Pasear por el centro
De Madrid incluso a media mañana es encontrarse con un compendio gigantesco de curiosidades, de turistas de todos los colores, de tiendas que se desesperezan ante el mirón, de obras, agujeros, ruidos matracosos que nos recuerdan que nuestro bienamado alcalde electo por tantos y tantos que aborrecían a "topollillo-Manzano" ha decidido pasar a la posteridad como el mandante que convirtió al Foro en una mezcla de queso gruyere y cabrales (por los olores que surgen de esas tumbas asfálticas), y de sexo, cantidades ingentes de sexo.
Clásicos establecimientos sexuales ya asentados hace tiempo, con pocas novedades, por cierto. Al menos en el sex-shop de la Calle Montera, donde salvo los juguetes de toda la vida y algunos cientos de pelis de todos los géneros imaginables, aunque menos de los encontrables a través de la Red, pocos artículos novedosos pueblan sus estanterías. Pero esos comercios del sexo no son nada comparado con el auténtico comercio y cambalache follador que se sitúa frente sus puertas. La Calle Montera siempre fue una rúa en la que meretrices tristes mostraban su mercadería, mujeres entradas en años, carnes y en la salida de sus vidas, que cuales farolas observaban en la lejanía a sus chulos. Bueno, más bien en la cercanía, una peligrosa cercanía. Luego llegaron las prostitutas sudamericanas, algo más jóvenes, que obligaron a las yonkis desdentadas a abandonar aquella calle de paso y que inundaron la acera de carnes canela y de acentos caribeños. Y ahora estas son sustituidas por nuevas putas, jóvenes de tez clara, pelos rubios, tetas imposibles, minifaldas vertiginosas y extraños idiomas.
Uno se siente raro cuando se ve rodeado de esas nuevas rameras con miradas azules, con preciosos labios, y con una presencia que te hace pensar si no la viste anoche cuando tomabas una copa por cualquier pub. Nuevas zorras que esperan el ataque de los perros cazadores dispuestos a pagar una tarifa, no especialmente costosa, por una mamadilla, e incluso en el mejor de los casos dar por culo a la madre Rusia o de donde coño quiera que vengan.
Un poco más abajo, frente al oso y el madroño la mezcla se hace más peculiar. Decenas de jóvenes y no tanto que aprovechan ese emblema capitalino para quedar son observados por los grupos de chaperos. Es curioso cuánta gente no sabe que la mayoría de los tios que parecen esperar a su novia no son más que pollas y culos de alquiler, esperando a que el bienpensante encorbatado flajelador de maricones decida que no hay mejor forma de joder a los maricones que correrse en la cara de uno de ellos, aunque sea pagando 50 miserables euros.
Y el otro sexo, el que abunda y que nos observa desde los carteles que tapan los edificios para encubrir la enésima renovación, y que nos insiste en que sólo pensemos en nuestro pequeño Dios Priapo apretado contra nuestros pantalones, y que nos mueve a mirar en derredor y lanzar fotos imaginarias a las tetas turgentes del grupo de púberes que pasa lanzando grandes risadas a nuestro lado. Con la ingenua mezcla de tops rositas y sujetadores de encaje negro, con faldas menguantes y dilatadoras de pupilas, o con pantalones que se ciñen marcando culos de insultante rotundidad.
Y ya en el metro, línea 2, los amantes del magreo subrepticio tienen su oportunidad en el primer vagón, en el que la mezcla de osos con traje de faena y ejecutivos sudando la corbata acercan el envés de la mano al paquete ajeno, para sentir el traqueteo amplificado de una polla creciente.
Sexo vivo, sexo real, sexo de pago y sexo moral. Sexo imaginativo, sexo oculto, sexo joven, sexo senil. Sexo publicitario, sexo móvil, sexo femenino, sexo masculino.
En cualquier caso yo me denominaré sexocéntrico, un género como otro cualquiera para incluir a los lujuriosos en el agosto de la capital.
Clásicos establecimientos sexuales ya asentados hace tiempo, con pocas novedades, por cierto. Al menos en el sex-shop de la Calle Montera, donde salvo los juguetes de toda la vida y algunos cientos de pelis de todos los géneros imaginables, aunque menos de los encontrables a través de la Red, pocos artículos novedosos pueblan sus estanterías. Pero esos comercios del sexo no son nada comparado con el auténtico comercio y cambalache follador que se sitúa frente sus puertas. La Calle Montera siempre fue una rúa en la que meretrices tristes mostraban su mercadería, mujeres entradas en años, carnes y en la salida de sus vidas, que cuales farolas observaban en la lejanía a sus chulos. Bueno, más bien en la cercanía, una peligrosa cercanía. Luego llegaron las prostitutas sudamericanas, algo más jóvenes, que obligaron a las yonkis desdentadas a abandonar aquella calle de paso y que inundaron la acera de carnes canela y de acentos caribeños. Y ahora estas son sustituidas por nuevas putas, jóvenes de tez clara, pelos rubios, tetas imposibles, minifaldas vertiginosas y extraños idiomas.Uno se siente raro cuando se ve rodeado de esas nuevas rameras con miradas azules, con preciosos labios, y con una presencia que te hace pensar si no la viste anoche cuando tomabas una copa por cualquier pub. Nuevas zorras que esperan el ataque de los perros cazadores dispuestos a pagar una tarifa, no especialmente costosa, por una mamadilla, e incluso en el mejor de los casos dar por culo a la madre Rusia o de donde coño quiera que vengan.
Un poco más abajo, frente al oso y el madroño la mezcla se hace más peculiar. Decenas de jóvenes y no tanto que aprovechan ese emblema capitalino para quedar son observados por los grupos de chaperos. Es curioso cuánta gente no sabe que la mayoría de los tios que parecen esperar a su novia no son más que pollas y culos de alquiler, esperando a que el bienpensante encorbatado flajelador de maricones decida que no hay mejor forma de joder a los maricones que correrse en la cara de uno de ellos, aunque sea pagando 50 miserables euros.
Y el otro sexo, el que abunda y que nos observa desde los carteles que tapan los edificios para encubrir la enésima renovación, y que nos insiste en que sólo pensemos en nuestro pequeño Dios Priapo apretado contra nuestros pantalones, y que nos mueve a mirar en derredor y lanzar fotos imaginarias a las tetas turgentes del grupo de púberes que pasa lanzando grandes risadas a nuestro lado. Con la ingenua mezcla de tops rositas y sujetadores de encaje negro, con faldas menguantes y dilatadoras de pupilas, o con pantalones que se ciñen marcando culos de insultante rotundidad.Y ya en el metro, línea 2, los amantes del magreo subrepticio tienen su oportunidad en el primer vagón, en el que la mezcla de osos con traje de faena y ejecutivos sudando la corbata acercan el envés de la mano al paquete ajeno, para sentir el traqueteo amplificado de una polla creciente.
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Comentario:
A ver, una *pequeña* aclaración:
El Caribe no es Sudamérica, para nada...y, ya que estamos, México queda en América del Norte.
:)
Un besito
El Caribe no es Sudamérica, para nada...y, ya que estamos, México queda en América del Norte.
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Un besito
Comentario:
Me ha encantado ¡¡¡¡
No tengo palabras. uno de los mjores blogs que he visto.
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Si hay tanta oferta, es porque hay mucha demanda. Hay que darle al cliente lo que pide, no se dice eso???
Saludis.
Saludis.
Comentario:
Mañana me voy de sexshops con las amigas, a reirnos un rato con los artefactos, con las caras de los tíos y con los juguetitos que encontremos.
Me lo has recordado por el de la calle montera. Ya te contaré la excursión.
muakas variados
Me lo has recordado por el de la calle montera. Ya te contaré la excursión.
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Comentario:
¿¿¿De dónde coño has sacado una foto de mi novia y otra de mi hermana???
Lo que yo decía, las tías son todas unas putas.
Lo que yo decía, las tías son todas unas putas.