Quizás Jauss tenga razón
Quizás Jauss tenga razón. Quizás la obra de arte es importante, pero a lo mejor ocurre que es más importante lo que sucede delante de ella.
Se nos enseña a observar, a analizar estilos y a descubrir tendencias e incluso, a veces, se nos permite divagar sobre qué cuestión ínfima o monstruosa llevó a fulanito o menganito a construir su obra. Chorradas. Nunca lo sabremos.
Se nos enseña a pasear las salas de los museos, galerías y centros de arte en silencio porque se nos enseña que toda experiencia estética, que todo diálogo entre creador y espectador es una experiencia intelectual y lo intelectual no permite la adulteración del ritmo frenético de lo cotidiano; del bullicio de una estación de metro a primera hora de la mañana, de un mercado subastando a voces boquerones a cinco euros el kilo, de un centro comercial en rebajas. ¡No, por Dios!. Pensar, sólo se puede pensar en silencio. Chorradas. Yo estoy pensando, estoy escribiendo, estoy mirando por la ventana, estoy escuchando el centrifugado de la lavadora y los pasos de Jesús por el pasillo, e incluso, estoy recordando la impresión que me causó ingerir cinco o seis obras de actividad analgésica y sedante el pasado miércoles en la Sala Alameda. Y es que da gusto disfrutar de los verdes zen sin prescripción médica -sin ajustar la dosis recomendada frente al ritmo frenético de los días anteriores en los que había trabajado una media de 12 horas diarias- y sintiendo todos los efectos secundarios habidos y por haber como consecuencia de un retiro prolongado en el Himalaya. Aunque tampoco quiero exagerar, la sintomatología por sobredosis sería considerablemente menor a la experimentada frente a la Tempestad de Giorgone.
En fin, que habrá que leer a Jauss y escribir sobre lo que una experimenta más que sobre lo que una sabe, que de eso, ya se encargan otros...
Se nos enseña a observar, a analizar estilos y a descubrir tendencias e incluso, a veces, se nos permite divagar sobre qué cuestión ínfima o monstruosa llevó a fulanito o menganito a construir su obra. Chorradas. Nunca lo sabremos.
Se nos enseña a pasear las salas de los museos, galerías y centros de arte en silencio porque se nos enseña que toda experiencia estética, que todo diálogo entre creador y espectador es una experiencia intelectual y lo intelectual no permite la adulteración del ritmo frenético de lo cotidiano; del bullicio de una estación de metro a primera hora de la mañana, de un mercado subastando a voces boquerones a cinco euros el kilo, de un centro comercial en rebajas. ¡No, por Dios!. Pensar, sólo se puede pensar en silencio. Chorradas. Yo estoy pensando, estoy escribiendo, estoy mirando por la ventana, estoy escuchando el centrifugado de la lavadora y los pasos de Jesús por el pasillo, e incluso, estoy recordando la impresión que me causó ingerir cinco o seis obras de actividad analgésica y sedante el pasado miércoles en la Sala Alameda. Y es que da gusto disfrutar de los verdes zen sin prescripción médica -sin ajustar la dosis recomendada frente al ritmo frenético de los días anteriores en los que había trabajado una media de 12 horas diarias- y sintiendo todos los efectos secundarios habidos y por haber como consecuencia de un retiro prolongado en el Himalaya. Aunque tampoco quiero exagerar, la sintomatología por sobredosis sería considerablemente menor a la experimentada frente a la Tempestad de Giorgone.
En fin, que habrá que leer a Jauss y escribir sobre lo que una experimenta más que sobre lo que una sabe, que de eso, ya se encargan otros...
Comentario:
Soy un mono que se agarra a un leño sobre el agua y ni se cae ni se moja; algo es algo, Giorgione no andaba por allí, tampoco Delacroix ni aquello era la charca de Genezareth, a los monos nos pasa eso, que cuando te coge el temporal el viento se lleva hasta lo que te hace sentir y el listo se pliega, del poeta ni te cuento..., el cuerdo mira atento, el precavido señala acusador y cuando nadie sonríe a partir de entonces sabes que la épica para todos los públicos se parirá en las terracitas de los bulevares al amparo de un cafelito, o en casita, con el radiador y el frigorífico (lleno).
A los monos, luego, nos queda la esquinita acogedora y el estupor inigualable de ver tu mano abierta impresa en el muro o delicada y efímera sobre el vaho de los cristales cuando lo empañas con el resuello caliente. Cosas de mono.
Pero te juro por la próxima alborada que entre las cuatro esquinitas del mono, de la noche y el día, del placer y el dolor, este mono, hizo un sitio para el blanco.
La cresta de las olas es blanca, la asfixia; la asfixia es blanquísima.
A los monos, luego, nos queda la esquinita acogedora y el estupor inigualable de ver tu mano abierta impresa en el muro o delicada y efímera sobre el vaho de los cristales cuando lo empañas con el resuello caliente. Cosas de mono.
Pero te juro por la próxima alborada que entre las cuatro esquinitas del mono, de la noche y el día, del placer y el dolor, este mono, hizo un sitio para el blanco.
La cresta de las olas es blanca, la asfixia; la asfixia es blanquísima.
Comentario:
Hace poco escribí aquí un comentario que no sé por qué arte de magia oscura pudo borrarse. Sé que no has sido tú -soy mala, pero no hasta ese punto-, porque te daba la razón en todito... Cuando me enfrento a una obra se introduce hasta la banda sonora de mis pasos entaconados, ya que una es incapaz de estarse quieta (unos centímetros más cerca, vamos a ver texturas, unos centímetros más lejos, qué sensación). Cuando leo las empalagosas reseñas de los catálogs me interrumpe la melodía polifónica hortera de mi móvil -que soy incapaz de sustituir por otra- o la llegada de un maravilloso intruso a la exposición... Todo queda grabado en finas veladuras sobre el recuerdo de aquel cuadro...





