De Triunfadores - Capítulo II
Primera Parte
Un día más por la mañana, un día como cualquier otro día, Lorena comienza su jornada laboral. En esos primeros momentos en los que intenta alejarse del sueño y adentrarse en el montón de papeles y encargos que se apilan sobre su mesa, no puede evitar distraerse con el movimiento de la gente. Lorena es de las primeras que llegan a la oficina, con lo cual se ve sobresaltada cada dos por tres por los saludos y los comentarios de sus compañeros. De entre la mezcolanza de voces que apenas atiende, le llega algo le hace sentir un ligero pinchazo en su estómago cuya existencia secretamente teme. Ha escuchado una voz especialmente elevada y jocosa y no necesita más para saber que se trata de Jaime. Jaime hace acto de presencia en la estancia con la alegría y el desenfado que le confieren su juventud. Su descaro natural le impide pasar desapercibido en los lugares donde se encuentra. Él habla alto, claro, sin tapujos, hace comentarios rayando lo obsceno a chicas y chicos, o bien acompaña con sonoras risotadas los chistes propios y ajenos. Dirige su mirada sobre Lorena, sobre las otras chicas, sobre todas las chicas. En ocasiones se diría que permanece en un estado de excitación continua. – Este chico necesita una novia urgentemente. – Opinan sus compañeros. Lorena, sonríe.
Aquel día se detuvo un segundo de más frente a la mesa de Adaina - la otra chica -, y Lorena, que pasaba cerca de la recepción, observa como conversa con ella. Parece que le comenta algo gracioso y ambos ríen con naturalidad. Lorena cree detectar con el rabillo de su ojo que Jaime pasa revista al cuerpo de la joven en un momento en que ésta se giraba para atender una llamada. Siente que un reflujo de sangre asciende a su rostro. Odia esta sensación, no puede perder el control.
Lorena tiene muy claros sus sentimientos hacia su novio, firmes, sólidos y sinceros. No se imagina ninguna razón en este mundo por la cual sería infiel a esa persona a la que quiere tanto. El único motivo por el cual comenzó a coquetear tibiamente con este muchacho es por su orgullo de chica guapa y joven, por la necesidad de confirmarse a sí misma que es bella y deseable a los ojos de los demás. Sin más intenciones. Pero, con el paso del tiempo, el cruce de bromas picantes que se estableció entre ambos se hizo un poco más intenso por parte de Jaime, lo que daba a entender a Lorena que los sentimientos de Jaime empezaban a ser más serios. En un primer momento, este hecho consiguió que el ego de Lorena se inflase y que se sintiese enormemente halagada. Sin embargo, el paso del tiempo hizo que se suscitara en ella una cierta atracción que, no obstante, hasta ahora lograba cohibir adecuadamente. No fomentaba esa sensación. Al fin y al cabo, ¿qué es la atracción frente al verdadero amor, ese cariño tan fuerte y real que sentía hacia su compañero sentimental? Lorena comparaba las múltiples virtudes de su pareja frente a las de aquel simpático caradura y esto le hacía sentirse más segura de su elección. Detestaba el lado primario y obsceno del guapo chico que tan poco se parecía a Felipe en cuanto a dulzura, cariño, estabilidad o madurez. Jaime era tal vez la clase de arrogante que Lorena sabiamente había ignorado siempre, pero los últimos cambios en su actitud le hacían pensar que quizá esa pose no dejara de ser una fachada.
Después de charlar y esparcirse un rato con Adaina, Jaime prosiguió su ronda de visitas y saludos con los demás compañeros, hasta que llegó a la mesa de Lorena. - ¡Hola guapísima, cómo te va! - Lorena respondió con un seco bien y hundió su mirada en la pantalla de su ordenador, mientras golpeaba las teclas con velocidad. - Cariño, ya no me haces caso - profirió Jaime con una sonrisa. - Tengo mucho trabajo. Lorena pretendía transmitir indiferencia como castigo por el minuto de atención sexual que Jaime ofreció a otra persona, como si aquello tuviese importancia. Jaime se rió y siguió con su paseo. Lorena levanto sus ojos un segundo y posó su mirada sobre Adaina. Creyó detectar una sonrisa irónica en su rostro y de nuevo los colores tiñeron su faz. Ella lo sabe - pensó - ella sospecha que me gusta algo. Eso es imposible, - se tranquilizó a sí misma, - nadie puede albergar ni la más mínima sospecha, yo no doy lugar a ello. Todo está bajo control. Tan convencida como estaba de ello, eliminó de su pensamiento el incidente.
DE TRIUNFADORES - Capítulo I
Cuarta Parte
En un periodo de tiempo no muy lejano al actual, la pareja esperaba recibir el piso que habían adquirido. Habían tenido suerte, pues habían realizado la compra un poco antes de que los precios alcanzaran cifras realmente desorbitadas, pero aún así se trataba de una cantidad bastante respetable. Sin embargo, ellos tenían bastante confianza y su ilusión aumentaba a medida que iban comprobando personalmente como las obras avanzaban. Gracias a estas visitas habían conseguido alejar el fantasma de los retrasos, los problemas y otros obstáculos que tantas personas se veían obligadas a soportar. Se sentían afortunados.
Lorena y Felipe piensan que la llegada de este acontecimiento les proporcionará todo el bienestar y la dicha que se puede esperar de la sociedad en la que viven. Por otra parte, cuentan con el beneplácito y apoyo de todos los que les rodean. Tanto sus padres, como sus jefes, amigos y otras personas que conocen consideran que han hecho la mejor inversión de su vida. – Sí las cosas van mal, - les decían - siempre podéis vender el piso y sacar mucho más dinero. – Habían escuchado tantas veces esta frase que ya ni se atrevían a cuestionarla. A lo ojos de su pequeño mundo, son unos triunfadores. En ese momento de su vida, en el que su situación era tan prometedora, no podían plantearse las cosas con pesimismo.
Aquella misma tarde habían quedado. Sólo saben la hora aproximadamente, pues la dedicación que ambos emplean en el desempeño de sus funciones les impide conocer con exactitud cuando finalizará su jornada. Ambos gozan de un elevado número de atribuciones gracias a los buenos puestos que han logrado. No se lamentan por el esfuerzo adicional que han de realizar. Cualquiera que quiera saborear las mieles del éxito debe pagar un tributo para conseguirlo. Saben que en la vida no todo son facilidades. Hay que aprender una profesión y ganarse el jornal día a día con resignación, o de otra manera no se puede pagar todo el equipamiento de supervivencia y disfrute requerido. El que quiera más lujo, o poder, no tiene más que doblegar su esfuerzo. En teoría, todo el mundo puede lograrlo, es el sueño americano.
Por la mente de Felipe se cruza por un momento algo que le recuerda que esta tarde ha quedado con su novia. Sonríe internamente. Felipe acudirá a su cita animado y tranquilo, como siempre. En algunas ocasiones, piensa en los primeros tiempos de su relación, entonces, cuando estaba cerca de su chica, sentía una enorme sensación de refugio. Ella era como una isla desierta en medio de las inclemencias del mundo, le daba fuerzas o poderes especiales que le hacían sentirse animado, valioso y capaz de enfrentarse a todo. Al principio se mostraba algo remolona y cada avance que conseguía hacia ella era como escalar mil metros del pico más alto del mundo. La excitación le embriagaba. Ahora ya habían pasado al estadio siguiente de su relación, habían constituido una sólida unión a base de cariño, respeto y confianza. Esa unión, esa fortaleza, es lo que tanta tranquilidad le proporciona. Durante un minuto, piensa con cariño en su novia. En ese instante una joven y atractiva empleada de su empresa pasa delante de su mesa dejando entrever gracias a lo ceñido de sus pantalones sus buenas formas. Felipe le echa una mirada de reojo y piensa que quizá se había perdido algo. Después se olvida del tema, sin más, y sigue trabajando.
DE TRIUNFADORES - Capítulo I
Tercera Parte
Un poco antes de las nueve de la mañana, Lorena se encuentra frente al alto, moderno e imponente edificio en el que se encuentra su empresa, aunque después de tanto tiempo trabajando en aquel sitio ya no consigue impresionarla. No sin una cierta punzada de envidia, Lorena observa a los compañeros de su trabajo y a los miembros de otras empresas que se acercan a la puerta tras haber dejado su coche en el parking. Sabe que algunos de ellos están lejos de su categoría profesional, pero también es consciente de la cantidad de gastos que se le avecinan con la llegada del piso. Tras cruzar el umbral de la puerta, Lorena deberá fichar en la máquina que se encuentra en la recepción del edificio. Lo hace de un modo tan mecánico, que casi ni es consciente del modo en que lo ejecuta.
Cuando Lorena por fin consigue llegar a su oficina, saluda alegremente a sus compañeros. La recepcionista de la oficina, chica que resulta particularmente molesta a Lorena, todavía no ha llegado. Como siempre, lo hará con un cierto retraso, al contrario que ella, que es estrictamente puntual. Aquella mañana, Lorena se había vestido de un modo diferente, los jefes no se encontraban allí y por esa razón ha elegido un modelito más sugerente de lo habitual. Una vez le llamaron la atención porque su escote resultaba algo excesivo. No comprenden las cosas -pensó- si lo único que hago es ponerme guapa. Nada más lejos de su intención que provocar, sólo gustar. Pero, como siempre, ella tomó nota de la sugerencia transmitida para poder cumplir su cometido con la máxima eficiencia posible.
La jornada que comenzaba era distinta. Los directivos de la oficina, incluso la jefa directa de Lorena, se habían ausentado, lo que la situaba en la posición de mando y gobierno con respecto de algunos de sus compañeros, que ya no lo son tanto, aunque a varios de ellos todavía les costaba un poco asumirlo. Paulatinamente, la mutación de compañera cercana y simpática a encargada alineada al bando de los otros, los que dirigen, va tomando cuerpo. Lorena estaba realizando el proceso con tanta sutileza y tan bien, que es prácticamente imposible de determinar cuándo dio el paso hacia delante. De esta manera, sigue gozando del respaldo de sus compañeros. Aunque no de todos. Queda esa chica, la recepcionista. Lorena no podría señalar en qué momento nació su antipatía hacia esa persona. Pero por razones que le surgen desde algún lado recóndito de su inconsciente, la rechaza y desde hace bastante tiempo.
Ese día si que no tuvo dudas a la hora de elegir su atuendo. Lejos de la posibilidad de ser observada por sus jefes, escogió el más atrevido de los tops que se ha comprado últimamente, de color rosa, llamativo y muy sugerente con su buen escote. Al fin y al cabo, como consecuencia de su larga y estable relación, ya no disfruta de tantas oportunidades como antes para lucir tales prendas por la noche. Pero ella, aunque tiene muy claro lo que siente hacia su pareja, no quiere privarse de la sensación de seguir gustando. Todavía es bastante joven, se ve atractiva y le llena de orgullo saberse deseada y deseable por los hombres que se cruzan en su ruta, y por los que trabajan con ella, también.
La chica poco apreciada por Lorena hace su entrada con veinte minutos de retraso. Sabedora de la ausencia de sus superiores, no tiene ningún reparo en hacerlo. Sus compañeros la saludan alegremente, Lorena lo hace con una especie de rictus que simula una sonrisa, para que nadie pueda percatarse de lo que siente. Podría ser perjudicial para su imagen. Muchos años trabajando en ventas le han enseñado que la ficción no sólo es un arma para sobrevivir moralmente aceptable, sino también un arte que debe ser cultivado.
Lorena, interiormente, ha llegado a asimilar la hipocresía como algo natural y lógico en el trabajo, aunque se le suele conocer con el eufemístico nombre de diplomacia. Con los jefes no se puede tratar de una manera normal, como uno lo haría con el resto de las personas. Ella, aunque ha estudiado Economía, lleva trabajando en esta área desde hace mucho tiempo, con lo que ha aprendido a limar las asperezas de su carácter cuando se dirige a las personas de autoridad y mucho más cuando lo hace a los clientes. Son las personas que te pagan, las que te han contratado y lo congruente es que te muestres siempre a su servicio. Aunque se trate de una simple apariencia.
DE TRIUNFADORES - Capítulo I
Segunda Parte
Cuando estaba a punto de llegar a su oficina una chica se cruza en el camino de Lorena. No puede dejar de mirar su delgada figura, compararse. Ella goza de una buena figura, no es exactamente delgada, pero sabe muy bien que sus curvas tan bien colocadas son mucho más atractivas para la mayoría de los hombres. Sin embargo, teme que algún día pueda perder sus proporciones. Después de una temporada en la que su metabolismo pareció empezar a ralentizarse, Lorena tomó la seria determinación de seguir una dieta, pero, a pesar de su firme voluntad, sólo había logrado contenerse lo suficiente como para mantener cada cosa en su sitio. A día de hoy, se contentaba con seguir dentro de un margen razonable, sin más. Se veía bien, pero no quería quedar atrás en ninguna competición. Por otra parte, la imagen no dejaba de ser un aspecto muy importante en su empleo.
Lorena ha sido una chica muy responsable desde bien joven y no puede evitar controlar en exceso los detalles. Ella nunca bebe, porque cree que engorda y porque sabe que la imagen de las personas pierde enteros a medida que aumentan las copas. Además, la bebida es algo que en ocasiones le sienta mal, aunque no se exceda. Detesta perder el control, sabe que podría decir o hacer algo que podría lamentar más adelante y no puede permitirse a sí misma quedar mal ante nadie. Lorena es una chica de firmes convicciones, está segura de que su camino es el correcto y hace lo posible por mantenerse fiel a su estilo de vida, básicamente porque le gusta a mucha gente, porque es admirada y porque se siente una triunfadora. Ya quisieran muchos sus ingresos, tener una pareja que te adora y ser propietarios de una vivienda, con 27 años. En cuanto a la chica delgada – no está tan bien como yo - piensa, y sigue la senda de la gloria sin darle más importancia.
Felipe llega a su puesto puntual, como siempre. Saluda con desgana a su poco grato compañero, aunque la mirada de desprecio que le dirige cada día despierte una leve punzada en su estómago. En breves segundos habrá comenzado sus tareas y la concentración que necesita para las mismas le abstraerán del recuerdo de esta persona. Esta mañana tiene una reunión con un cliente importante. Ya ha tenido una larga serie de reuniones a lo largo de su vida, pero todavía siente un efímero temor escénico que a poco que se esfuerce conseguirá eliminar. La trayectoria de felicitaciones y éxitos que ha cosechado le han proporcionado la seguridad necesaria para ello, pero es joven. Felipe ya cuenta con la plena confianza de sus superiores. Además, como norma general, él se toma las cosas con calma. Sin embargo, en esta ocasión hay algo más en juego. El Jefe de Administración de su empresa abandona su puesto en el plazo un mes y alguien tiene que sustituirle. Está casi seguro de que dicho puesto recaerá sobre él. Sólo tiene 28 años, pero nadie conoce tan bien los entresijos de la empresa como este joven licenciado en Económicas que obtuvo tan magníficas calificaciones. Nadie trabajó tantas horas extras con tanto ahínco, ni supo ser tan mansamente amoldado por sus superiores a su interés o conveniencia. Por eso su compañero le odia. Porque tiene bastantes más años y bastantes más problemas. Porque sabe que el muchacho es inteligente, pero no brillante, porque jamás osó poner en práctica sus propias ideas. Porque aceptó la autoridad que se le impuso como una norma natural de la vida misma sin replicar jamás. Porque sabe mantenerse templado y nunca estuvo a punto de partirle la boca a nadie y como consecuencia de lo mismo, ser expulsado de la compañía. Pero se engaña a si mismo en sus consideraciones. En realidad, la visión que tiene de este chaval no es más que lo gustaría a él creer, es una fantasía que le alivia de sus propios problemas. Porque no puede abandonar ese maldito trabajo como le hubiera gustado tantas veces. Les parte la cara a sus jefes, le hace un corte de mangas al puñetero niñato y sale corriendo hacia la puerta arrojando papeles mientras las chicas guapas de la empresa le aplauden, le sonríen y hasta quieren besarle. Lanza la corbata al aire, se libera de la cuadriculada prisión del traje y vuela hacia el aeropuerto con un billete de ida, que no de vuelta, hacia tierras donde siempre es primavera y abundan las muchachas jóvenes y exóticas en busca de compañía. Pero como de momento no le toca la lotería y tiene un montón de deudas gracias a un divorcio mal resuelto y, por otra parte, a sus 45 años le resulta ya sumamente complicado cambiar de trabajo, pues intenta relajarse, vuelve a la realidad y se las intenta apañar con lo que tiene. Cuando salga del trabajo, se tomará una copa.
DE TRIUNFADORES - Capítulo I
Primera Parte
Apenas unos minutos después de las ocho de la mañana Lorena acude, como cada mañana, a tomar el metro con destino su trabajo. Frente a las escaleras de bajada, respira hondo y hace acopio de paciencia para descender entre la muchedumbre de rostros apagados y somnolientos. Para aliviar el transito de empujones y molestias varias que vendrán, se distrae observando de reojo a sus compañeros de viaje en el andén. En el vagón, son escasas las ocasiones en que puede hacerlo, pues a esas horas de la mañana la masa humana que se introduce en los compartimentos es tan compacta que apenas se puede respirar. Las miradas de soslayo, o no tanto, que le dedican algunos de los hombres en el trayecto, le proveen de ese punto de seguridad que a veces le falta. Como le sucede a la mayoría de las mujeres que habitan este planeta. También le gusta pasar revista a las chicas, las analiza, necesita saber si su atuendo esta en orden, si viste conforme a los patrones de moda actuales y además toma ideas curiosas que le puedan servir para perfeccionarse. Porque ella cuida hasta el último detalle.
Su novio, Felipe, realiza el mismo proceso cada mañana, como tantas otras personas de las que se concentran en las grandes urbes. Pero, en este caso, lo hace en coche. Se trata de un modelo de segunda mano que pronto será renovado. Él sabe que tiene serias posibilidades de mejorar su posición en la empresa, confía en que será pronto y, para relacionarse con ciertos clientes de la empresa, considera que este tipo de detalles le pueden beneficiar. Lorena opina del mismo modo, por ese motivo, la pareja ha decidido que el coche debe ser renovado y en un plazo no muy largo. A fin de cuentas, ambos ya disponen de un trabajo estable y bien remunerado y, a pesar de los sacrificios económicos que han de hacer a favor del piso, han llegado a un nivel en el que se pueden empezar a plantear ciertos lujos.
Ya ha salido del metro. Durante el trayecto, que le lleva una media hora, a veces le da un repaso a su trayectoria profesional y sus logros. Necesita encontrar una satisfacción que justifique la dedicación y las horas que le arrebata su trabajo y que le confiera la energía necesaria para empezar a salir de su estado de semi-letargo matinal. Casi siempre la encuentra. Tiene 27 años y ha avanzado muchísimo, en todos los sentidos. Muchas personas de más edad se han pasado años luchando por las metas que ella ha alcanzado sin conseguirlo. Tiene una más que prometedora carrera, su trabajo está bien remunerado y además, goza del reconocimiento de sus superiores. Su relación también es envidiable.
Él ha conseguido aparcar su vehículo y se dirige a su puesto de trabajo sacudiéndose el fresco de la mañana. En general, pasa estos primeros momentos del día poniendo en orden los asuntos a los que deberá enfrentarse a lo largo de la jornada. Es planificador y metódico, le gusta tenerlo todo organizado. Cada pequeña meta que se propone y consigue le estimula y le empuja a seguir adelante. A pesar de que no le faltan razones para sentirse bien en su trabajo, a veces una pequeña nube enturbia sus pensamientos inevitablemente. Piensa en ese compañero cuya rivalidad es un hecho más que manifiesta. Él está seguro de si mismo y de sus posibilidades, quiere pensar que su contrincante nunca logrará derribarle, pues a pesar de los obstáculos que ha intentado interponer en su camino, él siempre ha salido adelante. Sólo se trata de una sombra pasajera que enseguida borra de su mente. Se ha acostumbrado a ver este tipo de sucesos en la rutina habitual de cualquier trabajo y cada día le da menos importancia.





