Saluda Fidel a invitados especiales a graduación de médicos
La Habana, 20 ago.- El presidente de los Consejos de
Estado y de Ministros de Cuba, Fidel Castro Ruz, recibió
hoy a cerca de una veintena de mandatarios y altas
personalidades invitados a la primera graduación de la
Escuela Latinoamericana de Medicina.
Durante la reunión, que tuvo lugar en el Salón de
Protocolo de El Laguito, en la capital cubana, Fidel
elogió los esfuerzos y la dedicación de los más de mil 600
jóvenes de 28 países de América Latina y el Caribe que hoy
recibirán sus títulos como profesionales de la salud.
A la entrada de esa sede, el estadista cubano brindó el
saludo oficial de bienvenida a los invitados, encabezados
por el presidente de la República Bolivariana de
Venezuela, Hugo Chávez, y los primeros ministros de
Antigua y Barbuda, Baldwin Spencer; de Dominica, Roosevelt
Skerrit; Denzil Douglas, de Saint Kitts y Nevis; y Ralph
Gonsalves, de San Vicente y las Granadinas
También recibió a Alejandro Serrano, vicepresidente de
Ecuador, y a Mario Michel, viceprimer ministro y ministro
de Educación, Desarrollo, Recursos Humanos y Juventud y
Deportes de Santa Lucía.
Un clima distendido caracterizó esa ceremonia, en la que
igualmente fueron acogidos por el Presidente cubano Samuel
Rudolph Insanally, canciller de Guyana; John Williams,
ministro de Estado de Barbados, y Marco Tulio Soza y
Camilo Alleyne, de Salud de Guatemala y Panamá,
respectivamente.
Por Belice asistió el embajador y enviado especial del
primer ministro, Assad Shoman, mientras por la República
Dominicana lo hizo la secretaria de Estado de Educación
Superior, Ligia Amada de Melo.
Asimismo acudieron Daniel Ortega, expresidente de
Nicaragua; Shafick Handal, excandidato presidencial por el
Frente Farabundo Martí de Liberación Nacional (FMLN) de El
Salvador, y Lucius Walker, director ejecutivo de Pastores
por la Paz.
Por la parte cubana participaron en el intercambio, el
canciller Felipe Pérez Roque, la ministra para la
Inversión Extranjera y la Colaboración Económica, Marta
Lomas, y el ministro de Salud Pública, José Ramón Balaguer.
Inspirada en el ideal integracionista y en el objetivo de
brindar salud a las grandes mayorías de los pueblos de
América, hoy será la graduación del primer contingente de
estudiantes de 28 países que se prepararon como médicos en
Cuba, hecho que llena de regocijo a la región.
Peligros para no ser ignorados
Por Ángel Rodríguez Álvarez
Dos principales grandes peligros amenazan hoy a la humanidad: los cambios climáticos, cada vez más evidentes, y el posicionamiento de un equipo de fundamentalistas en la Casa Blanca.
Esa conjunción de factores ha colocado a los contemporáneos en un momento crucial en que está en juego, como nunca antes, la supervivencia de la especie.
Preocupante resulta que ninguno de estos dos temas está presente con la fuerza necesaria en el discurso de los Jefes de Estado, en especial de aquellos que por sus recursos económicos y tecnológicos están más obligados a encabezar los esfuerzos por paliar la agresión del medio y llamar a capítulo al grupo instalado en Washington.
Casi las excepciones en la denuncia del crucial asunto son los Presidentes de Cuba y Venezuela, Fidel Castro y Hugo Chávez, respectivamente, quienes utilizan todas las tribunas posibles para alertar, persuadidos de que la solución pasa necesariamente por la toma de conciencia de los políticos y las grandes mayorías desposeídas.
Los ricos deben saber que sus recursos no los harán inmunes a los efectos de los desastres ecológicos, como tampoco de los resultados de las decisiones aventureras de los halcones norteamericanos.
El mundo, como ha reiterado Fidel, es como un inmenso Titanic, con el cual irán al fondo del océano todos sus habitantes, tanto los viajeros de tercera como aquellos hospedados en primera.
La sensatez se impone pues la ambición imperial no debe seguir promoviendo la sociedad de consumo, capaz de quemar a pasos agigantados las ya escasas reservas petroleras y otros muchos recursos vitales no renovables.
Víctimas de esa irracionalidad son los menguados bosques, cada día más incapacitados de cumplir su función primordial como pulmones del planeta, mientras crecen los desiertos y la infertilidad de las tierras.
Súmese a lo anterior la emisión de gases contaminantes a la atmósfera y la explotación desmedida de los recursos marinos, cuyos efectos están ya pasando factura a los terrícolas.
La civilización actúa incivilizadamente y semeja a un leñador que hacha en mano arremete furioso contra la rama del árbol donde se encuentra sentado.
¿Qué es sino la negativa de Washington, principal contaminante de la atmósfera, a suscribir los acuerdos de Kyoto?
¿Cómo calificar las guerras desatadas por Estados Unidos contra Afganistán e Iraq, por las que el género humano ha pagado más de 200 mil vidas?
¿Dónde colocar el incremento del terrorismo, provocado a partir de concepciones totalmente equivocadas para combatirlo?
Ahí están, para quienes tengan dudas, los incendiarios discursos de Bush, amenazando a todos aquellos que no compartan sus posiciones, a quienes olímpicamente ubica en el bando contrario y califica como habitantes de "oscuros rincones" que pueden ser exterminados.
Este planteamiento es consecuente con la estrategia de defensa de EE.UU. del 2005, donde se sostiene que la Unión hará todo lo que considere de su interés en cualquier lugar y momento que decida, al margen de los intereses de otros, aunque para ello deba romper los compromisos suscritos por tratados.
Los actuales gobernantes norteños han demostrado ser más agresivos y reaccionarios que quienes en 1945 lanzaron las bombas atómicas sobre ciudades japonesas y sacrificaron a más de 200 mil personas.
Más aventureros y prepotentes que los promotores de la guerra desatada contra Viet Nam, en virtud de la cual el pueblo indochino perdió a cuatro millones de sus ciudadanos.
Tan ganados por sus ideas mesiánicas como aquel demente alemán que llevó al orbe a la mayor conflagración bélica de la historia, exterminó debido a sus aberraciones a seis millones de judíos y provocó la muerte a más de 50 millones de seres humanos.
No hay alternativa. O el género humano se moviliza con energía o vivirá condenado en un mundo cada vez más ingobernable y degradado, cuyo final será inimaginable.
Urge librar una batalla universal para derrotar esas ideas y crear conciencia para modificar la cómoda postura de muchos que, como el avestruz, pretenden solucionar el problema ignorándolo.
Dos principales grandes peligros amenazan hoy a la humanidad: los cambios climáticos, cada vez más evidentes, y el posicionamiento de un equipo de fundamentalistas en la Casa Blanca.
Esa conjunción de factores ha colocado a los contemporáneos en un momento crucial en que está en juego, como nunca antes, la supervivencia de la especie.
Preocupante resulta que ninguno de estos dos temas está presente con la fuerza necesaria en el discurso de los Jefes de Estado, en especial de aquellos que por sus recursos económicos y tecnológicos están más obligados a encabezar los esfuerzos por paliar la agresión del medio y llamar a capítulo al grupo instalado en Washington.
Casi las excepciones en la denuncia del crucial asunto son los Presidentes de Cuba y Venezuela, Fidel Castro y Hugo Chávez, respectivamente, quienes utilizan todas las tribunas posibles para alertar, persuadidos de que la solución pasa necesariamente por la toma de conciencia de los políticos y las grandes mayorías desposeídas.
Los ricos deben saber que sus recursos no los harán inmunes a los efectos de los desastres ecológicos, como tampoco de los resultados de las decisiones aventureras de los halcones norteamericanos.
El mundo, como ha reiterado Fidel, es como un inmenso Titanic, con el cual irán al fondo del océano todos sus habitantes, tanto los viajeros de tercera como aquellos hospedados en primera.
La sensatez se impone pues la ambición imperial no debe seguir promoviendo la sociedad de consumo, capaz de quemar a pasos agigantados las ya escasas reservas petroleras y otros muchos recursos vitales no renovables.
Víctimas de esa irracionalidad son los menguados bosques, cada día más incapacitados de cumplir su función primordial como pulmones del planeta, mientras crecen los desiertos y la infertilidad de las tierras.
Súmese a lo anterior la emisión de gases contaminantes a la atmósfera y la explotación desmedida de los recursos marinos, cuyos efectos están ya pasando factura a los terrícolas.
La civilización actúa incivilizadamente y semeja a un leñador que hacha en mano arremete furioso contra la rama del árbol donde se encuentra sentado.
¿Qué es sino la negativa de Washington, principal contaminante de la atmósfera, a suscribir los acuerdos de Kyoto?
¿Cómo calificar las guerras desatadas por Estados Unidos contra Afganistán e Iraq, por las que el género humano ha pagado más de 200 mil vidas?
¿Dónde colocar el incremento del terrorismo, provocado a partir de concepciones totalmente equivocadas para combatirlo?
Ahí están, para quienes tengan dudas, los incendiarios discursos de Bush, amenazando a todos aquellos que no compartan sus posiciones, a quienes olímpicamente ubica en el bando contrario y califica como habitantes de "oscuros rincones" que pueden ser exterminados.
Este planteamiento es consecuente con la estrategia de defensa de EE.UU. del 2005, donde se sostiene que la Unión hará todo lo que considere de su interés en cualquier lugar y momento que decida, al margen de los intereses de otros, aunque para ello deba romper los compromisos suscritos por tratados.
Los actuales gobernantes norteños han demostrado ser más agresivos y reaccionarios que quienes en 1945 lanzaron las bombas atómicas sobre ciudades japonesas y sacrificaron a más de 200 mil personas.
Más aventureros y prepotentes que los promotores de la guerra desatada contra Viet Nam, en virtud de la cual el pueblo indochino perdió a cuatro millones de sus ciudadanos.
Tan ganados por sus ideas mesiánicas como aquel demente alemán que llevó al orbe a la mayor conflagración bélica de la historia, exterminó debido a sus aberraciones a seis millones de judíos y provocó la muerte a más de 50 millones de seres humanos.
No hay alternativa. O el género humano se moviliza con energía o vivirá condenado en un mundo cada vez más ingobernable y degradado, cuyo final será inimaginable.
Urge librar una batalla universal para derrotar esas ideas y crear conciencia para modificar la cómoda postura de muchos que, como el avestruz, pretenden solucionar el problema ignorándolo.
EL TERRORISMO ATÓMICO NO ES DEL PASADO
Por Ángel Rodríguez Álvarez
A seis décadas de las explosiones atómicas en las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki, la simple mención del hecho provoca estremecimientos seguidos por la inevitable indignación.
El lanzamiento de las bombas los días seis y nueve de agosto de 1945 no fue un acto legítimo de guerra, como historiadores tarifados del Imperio y alguna filmografía han intentado presentarlo.
Se trata, tanto por su naturaleza como por los objetivos propuestos por sus autores, de un genuino acto terrorista, el mayor y más criminal de cuantos ha conocido la humanidad.
Aun en el supuesto de que el curso del conflicto mandara el empleo de tan mortífera arma, nada, absolutamente nada puede justificar que se hiciera sobre urbes densamente pobladas, situadas fuera de los escenarios bélicos.
En esa fecha el eje Roma-Berlín-Tokio estaba virtualmente derrotado. Tres meses antes la bandera soviética había sido colocada sobre la cúpula del Reistach alemán y convertida en símbolo de la victoria de los Aliados.
Mussolini, como Hitler, había muerto y la Italia del Duce tomada por los heroicos "partisants", comandados por el Mariscal Tito.
El emperador nipón y sus más connotados generales, totalmente desmoralizados, habían desechado las tradiciones militares orientales, e incapacitados para hacerse el harakiri, estaban en capacidad de levantar bandera blanca y rendir incondicionalmente sus armas.
El fin de la Segunda Guerra Mundial se había precipitado y a Estados Unidos apenas le quedaba tiempo para comprobar en un laboratorio, cuyos Conejillos de Indias fueran seres humanos vivos, los letales efectos de las bombas recién descubiertas. Para las pretensiones norteamericanas era decisivo aprovechar aquellas circunstancias, para emerger de la conflagración bélica como la principal potencia del orbe e imponer su orden e intereses al resto del mundo.
Y los halcones que ya anidaban en la Casa Blanca y el Pentágono, dirigidos por el demócrata presidente Harry S. Truman, no vacilaron en llevar a cabo el gigantesco genocidio, cuyos efectos mortales todavía se hacen sentir en las actuales generaciones japonesas.
La virtual pulverización de Hiroshima y Nagasaki con sus decenas de miles de habitantes calcinados, fue una fría y meditada decisión del gobierno norteño, convertida históricamente en el mayor y más sangriento acto de terrorismo de estado.
Fue, a no dudarlo, el comienzo de una nueva época, la de la guerra fría, signada por el chantaje nuclear y promotora de una colosal carrera armamentista que transformó el planeta en un polvorín y potencial teatro de operaciones militares, sin retaguardia posible.
A partir de entonces la humanidad no ha podido respirar con alivio, devenida rehén nuclear de quienes tienen el poder para hacerla volar en pedazos y suficiente voluntad para concretar el hecho.
Los recursos dedicados en estas seis décadas a fabricar pertrechos bélicos y en hacer guerras de conquista serían más que sobrantes para eliminar la pobreza. Así de irracional ha sido la vida en el orbe.
Lo más trágico es que quienes dominan los acontecimientos desde Washington y otros principales centros de poder, no han aprendido esta lección.
Muy por el contrario, el terrorismo de estado adquirió categoría de política oficial y conduce a nuevos genocidios, pues Iraq y Afganistán son tan víctimas de estas ideas como en 1945 lo fueron las localidades japonesas devastadas.
Peor aún, la agresión no se limita al hombre, se extiende peligrosamente al medio y amenaza a la especie. Se trata de realidades que la humanidad debe enfrentar sin demora y solo puede hacerlo con ideas, creando conciencia y una férrea voluntad de unirse y luchar.
La conmemoración de este aniversario 60 del holocausto nipón debe ser servir a ese propósito.
A seis décadas de las explosiones atómicas en las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki, la simple mención del hecho provoca estremecimientos seguidos por la inevitable indignación.
El lanzamiento de las bombas los días seis y nueve de agosto de 1945 no fue un acto legítimo de guerra, como historiadores tarifados del Imperio y alguna filmografía han intentado presentarlo.
Se trata, tanto por su naturaleza como por los objetivos propuestos por sus autores, de un genuino acto terrorista, el mayor y más criminal de cuantos ha conocido la humanidad.
Aun en el supuesto de que el curso del conflicto mandara el empleo de tan mortífera arma, nada, absolutamente nada puede justificar que se hiciera sobre urbes densamente pobladas, situadas fuera de los escenarios bélicos.
En esa fecha el eje Roma-Berlín-Tokio estaba virtualmente derrotado. Tres meses antes la bandera soviética había sido colocada sobre la cúpula del Reistach alemán y convertida en símbolo de la victoria de los Aliados.
Mussolini, como Hitler, había muerto y la Italia del Duce tomada por los heroicos "partisants", comandados por el Mariscal Tito.
El emperador nipón y sus más connotados generales, totalmente desmoralizados, habían desechado las tradiciones militares orientales, e incapacitados para hacerse el harakiri, estaban en capacidad de levantar bandera blanca y rendir incondicionalmente sus armas.
El fin de la Segunda Guerra Mundial se había precipitado y a Estados Unidos apenas le quedaba tiempo para comprobar en un laboratorio, cuyos Conejillos de Indias fueran seres humanos vivos, los letales efectos de las bombas recién descubiertas. Para las pretensiones norteamericanas era decisivo aprovechar aquellas circunstancias, para emerger de la conflagración bélica como la principal potencia del orbe e imponer su orden e intereses al resto del mundo.
Y los halcones que ya anidaban en la Casa Blanca y el Pentágono, dirigidos por el demócrata presidente Harry S. Truman, no vacilaron en llevar a cabo el gigantesco genocidio, cuyos efectos mortales todavía se hacen sentir en las actuales generaciones japonesas.
La virtual pulverización de Hiroshima y Nagasaki con sus decenas de miles de habitantes calcinados, fue una fría y meditada decisión del gobierno norteño, convertida históricamente en el mayor y más sangriento acto de terrorismo de estado.
Fue, a no dudarlo, el comienzo de una nueva época, la de la guerra fría, signada por el chantaje nuclear y promotora de una colosal carrera armamentista que transformó el planeta en un polvorín y potencial teatro de operaciones militares, sin retaguardia posible.
A partir de entonces la humanidad no ha podido respirar con alivio, devenida rehén nuclear de quienes tienen el poder para hacerla volar en pedazos y suficiente voluntad para concretar el hecho.
Los recursos dedicados en estas seis décadas a fabricar pertrechos bélicos y en hacer guerras de conquista serían más que sobrantes para eliminar la pobreza. Así de irracional ha sido la vida en el orbe.
Lo más trágico es que quienes dominan los acontecimientos desde Washington y otros principales centros de poder, no han aprendido esta lección.
Muy por el contrario, el terrorismo de estado adquirió categoría de política oficial y conduce a nuevos genocidios, pues Iraq y Afganistán son tan víctimas de estas ideas como en 1945 lo fueron las localidades japonesas devastadas.
Peor aún, la agresión no se limita al hombre, se extiende peligrosamente al medio y amenaza a la especie. Se trata de realidades que la humanidad debe enfrentar sin demora y solo puede hacerlo con ideas, creando conciencia y una férrea voluntad de unirse y luchar.
La conmemoración de este aniversario 60 del holocausto nipón debe ser servir a ese propósito.





