Colaboración enviada por Vicente 07-10-05
Hasta fechas no muy lejanas, la inmigración ilegal que arribaba a las costas del sur andaluz era mayoritariamente marroquí; algunos centroafricanos, pero en proporción muy inferior a la de estos.
Diariamente, los medios informativos anunciaban apresamientos, intentos fallidos de desembarco y en no pocas ocasiones, muertes por naufragios o hipotermia de los ocupantes de las embarcaciones clandestinas. Las imágenes de aquellos a los que se les había roto el sueño europeo inundaban las noticias de los canales televisivos. Marroquíes, hombres, mujeres y niños, atendidos por el personal de la cruz roja o confortados por el café caliente y las mantas de nuestros soldados, miraban a la cámara con miedo y resentimiento a la vez. Otras veces, los cuerpos de aquellos que no lograron llegar con vida a tierra, aparecían depositados por el oleaje en la arena de las playas. En alguna ciudad gaditana existe incluso un cementerio para aquellos musulmanes que no pudieron ser identificados y nadie ha reclamado. Marroquíes; siempre marroquíes. En pateras, en los bajos de los camiones, ocultos entre las cargas. Cualquier procedimiento era válido para salir de Marruecos. Hasta hemos visto como unos niños aprovechaban las conducciones de saneamiento para, y nunca mejor dicho, internarse como ratas en las ciudades españolas del norte de África. Marroquíes caminando sin rumbo fijo por los arcenes de las carreteras del litoral andaluz. Marroquíes hacinados como animales entre los plásticos de Almería. Marroquíes taciturnos y huidizos de la villa vieja de Algeciras. Marroquíes de chabolas en Madrid, en Sevilla, en Barcelona. Marroquíes; siempre marroquíes. Y ahora, de pronto, como si se hubiese declarado una guerra sin previo aviso, cientos y cientos de subsaharianos se lanzan al asalto de las vallas fronterizas sin importarles ni la altura de las mismas ni las alambradas de espino que las coronan, atacando en su ímpetu a los agentes que las custodian. Miles de negros, armados con gigantescas escaleras de madera, atacan diariamente la integridad de nuestro suelo. Aquí no hay las mujeres o los niños que se acostumbraban a ver en los desembarcos. Solo hombres. Y ni uno solo de aquellos marroquíes que tan deseosos de abandonar su país estaban hace solo unos días.
¿Qué ha pasado? ¿¿Qué ha ocurrido con aquellas mafias que pretendían hacernos creer controlaban el tráfico humano de ilegales? ¿Acaso la disolución del servicio de vigilancia del estrecho responde a su nula actividad? ¿Ha aumentado de manera sorpresiva el nivel de vida en el vecino reino tanto como para que sus habitantes hayan decidido quedarse?. Debemos estar precavidos. Ni oscuros intereses eran ajenos al establecimiento en nuestra nación de cientos de miles de norteafricanos, ni esos mismos intereses son ajenos a lo que está ocurriendo en Ceuta y Melilla. La amistad y los abrazos son alianzas políticas firmadas con el adversario cuya duración depende de la incompatibilidad de los intereses económicos.
Diariamente, los medios informativos anunciaban apresamientos, intentos fallidos de desembarco y en no pocas ocasiones, muertes por naufragios o hipotermia de los ocupantes de las embarcaciones clandestinas. Las imágenes de aquellos a los que se les había roto el sueño europeo inundaban las noticias de los canales televisivos. Marroquíes, hombres, mujeres y niños, atendidos por el personal de la cruz roja o confortados por el café caliente y las mantas de nuestros soldados, miraban a la cámara con miedo y resentimiento a la vez. Otras veces, los cuerpos de aquellos que no lograron llegar con vida a tierra, aparecían depositados por el oleaje en la arena de las playas. En alguna ciudad gaditana existe incluso un cementerio para aquellos musulmanes que no pudieron ser identificados y nadie ha reclamado. Marroquíes; siempre marroquíes. En pateras, en los bajos de los camiones, ocultos entre las cargas. Cualquier procedimiento era válido para salir de Marruecos. Hasta hemos visto como unos niños aprovechaban las conducciones de saneamiento para, y nunca mejor dicho, internarse como ratas en las ciudades españolas del norte de África. Marroquíes caminando sin rumbo fijo por los arcenes de las carreteras del litoral andaluz. Marroquíes hacinados como animales entre los plásticos de Almería. Marroquíes taciturnos y huidizos de la villa vieja de Algeciras. Marroquíes de chabolas en Madrid, en Sevilla, en Barcelona. Marroquíes; siempre marroquíes. Y ahora, de pronto, como si se hubiese declarado una guerra sin previo aviso, cientos y cientos de subsaharianos se lanzan al asalto de las vallas fronterizas sin importarles ni la altura de las mismas ni las alambradas de espino que las coronan, atacando en su ímpetu a los agentes que las custodian. Miles de negros, armados con gigantescas escaleras de madera, atacan diariamente la integridad de nuestro suelo. Aquí no hay las mujeres o los niños que se acostumbraban a ver en los desembarcos. Solo hombres. Y ni uno solo de aquellos marroquíes que tan deseosos de abandonar su país estaban hace solo unos días.
¿Qué ha pasado? ¿¿Qué ha ocurrido con aquellas mafias que pretendían hacernos creer controlaban el tráfico humano de ilegales? ¿Acaso la disolución del servicio de vigilancia del estrecho responde a su nula actividad? ¿Ha aumentado de manera sorpresiva el nivel de vida en el vecino reino tanto como para que sus habitantes hayan decidido quedarse?. Debemos estar precavidos. Ni oscuros intereses eran ajenos al establecimiento en nuestra nación de cientos de miles de norteafricanos, ni esos mismos intereses son ajenos a lo que está ocurriendo en Ceuta y Melilla. La amistad y los abrazos son alianzas políticas firmadas con el adversario cuya duración depende de la incompatibilidad de los intereses económicos.
Comentario:
Bienaventurados los ciegos, porque ellos no dudarán de nada. (Ernesto Renán).





