La victoria de Girón: UNA BATALLA POR EL SOCIALISMO
Por Ángel Rodríguez Álvarez
La invasión mercenaria del 17 de abril de 1961 por Playa Girón –Bahía de Cochinos- fue el colofón de la política de hostilidad de Estados Unidos contra la Revolución Cubana, gestada mucho antes de que el gobierno de la Isla adoptara alguna medida contra intereses foráneos.
No era la primera vez que una administración norteamericana apelaba a la violencia para impedir que un país de este hemisferio pretendiera su independencia, para lo cual era imprescindible romper los lazos de sujeción económica del vecino norteño.
En abril de 1961, en la concepción imperial, Cuba había ido demasiado lejos.
Para esa época ya estaban promulgadas las leyes de Reforma Urbana y la Agraria y nacionalizadas las propiedades norteamericanas.
Apenas unos meses antes de la invasión, en octubre de 1960,
fueron dictadas las leyes 890, convirtiendo en propiedad del
pueblo las grandes empresas nacionales y la 891, que nacionalizó
los bancos.
En los hechos, la Revolución hacía justicia y el pueblo tomaba en sus manos, por primera vez, el poder económico. Se ponía fin al dominio del capitalismo dependiente y se iniciaba sin declararlo, la época socialista, pues las condiciones para hacerlo debían madurar aun más.
La respuesta imperial no tardaría. A las seis de la mañana del 15 de abril, aviones B-26 preparados por la CIA, con insignias cubanas despertaban con sus bombas a los habitantes de Ciudad de La Habana, San Antonio de los Baños y Santiago de Cuba. La invasión estaba en marcha.
El 16, en una tribuna improvisada en la intersección de las calles 23 y 12 en el Vedado capitalino, el Comandante en Jefe Fidel Castro despedía el duelo de las siete víctimas del artero ataque, ante una impresionante multitud entre la que se destacaban decenas de miles de milicianos armados.
En sus palabras Fidel comparó el ataque con el realizado contra Pearl Harbor en 1941, y dijo que si el pueblo norteamericano tuvo derecho a calificarlo como un acto traicionero y cobarde, los cubanos podían considerar este como “dos veces traicionero y mil veces cobarde.”
Más adelante analizó los despachos de las agencias de noticias norteamericanas que difundieron una falsa versión preparada por la CIA, y emplazó al presidente Kennedy a que presentara ante Naciones Unidas a los pilotos que decían haber salido de territorio cubano.
“El ataque de ayer fue el preludio de la agresión de los mercenarios”, afirmó Fidel. Era, a no dudarlo, un momento de grandes definiciones en el que no cabían vacilaciones.
Y el anuncio, no por esperado, sería menos estremecedor: “Eso
es lo que no pueden perdonarnos, que estemos ahí en sus narices,
y que hayamos hecho una Revolución Socialista en las propias
narices de los Estados Unidos.”
Esa declaración tendría un alcance estratégico y justo, pues quienes horas después iban a combatir debían saber que lo hacían por el socialismo.
Ella contribuyó a la victoria, pues aumentó la conciencia y el espíritu revolucionario de las masas populares. Ahora el pueblo sabía que, fusil en mano, defendería no solo su Revolución sino también al primer Estado de obreros y campesinos en el hemisferio occidental.
Cuando el 17 marcharon a Girón los combatientes del Ejército
Rebelde y de las Milicias Nacionales Revolucionarias a enfrentar
a los invasores al servicio del imperialismo norteamericano, lo
hicieron bajo las banderas del socialismo.
Por Fidel habló la Patria, y la Patria que defendería el pueblo era ya socialista.
La invasión mercenaria del 17 de abril de 1961 por Playa Girón –Bahía de Cochinos- fue el colofón de la política de hostilidad de Estados Unidos contra la Revolución Cubana, gestada mucho antes de que el gobierno de la Isla adoptara alguna medida contra intereses foráneos.
No era la primera vez que una administración norteamericana apelaba a la violencia para impedir que un país de este hemisferio pretendiera su independencia, para lo cual era imprescindible romper los lazos de sujeción económica del vecino norteño.
En abril de 1961, en la concepción imperial, Cuba había ido demasiado lejos.
Para esa época ya estaban promulgadas las leyes de Reforma Urbana y la Agraria y nacionalizadas las propiedades norteamericanas.
Apenas unos meses antes de la invasión, en octubre de 1960,
fueron dictadas las leyes 890, convirtiendo en propiedad del
pueblo las grandes empresas nacionales y la 891, que nacionalizó
los bancos.
En los hechos, la Revolución hacía justicia y el pueblo tomaba en sus manos, por primera vez, el poder económico. Se ponía fin al dominio del capitalismo dependiente y se iniciaba sin declararlo, la época socialista, pues las condiciones para hacerlo debían madurar aun más.
La respuesta imperial no tardaría. A las seis de la mañana del 15 de abril, aviones B-26 preparados por la CIA, con insignias cubanas despertaban con sus bombas a los habitantes de Ciudad de La Habana, San Antonio de los Baños y Santiago de Cuba. La invasión estaba en marcha.
El 16, en una tribuna improvisada en la intersección de las calles 23 y 12 en el Vedado capitalino, el Comandante en Jefe Fidel Castro despedía el duelo de las siete víctimas del artero ataque, ante una impresionante multitud entre la que se destacaban decenas de miles de milicianos armados.
En sus palabras Fidel comparó el ataque con el realizado contra Pearl Harbor en 1941, y dijo que si el pueblo norteamericano tuvo derecho a calificarlo como un acto traicionero y cobarde, los cubanos podían considerar este como “dos veces traicionero y mil veces cobarde.”
Más adelante analizó los despachos de las agencias de noticias norteamericanas que difundieron una falsa versión preparada por la CIA, y emplazó al presidente Kennedy a que presentara ante Naciones Unidas a los pilotos que decían haber salido de territorio cubano.
“El ataque de ayer fue el preludio de la agresión de los mercenarios”, afirmó Fidel. Era, a no dudarlo, un momento de grandes definiciones en el que no cabían vacilaciones.
Y el anuncio, no por esperado, sería menos estremecedor: “Eso
es lo que no pueden perdonarnos, que estemos ahí en sus narices,
y que hayamos hecho una Revolución Socialista en las propias
narices de los Estados Unidos.”
Esa declaración tendría un alcance estratégico y justo, pues quienes horas después iban a combatir debían saber que lo hacían por el socialismo.
Ella contribuyó a la victoria, pues aumentó la conciencia y el espíritu revolucionario de las masas populares. Ahora el pueblo sabía que, fusil en mano, defendería no solo su Revolución sino también al primer Estado de obreros y campesinos en el hemisferio occidental.
Cuando el 17 marcharon a Girón los combatientes del Ejército
Rebelde y de las Milicias Nacionales Revolucionarias a enfrentar
a los invasores al servicio del imperialismo norteamericano, lo
hicieron bajo las banderas del socialismo.
Por Fidel habló la Patria, y la Patria que defendería el pueblo era ya socialista.





