El pez no ve el agua, nosotros no vemos el tiempo...
Sentada, organizando la agenda que se amontona a finales de mes, en vacaciones, descargando el correo urgente de asuntos por resolver, apurando el último segundo antes de la ducha, el coche, las compras...
Me detengo un instante a leer la entrevista de Bill Viola y encuentro una maravilloso símil de la existencia humana actual: “Nosotros como personas estamos en el tiempo como el pez en el agua: el pez no ve el agua, nosotros no vemos el tiempo” y, es entonces, cuando con la mano alzada, y la palma abierta hacia la ventana observo lentamente el hueco tembloroso que se abre entre los dedos y soy consciente de no poder atrapar el tiempo con mis manos, de que cada día nos rebajamos ante arcaicas carreras sin sentido lejanas al recogimiento y sólo a través de la ocupación innecesaria, del despropósito de la creación que no persigue consecuencias prácticas, podemos tocar el no-tiempo, la nebulosa que se escapa a las manillas del minutero del móvil.
Me detengo un instante a leer la entrevista de Bill Viola y encuentro una maravilloso símil de la existencia humana actual: “Nosotros como personas estamos en el tiempo como el pez en el agua: el pez no ve el agua, nosotros no vemos el tiempo” y, es entonces, cuando con la mano alzada, y la palma abierta hacia la ventana observo lentamente el hueco tembloroso que se abre entre los dedos y soy consciente de no poder atrapar el tiempo con mis manos, de que cada día nos rebajamos ante arcaicas carreras sin sentido lejanas al recogimiento y sólo a través de la ocupación innecesaria, del despropósito de la creación que no persigue consecuencias prácticas, podemos tocar el no-tiempo, la nebulosa que se escapa a las manillas del minutero del móvil.





