Reelección es igual a más democracia
Por Elio Delgado Legón
La verdadera democracia es aquella que le da las mayores facultades al pueblo, tanto la de elegir y reelegir a los dirigentes que son eficientes y se ocupan de las necesidades del pueblo, como la de revocar a aquellos que no han sabido o no han querido desempeñar eficientemente su papel.
Tenemos muchos ejemplos de hombres públicos (no voy a mencionar nombres) que no han desempeñado correctamente su papel, han sido tiránicos, o han vendido al país y sin embargo el pueblo los ha tenido que soportar hasta el final de su mandato por no existir un mecanismo de revocación.
En otros casos, buenos dirigentes, honestos, inteligentes y dedicados a su pueblo, no han podido concluir la obra que comenzaron y han tenido que dar paso a otro con menos cualidades positivas, que han destruido el trabajo de su antecesor, y todo porque una falsa democracia no les permite la reelección.
Casi todas las constituciones burguesas prohíben la reelección más allá de uno o dos mandatos, porque ese es el juego y el acuerdo entre los partidos políticos, para que todos, sean buenos o malos dirigentes, tengan la posibilidad, cada cierto tiempo, de “pegarse al jamón”, como decía un viejo periódico humorístico.
No importa que el pueblo los quiera reelegir, porque saben y pueden representar sus intereses. La constitución no lo permite y punto.
En ninguna constitución del mundo debiera existir la prohibición de reelegirse: el pueblo es quien debe decidir qué dirigente quiere. Prohibírselo es coartar la democracia. Por el contrario, la reelección es igual a más democracia.
La verdadera democracia es aquella que le da las mayores facultades al pueblo, tanto la de elegir y reelegir a los dirigentes que son eficientes y se ocupan de las necesidades del pueblo, como la de revocar a aquellos que no han sabido o no han querido desempeñar eficientemente su papel.
Tenemos muchos ejemplos de hombres públicos (no voy a mencionar nombres) que no han desempeñado correctamente su papel, han sido tiránicos, o han vendido al país y sin embargo el pueblo los ha tenido que soportar hasta el final de su mandato por no existir un mecanismo de revocación.
En otros casos, buenos dirigentes, honestos, inteligentes y dedicados a su pueblo, no han podido concluir la obra que comenzaron y han tenido que dar paso a otro con menos cualidades positivas, que han destruido el trabajo de su antecesor, y todo porque una falsa democracia no les permite la reelección.
Casi todas las constituciones burguesas prohíben la reelección más allá de uno o dos mandatos, porque ese es el juego y el acuerdo entre los partidos políticos, para que todos, sean buenos o malos dirigentes, tengan la posibilidad, cada cierto tiempo, de “pegarse al jamón”, como decía un viejo periódico humorístico.
No importa que el pueblo los quiera reelegir, porque saben y pueden representar sus intereses. La constitución no lo permite y punto.
En ninguna constitución del mundo debiera existir la prohibición de reelegirse: el pueblo es quien debe decidir qué dirigente quiere. Prohibírselo es coartar la democracia. Por el contrario, la reelección es igual a más democracia.





