grecorromanos estaban preocupados por los derechos de copia de sus obras. Los juglares medievales no componían para entrar en la lista de
best sellers. Los músicos del barroco utilizaban sin prejuicios músicas ajenas para componer las propias sin imaginar siquiera que una melodía pudiese ser propiedad de alguien.

Y termina su sencillo y diáfano artículo:

En esta nueva economía uno es tanto más rico cuanto más regala. Como en las antiguas tribus de la costa oeste de Canadá, el prestigio y el poder se ganan regalando. Uno es tanto más rico cuanto más esparce su obra por el mundo y más la libera. Por eso el futuro es de las licencias copyleft. Por eso la cultura del mañana es libre, y gratuita.

Por contra, el artículo de Fernando Trueba no es más que un rifirrafe entre mercaderes. Simplemente arrima el ascua a su sardina en la polémica entre protección de la cultura local sí o protección de la cultura local no, y arremete -lo que no me produce especial angustia- contra Mario Vargas Llosa, apóstol del ultraliberalismo; de buena se libraron los peruanos cuando le dieron puerta, aunque fuerza es reconocer que tampoco lo que ha venido en vez de don Mario es muy edificante.

En resumen, se trata de una pugna entre dos modelos de mercado cultural, con lo cual estamos en algo tan anticuado y superado en un futuro bien próximo como las guerras carlistas. ¿Conceptos de fondo en el artículo de Trueba? Pocos: en realidad el artículo sólo tiene algún valor (en su caso) en la querella global entre liberales y socialdemócratas.

La llamada excepción cultural es aquella que permite excluir la producción artística y literaria de la libertad arancelaria (una interesante y curiosa libertad forzosa) en el comercio global y, mucho más concretamente, el de la Unión Europea. O, para que nos entendamos, la que permite que se puedan subvencionar a saco las cosas esas que hacen Trueba y otros petardos mientras que se prohíbe -bajo pena de fuertes multas- subvencionar a la Seat, no vaya a ser que se distorsione artificialmente el mercado y el Ibiza le pise terreno ilegítimamente al Porsche 911.

Aunque no pretendo aquí entrar en esa polémica apolillada, a uno, que tiene poco de socialdemócrata, le produce sarpullidos eso del liberalismo. Creo en la intervención del Estado -no a saco y porque sí- porque hay que corregir las deficiencias del mercado (que las tiene, y muchas) y hay que impedir a toda costa (y a toda costa es a toda costa) que prolifere la exclusión; debe haber unos mínimos a los que debe poder llegar todo el mundo y a esos mínimos debe llegarse por la imposición legal y los presupuestos generales si el mercado no es capaz de asegurarlos y sabemos que no sólo no es capaz sino que tiene poco interés en serlo. Por tanto, considero -ahí coincido con Trueba- que la excepción cultural debe existir, pero subordinada a otras excepciones de mayor prioridad. Citémosle para que no me llore:

El gran fallo de este argumento es que significaría un “despotismo ilustrado versión siglo veintiuno”, pues pondría, según Vargas Llosa, las decisiones sobre cultura en manos de burócratas, parlamentos y comisiones. Objeción a su vez profundamente antidemocrática, pues equivaldría a poner en cuestión la democracia misma, ya que son comisiones, burócratas, partidos y parlamentos los encargados de ponerla (la democracia) en práctica. ¿Debemos por ello rechazar el sistema democrático?

A mi modo de ver, los problemas son dos: el primero, el puesto que debe tener la cultura -y en ella el último el cine, en mi opinión- en la lista de prioridades presupuestarias; el segundo, la filosofía de la subvención.

Sobre este último punto diré que, a mi modo de ver, la subvención en materia cultural no es algo intrínsecamente perverso pero sí generalmente perverso. Una cosa es que el dinero público dé un empujoncito a algo que no saldría adelante sin esa ayuda, lo que resultaría intolerable por cuanto la cultura es un patrimonio importante de la colectividad; con ello y por ello, de paso, podemos evitar que la cultura -y su desarrollo y orientación- quede exclusivamente en manos de los pencos que se pasan el día mirando el IBEX. Y otra cosa bien distinta es que todo un sector -y estoy refiriéndome sobre todo al cinematográfico y de ahí lo fariseo del artículo de Trueba- viva de la subvención so pretexto de que la producción americana se lo come, cuando lo que ocurre, en realidad, es que la práctica totalidad de la producción española (hay excepciones tan notables y loables como escasas) es absolutamente infumable.

De ahí a que el sector cinematográfico forme un lobby con importantes conexiones políticas, hay un paso que ya hace años que se ha dado y que está fuertemente arraigado en el partido actualmente en el poder, con lo que resulta que cuando gobiernan las derechas, la cinematografía española pasa estrecheces sin cuento porque el partido gobernante no va a subvencionar a sus adversarios; y cuando gobierna la izquierda, el lobby saca el vientre de penas bastante descaradamente y entonces los liberales se ponen como motos.

Poca democracia hay en todo eso, señor Trueba, por más que asocie usted democracia con parlamentos y partidos que tienen que negociar arcos muy amplios de factores e intereses políticos y lo que priva -lo hemos visto y lo estamos viendo más que claramente- no es el interés ciudadano sino el arreglo mínimamente necesario para mantener la cuota de poder.

Precisamente porque lo que aquí se ventila son cuotas de poder y no democracia nos luce el pelo como nos luce en materia cultural, científica y tecnológica, entre entidades de gestión de extrañas propiedades intelectuales, lobbys de vividores y otras hierbas que los pendejos electrónicos vamos poquito a poco, en la medida de nuestras posibilidades, tratando de segar.

Me quedo con el mensaje de José Cervera: la cultura del mañana es libre y gratuita.



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Historias del largo y cálido verano

¿Qué puedo contar de unas cortas vacaciones familiares? Apenas nada. Nada interesante, ya se entiende, para el común del personal. El viejo maestro Benejam hacía reir con sus historias de la familia Ulises, con toda su cotidianidad a cuestas; pero yo no me veo capaz de alcanzar su gracia y su frescura en lo más mínimo, así que zapatero (¡ay!) a tus zapatos y me limitaré a algunas cosillas deslabazadas que igual pueden interesar un poquillo.

Aunque eso no me lo creo ni yo.


El Valle de Arán, la Vall d'Aran, era Val d'Aran...

La capacidad del hombre para enviar a hacer puñetas un paisaje natural bellísimo parece infinita. Esa es la reflexión que se le ocurre a uno inicialmente al ver el Valle de Arán. Luego medita un poco y piensa que la naturaleza salvaje es maravillosa, desde luego, pero que sin unas mínimas infraestructuras sólo queda al alcance de buenos caminantes con sólidas espaldas para acarrear mochilas de quintal y medio; el resto de la población entrada en años y/o en kilos quedaría así condenada a urbanicolismo perpetuo e incurable. Y, por otra parte, menuda gracia les hace la naturaleza salvaje a los lugareños cuando ello representa -como representó durante muchos años- malvivir de la ganadería y de la agricultura trabajando como burros y sufriendo los inconvenientes y las inclemencias meteorológicas propias de la alta montaña.




Panorámica de la Artiga de Lin



Claro que una cosa es una serie de mínimas infraestructuras y otra muy distinta es convertir todo un valle hermosísimo en un parque temático en el que si no te mueves a golpe de 4x4, de quad, de mountain bike, de cannonning, de rafting, de hydrospeed y de otras angloguarradas (a bastantes euros la hora, por cierto) estás como el gallo de Morón y rodeado, encima, de un insufrible hedor a pijo que envuelve toda la comarca (basta ver la estúpida importación de arquitectura suiza de muchos chalets). Encima, la presencia habitual -pero, afortunadamente, sólo invernal- de miembros de la dinastía vigente, con la correspondiente corte y cohorte habitual de merluzos quieroynopuedos desesperados por estar ahí a ver si hay suerte y salen en la foto cerca de alguien, ha convertido el único valle catalán (y creo que español) de la vertiente norte pirenaica en una especie de Gstaad local y casposillo.

Felizmente, aún existen posibilidades de realizar hermosas excursiones a simple pie, bien por libre (a condición de que se sea un montañero al menos algo experto, ojo, porque si no la excursión pasa a ser actividad de verdadero riesgo) bien guiada (los hoteles, a través de empresas especializadas, las ofrecen a sus huéspedes y muchas veces gratuitamente o por un precio bien asequible).

Además, en una iniciativa fantástica del Conselh Generau d'Aran -que aplaudo con desbordado entusiasmo- se está promocionando una de las riquezas del valle: el arte románico (con retazos de gótico y barroco aquí y allá). Lástima que la promoción sea tan suave y angelical que se hunde en medio de un mar brutal de portaventurismo a base de paseos en helicóptero a 28 euros el minuto (repito: el minuto) y de las angloguarradas antes mencionadas; habría de publicitarse más agresivamente. Pero recomiendo esa ruta del románico no sólo a aquellas personas mínimamente sensibles en materia artística que vayan por el valle sino que incluso recomiendo el viaje al valle sólo para seguir esa ruta. La mayoría de las visitas son guiadas (a nosotros nos tocó una dama sapientísima y encantadora) y su precio bien asequible: 1,50 por persona adulta, pero incluso es posible obtener un bono para cinco visitas a precio reducido (6 euros, creo). Sólo se paga por las visitas guiadas; las iglesias abiertas al culto son de libre acceso, pero sin guía. No se permite fotografiar en los interiores, es una molestia que hay que asumir en pro de la buena conservación de pinturas valiosísimas; de todas maneras, los prospectos -gratuitos- nos aportan material fotográfico de cada iglesia y, además, las guías venden por 6 euros un CD-ROM editado por el Conselh con una presentación en flash muy interesante y de gran calidad gráfica.




Sant Andreu de Salardú



Tras una semana viendo esas maravillas uno ve tan diáfanamente cómo y por qué se construyó Europa que, francamente, le importa tres pimientos que esa constitución que están perpetrando diga o no cuáles son sus fundamente ideológicos: el camino de Santiago, el prerrománico, el románico, el gótico, la inspiración de Cluny y del Císter... Desde Gibraltar hasta el Cáucaso está más que claro. Y a la euroconstitución que la den por el culo.


Científicos y gente de esa de brincar en calzoncillos

En vacaciones no dejo de leer el periódico. Es más, es la única época en que puedo leerlo con tranquilidad. No estoy seguro de si debiera hacerlo, en aras a mi seguridad cardiovascular. Por ejemplo, a mediados de agosto leo que un grupo de científicos españoles del Consejo Superior de Investigaciones Científicas ha descubierto que las estatinas, principio básico de diversos medicamentos contra el colesterol, son eficaces para reducir la carga viral en sangre del VIH con lo que consiguen un efecto igual o probablemente aún mejor que los cócteles antivirales pero, sobre todo, incrementan en gran manera la calidad de vida del paciente con anticuerpos del temible SIDA.

¿Cómo se llaman esos investigadores magníficos? Ni puta idea. Por más que he buscado en la prensa cotidiana, no he encontrado un solo nombre. Y como son de aquí, no les darán el Príncipe de Asturias porque no farda nada dárselo a nuestros genios locales: es mejor dárselo a la selección brasileña de balompié, que eso sí que sale en los papeles y tiene clase y estilo.

En cambio, entre prensa, radio y televisión, hay que hacer esfuerzos ímprobos y casi heroicos para desconocer el nombre -y hasta la biografía- de los tíos y tías esos a los que han galardonado con una chapa por correr más o por saltar más alto que el vecino de al lado. Yo lo he conseguido, pero ha sido una dura empresa; y encima, asegurar tal cosa es como jurar que se desconoce a la Pantoja: nadie se lo cree.

Así nos luce el pelo en este desgraciado país.


Estupidiario

El día 26 de agosto -anoto en el cuaderno de a bordo- veo la tele al mediodía. No sé qué me habré fumado, pero en fin...

La noticia destacada es que ha sido habido por las fuerzas del orden un [presunto] animal que [presuntamente] se cargó a su [presunta] cónyuge en la localidad valenciana de Picassent, dicho sea, además de con todas las presunciones habidas y por haber, a falta y a reserva de la correspondiente sentencia judicial, en su caso, no vaya a ser que aún me la cargue yo.

Tengo poca práctica en eso de ver la tele, así que, alrededor de este hecho, me sorprendieron cosas que igual son normales, pero que mandan carallo. Veamos:

- En un noticiario de Tele5 aparece una jovencita que, en referencia al presunto de marras, dice: «Uno de los vecinos lo reconoció y dio el chivatazo». ¿Chivatazo? ¿No denuncia? ¿En qué manual barriobajero ha aprendido esta señorita -o el redactor, en su caso- a exponer una noticia? ¿Cómo se atreven -el uno o la otra- a tratar a un probo vecino cumplidor de su deber como si fuera un mafioso de presidio infractor de la omertà? Tengo que frecuentar las ferias de septiembre, a ver si en alguna tómbola me dan el título de periodista, visto que hay gente que, sin duda, lo ha obtenido a través de este cómodo procedimiento.

- En Antena 3 la cagada no es tan indignante, pero el abuso de adverbios entusiásticos lleva al negro pozo de la pifia. Una rubita -esa pudo haber obtenido el título en una universidad común y corriente, porque es sabido que los dan igualmente aunque se hagan faltas de ortografía y de sintaxis y se conozca el castellano igual que el arameo- manifestó, en torno al suceso mencionado, que el detenido «...pudo librarse de la Guardia Civil, pero no de los vecinos, que lo reconocieron inmediatamente ». Bueno, pues o los vecinos fueron un poco tardos en dar lo que Tele5 llama el chivatazo o el concepto de inmediatez del redactor es un tanto elástico, puesto que el [presunto] delincuente llevaba tres semanas paseándose impunemente por el pueblo en el que fue tan rápidamente reconocido.


Y poco más...

Sic transit gloria mundi, suele decirse. Esto es lo que dieron de sí, a los públicos y publicables efectos, diez o quince días de vacaciones. Cabría añadir, como aviso a los navegantes, la infecta cocina de un hotel de Baqueira Beret (el Montarto, cuatro estrellas, hay que joderse...) que parece el Palacio del Aditivo (los glutamatos deben utilizarlos por sacos enteros) y que encima tiene el morro de alardear de la calidad de sus fogones. Pues será cuando está la corte y cohorte monárquica, porque lo que es este verano... Suerte que pocos días después la ruda y simple, pero eficaz, cocina aragonesa me sacó el vientre de penas. O hablar también de la angustia a la que nos sometieron los empresarios del auxilio en carretera (antes “grúas”) y los buitres de las aseguradoras, con el rifirrafe que se llevaron mientras el calendario, inexorable, acercaba dramáticamente el momento de volver a casa.

Pero, para bien -en lo malo- y para mal -en lo bueno-, todo acabó ya. Volvemos a la cotidiana realidad del trabajo, de la normalidad familiar, de la guerrita con la $GAE y de la gran batalla contra las patentes de software, que esa sí habrá de ser, en predilecta expresión cervantina, descomunal.

Tenemos un largo curso para ir marchando sobre ello.

Hasta pronto.




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