221914
Estaba esta noche por casa, en uno de esos ataques que me dan de "necesito tirar cosas" o "se me ha antojado volver a escribir con pluma, así que voy a ver si encuentro la que usaba en la Universidad", cuando me he encontrado con uno de mis "pequeños baules de recuerdos" que me han hecho sentarme aquí a escribir.
Es curioso, el otro día volví a encontrarme con una amiga a la que no veía desde hacía por lo menos 8 o 10 años, y de repente - mientras tomábamos una cerveza - tuve la sensación de que mi vida podría haber sido de otro modo. Si en lugar de escoger el camino A, hubiese escogido el camino B, seguramente ahora estaría con ella, posiblemente casado y llevando una vida completamente distinta a la que ahora llevo.
Al poco de estar allí sentados, apareció su marido; lo primero que pensé fue "vaya, le dieron a otro mi papel en esta función". No es que me arrepienta de como me han ido las cosas, ni mucho menos; corregiría algunas - o muchas - pero en líneas generales se podría decir que "tengo lo que me he buscado".
Sin embargo, la sensación de "menudo imbécil que fuí" no me la quitó nadie durante el camino a casa e incluso me duró un día o dos más. Poco a poco, está desapareciendo, pero al ver ese montón de recuerdos condesados en el pequeño espacio de una caja de zapatos forrada de pingüinos - vale, era un poco hortera por aquel entonces, lo reconozco - he vuelto a acordarme de ese día y he querido contarlo aquí.
Y si algún día te pones internet en casa - o lees esto desde cualquier sitio - recuerda que tenemos pendiente un café.
Y espero que esta vez no pasen otros 8 o 10 años.
Es curioso, el otro día volví a encontrarme con una amiga a la que no veía desde hacía por lo menos 8 o 10 años, y de repente - mientras tomábamos una cerveza - tuve la sensación de que mi vida podría haber sido de otro modo. Si en lugar de escoger el camino A, hubiese escogido el camino B, seguramente ahora estaría con ella, posiblemente casado y llevando una vida completamente distinta a la que ahora llevo.
Al poco de estar allí sentados, apareció su marido; lo primero que pensé fue "vaya, le dieron a otro mi papel en esta función". No es que me arrepienta de como me han ido las cosas, ni mucho menos; corregiría algunas - o muchas - pero en líneas generales se podría decir que "tengo lo que me he buscado".
Sin embargo, la sensación de "menudo imbécil que fuí" no me la quitó nadie durante el camino a casa e incluso me duró un día o dos más. Poco a poco, está desapareciendo, pero al ver ese montón de recuerdos condesados en el pequeño espacio de una caja de zapatos forrada de pingüinos - vale, era un poco hortera por aquel entonces, lo reconozco - he vuelto a acordarme de ese día y he querido contarlo aquí.
Y si algún día te pones internet en casa - o lees esto desde cualquier sitio - recuerda que tenemos pendiente un café.
Y espero que esta vez no pasen otros 8 o 10 años.
JOSE
Han pasado muchos años. Pero aún me acuerdo de ella.
Sí, porque "Jose" viene en este caso de "Mari Jose", sin acento.
A ver si recuerdo el año... mil novecientos ochenta y tantos, pero no recuerdo exactamente de que año hablo. Yo tendría unos 13 o 14 años. Para la época, un crío, vamos. Y más teniendo en cuenta lo mimado que estaba y lo poco que había salido de debajo de las faldas de mi madre. Gilipollas perdido, no tiene otra palabra.
Y como si de un ritual se tratase, allá que nos reuníamos todos los domingos de verano, en plan "clan familiar". En total, entre tíos, primos, vecinos, hijos de vecinos, yernos, suegras, etc etc etc, éramos unos 20. Unas veces más, otras veces menos, depende de quien se apuntase.
A la misma hora, en el mismo sitio y siempre el mismo sistema: sacar las bebidas (que bien que Juanito y Pedro tuvieran contactos en la Peña... menudos bidones de "kas de naranja" y "pepsicolas" que se agenciaban), llevar las bolsas con las numerosas tortillas, ensaladas, filetes empanados y demás manjares que las madres habian preparado justo después de venir de misa a las 10 de la mañana, montar la megatienda de campaña cosida a mano por la Sra. Victoria (qué gran mujer, lo que daría por tenerla de nuevo aquí para que me siguiera dando esos buenos consejos que yo siempre he desoido), enterrar la sandía en la orilla (clavando en la arena un palo de madera para marcar la posición... independientemente de que la sandía fuera a aparecer luego 5 metros más alla, arrastrada por la marea) y ale, a disfrutar de un agradable domingo de playa.
Para más señas, en lo que entonces eran las playas de Guadalmar, típica playa salvaje, que algún día espero no muy lejano volveré a visitar para comprobar qué monstruosidad han hecho allá. A unos cientos de metros a la izquierda el Hollyday's Inn (menudas coladas que nos pegábamos en su piscina, después de comer y haber guardado las 2 horas obligatorias de digestión); a varios kilometros a la derecha, Torremolinos, con sus turistas y sus playas por aquel entonces más o menos tranquilas.
No se como empezó la cosa, pero un domingo de esos, después de comer, Jose me dijo si me iba a dar un paseo con ella. Y yo -como no tenía nada mejor que hacer- acepté, completamente extrañado al principio de que nos fuéramos los dos solos.
Y no, nunca pasó nada entre nosotros, si es lo que estais pensando. Es triste reconocerlo, pero yo era la excusa perfecta para que ella pudiese fumarse con toda la tranquilidad del mundo algún que otro "cigarrito".
Ella tenía por aquel entonces unos 17 años, morena y de pelo corto (creo que de aquí viene una de mis fijaciones en cuanto a tipo de peinado se refiere en las chicas), ojos negros, con una piel que en cuanto recibia algo de sol ya estaba bronceada para todo el verano. Un minúsculo bikini que dejaba entrever perfectamente el cuerpazo que tenía. Y con una sonrisa que jamás vi que se borrara de su boca.
Vale, os he dicho que "yo era la excusa perfecta para el cigarrito". Pero, no se, creo que poco a poco las cosas cambiaron entre nosotros. Surgió algo entre los dos (y esto es algo que tengo clarísimo; aunque mi psicóloga me diga que soy muy intuitivo, no es ninguna intuición) una especie de "complicidad mutua". Y así es como empezamos a pasear todos los domingos, durante varias horas y siempre después de comer, agarrados de la mano. Unas veces llegabamos hasta los bidones de la Térmica, otras hasta Torremolinos, el caso era charlar y pasear. Y creo que yo me estaba "enamorando hasta las trancas".
Lástima que ella tuviera novio. Y lástima que yo fuera tan gilipollas.
El verano se fue terminando, y llegaron las cenas organizadas en Navidad en la Peña. Pero no era lo mismo, más que nada porque ahí sí que venía su novio.
Y al año siguiente fue cuando la vi por última vez. En el funeral de su madre, Doña Anita.
Nunca volví a saber de ella. El verano siguiente fue de los más tristes que recuerdo. Ya no era lo mismo, pues ni ella ni nadie de su familia quiso venir a la playa con nosotros, ya que les traía demasiados recuerdos de su madre.
Con el tiempo, me llegaron rumores. De esos que suelta la gente a veces por envidia, a veces por ser verdad, sobre lo que había sido de su vida, que se había echado a perder y ese tipo de tonterías.
Pero yo siempre la recordaré como "Jose". Y si cierro los ojos, aún puedo oir su risa y ver su cara mientras el agua de la orilla juguetea con sus pies y caminamos juntos de la mano.
Sí, porque "Jose" viene en este caso de "Mari Jose", sin acento.
A ver si recuerdo el año... mil novecientos ochenta y tantos, pero no recuerdo exactamente de que año hablo. Yo tendría unos 13 o 14 años. Para la época, un crío, vamos. Y más teniendo en cuenta lo mimado que estaba y lo poco que había salido de debajo de las faldas de mi madre. Gilipollas perdido, no tiene otra palabra.
Y como si de un ritual se tratase, allá que nos reuníamos todos los domingos de verano, en plan "clan familiar". En total, entre tíos, primos, vecinos, hijos de vecinos, yernos, suegras, etc etc etc, éramos unos 20. Unas veces más, otras veces menos, depende de quien se apuntase.
A la misma hora, en el mismo sitio y siempre el mismo sistema: sacar las bebidas (que bien que Juanito y Pedro tuvieran contactos en la Peña... menudos bidones de "kas de naranja" y "pepsicolas" que se agenciaban), llevar las bolsas con las numerosas tortillas, ensaladas, filetes empanados y demás manjares que las madres habian preparado justo después de venir de misa a las 10 de la mañana, montar la megatienda de campaña cosida a mano por la Sra. Victoria (qué gran mujer, lo que daría por tenerla de nuevo aquí para que me siguiera dando esos buenos consejos que yo siempre he desoido), enterrar la sandía en la orilla (clavando en la arena un palo de madera para marcar la posición... independientemente de que la sandía fuera a aparecer luego 5 metros más alla, arrastrada por la marea) y ale, a disfrutar de un agradable domingo de playa.
Para más señas, en lo que entonces eran las playas de Guadalmar, típica playa salvaje, que algún día espero no muy lejano volveré a visitar para comprobar qué monstruosidad han hecho allá. A unos cientos de metros a la izquierda el Hollyday's Inn (menudas coladas que nos pegábamos en su piscina, después de comer y haber guardado las 2 horas obligatorias de digestión); a varios kilometros a la derecha, Torremolinos, con sus turistas y sus playas por aquel entonces más o menos tranquilas.
No se como empezó la cosa, pero un domingo de esos, después de comer, Jose me dijo si me iba a dar un paseo con ella. Y yo -como no tenía nada mejor que hacer- acepté, completamente extrañado al principio de que nos fuéramos los dos solos.
Y no, nunca pasó nada entre nosotros, si es lo que estais pensando. Es triste reconocerlo, pero yo era la excusa perfecta para que ella pudiese fumarse con toda la tranquilidad del mundo algún que otro "cigarrito".
Ella tenía por aquel entonces unos 17 años, morena y de pelo corto (creo que de aquí viene una de mis fijaciones en cuanto a tipo de peinado se refiere en las chicas), ojos negros, con una piel que en cuanto recibia algo de sol ya estaba bronceada para todo el verano. Un minúsculo bikini que dejaba entrever perfectamente el cuerpazo que tenía. Y con una sonrisa que jamás vi que se borrara de su boca.
Vale, os he dicho que "yo era la excusa perfecta para el cigarrito". Pero, no se, creo que poco a poco las cosas cambiaron entre nosotros. Surgió algo entre los dos (y esto es algo que tengo clarísimo; aunque mi psicóloga me diga que soy muy intuitivo, no es ninguna intuición) una especie de "complicidad mutua". Y así es como empezamos a pasear todos los domingos, durante varias horas y siempre después de comer, agarrados de la mano. Unas veces llegabamos hasta los bidones de la Térmica, otras hasta Torremolinos, el caso era charlar y pasear. Y creo que yo me estaba "enamorando hasta las trancas".
Lástima que ella tuviera novio. Y lástima que yo fuera tan gilipollas.
El verano se fue terminando, y llegaron las cenas organizadas en Navidad en la Peña. Pero no era lo mismo, más que nada porque ahí sí que venía su novio.
Y al año siguiente fue cuando la vi por última vez. En el funeral de su madre, Doña Anita.
Nunca volví a saber de ella. El verano siguiente fue de los más tristes que recuerdo. Ya no era lo mismo, pues ni ella ni nadie de su familia quiso venir a la playa con nosotros, ya que les traía demasiados recuerdos de su madre.
Con el tiempo, me llegaron rumores. De esos que suelta la gente a veces por envidia, a veces por ser verdad, sobre lo que había sido de su vida, que se había echado a perder y ese tipo de tonterías.
Pero yo siempre la recordaré como "Jose". Y si cierro los ojos, aún puedo oir su risa y ver su cara mientras el agua de la orilla juguetea con sus pies y caminamos juntos de la mano.
KAIZEN
"Un viaje de miles de kilómetros debe comenzar con un solo paso"
Lao Tzu
Lao Tzu
MAPAS
Seguro que os ha pasado alguna vez: coged un mapa -los de carreteras son ideales- y desplegadlo. A ver si podeis, al primer intento, volver a dejarlo como estaba.
Pues más o menos así es como me vengo encontrando a lo largo de esta semana. Es como haber abierto un mapa de un lugar desconocido, lo tengo sobre mis piernas y estoy dándole vueltas para ver como me puedo orientar en él. Y claro, al ser un mapa grande y un tanto farragoso de manejar, intento reducirlo a un pedazo un poco más manejable, más pequeño.
Parece que poco a poco lo voy consiguiendo, aunque de vez en cuando me encuentro con alguna arruga inesperada que no se de donde ha salido. Espero no perder la calma y tirar el mapa por la ventana.
Quien sabe, quizá pueda orientarme por las estrellas.
Pues más o menos así es como me vengo encontrando a lo largo de esta semana. Es como haber abierto un mapa de un lugar desconocido, lo tengo sobre mis piernas y estoy dándole vueltas para ver como me puedo orientar en él. Y claro, al ser un mapa grande y un tanto farragoso de manejar, intento reducirlo a un pedazo un poco más manejable, más pequeño.
Parece que poco a poco lo voy consiguiendo, aunque de vez en cuando me encuentro con alguna arruga inesperada que no se de donde ha salido. Espero no perder la calma y tirar el mapa por la ventana.
Quien sabe, quizá pueda orientarme por las estrellas.





