De Triunfadores - Capítulo III
Lorena sintió un fuerte estremecimiento. Aquel día estaba saliendo todo espectacularmente bien, hasta el punto de que Lorena no recordaba haber tenido una experiencia similar en mucho tiempo. – Sigue así. – Comentó entre gemidos, y se dejó llevar. Su complaciente pareja, que, para incredulidad de Lorena, parecía contar con un caudal de energía casi inagotable, permaneció del modo indicado un buen rato hasta que, con sus fuertes brazos, dirigió el cuerpo de Lorena hacia una nueva postura. Lorena, sorprendida y extasiada, sintió como el placer se hacía más intenso a cada momento, aunque no comprendía como Felipe había adquirido tanta fuerza y habilidad de repente. Después, su pareja se detuvo un momento para proporcionar a Lorena unos besos que la llenaron de calor y deseo. Lorena acarició el suave rostro de ¿Jaime?
Lorena abrió sus grandes ojos y al instante se percató de que la luz que iluminaba su cuarto era mucho más intensa que otros días por la mañana. – Qué raro, - pensó – pero si todavía no ha sonado el despertador… – Lorena dirigió rápidamente su mirada hacia el brillante reloj que coronaba su mesilla. Eran las ocho y cuarto de la mañana. Lorena se levantó de la cama de un respingo y, con sus ojos y su mente todavía entumecidos, trató de elaborar un plan de acción lo más rápido posible. Presa del nerviosismo, empezó a moverse por el cuarto, cuando una leve sacudida le recordó el sueño que había disfrutado hacía apenas unos minutos antes. Pero no tenía tiempo para pensar, no podía permitirse llegar tarde al trabajo y que su seriedad fuera puesta en entredicho, así que se olvidó del tema.
En cuestión de segundos, Lorena recuperó la agilidad mental que tantos éxitos le había reportado y empezó a tomar decisiones con diligencia. Descartó el maquillaje, puesto que no hacía mucho uso de este producto y pensó que su rostro limpio por una vez no supondría una gran diferencia. A pesar de que un breve y fugaz recuerdo de Jaime le hizo dudar de sus pretensiones, comprendió que no había otro remedio. También fue pronto consciente de que le resultaría imposible tomar una ducha, por lo que se abalanzó sobre las prendas que, gracias a su carácter organizado, había seleccionado y colocado en el respaldo de su silla la noche anterior y, no con poca torpeza debido a las circunstancias, se las encajó como buenamente pudo. Roció un poco de perfume tras los lóbulos de sus orejas y dio por terminada la sesión de arreglo personal. Como toque final, se dirigió a contemplar el resultado en el gran espejo del armario, pero comprobó con desagrado que el mismo no le satisfacía nada. No se detuvo a lamentarse ni quiso darle más vueltas al tema. Ágilmente resolvió tomar su cepillo para el pelo y la bolsa de las pinturas, e introducir los mismos en su bolso, y, sin más vacilaciones, descendió a la calle.
Lorena empezó a creer que la fortuna no le había abandonado del todo en aquel día insólito cuando divisó un taxi que se acercaba casi en el mismo instante en el que puso un pie en la acera. Una vez que se hubo colocado en el asiento trasero del coche, Lorena recuperó el ánimo y se dispuso a mejorar su aspecto con los medios que tenía en su mano. El taxista, que observaba el proceso con curiosidad, no pudo evitar hacer algún comentario espontáneo acerca de su buen aspecto y de la escasa necesidad que tenía de adornos. Lorena sonrió. A las 9 y cinco de la mañana, y casi sin poder creerse el milagro que se había operado, se encontró en el umbral del imponente edificio de oficinas. Frente a las grandes puertas y ya recuperada por completo de su agitación, Lorena adoptó el más sereno y correcto de sus gestos, y se preparó para hacer su entrada con el orgullo que le confería la buena marcha de sus asuntos.
Nada más abandonar el ascensor y atravesar la recepción de la oficina, Lorena pudo ver a Adaina ya situada en su mesa de trabajo. La miró con desprecio – Vaya día que ha elegido ésta para ser puntual. – Pensó. Y La saludó con un casi imperceptible hola. Adaina, que no comprendía muy bien los poco gratos gestos que Lorena tenía con ella, le devolvió el saludo. La joven recepcionista se limitaba a opinar que Lorena era una chica altanera sin más.
- Buenos días Lorena. – Buenos días Maica. – Lorena saludó a su superior más inmediata, la Directora de Ventas, con absoluta tranquilidad, puesto que su retraso había sido finalmente irrisorio. Maica, que había convertido a Lorena en su mano derecha y situado a la chica en un plano más elevado que el resto de compañeros de su departamento, no advirtió nada extraño en su comportamiento. En cualquier caso, nada podía reprocharle a una persona que hacía gala cada día de una extraordinaria puntualidad.
Ya en su mesa, Lorena pudo respirar profundamente otra vez mientras encendía mecánicamente su ordenador. Como todos los días, se preparó para recibir la cada vez mayor pila de correos electrónicos con encargos, reclamos, noticias e informaciones que observaba descender parsimoniosamente a través de la ventana de su ordenador. Después le correspondería la ardua tarea de procesar cada uno de ellos y comenzar a actuar de acuerdo con lo planeado y al contenido de los nuevos requerimientos. Lorena se hallaba concentrada en este quehacer, cuando el repentino surgir de la voz de Jaime le hizo elevar sus ojos. La sangre afluyó rápidamente al rostro de Lorena, que tuvo que hacer grandes esfuerzos para mantener la calma en el momento de saludar. – Hola guapa, ¡qué bien te veo hoy! – Hola, tú tampoco estás mal. – Jaime rió. – No me digas eso, preciosa, que me lo creo y luego no voy a poder dormir por la noche. – Lorena le devolvió la risa. – Qué tonto eres. – Ay Lorena, si tú supieras lo que pienso… - Prefiero no saberlo. – Respondió Lorena manteniendo el tono jocoso de la charla. Luego, él se retiró. Lorena contempló como poco a poco la figura de Jaime se alejaba. Al mismo tiempo, notó como la efímera chispa que a veces saltaba en su estómago cuando notaba la cercanía del chico se había transformado en un férreo nudo que le apretaba. Puso todo el empeño de su cuerpo, alma y mente en disolver esta sensación que tanto le preocupaba. - No es más que una simple atracción, es normal, a todo el mundo le ocurre. – Se repetía con convencimiento Lorena. Posteriormente, pasó a entregarse a su trabajo con toda la fuerza de la que era capaz de hacer acopio y, gradualmente, fue consiguiendo relegar esta emoción hasta olvidarse de ella. - Es sólo una atracción, cuando no está cerca de mi, no pienso en él. – Se afirmó a sí misma con satisfacción.
De Triunfadores - Capítulo II
Segunda Parte
Un día más por la tarde, una tarde como cualquier otra tarde, llega el momento en el que Lorena y Felipe concluyen su jornada laboral y disponen por fin de un momento para verse. El reloj ya ha superado las 8 y media cuando Lorena consigue llegar a la elegante cafetería donde han concertado su cita. Hace ya bastante tiempo que ninguno de los miembros de la pareja realiza un cursillo de formación o de ocio, como solían hacer antaño. A día de hoy, sólo les quedaba tiempo y energía para salir de vez en cuando con sus amigos o realizar alguna escapada. Sin embargo, se sentían tan satisfechos con su evolución en el trabajo que ni siquiera echaban de menos las otras actividades.
No obstante, había una costumbre que no habían perdido en 7 años de relación a pesar del cambio de circunstancias de su vida y es la de encontrarse casi cada día aunque sólo fuera un momento. Su compañía mutua había constituido el mayor refugio para ambos durante mucho tiempo y a estas alturas ya dependían de estos encuentros. No había otra persona en el mundo para ninguno de los dos a la cual pudiesen confiar sus temores e intimidades con un grado de confianza tan alto. De este modo, cada día se comentaban sus preocupaciones y sus esperanzas, así como criticaban a aquellos que les incomodaban en el trabajo o fuera de él. Si la relación se terminara, ninguno de ellos sabría ya con quien desahogarse o hablar.
- ¡Hola guapo!
- ¡Hola preciosa! – Felipe se levantó de su asiento y obsequió a su novia con un tierno y breve beso en los labios. Aquel gesto quedaba muy lejos del arrebato y la pasión con los que se recibían en los primeros tiempos de su relación, no obstante, era suficiente como para satisfacer las necesidades actuales de la pareja. Después, Lorena se encaminó a la barra para solicitar su refresco habitual. – ¿Te pongo uno? – Sí. – Respondió Lorena con una sonrisa. No necesitó comentar nada más en aquel local que visitaban con tanta frecuencia. Mientras tanto, Felipe se entretenía ojeando las páginas de uno de aquellos diarios gratuitos que tanto abundaban en cada esquina de la ciudad.
Lorena regresó a la mesa con su bebida burbujeante y se sentó frente a Felipe, tras lo cual permaneció un rato en silencio para despejarse de la tensión acumulada del día. Tras injerir con tranquilidad un par de tragos de su refresco, Lorena se recuperó un poco, se frotó con la mano sus ojos cansados y se dispuso a preguntarle a su novio algo sobre el devenir de su jornada. Felipe, en ese mismo instante, dobló el periódico y lo dejo sobre la mesa.
Un rato más tarde, la pareja cayó en el silencio. Mientras Felipe observaba el telediario en el gran monitor que había cerca de ellos, Lorena dirigió hacia él su mirada. Echó un vistazo a su cuerpo y comprobó como, cada vez más, se hacía diferente del de aquel muchacho que había conocido algunos años antes. Al mismo tiempo que la personalidad y la forma de vida de Felipe se iban estabilizando, su cuerpo parecía ir perdiendo el nervio de antaño y la curva que enmarcaba su cintura se hacía más pronunciada. Entonces apareció la imagen del cuerpo fibroso de Jaime en los pensamientos de Lorena, que bajó los ojos. No quiso darle alas a esta idea y la desechó de su mente, con rechazo.
- ¿Nos vamos a casa Felipe?
- Bueno, como quieras. – En algunas ocasiones se quedaban a tomar algo para cenar en los locales que visitaban como manera de permanecer más tiempo juntos, pero no es algo que se pudieran permitir siempre. Por otra parte, Lorena sabía que la comida de los bares no era lo más adecuado para mantener su tipo.
En la puerta, un camarero trataba de evitar la entrada de un mendigo en el local. – Que te he dicho que no puedes entrar. – Tú que te piensas, ¿qué nunca vas a ser como yo? Soy una persona, yo también tengo hambre, como los demás.
Lorena agarró el brazo de su novio y bajó la vista. Ninguno de los dos hizo comentarios sobre el tema. Junto a su pareja, Lorena se sentía fuerte, segura, pensaba que nada malo le podría pasar. En momentos como ese se sentía completamente segura de lo que quería y desterraba por completo los pensamientos no deseados de su cabeza.





