Libros a la carta

Quien sienta un mínimo respeto por los libros sufrirá una pena infinita al contemplar los almacenes de cualquier editorial. Los anaqueles están repletos de volúmenes a la espera de convertirse en pasto de las trituradoras. El pasaje de El Quijote en el que maese Nicolás pone en manos del cura los cuatro tomos del Amadis de Gaula, Las sergas de Esplandián o el Florismarte de Hircania para trasformarlos en cenizas, pervive a principios de siglo XXI.
Las editoriales han entrado en una lucha nada soterrada por el cuanto más mejor. Que una novela permanezca más de una semana en una estantería es un triunfo. Que supere el mes resulta inaudito. Nada extraño cuando anualmente se publican la barbaridad de 60.000 libros en España. Cuando Gutenberg inventó la imprenta no imaginó que se la fuera a utilizar a destajo. Las editoriales sufren de ‘imprentitis’. Que los índices de lectura demuestren que la oferta supera por mucho a la demanda les da, simple y llanamente, igual.
Puede que ese placer por echar mano de la imprenta termine por mitigarse. Muy poco a poco comienza a calar lo que se ha bautizado como ‘Impresión Bajo Demanda’ (Print On Demad).
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