La mafia cubano-americana: DE LA OPERACIÓN CONDOR AL CORU
Por Ángel Rodríguez Álvarez
Una sucia historia cobra actualidad por estos días a propósito de la aparición, ocultamiento y extraño arresto en Estados Unidos del terrorista Luis Posada Carriles.
Se trata de las estrechas relaciones establecidas por la ultra derecha cubano-americana asentada en el sur de la Florida, con el dictador chileno Augusto Pinochet, inmediatamente después del cruento golpe de estado contra el gobierno de la Unidad Popular de Salvador Allende, el 11 de septiembre de 1973.
Los “luchadores anticastristas”, como alguna prensa internacional prefiere identificar a esta mafia, celebraron jubilosos los acontecimientos que llevaron al poder a la junta militar fascista en el país austral.
A tal punto llegó la simpatía mutua que apenas dos años después del brutal bombardeo del Palacio de la Moneda, la Asociación de Veteranos de Bahía de Cochinos, integrada por los mercenarios de la derrotada brigada 2506, condecoró a Pinochet con la Medalla de la Libertad, otorgada por primera vez a una persona no norteamericana.
La distinción se produjo en momentos de expansión del fascismo por el Cono Sur latinoamericano como parte de una ofensiva de terror estatal con su centro en Chile y el patrocinio de Estados Unidos, a la que se sumaron las dictaduras militares de Argentina, Bolivia, Brasil, Paraguay y Uruguay y otros cuerpos represivos en Centroamérica. Estaba en marcha la tristemente célebre Operación Cóndor, a mediados del decenio de 1970.
La luna de miel de los “demócratas de Miami” con estas dictaduras era públicamente conocida. Felipe Rivero, copropietario del reaccionario periódico cubano Diario de la Marina, confesó años después del golpe chileno la puja establecida entre los grupos contrarrevolucionarios de Miami por lograr el apadrinamiento de Pinochet.
“Pensé –declaró ese ideólogo del fascismo cubano- en qué tipo de ayuda los chilenos podían darnos, quizás una declaración llamando al MNC (Movimiento Nacional Cubano) la esperanza de Cuba. Chile –añadió- era nuestro niño lindo, un adorado de la comunidad cubana.
Si podíamos lograr que dijera que éramos los mejores, hubiéramos sido los nuevos líderes del movimiento exiliado cubano, (dándole) una bofetada en la cara a nuestros rivales en la comunidad cubana.”
Los grupos terroristas, por supuesto, ocuparon un espacio en esta conspiración internacional, básicamente como brazos ejecutores del trabajo sucio extendido por América Latina y que alcanzaría a los propios promotores estadounidenses, en el esfuerzo común por aplastar al movimiento revolucionario a nivel continental.
Según los investigadores norteamericanos John Dinges y Saúl Landau, un informe del representante del FBI en Argentina en 1976 expresaba que el gobierno militar chileno mantenía una “relación especial” con los grupos anticastristas, la cual incluía misiones conjuntas de asesinatos.
Las fuentes citadas añaden que Pinochet les había ofrecido el tipo de ayuda que en época anterior les había dado la CIA. Esta colaboración comprometía “un programa de acción a favor de reconocer un gobierno cubano en el exilio con sede en Chile y el suministro de armas, explosivos, entrenamiento y refugio para fugitivos del régimen de Castro.”
El trabajo sucio del MNC, que tiene entre sus fundadores a Orlando Bosch y Guillermo Novo Sampol, no demoró en tener resultados: los asesinatos del general Carlos Prats y su esposa en Argentina, del ex canciller chileno Orlando Letelier y su ayudante norteamericana Ronni Moffitt, ejecutado en el centro de Washington y el intento frustrado para eliminar al dirigente democristiano chileno Bernardo Leighton y su esposa, en Roma.
Jesús Arboleya, investigador cubano, ofrece en su libro La Contrarrevolución Cubana, un amplio testimonio de Duney Pérez Álamo, uno de los principales jefes de Acción Cubana, sobre los vínculos de Bosch con los militares chilenos.
El contacto de este con los chilenos se realizó a través de los hermanos Novo Sampol. “Lo visité en Chile –señala el testimoniante- y me disgustó la forma como vivía, tenía un apartamento caro e incluso había contratado una criada...a Chile habíamos ido a discutir el problema de los gastos y la actuación inconsulta de Bosch respecto al resto de la organización.” Bosch y los demás dirigentes de los grupos mafiosos, se hace evidente en toda la documentación consultada, habían escapado bajo el manto de Pinochet, al control de la CIA, convirtiéndose en un delicado problema para la Administración norteamericana.
Se imponía la necesidad de “restablecer el orden”, objetivo alcanzado en junio de 1976, en Bonao, República Dominicana, con la creación del Comando de Organizaciones Revolucionarias Unidas (CORU), integración mafiosa que aportó una nueva dinámica a la actividad terrorista, cuya descripción ofrece elementos de Interés para varios textos.
Una sucia historia cobra actualidad por estos días a propósito de la aparición, ocultamiento y extraño arresto en Estados Unidos del terrorista Luis Posada Carriles.
Se trata de las estrechas relaciones establecidas por la ultra derecha cubano-americana asentada en el sur de la Florida, con el dictador chileno Augusto Pinochet, inmediatamente después del cruento golpe de estado contra el gobierno de la Unidad Popular de Salvador Allende, el 11 de septiembre de 1973.
Los “luchadores anticastristas”, como alguna prensa internacional prefiere identificar a esta mafia, celebraron jubilosos los acontecimientos que llevaron al poder a la junta militar fascista en el país austral.
A tal punto llegó la simpatía mutua que apenas dos años después del brutal bombardeo del Palacio de la Moneda, la Asociación de Veteranos de Bahía de Cochinos, integrada por los mercenarios de la derrotada brigada 2506, condecoró a Pinochet con la Medalla de la Libertad, otorgada por primera vez a una persona no norteamericana.
La distinción se produjo en momentos de expansión del fascismo por el Cono Sur latinoamericano como parte de una ofensiva de terror estatal con su centro en Chile y el patrocinio de Estados Unidos, a la que se sumaron las dictaduras militares de Argentina, Bolivia, Brasil, Paraguay y Uruguay y otros cuerpos represivos en Centroamérica. Estaba en marcha la tristemente célebre Operación Cóndor, a mediados del decenio de 1970.
La luna de miel de los “demócratas de Miami” con estas dictaduras era públicamente conocida. Felipe Rivero, copropietario del reaccionario periódico cubano Diario de la Marina, confesó años después del golpe chileno la puja establecida entre los grupos contrarrevolucionarios de Miami por lograr el apadrinamiento de Pinochet.
“Pensé –declaró ese ideólogo del fascismo cubano- en qué tipo de ayuda los chilenos podían darnos, quizás una declaración llamando al MNC (Movimiento Nacional Cubano) la esperanza de Cuba. Chile –añadió- era nuestro niño lindo, un adorado de la comunidad cubana.
Si podíamos lograr que dijera que éramos los mejores, hubiéramos sido los nuevos líderes del movimiento exiliado cubano, (dándole) una bofetada en la cara a nuestros rivales en la comunidad cubana.”
Los grupos terroristas, por supuesto, ocuparon un espacio en esta conspiración internacional, básicamente como brazos ejecutores del trabajo sucio extendido por América Latina y que alcanzaría a los propios promotores estadounidenses, en el esfuerzo común por aplastar al movimiento revolucionario a nivel continental.
Según los investigadores norteamericanos John Dinges y Saúl Landau, un informe del representante del FBI en Argentina en 1976 expresaba que el gobierno militar chileno mantenía una “relación especial” con los grupos anticastristas, la cual incluía misiones conjuntas de asesinatos.
Las fuentes citadas añaden que Pinochet les había ofrecido el tipo de ayuda que en época anterior les había dado la CIA. Esta colaboración comprometía “un programa de acción a favor de reconocer un gobierno cubano en el exilio con sede en Chile y el suministro de armas, explosivos, entrenamiento y refugio para fugitivos del régimen de Castro.”
El trabajo sucio del MNC, que tiene entre sus fundadores a Orlando Bosch y Guillermo Novo Sampol, no demoró en tener resultados: los asesinatos del general Carlos Prats y su esposa en Argentina, del ex canciller chileno Orlando Letelier y su ayudante norteamericana Ronni Moffitt, ejecutado en el centro de Washington y el intento frustrado para eliminar al dirigente democristiano chileno Bernardo Leighton y su esposa, en Roma.
Jesús Arboleya, investigador cubano, ofrece en su libro La Contrarrevolución Cubana, un amplio testimonio de Duney Pérez Álamo, uno de los principales jefes de Acción Cubana, sobre los vínculos de Bosch con los militares chilenos.
El contacto de este con los chilenos se realizó a través de los hermanos Novo Sampol. “Lo visité en Chile –señala el testimoniante- y me disgustó la forma como vivía, tenía un apartamento caro e incluso había contratado una criada...a Chile habíamos ido a discutir el problema de los gastos y la actuación inconsulta de Bosch respecto al resto de la organización.” Bosch y los demás dirigentes de los grupos mafiosos, se hace evidente en toda la documentación consultada, habían escapado bajo el manto de Pinochet, al control de la CIA, convirtiéndose en un delicado problema para la Administración norteamericana.
Se imponía la necesidad de “restablecer el orden”, objetivo alcanzado en junio de 1976, en Bonao, República Dominicana, con la creación del Comando de Organizaciones Revolucionarias Unidas (CORU), integración mafiosa que aportó una nueva dinámica a la actividad terrorista, cuya descripción ofrece elementos de Interés para varios textos.
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