Violencia en las aulas.
Comienza el nuevo curso escolar, y con él, los viejos problemas que la brisa del verano nos había hecho olvidar: la violencia en los colegios.
En un Instituto de enseñanza secundaria, un menor de 13 años atraviesa el pulmón de una cuchillada a otro chico de 16 años.
Según me comentan alumnos y profesores, la situación es más o menos algo así:
Si en un aula con 30 alumnos hay 3 “conflictivos” (es decir delincuentes violentos reincidentes, incluso con antecedentes policiales), prima el derecho a la educación de estos 3, antes que el derecho a la educación de los 27 restantes, ya que en lugar de expulsarlos definitivamente y para siempre, para que la mayoría pueda trabajar en paz, se les readmite una y otra vez hasta que ocurre una desgracia y entonces..., bueno entonces ya veremos.
Los insultos, el acoso y las palizas de individuos o bandas organizadas a sus compañeros de clase (a veces también a los profesores), son tan frecuentes que un reciente estudio refleja que uno de cada tres alumnos (es decir un 33 %) lo ha sufrido alguna vez, y la sensación de abandono e impotencia lleva a muchos a pensar en el suicidio.
El cuerpo docente tiene las manos atadas, las asociaciones de padres pintan muy poco, las leyes amparan al delincuente si es menor de edad, y no se valora el derecho de las víctimas, sino las circunstancias atenuantes de quien empuña el cuchillo.
La solución adoptada: Poner a un vigilante privado en el centro. Quizás cuando se vea que esto no es suficiente, se instalen arcos detectores de metales, se coloquen cámaras, rejas y puertas de seguridad en los colegios.
El siguiente paso..., cuando las víctimas se cansen de las vejaciones y humillaciones diarias, del chantaje y de las palizas, quizás piensen en acompañar a la idea del suicidio, con una venganza previa, y sean ellos los que impartan una justicia que no llegó por otros cauces.
Dicen los siquiatras, que la imagen de un adolescente que, armado hasta los dientes, entra en las aulas y abre fuego sistemáticamente contra alumnos y profesores para acabar suicidándose, es la imagen de un adolescente que se desquita contra un sistema que no supo protegerle, y contra todos aquellos que de forma activa o pasiva lo llevaron hasta el precipicio.
Aún estamos a tiempo de evitar llegar a estas situaciones extremas, pero para ello tendrán algunos que bajarse de la higuera y trabajar en serio para acabar con la violencia en las aulas.
En un Instituto de enseñanza secundaria, un menor de 13 años atraviesa el pulmón de una cuchillada a otro chico de 16 años.
Según me comentan alumnos y profesores, la situación es más o menos algo así:
Si en un aula con 30 alumnos hay 3 “conflictivos” (es decir delincuentes violentos reincidentes, incluso con antecedentes policiales), prima el derecho a la educación de estos 3, antes que el derecho a la educación de los 27 restantes, ya que en lugar de expulsarlos definitivamente y para siempre, para que la mayoría pueda trabajar en paz, se les readmite una y otra vez hasta que ocurre una desgracia y entonces..., bueno entonces ya veremos.
Los insultos, el acoso y las palizas de individuos o bandas organizadas a sus compañeros de clase (a veces también a los profesores), son tan frecuentes que un reciente estudio refleja que uno de cada tres alumnos (es decir un 33 %) lo ha sufrido alguna vez, y la sensación de abandono e impotencia lleva a muchos a pensar en el suicidio.
El cuerpo docente tiene las manos atadas, las asociaciones de padres pintan muy poco, las leyes amparan al delincuente si es menor de edad, y no se valora el derecho de las víctimas, sino las circunstancias atenuantes de quien empuña el cuchillo.
La solución adoptada: Poner a un vigilante privado en el centro. Quizás cuando se vea que esto no es suficiente, se instalen arcos detectores de metales, se coloquen cámaras, rejas y puertas de seguridad en los colegios.
El siguiente paso..., cuando las víctimas se cansen de las vejaciones y humillaciones diarias, del chantaje y de las palizas, quizás piensen en acompañar a la idea del suicidio, con una venganza previa, y sean ellos los que impartan una justicia que no llegó por otros cauces.
Dicen los siquiatras, que la imagen de un adolescente que, armado hasta los dientes, entra en las aulas y abre fuego sistemáticamente contra alumnos y profesores para acabar suicidándose, es la imagen de un adolescente que se desquita contra un sistema que no supo protegerle, y contra todos aquellos que de forma activa o pasiva lo llevaron hasta el precipicio.
Aún estamos a tiempo de evitar llegar a estas situaciones extremas, pero para ello tendrán algunos que bajarse de la higuera y trabajar en serio para acabar con la violencia en las aulas.
Comentario:
La civilización no suprime la barbarie;la perfecciona. (Voltaire).





