Elecciones cubanas: LOS ETERNOS CUESTIONAMIENTOS
Por Néstor Núñez
Habituados están los cubanos a que desde cualquier lugar y desde las más disímiles posiciones declaradas, algunos examinen su realidad y le otorguen el calificativo que entiendan a partir de sus propios criterios y experiencias.
Y luego escúchelos usted hablar de dogmatismos y estrechez ajenas, como si fuesen ellos muestras vivientes de desenfado intelectual.
Y algo de eso pasa cuando algunos en este mundo enfocan y juzgan el sistema electoral de la Isla a partir del criterio de la lucha de partidos y grupos en que suele expresarse este asunto en muchas otras partes del planeta.
Entonces aparecen los análisis y criterios que hablan de los presuntos pecados de la falta de varias organizaciones disputándose el poder y tratando de conquistar, como sí ocurre en otros muchos sitios, las simpatías de la gente mediante promesas que muchas veces se quedan en puras palabras.
No se entiende o no se quiere entender la existencia en Cuba de un partido patriótico, que no postula y que es la clave de la orientación revolucionaria de la nación, tiene raíces históricas muy profundas y se ajusta perfectamente a esta larga etapa de defensa frente a las apetencias de una metrópoli a favor de la destrucción del país como colectivo humano independiente.
Si Cuba se sumara a las muchas veces inefectiva fórmula del llamado pluripartidismo, abriría ingenua las puertas al enemigo para que fundara, pagara e impulsara aquí a sus cohortes de apátridas, accionando a favor del imperio bajo el manto de vacíos legalismos.
Es como darle acceso al hogar propio, por pretendidos dogmas y criterios, al que de forma clara y confesa intenta la disolución de nuestra familia y provoca la debacle bajo nuestro techo.
Por demás, está claro que no existen fórmulas únicas en el mundo para elegir gobierno, y que la razón consagra el derecho de cada grupo humano a darse la forma de organización política que soberanamente considere más adecuada a sus necesidades y características.
Entonces, respétese ese derecho a los cubanos, como ellos respetan las fórmulas de otros y que, dicho sea de paso, han demostrado fallas históricas de alto calibre.
Habituados están los cubanos a que desde cualquier lugar y desde las más disímiles posiciones declaradas, algunos examinen su realidad y le otorguen el calificativo que entiendan a partir de sus propios criterios y experiencias.
Y luego escúchelos usted hablar de dogmatismos y estrechez ajenas, como si fuesen ellos muestras vivientes de desenfado intelectual.
Y algo de eso pasa cuando algunos en este mundo enfocan y juzgan el sistema electoral de la Isla a partir del criterio de la lucha de partidos y grupos en que suele expresarse este asunto en muchas otras partes del planeta.
Entonces aparecen los análisis y criterios que hablan de los presuntos pecados de la falta de varias organizaciones disputándose el poder y tratando de conquistar, como sí ocurre en otros muchos sitios, las simpatías de la gente mediante promesas que muchas veces se quedan en puras palabras.
No se entiende o no se quiere entender la existencia en Cuba de un partido patriótico, que no postula y que es la clave de la orientación revolucionaria de la nación, tiene raíces históricas muy profundas y se ajusta perfectamente a esta larga etapa de defensa frente a las apetencias de una metrópoli a favor de la destrucción del país como colectivo humano independiente.
Si Cuba se sumara a las muchas veces inefectiva fórmula del llamado pluripartidismo, abriría ingenua las puertas al enemigo para que fundara, pagara e impulsara aquí a sus cohortes de apátridas, accionando a favor del imperio bajo el manto de vacíos legalismos.
Es como darle acceso al hogar propio, por pretendidos dogmas y criterios, al que de forma clara y confesa intenta la disolución de nuestra familia y provoca la debacle bajo nuestro techo.
Por demás, está claro que no existen fórmulas únicas en el mundo para elegir gobierno, y que la razón consagra el derecho de cada grupo humano a darse la forma de organización política que soberanamente considere más adecuada a sus necesidades y características.
Entonces, respétese ese derecho a los cubanos, como ellos respetan las fórmulas de otros y que, dicho sea de paso, han demostrado fallas históricas de alto calibre.
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