¿Es posible la revolución pacífica?
Por Elio Delgado Legón
Históricamente, todas las revoluciones se llevaron a cabo con las armas en la mano. No era posible de otra manera cambiar el orden establecido por los poderosos que oprimían y explotaban al pueblo humilde y trabajador.
El que intentara por la vía de las urnas cambiar el sistema de explotación, por otro que tuviera en cuenta las necesidades de la mayoría, era aplastado por las maquinarias electorera y mediática de la burguesía.
La maquinaria electorera se valía, entre otras cosas, de la ignorancia de pueblos mayoritariamente analfabetos y semianalfabetos, y de las necesidades crónicas de atención médica, que obligaban a los pobres a comprometer su voto y el de su familia por una cama en un hospital o cualquier otra atención médica que no podían pagar.
El terror mediático era y es otra de sus armas más efectivas. Todas las revoluciones, pacíficas o no, han sido blanco de grandes campañas mediáticas con el objetivo de hacerlas fracasar. Para ellos, era una verdad establecida e impregnada en la conciencia de las grandes masas, que el comunismo era el peor sistema del mundo; y para demostrarlo inventaban toda clase de mentiras.
Consecuentemente, como parte de su estrategia, todo aquel que defendiera a la clase obrera y a los desposeídos era acusado de comunista; por lo tanto nunca recibiría un respaldo mayoritario.
Sin embargo, hubo casos en que las masas no creyeron en las mentiras y apoyaron a candidatos revolucionarios, pero fueron derrocados por la fuerza de las armas.
En Guatemala, por ejemplo, el presidente Jacobo Árbenz, que fue electo en las urnas, comenzó a hacer una serie de reformas progresistas, especialmente una reforma agraria que beneficiaba a los campesinos.
Inmediatamente, la burguesía nacional, apoyada por Estados Unidos, organizó acciones contrarrevolucionarias para derrocar al Presidente. Con una expedición armada y la complicidad de jefes militares del país, Jacobo Árbenz fue derrocado en 1954.
En 1970, Salvador Allende logra, después de varios intentos, ganar la presidencia de Chile y comienza, sorteando toda clase de oposiciones reaccionarias en el Congreso, lo que él llamó una revolución pacífica. Ya sabemos cómo fue derrocado por las armas de militares fascistas al servicio del imperialismo norteamericano. No es necesario recordar cuánta sangre fue derramada, cuánta tortura, cuántos asesinados y desaparecidos, sólo por querer hacer una revolución pacífica.
Hoy los tiempos han cambiado: “No se puede engañar a todo el pueblo todo el tiempo”. Ya las mayorías latinoamericanas, tantas veces engañadas, no creen las mentiras que siempre le habían inventado. Nuestra América despierta.
Las revoluciones pacíficas y los gobiernos progresistas que comenzaron esta nueva era por Venezuela, se extienden hoy por buena parte de la geografía latinoamericana.
Pero las oligarquías nacionales y el imperialismo norteamericano no permiten que ningún proceso revolucionario transcurra pacíficamente.
En abril de 2001, Hugo Chávez fue derrocado por un golpe de estado de corte fascista y estuvo a punto de perder la vida. Sólo la movilización popular y el apoyo de la mayoría del ejército, lograron reponerlo en su cargo. Pero la guerra mediática contra él continúa, y la Cuarta Flota norteamericana es una amenaza latente.
El presidente Evo Morales, de Bolivia, tiene el respaldo creciente de su pueblo, demostrado con el 67,41 por ciento de votos obtenidos en el reciente referendo revocatorio. Sin embargo, los elementos reaccionarios de la oposición quieren desmembrar el país, en franca violación de la Constitución vigente. Constantemente incitan a la violencia y cuentan con el respaldo del gobierno norteamericano, como se ha demostrado.
Las autoridades bolivianas tratan por todos los medios de evitar la violencia, pero los revolucionarios han sido agredidos reiteradamente en algunos departamentos donde gobiernan prefectos opositores.
En Ecuador, el presidente Rafael Correa ganó las elecciones por un amplio margen. Una asamblea constituyente redactó una nueva constitución que será sometida a referendo próximamente. Todo dentro de las leyes y de forma pacífica. Sin embargo, contra Correa se libra una guerra mediática que ha tratado de vincularlo con la guerrilla colombiana de las FARC, la que a su vez es calificada de terrorista; por lo tanto, se trata de endilgarle a Correa el calificativo de terrorista y justificar con ello cualquier acción violenta contra él.
En Paraguay, el presidente Fernando Lugo, que hace apenas unos días asumió el cargo, acaba de denunciar un complot para derrocarlo, sólo porque se ha declarado defensor de los pobres y afirma que luchará contra la pobreza y el hambre.
Son solo algunos ejemplos que nos muestran que la reacción no se deja quitar sus privilegios de explotadores sin combatir, lo que nos obliga a hacernos la siguiente pregunta: ¿Puede ser realmente pacífica una revolución?
Históricamente, todas las revoluciones se llevaron a cabo con las armas en la mano. No era posible de otra manera cambiar el orden establecido por los poderosos que oprimían y explotaban al pueblo humilde y trabajador.
El que intentara por la vía de las urnas cambiar el sistema de explotación, por otro que tuviera en cuenta las necesidades de la mayoría, era aplastado por las maquinarias electorera y mediática de la burguesía.
La maquinaria electorera se valía, entre otras cosas, de la ignorancia de pueblos mayoritariamente analfabetos y semianalfabetos, y de las necesidades crónicas de atención médica, que obligaban a los pobres a comprometer su voto y el de su familia por una cama en un hospital o cualquier otra atención médica que no podían pagar.
El terror mediático era y es otra de sus armas más efectivas. Todas las revoluciones, pacíficas o no, han sido blanco de grandes campañas mediáticas con el objetivo de hacerlas fracasar. Para ellos, era una verdad establecida e impregnada en la conciencia de las grandes masas, que el comunismo era el peor sistema del mundo; y para demostrarlo inventaban toda clase de mentiras.
Consecuentemente, como parte de su estrategia, todo aquel que defendiera a la clase obrera y a los desposeídos era acusado de comunista; por lo tanto nunca recibiría un respaldo mayoritario.
Sin embargo, hubo casos en que las masas no creyeron en las mentiras y apoyaron a candidatos revolucionarios, pero fueron derrocados por la fuerza de las armas.
En Guatemala, por ejemplo, el presidente Jacobo Árbenz, que fue electo en las urnas, comenzó a hacer una serie de reformas progresistas, especialmente una reforma agraria que beneficiaba a los campesinos.
Inmediatamente, la burguesía nacional, apoyada por Estados Unidos, organizó acciones contrarrevolucionarias para derrocar al Presidente. Con una expedición armada y la complicidad de jefes militares del país, Jacobo Árbenz fue derrocado en 1954.
En 1970, Salvador Allende logra, después de varios intentos, ganar la presidencia de Chile y comienza, sorteando toda clase de oposiciones reaccionarias en el Congreso, lo que él llamó una revolución pacífica. Ya sabemos cómo fue derrocado por las armas de militares fascistas al servicio del imperialismo norteamericano. No es necesario recordar cuánta sangre fue derramada, cuánta tortura, cuántos asesinados y desaparecidos, sólo por querer hacer una revolución pacífica.
Hoy los tiempos han cambiado: “No se puede engañar a todo el pueblo todo el tiempo”. Ya las mayorías latinoamericanas, tantas veces engañadas, no creen las mentiras que siempre le habían inventado. Nuestra América despierta.
Las revoluciones pacíficas y los gobiernos progresistas que comenzaron esta nueva era por Venezuela, se extienden hoy por buena parte de la geografía latinoamericana.
Pero las oligarquías nacionales y el imperialismo norteamericano no permiten que ningún proceso revolucionario transcurra pacíficamente.
En abril de 2001, Hugo Chávez fue derrocado por un golpe de estado de corte fascista y estuvo a punto de perder la vida. Sólo la movilización popular y el apoyo de la mayoría del ejército, lograron reponerlo en su cargo. Pero la guerra mediática contra él continúa, y la Cuarta Flota norteamericana es una amenaza latente.
El presidente Evo Morales, de Bolivia, tiene el respaldo creciente de su pueblo, demostrado con el 67,41 por ciento de votos obtenidos en el reciente referendo revocatorio. Sin embargo, los elementos reaccionarios de la oposición quieren desmembrar el país, en franca violación de la Constitución vigente. Constantemente incitan a la violencia y cuentan con el respaldo del gobierno norteamericano, como se ha demostrado.
Las autoridades bolivianas tratan por todos los medios de evitar la violencia, pero los revolucionarios han sido agredidos reiteradamente en algunos departamentos donde gobiernan prefectos opositores.
En Ecuador, el presidente Rafael Correa ganó las elecciones por un amplio margen. Una asamblea constituyente redactó una nueva constitución que será sometida a referendo próximamente. Todo dentro de las leyes y de forma pacífica. Sin embargo, contra Correa se libra una guerra mediática que ha tratado de vincularlo con la guerrilla colombiana de las FARC, la que a su vez es calificada de terrorista; por lo tanto, se trata de endilgarle a Correa el calificativo de terrorista y justificar con ello cualquier acción violenta contra él.
En Paraguay, el presidente Fernando Lugo, que hace apenas unos días asumió el cargo, acaba de denunciar un complot para derrocarlo, sólo porque se ha declarado defensor de los pobres y afirma que luchará contra la pobreza y el hambre.
Son solo algunos ejemplos que nos muestran que la reacción no se deja quitar sus privilegios de explotadores sin combatir, lo que nos obliga a hacernos la siguiente pregunta: ¿Puede ser realmente pacífica una revolución?





