Aquella espléndida y soleada mañana de mayo, Felipe llegó 5 minutos tarde a la oficina, algo que no tendría nada de particular si no fuera porque todas las miradas y cabezas se giraban a su paso para clavarse justamente sobre él. “¿Pero qué está pasando?”
Inquieto, asustado, se precipitó a su despacho y encendió su ordenador. Pero, tan rápido como lo hizo, alguien llamó a la puerta. Era el Director General.
- Buenos días Felipe.
- Buenos días señor Fernández.
- Tengo que hacerte una pregunta. ¿Tú sabes dónde está Gonzalo?
- No, lo siento.
- Como sabes, ayer no vino a trabajar.
- Ya… pensé que estaba enfermo.
- Lo cierto es que no dio ningún tipo de explicación. Ayer por la tarde llamé a su casa y su mujer me dijo que no sabía nada. Hoy tampoco se ha presentado por aquí. En fin, vamos a esperar, todo esto es muy raro.
Felipe se echó las manos a la cabeza en cuanto su interlocutor se dio la vuelta. “Ya está, ya se ha liado. ¿Qué va a pasar ahora?” A partir de entonces, se preocupó de un modo tal que fue incapaz de hacer nada a derechas. Para hacer más lamentable su situación, se sabía el centro de miradas de la oficina, por lo que no se atrevió ni a dar un paso fuera del acristalado cubículo. No le quedó más remedio que permanecer encerrado aguardando a que llegara la anhelada hora de salida.
El tormento de catastróficas premoniciones no le dio cuartel en todo el día. A última hora de la tarde, cuando se creía a punto de librarse, fue convocado por sus jefes. Apabullado y sudoroso, no tardo ni un minuto en presentarse al despacho del Director General, donde le esperaban varios miembros de la plana mayor con cara de pocos amigos. Tragó saliva y se preparó para recibir la peor de las noticias.
- Siéntate por favor. Felipe, tenemos que hablar contigo muy seriamente.
- Hemos revisado todos los movimientos de la empresa y resulta que el dinero que habéis solicitado para la inversión inmobiliaria no ha llegado al propietario.
- Sabemos que tú has tenido una gran implicación en este asunto. De hecho tú has presentado todos los papeles. ¿De quién era esa cuenta? ¿A dónde hemos hecho el ingreso?
- Y bien, ¿qué es lo que sabes? Habla.
- Bueno... yo… sólo sé que Gonzalo pensaba comprar un edificio, para revenderlo después. Nada más…
- ¿Cómo que nada más? ¿Dónde está Gonzalo? ¿Dónde está el dinero?
- Les prometo que no tengo ni la menor idea.
- Tú eres la mano derecha de Gonzalo. ¿De verdad pretendes hacernos creer que no sabes nada más? Habla de una vez.
- Yo no sé nada… sé lo juro, no tenía ni idea.
- Bueno chaval. Pues que sepas que vamos a poner este asunto ahora mismo en manos de la policía y que te las vas a tener que ver con ellos.
- ¡Pero que me dices!
- Lo que has oyes. Gonzalo se ha largado con el dinero y me ha dejado a mí solo con todo el marrón.
- ¡Dios! ¡Quién lo iba a decir! Con lo serio que parecía Gonzalo…
- ¿Serio? ¡Pero qué me estás contando Lorena! Ya te había dicho que no me fiaba de él, que lo que estaba pasando no era normal, pero tú nunca quisiste escucharme.
- ¿Pero cómo podía saberlo? Nunca me hubiera imaginado una cosa así. Felipe ya sabes que yo sólo pienso en tú bien…
- ¿En mi bien o en el tuyo?
- ¿Pero cómo me preguntas eso?
- ¡Déjalo Lorena! Estoy muy alterado. Vamos a ver qué pasa ahora. Pero no será nada bueno desde luego.
- ¡Lo siento Felipe! ¡Lo siento muchísimo! Espero que podamos solucionar esto de algún modo. No sé, algo tiene que haber. Lo más importante es que tú no tienes la culpa de nada cariño. Tienen que darse cuenta de eso. Si quieres buscamos la ayuda de algún abogado o algo.
- No sé. Ahora mismo no sé nada. ¡No puedo pensar! ¡Joder! ¡Estoy acabado!
- No cariño, por favor no digas eso. Todo saldrá bien ¡me oyes! Todo se va a arreglar.
La noche entera se convirtió en un sinvivir para Felipe, que no consiguió cerrar los ojos hasta el amanecer. Sin embargo, una hora después, las palpitaciones le sacudieron de ese estado. Apenas quedaban unos quince minutos para que sonara el despertador, así que, preso del nerviosismo, se decidió a saltar de la cama de una vez. Lo primero que hizo fue tomar una ducha fría para intentar aplacar su agitación, pero fue imposible. Después, decidió dejar de lado su café habitual para preparase una tila, pero siguió igual. Se planteó abandonar su trabajo, no volver nunca más, pero consideró que si lo hacía atraería hacia sí todas las sospechas, el remedio sería peor. Sin otra cosa más que hace que afrontar los hechos, fueran los que fueran, se dirigió a su trabajo.
Sólo quedaba un mes y medio para la entrega del piso, y Lorena por lo menos había encontrado el entretenimiento de la decoración y los muebles para abstraerse. Era su refugio, una ocupación que le servía para olvidarse durante algunas horas de sus problemas. Felipe, en cuanto a este punto, se dejaba llevar sin más, entendía tales asuntos como una obligación que no lograba despertar su entusiasmo. Es más, encontraba francamente aburrido el desfile de tiendas, precios y comparaciones.
Durante las noches, en el solitario abandono de su dormitorio, Felipe no podía evitar acordarse sus amigos los rumanos. Tenía un peso demasiado grande sobre sí, y guardar silencio le producía una sensación de ahogo. En su evasión, se imaginaba saliendo de juega con ellos, sorbiendo sus problemas a tragos, olvidándose de todo. Los duros y desnudos muslos de las chicas bailaban en su mente, y él casi sentía la firmeza de sus carnes entre sus manos.
Adaina, por su parte, se había quedado un poco trastocada tras la llamada de Jaime. Aquellas calurosas palabras de preocupación habían conseguido reabrir las heridas aún superficialmente cicatrizadas. Sus pensamientos empezaron a revolotear. “¿Entonces sentía algo por mí?” “¿Todavía lo sentirá?” Tres días y tres noches enteros pasó dándole rienda suelta a estas ideas, pero el autoengaño no duró mucho más. En definitiva, Jaime había dejado la conversación cerrada, sin esperanzas de reencuentro, ni de volver a hablar nunca más. Había sido dulce, pero también distante.
Había transcurrido un tiempo respetable desde que finalizaran sus relaciones y eso la ayudó a tomarse las cosas de una manera diferente, más racional. Lo que ya había aceptado anteriormente le resultó más fácil de aceptar en la época actual. Su recuperación, su ansia de vivir, no se detuvo ante este contratiempo. Ya no se quería amargar más, y menos ahora que tenía la oportunidad de guardar algo bonito de Jaime, un recuerdo que le ayudó a sentirse mejor consigo misma, menos utilizada.
Jaime, sabedor del daño que podía ocasionar a la chica, optó por retirase de su vida y continuar con su plan. No quería perjudicarla más, ni tampoco despertar unos sentimientos que no podía corresponder. De algún modo, algo había cambiado en él. Por lo demás, dejó de esparcir comentarios por la oficina. Esa fase ya había cumplido su cometido y la dio por finalizada. Ahora su objetivo principal consistía en hacerle saber a las personas importantes de la empresa, la directiva, la clase de empleada de confianza que tenían. El golpe maestro, el golpe final. Su mayor escollo constituía la falta de pruebas, pero, por más vueltas que le daba al asunto, no conseguía encontrar nada. Sólo le quedaba encontrar el modo de aproximarse a alguno de ellos, uno de los jefes. Si se ganaba su confianza podría revelar lo que fuera.
Pasaban los días y los anónimos en el trabajo no cesaban, pero a Lorena eso ya casi ni le importaba. Transcurría el tiempo y el misterioso amenazador no parecía mover ficha. Empezaba a creer que se trataba de una mala broma. A veces le contestaba, y a veces simplemente lo ignoraba. El problema radicaba en que, sin duda alguna, el autor de los mensajes estaba difundiendo la noticia por la oficina, y eso le generaba una creciente tensión. Quizá el mismo nada más podía hacer contra ella, pero si los otros se enteraban, antes o después el rumor podría alcanzar a quien ella no deseaba. Cada día lo notaba más en el trato, en los gestos. Departamento tras departamento, la voz iba circulando.
Armada con su espíritu de lucha, Lorena por fin se atrevió a dirigirse al informático. No le permitió acercarse a su ordenador, pero sí le inquirió acerca del modo de identificar una IP. Gracias a su consejo logró averiguar que se trataba de alguien de dentro, de la oficina. Nada que no supiese ya. Empezó a tomarse el problema un poco más en serio. No era una chica acostumbrada a amedrentarse en los asuntos de trabajo, pero por una vez en su vida, se imaginó que podría llegar a un punto en el que la situación le superara. No tenía plan y no se desmoronó, pero a partir de ese momento ya no pudo descansar en paz. A estas alturas las pastillas para dormir se habían convertido ya en sus mejores aliadas.
Felipe, que advertía como iba en aumento el desánimo de su novia, por fin se decidió a hacer lo que había propuesto para endulzarle la vida. Así pues, un sábado por la mañana, se decidió a jugarse el todo por el todo y procedió a ingresar el cheque de Gonzalo en su cuenta. Se abandonó a su destino, consideró que hiciera lo que hiciera, iba a recibir los palos igualmente. Ya no había vuelta atrás.
En los días siguientes, la situación de Lorena no pareció variar significativamente. El recelo de sus compañeros parecía inalterable, pero por lo menos seguía manteniendo una relación de trabajo normal con ellos, a fin de cuentas tenía un puesto importante, debían respetarla. Lo que verdaderamente le preocupaba era el asunto de los anónimos. Una semana después del primero, recibió el segundo, con un mensaje idéntico.
SÉ LO QUE HAS HECHO CON ADAINA. ESTO NO VA A QUEDAR ASÍ, VAS A PAGAR LAS CONSECUENCIAS.
Las palabras no dejaban de retumbar en su mente, y la incertidumbre era muy difícil de soportar. Se decidió a contestar.
SÉ QUIÉN ERES, HE VISTO LA IP. A VER SI TIENES COJONES DE DECÍRMELO A LA CARA.
Inesperadamente, Justicia respondió al momento. JAJAJA ¿Y QUIÉN SOY? Lorena no se arredró. EL INFORMÁTICO LO ESTÁ MIRANDO. TE VOY A PARTIR LA CARA. – PUES AQUÍ TE ESTOY ESPERANDO. VETE PREPARANDO, PORQUE TODOS VAN A SABER LO QUE HAS HECHO.
Lorena se asustó realmente, incluso por un momento valoró la posibilidad de llevar a cabo sus amenazas, es decir, hablar con el informático. Pero si lo hiciera, se descubriría el contenido de los mensajes, quedaría en evidencia. Optó por callar, pero no podía dejar las cosas así. Tal vez sólo querían jugar con ella, derrumbarla moralmente, pero quizá el peligro fuese real y alguien pretendía destruir su carrera. El fuego con el que había jugado empezaba a calentar sus manos.
En otro punto de la ciudad, allí donde Felipe trabajaba, la atmósfera se había enrarecido también. Así como el ambiente se empieza a enturbiar cuando las lluvias llegan, Felipe empezó a intuir que algo serio se avecinaba. Gonzalo, por lo pronto, apenas le dirigía la palabra, y algo le decía que su gesto había cambiado. Su actitud fría y distante llegó a preocupar bastante a Felipe, que creyó adivinar problemas y complicaciones tras ella.
Las tardes, para la pareja, se habían vuelto más silenciosas. Las preocupaciones ocultas quedaban disimuladas bajo los muros de la confianza. Pero no había sospechas, a fin de cuentas, después de tanto tiempo juntos, era normal que no necesitaran de muchas palabras para comunicarse. Miradas cálidas y breves, y tímidas sonrisas sólo interrumpidas por comentarios acerca de la casa. Así dejaban pasar ambos sus tardes primaverales. - ¿Entonces te vendrás a ver los muebles conmigo? – Claro. – Regresaron al silencio otra vez. Las sombras de justicia@hotmail.com y Gonzalo eran alargadas.
En la misma ciudad y a la misma hora, pero en un punto lejano cuya existencia ninguno de los miembros de la pareja podría imaginar, se había reunido un pequeño cónclave de empleados de la empresa de Lorena.
- Se lo podríamos decir a Maica.
- Sí, claro, cómo si fuera tan fácil, cualquiera habla con ella.
- Además, Lorena es su mano derecha. Nos la podemos cargar. Y más teniendo en cuenta cómo está el patio.
- Ya, ya. Qué palo con lo de los despidos.
Jaime y Patricia se habían reunido con un par de chicas del departamento para debatir una vez más sobre su tema de conversación favorito últimamente, las vilezas de Lorena. Poco a poco, pero con eficiencia, Jaime había ido infiltrando la historia de Adaina entre las chicas que trabajaban con Lorena, además de otros muchos empleados. El veneno parecía haber causado su efecto e incluso aquellas personas que habían mantenido una relación más o menos cordial con Lorena estaban reaccionando. Cada vez la veían con más inquina.
No obstante, era complicado dar un paso más allá. Las chicas, trabajadoras comunes, no estaban muy por la labor de jugarse su puesto por una venganza que a fin de cuentas a ellas ni les iba ni les venía. Por otra parte, la gente que lleva un tiempo en el mundo empresarial está demasiado acostumbrada al juego sucio y a la falsedad. Bastante tenían con salvar su puesto, sobre todo aquellos que contaban con pagos, hipotecas y demás obligaciones. A veces es necesario ser frío para sobrevivir. No corren buenos tiempos para los Robin Hood.
Sin embargo, las guerras se suelen ganar batalla a batalla. Así que Jaime no se desmotivó por el transcurso de los acontecimientos. Había logrado su primer objetivo, hacer temblar los cimientos, así que tenía razones para confiar en la victoria. Todo era cuestión de estrategia. “Si por lo menos pudiera descubrir quien robó el puto dinero”.
Adaina pasaba muchas de sus libres tardes descansando en su casa, o disfrutando de alguna actividad tranquila, como escuchar música, o repasar sus ejercicios de clase. Ahora que por lo menos contaba con una ocupación para las mañanas, estaba aprendiendo a disfrutar de ese poco frecuente placer en la vida actual llamado tiempo libre.
Se encontraba plácidamente recostada en su cama cuando sonó su teléfono. Al instante, sus ojos se abrieron como platos, era Jaime. No quería, no debía, temía contestar, pero…
- ¿Sí?
- Hola… Adaina… Soy Jaime. ¿Qué tal estás?
- Bien, ¿y tú?
- Bien, ¿cómo te va la vida? ¿Estás trabajando?
- No, ahora estoy haciendo cursos. Pero bien, aprendo cosas nuevas.
- Me parece bien, eres joven, tienes mucho tiempo por delante. Ya verás como encuentras algo mucho mejor.
- Eso espero. Y… bueno, ¿qué querías?
- Bueno, nada, saber como estás, me alegro de que estés bien.
- Gracias, pues sí, estoy bien.
- También quería preguntarte algo… tú, ¿tienes algún tipo de relación con Lorena?
- Lorena, ¿qué Lorena? ¿La de la empresa?
- Sí sí, esa misma. ¿Te llevabas mal con ella o algo?
- Pues ni bien ni mal Jaime. La verdad es que era un poco borde conmigo, no sé, me miraba por encima del hombro y tal, pero era así con más gente. Y nada más. ¿Por qué me preguntas eso?
- Bueno, verás, es que he sabido que ella ha sido la culpable de tu despido, dijo cosas que no están nada bien… Pero bueno, si no tienes relación con ella, déjalo estar. Oye, me alegro mucho de que estés bien, de verdad. Y quería decirte que… si alguna vez te hice daño, perdóname… espero que te vaya todo muy bien…
Felipe esperaba en el coche a Lorena cuando se le ocurrió una idea. Había pasado mucho tiempo desde el incidente de Roxana y no se le había ocurrido llamarla, pensó que continuaría enfadada. Pero no por ello lo había olvidado.
- Hola Roxana, ¿cómo te encuentras?
- Bien gracias, ¿y tú?
- Bien, bien, ¿estás mejor? Se lo dije a tu hermano, era necesario…
- Sí, lo sé. No te preocupes, él fue bueno, me ayudó. Hiciste bien.
Roxana le contó que se encontraba bien, que todo se había quedado en un susto. Su hermano fue a recogerla y la llevó a casa, sin reproches, sólo con atenciones. Parecía que ahora ella confiaba más en él. Felipe se sintió reconfortado y satisfecho al escuchar sus palabras. La chica parecía estar bien, y se le notaba más centrada. Después apareció Lorena.
- Cariño, ¿estás bien?
- Sí.
- Pues te veo mala cara.
- Vaya, bueno, la verdad es que no he tenido un día muy bueno en el trabajo.
- ¿Y eso? ¿Qué te ha pasado?
- Que la gente es muy mala cariño. Los compañeros me están fastidiando.
- ¿Y eso? ¿Qué te han hecho?
- Están empezando a extender rumores, y la gente me mira con unas caras… uffff.
- ¿Y qué es lo que dicen?
- Bueno es igual Felipe. Ahora prefiero olvidar.
- Pero cariño, me preocupa que te pase esto, ¿no me lo quieres contar?
- Ahora no cielo, ahora no, sólo necesito descansar. – Lorena abrazó a su novio como nunca. Felipe había permanecido ajeno a sus maniobras en el trabajo y eso era algo que ella, bajo ningún concepto, deseaba cambiar. No podía permitirse caer ante sus ojos, revelarle la verdad. Era el mayor apoyo que tenía. Felipe, apenado por su tristeza, no pudo evitar estremecerse, y tomó una decisión que probablemente luego habría de lamentar.
- Cariño, ¿sabes una cosa? Me han dado una prima en la empresa. He pensado que podíamos empezar a comprar esos muebles que querías. Cuando nos den el piso claro…
- ¿En serio? ¿No me digas? ¡Pero eso es genial! ¡Qué bien!
- ¿Estás contenta?
- ¡Sí! ¡Muchísimo! No me extraña nada, si es que tú vales mucho. Y me decías de Gonzalo… ¿ves cómo te aprecia un montón? Menos mal que me has hecho caso. – Felipe enmudeció por completo. Entre ellos, y sin que se hubiesen dado cuenta, se había establecido una invisible aunque enorme muralla de secretos, que crecía y crecía sin parar. Sólo el destino determinaría lo que habría de pasar.
A las once de la mañana, como cualquier otro día, la actividad era febril en la oficina de Lorena. Las hormigas engalanadas, participaban de la agitación colectiva o se refugiaban en las páginas de Internet, si sus obligaciones se lo permitían. Todo era igual, en apariencia, y sin embargo diferente. Cada una de las personas individuales ignoraba las sorpresas con las que se podía encontrar.
“Alguien tiene que saber algo, ¿pero, cómo podría…?” En los días siguientes a la conversación con Patricia, Jaime empezó a cavilar acerca del tratamiento que le había de dar a la nueva información. Aunque su fallida aventura con Lorena le había afectado más de lo que hubiera querido y esperado, no era un hombre de naturaleza rencorosa. Sin embargo, la puñalada trapera que Lorena le había asestado a Adaina, había tocado su fibra más sensible. No sabía si era instinto de protección, o el cariño, que no amor, que todavía dispensaba a la chica, pero no podía aceptar lo sucedido, le parecía intolerable.
Miraba a su alrededor, contemplando uno a uno los rostros, pero no sabía a qué dirección apuntar. Si alguna vez hubo un culpable del robo, éste se cuidaría bien de no ser descubierto. “¿Qué puedo hacer?” Dudaba, pero tenía claro que aquello no iba a quedar así, no podía soportar tanta maldad. “Ésta se va a enterar”.
Unos metros más allá, y sin embargo totalmente lejos de la vista de Jaime, se encontraba Lorena, con su estrés habitual, pero con problemas adicionales. De un día para otro, el ambiente se había enrarecido sobremanera. Los rostros que se encontraba no le resultaban muy amigables, si no por el contrario, bastante fríos y distantes. “¿Qué le ocurre hoy a la gente?”. Cada cierto tiempo, no podía evitar interrumpir su trabajo para reflexionar. “¿Se habrán enterado de lo de Patricia? ¿Pensarán que soy culpable? No creo que Maica me haya hecho eso, no puede. A lo mejor lo han pensado por su cuenta, no sé.” Su intuición no podía negar lo evidente y esto constituía un buen motivo para la preocupación.
Un rato después, recibió una llamada de Juan Manuel. No pudo evitar sobresaltarse, pero, para su fortuna, la conversación retomó el sendero de lo habitual, sin comentarios personales, ni alusiones a los últimos sucesos. Aunque, eso sí, había en sus palabras una mayor familiaridad, más confianza, como si realmente se hubiese establecido una amistad. Se tranquilizó, por lo menos en ese aspecto parecía que las aguas volvían a su cauce, pero no ignoraba que trataba de una tregua temporal, debía estar preparada para la próxima tormenta. No confiaba en él.
A última hora de la tarde, Lorena tenía ya prácticamente superado el malestar que le había producido la reacción de sus compañeros. Aceptó que no podía cambiar lo inevitable, si sus compañeros se habían enterado de lo de Patricia, no le quedaba otra alternativa que vivir con ello, superarlo. “Ya se les olvidará”. Todavía confiaba en su capacidad para recuperar el terreno perdido. Por el momento, nada más podía hacer. Llego la hora de salir, por fin podía apagar su equipo, marcharse, desconectar de todo, olvidar. Pero, cuando se disponía a hacerlo, revisó su correo por última vez. Encontró un mensaje realmente desconcertante.
SÉ LO QUE HAS HECHO CON ADAINA. ESTO NO VA A QUEDAR ASÍ, VAS A PAGAR LAS CONSECUENCIAS.
Un tal Justicia firmaba el amenazante texto. De repente, un escalofrío sacudió su cuerpo, y los nervios se apoderaron de ella. “¿Pero esto qué es?”. La habían descubierto. Se sintió tan violenta que sólo atinó a apagar su ordenador con rapidez. Miró a su alrededor. “¿Quién habrá sido?”. Pero aquel día había apreciado demasiada hostilidad en las miradas, podría ser cualquiera. Se marchó. Empezó a pensar, pero por más vueltas que le daba, no lograba averiguar quién podría estar operando en su contra, podría ser cualquiera, todos y nadie, en el fondo de su ser reconocía que se lo había buscado.