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El Rincón de Denisa...
Aprende como si fueras a vivir para siempre, vive como si fueras a morir mañana
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Soy Denisa. Soy una voyeur del mundo, miro, observo, analizo y después cuento. Una serie de circunstancias en mi vida me impulsaron a hablar, y ahora creo que no puedo parar. Besos. php hit counter

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De Triunfadores - Capítulo VII


Primera Parte





Una semana después de su encuentro con Jaime, el tiempo y el trabajo habían aplacado los ardores de Lorena, que gradualmente iba dirigiendo sus pensamientos hacia otros asuntos. Ahora solamente se avivaba la llama en las fugaces ocasiones en las que había de cruzarse con él, pero se había acostumbrado a ir dejando marchar las sensaciones, poco a poco, hasta desvanecerse.

En la jornada que nos ocupa, Lorena había sido enviada una vez más lejos de la oficina, pues debía cumplir una misión. Juan Manuel ya había estudiado su propuesta y deseaba reunirse con ella cuanto antes para ver si se podía llegar a un acuerdo.

Aquella soleada tarde de principios de Octubre, la temperatura diurna era todavía lo suficientemente benévola como para que Lorena pudiera lanzarse a las calles sin más protección que su traje. En esta oportunidad, había cambiado el modelo gris por otro negro, quizá menos clásico, que la estilizaba aún más. Pero, al igual que entonces, estimó necesario acudir al evento con un amplio margen de tiempo. Su experiencia la obligaba a desconfiar por sistema del transporte público.

A pesar del baño de sol, el aspecto del Parque Empresarial apenas había mejorado. Nada podía aliviar la extrema parquedad de los edificios. Lorena, por su parte, se encontraba hasta cierto punto excitada. En efecto, tenía frente a sí todo un reto, pues no era tarea fácil cazar a un nuevo cliente, y menos aún hacerlo en las mejores condiciones para su empresa. Sin embargo, ahora que conocía el terreno en el que iba a batirse, había ganado confianza.

Llegó la hora, inhaló las últimas bocanadas de aire.

- Señorita Martínez, la están esperando. Venga conmigo por favor. – La recepcionista condujo esta vez a Lorena al despacho de Juan Manuel, que contrastaba mucho en cuanto a elegancia y comodidad con el resto de la empresa. Era amplio y disponía de dos ventanas, que, por hallarse las cortinas alzadas, colmaban de luz hasta la última esquina del habitáculo. Por lo demás, se notaba que Juan Manuel había hecho lo posible por lograr un ambiente confortable. Fotografías, alegres cuadros, plantas y un par de acolchados sillones de piel habían sido dispuestos con este fin.
- Hola Lorena, ¡qué guapa estás hoy! Siéntate aquí por favor.
- Gracias. – Lorena no esperó más para colocar su carpeta sobre la mesa y enseguida empezó a desplegar el contenido de la misma.
- Bueno, como sabes, te he llamado para comentar contigo la propuesta.
- Sí.
- Pues empecemos hablando del presupuesto. La idea es muy buena, eso hay que admitirlo, pero no te voy a mentir, tengo otras ofertas sobre la mesa. –Lorena puso las manos sobre la mesa y, mirando fijamente a Juan Manuel, comenzó a exponer sus argumentos.
- Me lo puedo imaginar, Juan Manuel, pero no te preocupes. Sí, el presupuesto se ha elaborado según los criterios habituales de nuestra empresa. Pero, por supuesto, para los clientes más importantes tenemos atenciones especiales. La inversión que quieres hacer en nosotros es cuantiosa y tu empresa tiene mucho prestigio, lo tenemos muy en cuenta, y por eso puedo proponerte una oferta especial. ¿Qué te parece si hablamos de mil euros de rebaja? – Su voz, al igual que su mirada, transmitía seguridad y convicción, algo en lo que era una experta. Tras sus palabras, dibujó una dulce sonrisa en su rostro. Juan Manuel, a su vez, también la miraba con agrado.
- Tu oferta me parece bien, creo que podría aceptarla... – Lorena, que estaba acostumbrada a negociaciones arduas y prolongadas, le miró asombrada. – Pero, para que esto sea posible, sería necesario que se diera una condición.
- Pues dime, ¿de qué se trata? – Juan Manuel se puso de pie y, dando pequeños pasos alrededor de Lorena, dijo:
- Quiero que tú seas la encargada absoluta del proyecto.
- Bueno, ya sabes que somos un equipo… y que yo trabajo para otras personas.
- Sí, sí. Lo sé. Pero mira Lorena, me ha impresionado mucho tu profesionalidad. Creo que puedo confiar en ti. Tu exposición ha sido de lo mejor que he visto estos días. No quiero andar tratando con un montón de gente, pienso que tú y yo nos podemos entender muy bien. Y bien, ¿qué me dices?
- Bueno, pues… eso tendría que hablarlo con mis superiores. Creo que Maica quería hablar contigo. Pero bueno, en principio no creo que vaya a haber problemas.
- Muy bien, pues entonces ya está todo hablado. En cuanto me confirmes este aspecto, puedes ir preparando los contratos. – Lorena, que no lograba salir de su asombro, se formuló algunos interrogantes.
- Pero... por lo demás, ¿no quieres hacer ninguna modificación sobre el proyecto?
- No, me parece que está bastante bien. De todas maneras podemos ir perfilando las cosas más adelante, cuando nos pongamos a trabajar en ello.
- Pues no sé, si no tienes ninguna pregunta...
- No querida. Pregunta a ver si es posible eso que te he comentado. Y si todo va bien, entonces puedes ir pidiendo que preparen los contratos.
- Muy bien, pues entonces no tengo nada más que decir. Te daré una respuesta pronto.
- Eso espero. Hasta pronto Lorena.

Lorena abandonó el edificio exultante, aunque sabía que las circunstancias del contrato eran extrañas. Tan poco usual era que hubieran aceptado un precio tan alto como la ulterior propuesta de Juan Manuel. Aquello quedaba fuera de todo pronóstico. No obstante, estaba a un paso de marcarse un gran tanto y la emoción del éxito la embarga hasta el punto de que casi ignoró todo lo demás.

En el largo viaje que sucedió a su visita, el móvil le quemaba en las manos, pero decidió esperar para narrar los acontecimientos. Finalmente, atravesó la entrada de su oficina con aires de alegría e impaciencia. Se preparó para entrar en su despacho en pose triunfal, pero, al atravesar la puerta, observó como las chicas pasaban de hablar alegremente al silencio. Además, para terminar de desazonar a Lorena, sus semblantes se transmutaron de la despreocupación a la seriedad. Cayó en la cuenta de que la fisura que se había abierto entre sus anteriores compañeras y ahora subordinadas cada vez era más profunda. Una de las chicas le preguntó:

- ¿Qué tal Lorena?
- Muy bien, ahora os cuento.

No había tiempo que perder, fue corriendo a buscar a Maica.



 

De Triunfadores - Capítulo VI


Segunda Parte




Eran las doce del mediodía. Por aquel entonces, Lorena había perdido ya la cuenta del número de llamadas, correos electrónicos y encargos urgentes que había despachado ya. Todos los días notaba un leve descenso de energía a aquella hora, pero en esa jornada en especial, se encontraba realmente desganada. Las condiciones climatológicas habían hecho descender su tensión hasta el suelo. Trató de hacer un esfuerzo e intentó fijar la vista en la pantalla, pero comprobó como cada vez le resultaba más difícil. Necesitaba un café, y lo necesitaba ya.

- Sandra ¿me puedes traer un café?
- Sí, claro. – A Sandra, que estaba hasta arriba de trabajo, le venía fatal el encargo. Pero, tras lo ocurrido, a nadie se le hubiera ocurrido contradecir a Lorena, quien, por otra parte, se congratuló de poder evitarse el triste espectáculo de ver a Adaina empapada.

Cuando llegó su encargo, Lorena dirigió su mirada a la pared y trató de relajarse un poco. Estaba tan acostumbrada a la presión, que sólo necesitaba unos instantes para volver a la carga. Abrió su correo electrónico de nuevo. De pronto, algo hizo que su vitalidad despertara de repente. Había un mensaje de Jaime. Lo abrió.

“Hola, hace mucho que no hablamos. ¿Te apetece que quedemos para comer hoy.”
“Muchas gracias Jaime, pero no puedo.”
“¿Y eso? ¿Tienes otros planes? Me tienes abandonado, esto no puede ser.”
“Estoy muy cansada y tengo que pasar por casa de mis padres.”
“¿Cansada tú? No me lo puedo creer. Ya veo como quieres a los amigos. Estoy muy triste. Venga mujer, anímate, así podemos hablar un rato. Por favor, di que sí. Me alegraré mucho.”

Lorena, presa de la agitación, se dejó llevar por un impulso.

“Bueno, vale”
“¿Dónde quedamos?”
“No sé, pero que sea lejos. Paso de que se entere la gente, ya sabes lo que les gusta hablar.”

Cuando terminó el intercambio de mensajes, Lorena regresó a la Tierra y se quedó pasmada al comprobar todo el tiempo que había pasado. Sentía una especie de confusión. También lamentó la decisión espontánea que había tomado. Sabía que esa amistad de la que hablaba Jaime no era más que una calculada estratagema para doblegar sus defensas. Podía presentir el peligro. Pero, lo que más le preocupaba, era lo que podría surgir de ella. No podía negarse a sí misma que se sentía atraída por Jaime, de hecho, había sentido una emoción profunda al recibir sus mensajes. Empezó a preocuparse.

La intensa lluvia de la mañana se había transformado en un fino goteo. Lorena y Jaime se encontraron a las puertas de un modesto restaurante.

- Hola guapísima.
- Hola Jaime, ¿cómo te va?
- Muy bien guapa ¿y a ti? Hace mucho que no hablamos.
- Ya, la verdad es que últimamente no quedo mucho con los compañeros.
- ¿Por qué, tienes mucho lío?
- Sí Jaime, sí.

Lorena solicitó una simple pechuga de pollo con ensalada. Se había propuesto cuidar su dieta y, tras los acontecimientos del día, tampoco tenía demasiada hambre. Sentada frente a Jaime, no podía dejar de contemplar esos rasgos que secretamente admiraba. Muy a su pesar, ese panorama hacía que algo en su interior bullese. Deseaba besarle, tocarle, sentirle cerca de ella. Un rato después, Lorena se encontró pidiendo el que sería ya su tercer café del día. Jaime la acompañó mientras se esforzaba por arrancarle las palabras. Buscaba una vía para entrar.

- ¿Te ocurre algo? No estás muy habladora.
- No es nada Jaime, es este tiempo tan tonto.
- ¿Qué tal hoy en el trabajo? ¿Van bien las cosas?
- Bueno, digamos que hoy he tenido un día un poco complicado.
- ¿Y eso? ¿Qué te ha pasado?
- He tenido un pequeño problema con Adaina. No quería llevarme unas cartas a correos.
- ¿Ah sí? Pues no sé, me parece raro, es una chica muy maja. – De repente, Lorena lo vio todo púrpura. Aquella afirmación se había clavado en su pecho como una daga envenenada. Sus rasgos se contrajeron en un rictus de desagrado. En una jugada maestra, optó por desviar la atención del tema, no quería que Jaime descubriera los aspectos más oscuros de su persona.
- Será que no la conozco bien.

El tiempo, tan escaso en los días laborales, amenazaba con agotarse. Abandonaron el sitio.

- Vamos en mi coche. Te dejaré donde no puedan vernos. – Jaime lanzaba escrutadoras miradas a Lorena en cada ocasión en que la conducción se lo permitía. Lorena, que era perfectamente consciente de este hecho, se acaloraba cada vez que se producía.

- Estás muy guapa, ¿lo sabes?
- Gracias. – Lorena sonrió, pero apartó su mirada.
- ¿Sigues con tu novio? – El nerviosismo se apoderó de Lorena.
- Sí.
- ¿Y qué tal te van las cosas?
- Muy bien. Nos vamos a vivir juntos. – Jaime frunció el ceño, pero volvió a la carga.
- ¿Entonces no tengo posibilidades?
- No. –Ahora que sus sospechas se habían confirmado, Lorena se encendió por completo. Por desgracia, el orgullo de saberse deseada no hacía más que incrementar su interés. Entre tanto, continuó fijando su vista en un punto lejano tras su ventanilla y manteniendo una actitud evasiva a fin de que Jaime no intuyese sus inclinaciones.

Pero el esfuerzo fue en vano. En la parada de un semáforo, Jaime puso una mano sobre su brazo.

- Si no pruebas más opciones, ¿cómo sabrás que has elegido bien?

- ¡YA BASTA JAIME!

Tras el grito, Jaime, ofendido y decepcionado, apartó rápidamente sus manos y sus ojos del cuerpo de Lorena. Pero, para sorpresa de Lorena, unos minutos después el chico volvió a dirigirse a ella con normalidad, casi como si nada de lo anterior hubiese sucedido.

- Lorena, perdóname. Había notado no sé… que tú querías lo mismo que yo. – Lorena se sonrojó. – Lo siento por la equivocación. ¿Quieres que sigamos siendo amigos?
- Siempre y cuando no vuelvas a intentarlo, por mí no hay problema.
- No te preocupes mujer, que conmigo nunca te va a pasar nada que tú no quieras. – Lorena le miró con furia.
- Qué es broma, chica. Vamos, alegra esa cara. No te preocupes.

Aquella misma tarde, Lorena obsequió a su novio con un beso y un abrazo poco más o menos tan sentidos como los que le daba en los primeros tiempos de la relación. – Cariño, ¿qué te pasa? – Nada, es sólo que he tenido un día un poco malo.

Por la noche, apenas pudo pegar ojo. Aquella contradicción no dejaba de girar en su cabeza. Por una parte, en sus manos estaba la posibilidad de entregarse al placer y disfrutar del hombre que tanto le excitaba. Pero no se podía tener todo en la vida. Si obraba de esta manera, se exponía a perder su relación y, por otra parte, no le agradaba en nada la idea de traicionar a la persona que más quería. Sólo sabía que, si perdía a Felipe, sería igual que un naufrago sin su tabla. Él era su apoyo, su sustento, el único punto de equilibrio de su vida, sin el cual difícilmente encontraría la garra que necesitaba para desafiar al mundo cada día.










 

De Triunfadores - Capítulo VI



Primera Parte




La lluvia había arreciado en los días siguientes. El lunes por la mañana, cuando Lorena hubo de enfrentarse a la calle, el cielo y el asfalto se habían fundido en gris abrazo. Llegó a la oficina con su ropa empapada y la mente enturbiada. Se encontraba molesta y de mal humor, pero tenía mucho trabajo por delante. Así pues, abandonó sus pertenencias sobre la mesa y se dirigió sin más preámbulos hacia la máquina de café. Mientras ponía en marcha el artilugio expendedor, Adaina atravesó el umbral de la puerta. La recepcionista se dirigió a su mesa, que estaba próxima a la máquina, y saludó a Lorena sin mirar a su rostro, pues había algo en ella que no le gustaba. Lorena, sin embargo, clavó sus ojos en ella, pues apreció un cambio significativo en su imagen. Al contrario que a otras personas, la lluvia le había sentado muy bien. Su fino cabello, largo y suelto, había tomado la suave forma de unas ondas que enmarcaban acertadamente su cara. Por otra parte, la palidez que solía acompañarla había desaparecido para dar paso a un vivo tono arrebolado.

Lorena experimentó una sensación de desagrado que detestaba reconocer. Adaina estaba muy guapa. Se marchó de allí, depositó su recién adquirida bebida en la mesa de su despacho y se precipitó al baño. Analizó la imagen que le devolvía el espejo. Su pelo, aunque recogido, se había encrespado, lo que había echado a perder su peinado un poco. En cuanto a lo demás, no había mucha novedad, excepto por sus ojos, que reflejaban algo más de cansancio que en otras ocasiones. Pero seguía encontrándose guapa. Se lo afirmó a si misma. Trató de arreglar un poco sus cabellos y, poco a poco, recuperó la seguridad. Luego se reprochó el haber caído en tan absurdas preocupaciones.

Lorena, más tranquila, regresó a su puesto. No había tiempo que perder. Encendió su ordenador y revisó su agenda. Pero alguien vino a interrumpir sus tareas de arranque.
– Lorena, hemos terminado el mailing. ¿Qué hacemos? – dijo una de las chicas que trabajaba para ella.
- Pues si está terminado, hay que enviarlo pero ya. ¿Dónde están las cartas?
- Las tenemos aquí, en dos bolsas.
- Muy bien, pues a enviarlas. – Ambas chicas se dirigieron a la recepción con las bolsas, pues Adaina era la encargada de realizar los envíos.

- Adaina, tienes que llevar estas bolsas a correos. – Adaina, sorprendida, miró a las chicas con tribulación. Luego dirigió su vista hacia la ventana. Comprobó como seguían descendiendo gruesas gotas del cielo.
- ¿Podría llevarlo mañana? – Lorena, impaciente, la miró con un gesto altivo y retador.
- ¿Cómo? Hay que enviar la publicidad a los clientes cuanto antes. Aquí te dejamos las bolsas. – Adaina, cuyo rostro se había encendido aún más, sintió como la indignación se apoderaba de ella. Lorena era su superior y no podía replicarle. No debía contradecirla. Pero algo en su interior gritaba con fuerza.
- Lorena, está lloviendo mucho. Si tengo que llevar las dos bolsas, ni siquiera podré usar el paraguas. – Lorena, tan poco habituada como estaba a que no se cumpliesen sus mandatos, se irritó considerablemente.
- Pero vamos a ver, ¿es que no me escuchaste cuando te dije lo importante que era enviar la publicidad cuanto antes? Si tienes algún problema para hacer tu trabajo, se lo comentas al director. A mí no me dejes con el culo al aire. – Tanto Adaina como la otra chica se quedaron atónitas, petrificadas ante tal exceso. Adaina, herida, sin esperanzas, notó que le faltaba poco para derrumbarse. En ese mismo momento Maica, Directora de Ventas y jefa inmediata de Lorena, entró en la escena.
- ¿Pero qué está ocurriendo aquí? – Lorena, que con mucho esfuerzo intentó fingir tranquilidad, respondió.
- Nada Maica. Es que tenemos que enviar el mailing y a Adaina no le parece bien ir a correos. Pero no te preocupes, que ya lo llevo yo. – Las dos chicas presentes abrieron los ojos como platos. No podían creer lo que habían escuchado.
- ¿Pero cómo es posible esto? ¿Qué no quieres ir a correos? – Adaina, profundamente abochornada, apenas podía articular palabra ya.
- No… no es eso… yo sólo dije que… llueve mucho y… si podía…
- No sé que excusa es esa. Aquí hemos venido todos a trabajar y el hecho de que llueva, nieve, haga frío o calor no es motivo para parar. Lleva las bolsas por favor.
- Muy bien. – Frente a semejante ausencia de comprensión, ya no le quedaron ni argumentos ni ganas de protestar. Adaina, derrotada y visiblemente afectada, no tuvo más alternativa que salir desfilando en silencio cual penitente en procesión. Pronto sus lágrimas se confundirían con el agua de la lluvia.

Lorena, entre tanto, volvió a su lugar en compañía de Maica. Ésta comentó: - Parece que los chicos jóvenes de hoy en día cada vez tienen menos ganas de trabajar. Tendremos que cambiar de ETT. – Lorena sólo acertó a responder con un gesto. Una vez que se hubo apagado el furor de la disputa, su mente descendió de la más alta excitación al abotargamiento. Su conciencia le hizo reclamos. Sabía que había obrado de un modo muy injusto, pero ya no podía manifestarlo. No quería perder sus puntos ante Maica de ninguna manera. Así que no le quedó más remedio que entregarse a su trabajo con la máxima entrega posible. Cuando lo hacía así, los problemas parecían volar de su mente.


 

De Triunfadores - Capítulo V



Desde el mismo instante en el que Felipe hubo de regresar a su oficina, pudo detectar algunos cambios. Si bien es cierto que en su relación con algunos, que no muchos compañeros ya había tensión de antes, ahora la crispación había aumentado. Gestos como susurros, miradas esquivas u ojos que descendían para eludir el contacto lo dejaban bien patente. Eloy, su más firme competidor, ya había optado por retirarle el saludo directamente. Felipe, en virtud de aquel movimiento, previó que la llegada de nuevos acontecimientos estaba muy próxima. Tal vez hubiera rumores sobre su ascenso que él ignoraba, o quizá la gente se hubiera tomado a mal el exceso de confianza que el jefe le otorgaba.
- ¡Buenos días Felipe!
- Buenas, Gonzalo. – Luego te veo muchacho, necesito que me prepares unos informes.
- Su jefe, sin embargo, no había variado en nada su actitud. Si la pieza clave del puzzle no hacía revelaciones, entonces sólo le quedaba esperar.

- Señorita, es aquí. – Gracias. – Lorena descendió del autobús por la escalera de la entrada. Miró su reloj y comprobó que eran las 5 menos 25, es decir, que su exceso de celo le había llevado una vez más a llegar con unos veinte minutos de antelación. Se alegró por ello, sabía que la tensión de las prisas podía afectar negativamente a su trabajo. No obstante, el viaje de más de una hora que había tenido que realizar para llegar al Corredor del Henares le indujo a maldecir nuevamente el transporte público y a desear con fuerza la adquisición de un coche. Pero sabía que, estando como estaba a las puertas de firmar una hipoteca, eso no era posible.

Sin otra cosa que hacer, echó a un vistazo al paraje que descubría por primera vez. Le resultó particularmente artificial. El Parque Empresarial se componía de una larga serie de cuadrangulares e idénticos edificios con pocos ornatos cuya visión, a falta de gente en las calles, transmitía cualquier cosa menos vida. A los laterales de la gran avenida que se abría tras la entrada, nacían unas cuantas callejas perpendiculares que también sorprendían por su uniformidad.

Lorena, que empezó a temer que no encontraría su destino, sintió un gran alivio cuando divisó al guardia de seguridad que rondaba por la zona. – Hola, buenos días, ¿me podría decir dónde está la calle Londres? – Claro señorita, es la segunda paralela a la derecha. – Gracias. – De nada guapa. – El guardia sonrió ampliamente mientras repasaba de arriba abajo la figura de Lorena. Lamentablemente, no gozaba de mucha compañía en su profesión y había que reconocer que Lorena se ponía muy guapa cuando se preparaba para una reunión importante. El traje gris, aunque sobrio y elegante, no dejaba de ser atractivo con su corte moderno y su leve brillo satinado. Además, resultaba favorecedor para las chicas curvas como ella. El resto de su imagen, que solía ser impecable por lo general, también había sido especialmente cuidadO.

Así pues, Lorena se dirigió al lugar indicado caminando sobre el liso sendero de piedra, que competía en cuanto a apagamiento y uniformidad con los propios edificios que lo bordeaban. Para intentar añadirle naturalidad a la gris micro ciudad de cemento, los autores del esperpento habían insertado unos rectángulos de tierra entre el camino y los portales. Sin embargo, y contra del efecto pretendido, el verde de la hierba implantada resultaba tan vivo y estridente que no hacía más que incrementar la artificialidad del conjunto, pues se asemejaba demasiado al plástico.

Todavía quedaban unos minutos para que diera comienzo la reunión, con lo que Lorena se recostó sobre la barandilla que separaba el camino de la hierba. Respiró profundamente. A estas alturas de su joven vida, ya tenía una amplia experiencia en tratos comerciales, puesto que había empezado a hacer prácticas en empresas antes de abandonar la facultad. No obstante, aún le quedaba algún que otro vestigio de inseguridad cuando debía afrontar situaciones nuevas o importantes. Pero, al igual que en otras facetas de su vida, había aprendido a tomar el control de la situación. Sólo necesitaba centrarse en sus objetivos y proponerse darlo todo de sí para lograr la victoria.

- ¿Me deja un momento su DNI? – Sí. – La guardia jurado hizo la pertinente comprobación. En la recepción del bloque de empresas en cuestión, las medidas de seguridad eran fuertes, como mandaba el uso que se estaba implantando en los últimos tiempos. La empresa que visitaba Lorena, distribuida en tres plantas, constituía la mayor de aquel conjunto de diez.
- Buenas tardes, soy Lorena Martínez y tenía una cita con Juan Manuel Ferrero. – Muy bien. – La recepcionista apretó el correspondiente botón de la centralita para dar el aviso. Posteriormente, se levantó. – Venga por aquí. – Lorena acompañó a la chica por el impecable pasillo enmoquetado de azul. A la derecha del mismo se habían dispuesto varias extensas hileras de puestos de trabajo apenas separados por unas finas placas de plástico, mientras que a la izquierda se encontraban los despachos principales cerrados con puertas. Finalmente, una de esas puertas se abrió para Lorena. – Espere aquí un momento. La sala de reuniones, decorada de una forma mucho más seria, imponía más respeto que el resto del lugar. Lorena sintió la necesidad de respirar con fuerza otra vez, pero tuvo que desistir de sus propósitos, pues escuchó el golpe seco de la puerta al cerrarse.

- Buenas tardes, ¿Lorena?
- Sí.
- Hola, ¿qué tal? Soy Juan Manuel. – El hombre desplegó una gran sonrisa de dientes blancos que hizo recuperarse a Lorena del susto de la puerta en el acto. Ella, entre tanto, le devolvió la mejor de sus estudiadas sonrisas mientras cruzaban sus manos.
- Siéntate aquí. Vamos a ver ese proyecto que me traes. Pero, un momento ¿quieres tomar un café o agua? – No gracias. – Lorena tomó asiento y, sin más preámbulos, extrajo el proyecto y el presupuesto de su carpeta, que procedió a exponer con sus convincentes modos aprendidos. Ya en harina, su actuación mejoraba por momentos. Hablaba sin parar, y lo hacía con toda confianza.
- Bueno, Lorena, en principio me parece bien, pero tengo que estudiarlo un poco primero. Creo que para llegar a un acuerdo tengo que hacer algunas modificaciones. – Muy bien, ya verás como te gusta. – Dijo Lorena riendo mientras entregaba el dossier. Juan Manuel rió también. – Sí me lo dice una chica tan guapa me lo tendré que creer. – Gracias. Por cierto, si tienes alguna duda o sugerencia no dudes en llamarme. – Por supuesto que lo haré. – Dijo Juan Manuel fijando sus pupilas en las de Lorena. Se despidieron.

Una vez que abandonó el edificio y se halló lejos de toda mirada, Lorena volvió a sonreír. Pero en esta ocasión, y por primera vez en toda la tarde, de un modo espontáneo. Había leído la aprobación en la mirada y en los gestos de Juan Manuel. En su programa ya constaba el hacer algunas concesiones, por lo que confiaba en que después de la negación, el cliente sería suyo.

Después le tocó armarse de paciencia junto a la parada del autobús provincial. Miró al cielo, observó que estaba encapotado. El manto de nubes grises parecía fundirse con el engendro visitado, que ya parecía una enorme masa compacta y oscura. Pero ni el aire frío ni el horror estético consiguieron afectar el ánimo de Lorena, que pensaba alegremente en Juan Manuel. Le pareció atractivo. El hombre, aunque entrado en la madurez, se conservaba bastante bien. Su pelo peinaba algunas canas, aunque no demasiadas, y su cuerpo se mantenía fibroso, seguramente debido al ejercicio físico regular. Su rostro, en el que destacaban unos pequeños pero vivos ojos castaños y rasgados, no manifestaba en demasía los efectos del paso de los años, probablemente como producto de la buena vida. A Lorena, a quien también le había impresionado su buen gusto en el vestir, le recordaba un poco a Richard Gere. Intuyó que aquel hombre debía ser un gran seductor.

El sonido del teléfono móvil vino a despertar a Lorena de sus ensoñaciones. Lo tomó en sus manos. Apreció que era una llamada a número oculto, por lo que decidió no responder, como siempre hacía ante este tipo de llamadas. Pero su rostro se enrojeció de repente. Ninguna de las personas con las que se relacionaba normalmente negaba la identidad llamante. Sospechó que se trataba de Jaime.





 

Próxima actualización...


Estimados visitantes:

A consecuencia de mis obligaciones laborales y personales, éste blog sólo podrá ser actualizado durante los fines de semana.

Sí, sé que ésta aclaración suena patética, pero es que me han hecho esa pregunta tantas veces esta semana que ya me empiezo a sentir mal. Bueno, es lo que hay, de todas formas este blog tampoco es competitivo en otros aspectos, así que espero seguir trabajando en él con el espíritu con el que lo inicié: pasarlo bien y dar a conocer mi trabajo.

Mucha suerte a todos con el concurso y besos.

 

De Triunfadores - Capítulo IV


- Segunda Parte -




A las doce del medio día el sol, que suele resistirse a abandonar la capital, lucía en todo su esplendor para hacer que las temperaturas ascendieran hasta casi el agobio. Felipe, que transitaba por las calles con su coche, notó sus efectos y, aunque ya se había despojado de las ataduras de su traje y su corbata, no pudo evitar encender el aire acondicionado. Sin embargo, a pesar del calor, empezó a deslizarse hacia un estado de bienestar cuyo origen no sabría precisar bien. No sabía si procedía del simple placer de conducir a esa hora en la que el tráfico disminuía tanto, de los efectos de los rayos solares que tan raras veces solía percibir, pues muchas eran las horas que permanecía encerrado bajo luces artificiales, o por el simple hecho de haberse liberado de sus no pocas responsabilidades laborales. Pero lo cierto era que la tensión, a la cual ya se había habituado tras cientos de jornadas agotadoras, se había hecho mucho más leve.

Aunque apenas habían transcurrido unos minutos desde su estancia en la clínica, Felipe ya recordaba sólo de un modo difuso las escenas que había vivido e incluso se sonreía al recordar los detalles más absurdos, pero nada de aquello importaba ahora que se había desprendido del peculiar encargo. Cansado de divagar sin rumbo, y poco habituado a mantenerse inactivo, llegó a un punto en el estimo conveniente hacer algo, pero ninguna actividad divertida llegaba a su mente. Pensó en llamar a Lorena e informarle de su situación, pero enseguida descartó la opción. Estaba convencido de que su novia no tardaría ni un minuto en engendrar un ineludible encargo para él y le resultaba irremediablemente tedioso ir de compras. Volvió a sonreírse. – Si estuviera en el trabajo, tampoco tendría tiempo para resolver nada. – Pensó, y determinó olvidarse de cualquier clase de obligación pendiente o sobrevenida. No obstante, tampoco podía seguir toda la mañana dando vueltas sin sentido, así que decidió aparcar su coche en un parque anexo a su barrio.

Después de caminar un rato, sintió que el calor le molestaba un poco, por lo que resolvió tumbarse bajo la acogedora sombra de un árbol. La sensación del suave manto de césped bajo su espalda, junto con la protectora sobra de las hojas y el alegre canto de los pájaros, no hizo sino incrementar su deleite. Degustar el placer de la relajación le indujo a reflexionar acerca del valor de sus tareas rutinarias o de si había algo que se estaba perdiendo. Felipe ladeó su cabeza y echó un vistazo a su alrededor con el fin de pasar revista a todos los seres vivientes que habitaban aquel ecosistema. Contempló a los ancianos que simplemente hacían las cosas que querían o podían, y a su propio ritmo, tranquilo y pausado, sin agobios, sin presiones. También prestó atención los infatigables niños, que celebraban con grandes risas cada pequeño regalo o descubrimiento que les ofrecía la naturaleza. Aquello que los adultos consideraban banal, para ellos constituía todo un mundo, ya que sabían vivir la vida a plenitud, sin otro deber que hacer lo que querían, gozando cada uno de los instantes. Todavía no habían sido redirigidos hacia lo socialmente aceptable.

Finalmente, sus ojos se detuvieron sobre un grupo de adolescentes que obviamente habían pasado por alto sus clases para dedicarse, sin embargo, a actividades que parecían resultarles mucho más placenteras, como darle unas caladas a un rudimentario porro o regalarse mutuamente insinuaciones sexuales. Entonces recordó como él mismo, a pesar de haber sido responsable desde muy joven, había realizado actos de rebeldía semejantes en algún momento, aunque nunca hubiera llegado a trascender un límite realmente importante o que tuviera posteriores consecuencias. En su juventud no había habido nada más que alguna borrachera, algún que otro porro y más bien pocas chicas, hasta que, a la edad de 21 años, la hermosa Lorena entró en su vida para que diera comienzo una nueva etapa en la que había poco lugar para licencias. Se preguntó cuantas cosas habría dejado de hacer o cuántas sensaciones de experimentar, y, a su vez, si las mismas valían la pena. Nunca sabría cuantos labios había dejado de besar, cuerpos por explorar o aventuras por vivir, ni tan siquiera lo que se sentía cuando se cruzaba el umbral de lo prohibido, como al robar o al acostarse con la mujer del vecino.

La única verdad es que el tiempo transcurre inexorablemente y que no se nos ha concedido el derecho de dar pasos hacia atrás. Quizá hubiese muchas experiencias que ni hubiese probado ni que hubiera de catar jamás, pero, si Felipe fuera de otra manera, no habría alcanzado todo lo que tiene en la vida, todo aquello que tantos anhelan y que él, con sólo 28 años, podía disfrutar. Una buena casa, un trabajo de alto nivel y bien remunerado, además de una novia guapa y envidiable. Con tan buena fortuna no había lugar para las ansias o las lamentaciones. El mundo entero no podía estar equivocado.








 

ANUNCIO



El día 8 de enero de 2007 comienzan las votaciones del concurso de blogs del diario "20 Minutos", en el que estoy inscrita.

Cualquier tipo de colaboración que hagáis en este momento, sea un voto o comentario, tiene una gran importancia, se agradecería un montón.

En cualquier caso, muchas gracias por entrar en el blog.

Saludos, Denisa.





 

De Triunfadores - Capítulo IV


Primera Parte



- Felipe, ¿puedes pasar un momento a mi despacho? – Sí Gonzalo. - Aunque el semblante de Felipe mostraba el aspecto rejado de siempre, el chico notó una ligera sacudida en su interior. Sospechó que quizá habría llegado la hora del ansiado ascenso.
- Felipe, tú sabes que te aprecio enormemente y que a su vez tengo depositada una gran confianza en ti.
- Gracias Gonzalo.
- No tienes por qué darme las gracias hombre, el mérito es todo tuyo. Felipe, muchacho, hay una cosa que te quiero comentar. –Felipe, ilusionado, sintió como la emoción se hacía más intensa en él. – Verás, necesito pedirte una cosa. Tú sabes que confío en ti más que en nadie de esta empresa y por esa razón debo acudir a ti en este caso.
- No te preocupes, ¿de qué se trata?
- Bueno, verás, mi mujer tiene que acudir hoy al médico, a una importante revisión. No se encuentra bien y es preciso que una persona la lleve en coche a la clínica, que está en Tres Cantos. El problema, Felipe, es que el Presidente ha convocado para ahora mismo una reunión extraordinaria y no puedo dejar de acudir de ninguna manera y, para colmo de males, mi hijo tiene un examen importantísimo hoy. Sé que parece raro Felipe, pero, sinceramente, en estos momentos no se me ocurre ninguna otra persona a la que recurrir. En compensación, te ofrezco pasar el resto del día libre. – En aquel instante, Gonzalo hizo una pequeña pausa en su discurso, se detuvo para mirar directamente a Felipe y añadió con solemnidad:
- Por descontado, este pequeño favor que te pido aumentará con creces la buena consideración que tengo de ti. ¿Qué me dices?
- Bueno, lo cierto es que hoy tengo mucho trabajo, Gonzalo. Pero si tú no tienes ningún inconveniente en que lo deje aparcado un rato, pues nada, no hay problema.
- Muy bien Felipe, me alegra oír eso. No te preocupes tanto por el trabajo muchacho, eres muy responsable. Tómate el resto del día libre y descansa un poco, que te lo has ganado.
- Como quieras Gonzalo.
- Así me gusta chaval. Recuerdas la dirección ¿no?
- Sí, no te preocupes.
- Muchas gracias Felipe, y recuerda que no se me va a pasar por alto este detalle que has tenido conmigo. – Subrayó Gonzalo.
- No hay de qué, voy para allá ahora mismo.

Felipe abandonó el despacho envuelto en una sensación de extrañeza. No terminaba de asimilar que hubiera recaído sobre él una petición tan singular, que poco o nada tenía que ver con la clase de encomiendas que esperaba recibir en la oficina. Le resultaba muy chocante que Gonzalo no tuviera otro amigo, conocido o familiar más adecuado para atender esos asuntos tan personales. Pero, unos instantes después, ya se había familiarizado con el asunto y las dudas se disiparon de su mente. Al fin y al cabo, si el problema había acaecido repentinamente, tampoco era tan extraño que Gonzalo no pudiese disponer de otra persona, concluyó Felipe, y sin más zanjó la cuestión. Porque había una cosa que sí le había quedado muy clara, y es que Gonzalo tendría muy en cuenta este favor de cara a futuras decisiones, con lo cual Felipe supo con certeza lo que debía hacer.

Para cuando Felipe se encontraba ya arrancando el motor de su Ford Fiesta de segunda mano, el chico había recuperado por completo su templanza habitual. Se sentía bien cuando conducía solo y aquel día de finales de Septiembre, con su soleada calidez, contribuía a su bienestar.

Finalmente, llegó a las proximidades del magnífico chalet que pertenecía a Gonzalo. Tras aparcar su coche, se encaminó a la vivienda con algo de azoro, pues esta era una de las situaciones que todavía conseguían hacer aflorar su timidez. Antes de llamar a la puerta, observó durante unos instantes la esplendorosa fachada del chalet y su pequeño jardín que ya conocía de anteriores ocasiones, pero que sin embargo no dejaba de impresionarle. Aquella demostración de lujo le intimidaba un poco.

- ¿Quién es? – Soy Felipe García, trabajo para…- No le hizo falta decir nada más, pues en aquel instante la verja se abrió para él. Era obvio que le estaban esperando. Felipe atravesó el jardín en dirección a la puerta, que no tardó en abrir la asistenta. – Pasa por aquí. Ahora mismo viene Aurora. – Gracias.

Felipe se dispuso a esperar en el recibidor, pero no se vio obligado a hacerlo durante mucho tiempo, puesto que unos escasos segundos después una figura espectral hizo su aparición en lo alto de la escalera. Felipe, presa del asombro más absoluto, se quedó petrificado en su sitio mientras observaba como la mujer, cuyo rostro se encontraba envuelto en vendas, descendía los peldaños con gran esfuerzo. Por más que lo intentaba, no lograba vincular la imagen de aquel ser mutilado y desvalido con la elegante y orgullosa señora que había conocido anteriormente. El breve intervalo de tiempo en el que Aurora consiguió finalizar su trayecto, se le antojó una eternidad a Felipe, quien no fue capaz ni de pestañear.

- Hola Felipe. – Un leve quejido que apenas se asemejaba al tono habitual de la mujer fue suficiente para despertar al chico de su conmoción.
- Hola Aurora. – Contestó en voz baja y tímidamente.
- Muchas gracias por venir hijo, me has hecho un gran favor.
- No te preocupes Aurora, no pasa nada.
- Eres un chico muy amable, espero que mi marido te trate bien. – Dijo tratando de emular una sonrisa.
- Bueno, no me puedo quejar.

Felipe, que sentía algo de lástima, tomó a Aurora del brazo y la condujo con sumo cuidado hacia el lugar donde había aparcado su vehículo. Aurora no podía evitar detenerse de vez en cuando para emitir algún que otro gemido de dolor que apenaba aún más al muchacho. –Felipe, supongo que te habrá impresionado verme así. – Felipe, encarnado, respondió que sí. – Bueno, no te preocupes, no me pasa nada malo. Sólo me he hecho un par de retoques faciales para estar bien. Verás lo bien que queda. – Bueno, Aurora, yo creo que no lo necesitabas. – Comentó Felipe no exento de sinceridad en sus palabras. Aurora hizo un nuevo amago de sonrisa. – Gracias hijo, eres muy galante, pero la verdad es que las mujeres a partir de cierta edad tenemos que cuidarnos. – Felipe no quiso replicar, pero lo cierto es que no estaba muy de acuerdo con la afirmación, pues consideraba que Aurora se conservaba muy bien para la edad que tenía. Su aspecto saludable reflejaba un estilo de vida en el que el lujo y la comodidad no habían estado ausentes. Sin embargo, esto parecía no ser lo suficiente para ella. Posteriormente, ambos continuaron su camino en silencio.

La clínica se encontraba ubicada en un antiguo chalet reformado y presentaba una fisonomía muy diferente a la de las grises e insulsas moles de cemento que solían albergar a los hospitales habitualmente. Una vez que traspasaron la entrada, Felipe se asombró al descubrir que el interior del local tampoco tenía mucho que ver con las otras clínicas, ya que la decoración de la sala de espera daba la apariencia de ser excesivamente confortable y elegante. Sólo un atisbo de olor a lejía hubiera podido indicar a los extraños la realidad del lugar donde se hallaban. Un paso más adelante, en la recepción, tuvo la oportunidad de maravillarse de nuevo, ya que la chica que la atendía era bastante guapa y joven. Felipe la contempló ensimismado mientas Aurora se esforzaba por transmitir sus indicaciones. Unos minutos después, un demasiado atractivo médico de semblante sonriente irrumpió en la estancia para atender a Aurora con una desusada amabilidad, que al chico le resultó muy artificial. Entre sonrisas y halagos, el hombre condujo a Aurora hacia la sala de curas. En ese preciso instante Felipe sintió como si hubiera caído de repente en una película americana, de tan surrealista que le pareció la escena y le entraron hasta deseos de reír, aunque nunca lo hubiera exteriorizado.

Cuando la pareja se alejó por fin de su vista, a Felipe no le quedó otra cosa que hacer que sentarse a esperar en la bonita sala. Entre echarle un vistazo a las revistas médicas que había y que poco le interesaban, y dirigir miradas de reojo a la recepcionista, dejo transcurrir sin más el tiempo. Su mente se había situado ya en las horas de libertad que todavía le quedaban por delante. Después de todo lo que le había acontecido a lo largo de la mañana, Felipe ya se creía por fin completamente merecedor de la recompensa que había recibido y estaba deseoso de poder hacerla efectiva.