Lo extraordinario de lo ordinario
Existen criaturas extraordinarias capaces de diferenciar camino a casa detalles imperceptibles entre el bullicio de lo cotidiano. Yo he tenido la suerte de tropezarme unos cuantos y todos coinciden en lo mismo; basta con permitir que la ciudad te mire y te abra sus ojos. Y yo que pensaba que el ojo avizor estaba en el que busca y resulta que para ver, hay que dejar que la ciudad te invada y se precipite sobre los sentidos acostumbrados a más de lo mismo. Me agrada pensar que sea así, porque soy puro despiste y acostumbro a realizar siempre el camino más largo al llevar la cabeza plagada de señales que me impiden circular con atino. Sería incapaz de concentrarme exclusivamente en percibir que novedades suceden a mi alrededor.
Sin embargo, hay ciertas imágenes que se tejen sobre el olvido y pese al esfuerzo de mi mente por retener lo mínimo, quedan delgadamente atrapadas en el recuerdo.
Estos días atrás, Valencia me ha regalado unas cuantas. Una serie de imágenes grafitteadas sobre paredes de ruinosa presencia. Un canto a la más libre de las expresiones del ser humano que hace suya la ciudad sin dejar rastro y nos concede sin previo paso por caja o previa espera en una sofocante cola atiborrada de ese interés excepcional y privativo que presentan los grandes acontecimientos sociales, una nueva mirada sobre la ciudad de siempre -porque las ciudades siempre están ¿o es que a alguien se le ha ocurrido pensar lo contrario?-.
No puedo evitar fraguar una historia para cada imagen e imaginar que debajo de los párpados y sobre la boca del estómago de la mujer de rojo sobre fondo gris sólo existe un deseo indomable de expulsar las notas de su garganta y cantar hasta caer exhausta o que bajo la ilógica del pensamiento aparentemente absurdo de los demás personajes persiste la frescura de la ironía, esa ciega moneda de cambio que afortunadamente algunos saben guardar.
Sin embargo, hay ciertas imágenes que se tejen sobre el olvido y pese al esfuerzo de mi mente por retener lo mínimo, quedan delgadamente atrapadas en el recuerdo.
Estos días atrás, Valencia me ha regalado unas cuantas. Una serie de imágenes grafitteadas sobre paredes de ruinosa presencia. Un canto a la más libre de las expresiones del ser humano que hace suya la ciudad sin dejar rastro y nos concede sin previo paso por caja o previa espera en una sofocante cola atiborrada de ese interés excepcional y privativo que presentan los grandes acontecimientos sociales, una nueva mirada sobre la ciudad de siempre -porque las ciudades siempre están ¿o es que a alguien se le ha ocurrido pensar lo contrario?-.
No puedo evitar fraguar una historia para cada imagen e imaginar que debajo de los párpados y sobre la boca del estómago de la mujer de rojo sobre fondo gris sólo existe un deseo indomable de expulsar las notas de su garganta y cantar hasta caer exhausta o que bajo la ilógica del pensamiento aparentemente absurdo de los demás personajes persiste la frescura de la ironía, esa ciega moneda de cambio que afortunadamente algunos saben guardar.
Adoro la sencillez

"Yo tengo un colega que tiene un canario que vive de puta madre.
No le falta nunca la comida y el agua.
Y la jaula no es de chapa, es de aluminio.
Pero cuando ve a un gorrión volando por la calle
se le ponen las plumas de punta y se le salta una lagrimilla.
A mi se me pone el vello de punta con las croquetas caseras.
Nuestra ciudad es parte de nuestra jaula"
Daniel Diosdado
A veces, la poética de lo cotidiano, el hablar claro sin camuflar, sin adornar, sin “enriquecer” bajo el eterno laberinto de la retórica, llena de elocuencia la casa del rico –del rico en saber, del rico en interpretar, del rico-rico en posesión de la palabra justa en el libro preciso-.
Siento –y no lo puedo evitar- una especie de atracción imantada hacia los que hablan de forma tan lúcida e inmediata. Una especie de aturdimiento feliz como el que te deja el sol sobre las pestañas o el agua en las muñecas tras un invierno sin tregua. Una luz que me alcanza desde el último pelo del viejo que baila en la barriga -y que sólo los que creemos en duendes sabemos que existe-, hasta el más mecánico de los movimientos de mis dedos tecleando sobre el ordenador.
A veces, entre tanto proceso de abstracción, tanto electrofármaco de acción inmediata, tanta sobredosis de alquimia en saldo es necesario encontrar gente que tenga un colega que tenga un canario que vive de puta madre.
Adoro la sencillez
El pez no ve el agua, nosotros no vemos el tiempo...
Sentada, organizando la agenda que se amontona a finales de mes, en vacaciones, descargando el correo urgente de asuntos por resolver, apurando el último segundo antes de la ducha, el coche, las compras...
Me detengo un instante a leer la entrevista de Bill Viola y encuentro una maravilloso símil de la existencia humana actual: “Nosotros como personas estamos en el tiempo como el pez en el agua: el pez no ve el agua, nosotros no vemos el tiempo” y, es entonces, cuando con la mano alzada, y la palma abierta hacia la ventana observo lentamente el hueco tembloroso que se abre entre los dedos y soy consciente de no poder atrapar el tiempo con mis manos, de que cada día nos rebajamos ante arcaicas carreras sin sentido lejanas al recogimiento y sólo a través de la ocupación innecesaria, del despropósito de la creación que no persigue consecuencias prácticas, podemos tocar el no-tiempo, la nebulosa que se escapa a las manillas del minutero del móvil.
Me detengo un instante a leer la entrevista de Bill Viola y encuentro una maravilloso símil de la existencia humana actual: “Nosotros como personas estamos en el tiempo como el pez en el agua: el pez no ve el agua, nosotros no vemos el tiempo” y, es entonces, cuando con la mano alzada, y la palma abierta hacia la ventana observo lentamente el hueco tembloroso que se abre entre los dedos y soy consciente de no poder atrapar el tiempo con mis manos, de que cada día nos rebajamos ante arcaicas carreras sin sentido lejanas al recogimiento y sólo a través de la ocupación innecesaria, del despropósito de la creación que no persigue consecuencias prácticas, podemos tocar el no-tiempo, la nebulosa que se escapa a las manillas del minutero del móvil.
No existe un momento para respirar
No existe un momento para respirar. Si respiro, lo hago con la ansiedad de retener en mis pulmones un atisbo del último aliento que verán mis días. No hay nada sano en esta tensión voluble que me dispara las pulsaciones y me revienta a espumarajos cuando no acierto a decir algo constructivo. Me enervo, me fatigo, grito, lloro y caigo rendida a la espiral de una vorágine que repito, no es sana y me deja la mente en blanco y el corazón mustio. No es un buen momento para decir cosas, para palpar miradas, ni siquiera para sugerir no hacer nada más que estar enganchada a este automatismo feroz que me hiere y me distrae de mi propia realidad. He visto la masa gris de tristeza de quien me habita y no sé como no seguir vulnerando tanto amor, tanta paciencia y tantos días de espera para robar una sonrisa. Si alguien sabe decirme como no estar triste que se acerque a estas notas y me tienda su mano...
Lo siento, hoy no puedo hablar de arte
Lo siento, hoy no puedo hablar de arte
Quizás Jauss tenga razón
Quizás Jauss tenga razón. Quizás la obra de arte es importante, pero a lo mejor ocurre que es más importante lo que sucede delante de ella.
Se nos enseña a observar, a analizar estilos y a descubrir tendencias e incluso, a veces, se nos permite divagar sobre qué cuestión ínfima o monstruosa llevó a fulanito o menganito a construir su obra. Chorradas. Nunca lo sabremos.
Se nos enseña a pasear las salas de los museos, galerías y centros de arte en silencio porque se nos enseña que toda experiencia estética, que todo diálogo entre creador y espectador es una experiencia intelectual y lo intelectual no permite la adulteración del ritmo frenético de lo cotidiano; del bullicio de una estación de metro a primera hora de la mañana, de un mercado subastando a voces boquerones a cinco euros el kilo, de un centro comercial en rebajas. ¡No, por Dios!. Pensar, sólo se puede pensar en silencio. Chorradas. Yo estoy pensando, estoy escribiendo, estoy mirando por la ventana, estoy escuchando el centrifugado de la lavadora y los pasos de Jesús por el pasillo, e incluso, estoy recordando la impresión que me causó ingerir cinco o seis obras de actividad analgésica y sedante el pasado miércoles en la Sala Alameda. Y es que da gusto disfrutar de los verdes zen sin prescripción médica -sin ajustar la dosis recomendada frente al ritmo frenético de los días anteriores en los que había trabajado una media de 12 horas diarias- y sintiendo todos los efectos secundarios habidos y por haber como consecuencia de un retiro prolongado en el Himalaya. Aunque tampoco quiero exagerar, la sintomatología por sobredosis sería considerablemente menor a la experimentada frente a la Tempestad de Giorgone.
En fin, que habrá que leer a Jauss y escribir sobre lo que una experimenta más que sobre lo que una sabe, que de eso, ya se encargan otros...
Se nos enseña a observar, a analizar estilos y a descubrir tendencias e incluso, a veces, se nos permite divagar sobre qué cuestión ínfima o monstruosa llevó a fulanito o menganito a construir su obra. Chorradas. Nunca lo sabremos.
Se nos enseña a pasear las salas de los museos, galerías y centros de arte en silencio porque se nos enseña que toda experiencia estética, que todo diálogo entre creador y espectador es una experiencia intelectual y lo intelectual no permite la adulteración del ritmo frenético de lo cotidiano; del bullicio de una estación de metro a primera hora de la mañana, de un mercado subastando a voces boquerones a cinco euros el kilo, de un centro comercial en rebajas. ¡No, por Dios!. Pensar, sólo se puede pensar en silencio. Chorradas. Yo estoy pensando, estoy escribiendo, estoy mirando por la ventana, estoy escuchando el centrifugado de la lavadora y los pasos de Jesús por el pasillo, e incluso, estoy recordando la impresión que me causó ingerir cinco o seis obras de actividad analgésica y sedante el pasado miércoles en la Sala Alameda. Y es que da gusto disfrutar de los verdes zen sin prescripción médica -sin ajustar la dosis recomendada frente al ritmo frenético de los días anteriores en los que había trabajado una media de 12 horas diarias- y sintiendo todos los efectos secundarios habidos y por haber como consecuencia de un retiro prolongado en el Himalaya. Aunque tampoco quiero exagerar, la sintomatología por sobredosis sería considerablemente menor a la experimentada frente a la Tempestad de Giorgone.
En fin, que habrá que leer a Jauss y escribir sobre lo que una experimenta más que sobre lo que una sabe, que de eso, ya se encargan otros...





