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El Rincón de Denisa...
Aprende como si fueras a vivir para siempre, vive como si fueras a morir mañana
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Soy Denisa. Soy una voyeur del mundo, miro, observo, analizo y después cuento. Una serie de circunstancias en mi vida me impulsaron a hablar, y ahora creo que no puedo parar. Besos. php hit counter

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De Triunfadores - Capítulo IX


Tercera Parte






     Nico no tendría más de 25 años, aunque las señales de su rostro delataban que las circunstancias de su vida habían sido duras. Era alto, fuerte, muy en la línea de aquellos hombres que Felipe había visto transitar en grupo de vez en cuando. Pero, al observarlo de cerca, se podría decir que su atractivo era muy superior a la media. Su cuerpo de músculos bien acentuados y manos despellejadas reflejaba la dedicación a un trabajo físico.

     De pronto, Felipe rozó el cuerpo de Roxana en uno de sus torpes movimientos. – Perdón. – Se encontró con una mirada franca y abierta frente a él, a sólo un paso, apreció su exótica belleza en todo su esplendor. Enrojeció. – Es tan joven...

     Felipe no recordaba haber visto chicas rumanas con anterioridad, pues lo cierto es que estas no se desplazaban en visibles cuadrillas de obreros. Sí había escuchado alguna referencia acerca de su belleza, que en este caso sí respondía a las expectativas creadas. La chica de cabellos oscuros y ojos negros tenía un semblante de armoniosas y finas facciones, pómulos marcados y delicada piel, como su hermano, aunque aquel tenía los ojos verdes. También era alta, pero más delgada, con las formas todavía no muy acentuadas debido a su gran juventud, pero eso sí, estaba bien proporcionada. Sus ojos rasgados le resultaron increíblemente enigmáticos. Felipe consideró que, en otras circunstancias, podría haber caído rendido ante tales poderes.

- Bueno, hemos llegado. – Dijo Nico a la entrada de los servicios sanitarios.
- Menos mal, ya creía que no llegaba.
- Amigo, te dejamos aquí, que te vaya bien. – Anunció Nico a modo de despedida.
- Gracias, muchas gracias por todo. – Dijo Felipe preparándose para su marcha.
- De nada, cuídate. – Pero de repente, y por fortuna para él, Felipe reparó en que no llevaba dinero, ni teléfono, ni ninguna otra cosa que le permitiese llegar a su casa. Se volvió angustiado hacia los chicos.
- ¡Un momento!
- ¿Qué ocurre?
- Ayer me lo quitaron todo, el dinero, el teléfono ¡no puedo volver a casa!
- ¡Ah! Bueno hombre no te preocupes. – Nico investigó en su cartera. – Toma, aquí tienes. – Felipe observó el arrugado billete de diez euros como si del mayor tesoro del mundo y respiró con gran alivio. Lo cierto es que esas demostraciones después de un día tan aciago estaban logrando que Felipe recuperase la fe en la vida, en el ser humano.
- ¡Gracias, gracias! – Manifestó con emoción.
- ¡No es nada hombre!
- Sí, si es mucho. Habéis hecho muchísimo por mí. ¿Cómo podría agradecéroslo?
- No es nada, venga, está bien.
- ¡Sí por favor! Dejadme que os lo agradezca de algún modo. – Suplicó un Felipe ansioso de reconciliarse con el mundo. Los hermanos impresionados dejaban escapar sonrisillas.
- Pues no sé...
- Puedo invitaros un día a cenar, aunque sea... ¿os parece bien?
- Bueno... sí quieres... – Dijo Nico sin mucha convicción.
- ¿Me das tú teléfono?
- Bueno venga, soy Nicolae, aquí te apunto mi teléfono.
- Nicolae, Roxana, ha sido un gran placer conoceros. Muchas gracias por todo.
- De nada hombre, de nada. Hasta luego... – La pareja abandonó a Felipe entre risillas y miradas pícaras.

     Felipe se introdujo en el ambulatorio feliz y ansioso por hallar la cura a su malestar, pero no tuvo que esperar mucho, su aspecto era tan lamentable que tuvo la suerte de ser atendido con muchísima más premura de lo habitual en estos casos. En un brevísimo intervalo de tiempo se vio sentado en una camilla y preparado para ser atendido por un médico. Le quitaron la camisa.

- Quitadle también la cadena. – ¡La cadena! Una oleada de emoción sacudió a Felipe, que se palpó el pecho lleno de orgullo y satisfacción. ¡Había logrado mantener su cadena! Gracias a esa pequeña victoria comenzó a remontar el vuelo, a pasar por encima del dolor, incluso sus heridas le parecieron mucho menores. Al final del túnel apareció una pequeña luz de esperanza, o quizá aquello fuera una señal reveladora.






 

De Triunfadores - Capítulo IX


Segunda Parte






- ¿Qué ocurre aquí? – Felipe levantó su mirada y se topó con la estampa de un chico joven, con aspecto de recién levantado.
- El chico se ha levantado Nico, quiere marcharse.
- Hola tío, ¿qué tal estás? – Felipe se extrañó de tanta familiaridad. – Bueno, ya veo que mal. – Dijo entre sonrisas. La piel de Felipe se erizó, sintió recelo.
- Me duele todo el cuerpo.
- Normal tío, te han dado una buena paliza. Cuando te encontré ayer por la noche pensaba que estabas muerto. – Nico rió otra vez. Felipe le miró sin comprender. – Entonces fui a levantarte y dije que iba a llamar a urgencias. Pero tú te pusiste a gritar ¡No, no, no! Y no sabía que hacer, por eso te traje aquí. Pero yo creo que lo mejor será que te llevemos allí.
- Sí, sí, estoy fatal. – Exclamó Felipe aliviado, ansioso por salir de allí y liberarse del dolor.
- Pues será mejor que vayamos, lo siento tío, pero no tengo coche. Hay que andar. – Felipe no estaba en posición de objetar. Entre tanto se ayudó del soporte de Roxana para ir poquito a poco desplazándose fuera de la habitación. Nico se cambió en un instante y se incorporó al achacoso grupo. Era una vivienda de reducidas dimensiones, con lo que el empuje del vigoroso y recién incorporado miembro bastó para que alcanzaran la puerta muy pronto.

     Tras la puerta hubieron de abrirse paso por una delgada terraza-pasillo que agrupaba varios apartamentos similares, al estilo de una corrala. El aspecto sórdido y descuidado del resto del edificio, con sus desconchones, no desentonaba con el piso visitado. Por otra parte, la antigüedad y el estilo de los acabados daban a entender que la casa probablemente tendría unos cien años. Felipe, que se sobrepuso con firmeza a sus padecimientos, puso todo su empeño en salir de allí cuanto antes.

     Emprendieron la ardua tarea de descender las escaleras. Como el espacio era limitado, Nico se constituyó en el único soporte de Felipe. Aunque la piedra estaba desgastada no encontraron mucho obstáculo hasta el final, donde las losas de algunos peldaños se habían desprendido. – A ver si lo reparan de una puta vez.

     Siguieron avanzando hasta la salida. Afortunadamente, Felipe se había recuperado un poco, de hecho, una vez que llegaron a la calle no necesitó que le sostuvieran. Empezó a caminar solo, aunque debió hacerlo despacio.

- ¿Cómo lo llevas?
- Bien, parece que mejor.

     Los peculiares hermanos se dispusieron a ambos lados de Felipe, cual pareja de guardianes. Entre ellos intercambiaron algunas palabras en su idioma, imposible de comprender para Felipe. Aquel detalle le hizo desconfiar un poco. Por lo demás, Felipe no pudo dejar de echarles de vez en cuando curiosas miradas, no exentas de admiración aunque también de desconfianza. Eran ambos atractivos, incluso guapos, parecidos, pero diferentes a la vez. Pero… ¿Qué se ocultaba detrás de aquellos hermosos rostros, de aquellas sonrisillas pícaras que se enviaban el uno al otro? ¿No era todo, incluso su altruismo, demasiado bello para ser cierto?


 

De Triunfadores - Capítulo IX

Primera Parte









No podía ver con claridad y todo le resultó extraño, confuso, como si una densa niebla cubriera el ambiente. Trató de ubicarse, pero, por más que sus ojos se afanaban por desentrañar lo que tenían frente a sí, no lograba encontrar nada familiar o revelador. Siguió andando en busca de un referente, pero sólo consiguió sentirse un poco más perdido. Y luego quedaba el dolor, ese intensísimo dolor que atenazaba su cabeza y nuca, para explotar después en brotes esporádicos por cada esquina de su cuerpo. – Tengo que preguntar a alguien. – Sólo acertaba a pensar. Pero, misteriosamente, no circulaba nadie por aquellas calles. La desorientación le desesperaba y el dolor le devoraba. - ¡Hay alguien ahí! ¡Ayuda! ¡Por favor!

Inesperadamente, una voz brotó de la nada, rompiendo el silencio.

- ¿Hola?

Felipe abrió los ojos. Se dio cuenta de que estaba quieto, tumbado en una habitación extraña. Ante sí tenía a una chica muy joven, desconocida, que se había recostado sobre la cama. Le miraba con preocupación y timidez al tiempo.

- ¿Quién eres?
- Roxana.
- No te conozco ¿Por qué estoy aquí? – Felipe trato de incorporarse, pero el fuerte dolor de su cabeza, unido al de las múltiples contusiones, obstaculizaron sus propósitos.
- ¡AY! – Gritó. - ¡Me duele la cabeza! ¡Me duele todo el cuerpo! ¿Qué me pasa?
- Tienes muchas heridas.
- Ya veo, pero… ¿por qué? ¿Y por qué estoy aquí? – La chica se asustó un poco y se apartó con cierto reparo.
- No sé, mi hermano te encontró así debajo de casa. No te conocemos…
- Uf… no recuerdo nada. – Dijo Felipe profundamente consternado mientras llevaba sus manos a la cabeza, donde descubrió algún que otro tosco vendaje. – Ahhh. – Volvió a protestar. – Me duele muchísimo. – Roxana regresó a la preocupación.
- ¿Quieres que te traiga una pastilla?
- Bueno, si me haces el favor… - No le quedó más remedio que confiar, habida cuenta de que se habían tomado la molestia de curarle.

Mientras la chica buscaba un remedio, Felipe se entretuvo contemplando el panorama. Encontró abandono y pobreza en ese pequeño cuartucho de pintura desgajada y muebles obsoletos, cuya única decoración consistía en el póster de una rubia neumática y una pila de ropa de chico usada. Y no había casi nada más. Un armario desvencijado y una mesa con su silla en el mismo tono anticuado. No había estanterías, ni apenas objetos, excepto una pequeña pila de libros viejos abandonados en el suelo. - ¡Dios mío! ¡Pero dónde he caído! – Luego pensó en la muchacha, casi una niña, pero sólo logró acertar que tenía los cabellos oscuros y un rostro agradable cuyos rasgos no podría precisar. – Pero lo que está claro es que es extranjera. – Dedujo por el acento con el que aquella pronunciaba sus palabras.

Pronto salió de dudas, pues la chiquilla atravesó el marco de la puerta con una pastilla y un vaso de agua. Felipe quiso creer que se trataba de un ibuprofeno y lo arrojó a su boca sin miramientos, de tan grande como era el dolor que le asediaba. Después hizo acopio de toda su voluntad para incorporarse, hasta que logró sentarse sobre la cama. Roxana cruzó sus brazos con algo de reserva.

- ¿Estás mejor?
- Uff, no, me duele muchísimo todo, pero… creo que empiezo a recordar. – Felipe cerró los ojos y se estremeció de pánico al recordar la estampa de sus asaltantes. Cubrió su rostro con las manos. - ¡Dios! Vaya que si me acuerdo. Perdona, ¿cómo te llamabas?
- Roxana.
- Roxana, bonito nombre, ¿de dónde eres?
- De Rumanía.
- Muy bien, dime, ¿dónde estamos ahora exactamente?
- En el Puente de Vallecas.
- Ya veo. – Contestó un pensativo Felipe mientras ponía todo su empeño en ubicarse y sobreponerse a sus padecimientos.
- Muchas gracias por lo que has hecho por mí Roxana. Creo que es hora de que me vaya…
- Pero… ¿tú crees que puedes?
- Sí, creo que sí… Ay… - Felipe colocó sus piernas y se preparó para izar su maltrecho cuerpo, que crujía a cada movimiento. - ¡AY! ¡Joder! – Protestó al tiempo que intentaba dar un paso. Se acercó a la pared, muy cercana en aquel estrecho cuarto, y se preparó para colocar su mano en ella, cuando de repente divisó una cucaracha trepadora en su camino. - ¡Agg! Perdió el equilibrio, incluso temió marearse, pero finalmente se sujetó con la mesa. Roxana dejó de observar perpleja el espectáculo para ofrecer su apoyo al doliente. De repente, una nueva figura se incorporó a la escena.


 

De Triunfadores - Capítulo VIII

Tercera Parte






     La angustia se apoderó de Felipe. Preso, inmovilizado, asfixiado. Deseaba gritar, pero temía la reacción de aquellos brazos que lo sujetaban férreamente. Deseaba golpear a sus captores, pero no podía moverse, y, aunque pudiera hacerlo, no saldría bien parado, pues aquellos no se andaban con chiquitas. Ansiaba evadirse de la situación, pero no podía hacer NADA. Para colmo de males, la imposibilidad de ver lo que se tramaba a su alrededor empezó a hacerle perder la razón, pues no hacía otra cosa que aumentar el miedo. Empezó a notar la ausencia de aire, las conexiones de su cerebro se dispararon, e incluso se le escapó un ahogado gemido. – CÁLLATE – Le golpearon otra vez, y en esta ocasión vio las estrellas.

     El coche se desplazó a buen ritmo por las casi despejadas calles de la noche madrileña. El constante traqueteo enervaba los nervios de Felipe que, a cada golpe o giro que se producía, tenía que emplear mayores esfuerzos a fin de evitar los gritos.

     Se detuvieron súbitamente, para a continuación liberar a Felipe de ligaduras y bolsa. – Baja. – Felipe no pudo evitar abrir su boca para inhalar una profunda bocanada de aire. Miró a su alrededor, pero aquella zona abierta, de reducida iluminación y poco poblada, le resultó completamente desconocida. Se acercaron a un Cajamadrid.

- ¿Cuál es el límite tronco? – Seiscientos euros. – A ver tío, saca seiscientos euros. – Pero antes de que Felipe pudiera reaccionar, le atizaron nuevamente. – Vamos. – Con el cañón del arma apuntándole no se pudo negar. Llevó a cabo el procedimiento. Posteriormente reanudaron la marcha a fin de hallar un cajero 4B. – Tío, no hace falta que te diga lo que tienes que hacer, así que venga. – Dijo el que le señalaba con el arma. Pero hubo problemas, al parecer el cajero se encontraba sin efectivo.
- Hostia puta. – Vamos a otro cajero. – Ya, pero es que por aquí no hay más. – Bueno, ¿y qué? – Que no colega, que es muy arriesgado. – Vamos a intentarlo, ¿no? – ¿Y si lo dejamos? no ha estado mal. - ¿Pero qué dices tronco? Con lo bien que nos va con el pringado este. Vamos a aprovecharlo.

- De pronto, el que parecía el líder del grupo, habló. – CALLÁOS DE UNA PUTA VEZ. Vamos para el barrio, que se puede hacer, se hace. Que no, pues lo dejamos.

     Tomaron el coche nuevamente. Ahora Felipe, que ya se dejaba llevar por su triste destino sin más, viajaba sin ataduras ni cubierta. En esta oportunidad creyó descubrir, aunque no con toda certeza, la identidad de las calles que se iban abriendo ante él. – Mal rollo tío, hay mucha gente.
- ¡Hostia tío, está aquí la pasma! ¡Gira coño! Gira. – El conductor se desvió automáticamente de la ruta y se introdujo por la primera callejuela que se lo permitió. Cuando llegaron casi al final, allí donde la oscuridad reinaba en prácticamente todos los rincones, se sintieron a refugio y se detuvieron.
– Me está empezando a dar muy mal rollo. Vamos a deshacernos del gordo. – Sí tío, será lo mejor.
– Bueno tío, aquí te quedas. Ha sido un placer trabajar contigo. – Ja, ja, ja. – Los hombres rieron. – Y recuerda que sabemos dónde vives. Lo digo por si nos pasa algo... ya sabes... nos hemos apuntado tu dirección de recuerdo.
- ¡Un momento! – Exclamó de repente uno de ellos.
- ¿Pero que pasa ahora?
– Este cabrón lleva una buena cadena colgada.
- ¡Ah! Vale. Pues venga, quítasela que algo fijo que le sacamos.

     En ese instante, la olla a presión que bullía en el interior de Felipe amenazó con desatarse. Un imparable impulso de rebeldía, que nació de lo más profundo de sus entrañas, sacudió todo su cuerpo hasta sus labios. – A ver, tíos, ya os lo he dado todo. Por favor, no me quitéis la medalla, es un recuerdo muy importante.
- ¿Pero que coño estás diciendo? A mí no me cuentes tu vida chaval. ¡Que me des la medalla!
- Si queréis vamos a otro cajero, os pago lo que queráis, pero no me quitéis la cadena de mi abuelo por favor. – Imploró Felipe.
- Oye tío pero tú estás tonto o qué te pasa. Que no podemos ir al cajero, que te estás jugando la vida. ¿Qué pasa, que no te importa la vida? Dame la cadena de una puta vez y vamos a acabar con esto.
- NO. – De pronto Felipe se enzarzó a golpes con uno de los atracadores, tras lo que ambos salieron bruscamente del coche. – Los otros se quedaron observando el espectáculo atónitos, pero pronto se incorporaron a la pelea. Al llegar a ese punto una lluvia de palos fustigó a Felipe por los cuatro costados. – ¡No, no! – Sólo acertaba a gritar él mientras se defendía fieramente, con toda su rabia. De repente, el cabecilla de la banda se apartó de la contienda con intención de ponerle punto y final al asunto. Apuntó a Felipe con su arma, pero comprendió que lo último que necesitaba era añadir un asesinato a sus antecedentes. Dio la vuelta a la pistola y se acercó. Un golpe fuerte y seco en la nuca fue suficiente para derribar a Felipe cual muñeco de trapo.

     Felipe quedó postrado en el pavimento, cubierto de inflamadas contusiones e hileras de sangre. Un minuto después, los asaltantes se dieron a la fuga dejando el cuerpo inmóvil en la intemperie, desprotegido, a su suerte, con la vida pugnando por mantenerse fluyendo dentro de la piel.











 

De Triunfadores - Capítulo VIII


Segunda Parte






     Lorena no pudo soportar la incertidumbre por más tiempo y sólo existía un modo de aplacarla. Felipe, que acababa de aparcar su coche, escuchó la sobria melodía de su teléfono tan sólo unos segundos después. Intuyó que se trataba de la solución al problema, de la explicación anhelada, por lo que, a pesar de los pesares, no dudó en atender. Detestaba los conflictos.

- ¿Sí?
- Felipe cariño... siento muchísimo lo que ha pasado... – Proclamó Lorena entre gimoteos.
- Cariño… yo… también lo siento. – Dijo un conmovido Felipe.
- ¡Pero la culpa ha sido mía! Me he portado fatal. Por favor, perdóname… no sé que me pasa… estoy muy nerviosa. Lo siento muchísimo…
- No te preocupes más cariño. Siento mucho que haya pasado esto, pero bueno, ya está, vamos a dejarlo.
- ¿Me perdonas entonces...?
- Que sí mujer, que sí.
- Te quiero mucho amor.
- Yo también te quiero.
- ¿Qué tal estás? ¿Te encuentras bien?
- La verdad es que estoy hecho polvo. Creo que tengo fiebre.
- Vaya mi vida cuánto lo siento. Haz el favor de meterte corriendo en la cama.
- Pues eso sería lo mejor… pero... ¿no querías que fuera contigo a la fiesta? Si quieres…
- ¡No, no! Olvídate de la fiesta cariño. Tienes que descansar. Yo me pasaré un ratito y ya está. No te preocupes más por eso. Cuídate mucho cielo.
- Gracias cariño, pásalo bien.
- Bueno, ¿hablamos mañana?
- Claro que sí.

     Felipe se sintió tan reconfortado que por unos instantes se olvido del malestar que le envolvía. Celebraba de corazón que Lorena, su Lorena, hubiera respondido a sus esperanzas, que le dispensara el cariño que, a fuerza de costumbre, esperaba recibir de ella.

     Descendió del coche tan satisfecho y aliviado, que no pudo evitar esbozar una sonrisa en su rostro abotargado. Después arrastró sus adormecidas y cansadas piernas por el sendero de un parque, el camino más rápido hacia su casa, el mismo que usualmente evitaba debido a que las leyendas urbanas ubicaban horribles peligros tras las sombras de los árboles. Pero su cuerpo no daba para más y, al fin y al cabo, a él nunca le había ocurrido nada.

     En un momento dado, creyó sentir el crujido de unos pasos tras su espalda. Se giró, pero no detectó nada extraño. – Serán las ramas. – Pensó, y siguió caminando. Después volvió a escuchar los ruidos, pero otra vez quiso considerar que se trataba de algo normal, y optó por ignorarlos.

     Sin embargo, un minuto después, los sonidos aumentaron mucho en intensidad, con lo que ya no pudo negarlos. Volteó su cuerpo rápidamente y se topó un individuo situado muy cerca de su espalda. Su rostro cubierto no auguraba nada bueno. Instintivamente echó a correr, pero, al hacerlo, se dio de bruces con otro tipo, que había surgido casi de la nada.

     Un tercer hombre saltó de entre los matorrales para completar la escena, atajando así toda posibilidad de huída de un modo definitivo. Ya no quedaba nada que hacer, estaba atrapado. El siniestro grupo, que ya rodeaba a Felipe, fue acortando poco a poco las distancias. De pronto, el que se hallaba tras su espalda, aprisionó sus brazos. Felipe, inmóvil, aterrorizado, sintió el frío cañón de una pistola que rozaba su nuca.


- A ver que tiene este. – Uno de los tipos registró sus bolsillos en busca de la cartera.
- Me cago en la hostia, sólo 20 euros.
- ¿20 euros? Pues este tiene pinta de pelas. Habrá que hacer algo. – Una mano se estrelló contra el rostro de Felipe.
- ¿Dónde tienes los billetes? – No... yo no tengo más...
– Joder, a mí me parece que dice la verdad. – Dijo uno de los asaltantes tras palpar con impaciencia hasta el último recoveco de Felipe. Mientras realizaba esta operación, le sustrajo el reloj. – Qué putada, joder, pues esto no puede quedar así, nos lo llevamos.
– Dos de aquellos individuos sujetaron a Felipe por los brazos, que así fue forzado a caminar. Casi a la entrada del parque habían aparcado su vehículo, demasiado cuidado, demasiado pulcro, no guardaba consonancia con el grupo. Introdujeron a Felipe dentro. Una vez que todos se hallaron en el interior, revisaron a fondo de la cartera, tras lo cual apuntaron su DNI y extrajeron las tarjetas. Finalmente cubrieron la cabeza de Felipe con una sucia bolsa de plástico, ataron sus muñecas y procedieron a hacerle un puente al coche.




 

De Triunfadores - Capítulo VIII


Primera Parte










A Lorena le temblaban las manos que sujetaban el café caliente. Miró el oscuro líquido que palpitaba y empezó a considerar si debía tomarlo. Ya estaba lo suficientemente alterada. Habían pasado dos días desde el famoso incidente y apenas había logrado conciliar el sueño entre tanto, pues cada noche la asaltaba una tormenta de pensamientos, los mismos que cada día luchaba por evitar.

Sin embargo, la falta de descanso apenas había afectado a su actividad normal, es más, en ocasiones se entregaba a sus tareas con un ritmo casi febril. Gracias a sus esfuerzos por mantener el tipo, había logrado aparentar una cierta normalidad entre la gente. Tan sólo unas leves manchas amoratadas bajo sus ojos y su forma de hablar, que se había hecho algo más parca, revelaban el fondo de su alma. Pero no tenía importancia, cualquiera lo hubiera achacado al simple cansancio.

Y estaba su Felipe.

No había dejado de sentir un cariño inmenso hacia él. Cada vez que le miraba sentía una lástima infinita. Además, sabía que no podía vivir sin él. Aquella contradicción la estaba consumiendo.



A las nueve y media del viernes por la noche, Felipe todavía permanecía encerrado en la soledad su empresa, sin otra compañía que la frialdad de las paredes. Cuando se encontraba a punto de desfallecer, pudo cerrar su ordenador por fin, pues había logrado resolver el problema urgente. Frotó sus ojos y trató de alzar su cuerpo, pero había algo que se lo impedía. Después frotó su frente, se dio cuenta de que estaba enfermo.

- Hola guapa, ya he terminado.
- Hola cariño. ¡Vaya horas! Cada día se pasan más.
- Ya ves…
- Mira cielo, me han llamado Carmen y Juan. Me han dicho que por fin les han entregado el piso.
- Qué bien, me alegro por ellos.
- Sí, y para celebrarlo han organizado han organizado una fiesta en su casa. Vamos, ¿no?
- Umm, bueno Lorena, ¿es muy necesario? – En ese momento, el animado tono de Lorena giró hacia la impaciencia.
- ¿Pero cómo que si es muy necesario? Carmen es muy buena amiga mía, ¿te parece poco importante que por fin haya conseguido el piso?
- No Lorena, no es eso. Es que no me encuentro nada bien, es tarde y estoy enfermo. ¿No podrías ir tú sola por una vez?
- ¿Pero cómo voy a ir sola? No sabría que hacer. ¿No puedes tomar una pastilla o algo? – Preguntó Lorena excitada. En estos días en los que los nervios la afectaban, no se encontraba de humor como para aceptar de buen grado un desacato. Pero a Felipe, tan agotado como estaba, no le sentó bien esta falta de comprensión.
- Cariño, ya te he dicho que estoy enfermo. Encima hoy he tenido un día de trabajo espantoso. No voy a ir, no puedo más. Lo siento, tienes que comprenderlo.
- Tú si que no me comprendes a mi Felipe. Parece que te doy igual, que no te importa mi vida ni mis amistades. Sólo te he pedido que vengas un rato, vamos, no creo que sea para tanto. – Reprochó Lorena. Felipe respondió con indignación.
- Lorena, parece mentira que me digas esto. Siempre hacemos lo que tú quieres. Hoy no puedo más. Estoy cansado, estoy harto, no puedo más. Me voy a la cama.
- ¡Pues muy bien Felipe! ¡Haz lo que te dé la gana! No quiero saber nada más de ti, ¿me oyes?
- Pues me parece muy bien guapa. Tómate una tila y cuando te comportes como una persona normal si eso me llamas. ¡Adiós!
Ambos apagaron sus respectivos teléfonos con violencia. Lorena, que permaneció inmóvil un rato, notó como la ira paulatinamente se desprendía de su cuerpo para dejar paso a la culpabilidad. Felipe era su más firme y sincero apoyo, el lado hermoso de su vida, y lo había tratado de un modo cruel e injusto. Podía perder el pilar más robusto que tenía y esa falta de estabilidad la aterraba, pensó que podría desmoronarse. Ahora no había lugar para Jaime, era toda Felipe.

Felipe, mientras tanto, abandonó la oficina en estado de consternación. Lamentaba profundamente que se hubiera producido la disputa, pero estaba hastiado de trabajar sin límites, de darlo todo sin recibir nada a cambio. Ese día, más que nunca, necesitaba ser tratado con indulgencia. Febril y abatido, no vio el momento de llegar a casa y abrazar la calidez de su cama.



 

De Triunfadores - Capítulo VII


Tercera Parte










A los pocos segundos, una punzada en el estómago le advirtió que algo no andaba bien. Su cabeza, por otro lado, empezó a mostrar síntomas de confusión. Lamentó que la copa le hubiera caído mal, pero tenía que seguir adelante. – Bueno chicas, ¿y a vosotras quien os gusta? – Ja, ja, ja, no sé, a mí no me llama ninguno. – A mí me gusta uno, pero prefiero no decirlo, que sois unas marujas, y luego se sabe todo, ja, ja, ja.
– De pronto, alguien dijo:
- ¿Y qué os parece Jaime, de Administración? – Lorena se quedó paralizada, muda, mientras escuchaba los comentarios. – Está bien, pero es un poco chulo ¿no? – Bueno, pero para un rollo de un día... ja, ja, ja. – Pues yo no me fiaría mucho, que seguro que ese se lo cuenta a todos. – Ja, ja, ja, ja. – Los ecos de las risas retumbaron en las sienes de Lorena, que asentía a las mismas desde la lejanía, lívida, disgustada. No quería escuchar más. Su rostro se contrajo en una mueca.
- ¡Lorena! ¿Te encuentras bien?
- Uf, no mucho, creo que la copa me ha sentado mal.
- Un poco de mala cara si que tienes. ¿Quieres algo?
- No sé chicas, yo creo que será mejor que me vaya.
- ¿Seguro?
- Sí, es lo mejor.
- Bueno, ¿y no quieres que te acompañemos?
- No gracias, no hace falta. Venga chicas...

En la calle se hacía notar el viento, fresco, aunque no muy afilado. En el firmamento, la ausencia de nubes dejaba ver un par de estrellas brillantes, así como una luna inmensa, completa, que refulgía en toda su intensidad. Lorena agradeció ese soplo de aire que la despejó y apretó los brazos contra su chaqueta.

- ¡Hola Lorena!
- ¡Jaime! ¿Qué haces aquí?
- Es que te he visto antes en el bar y bueno, quería ir a saludarte, pero de pronto he visto que te marchabas. ¿Qué tal estás? Hacía tiempo que no te veía por aquí.
- Bien, quería celebrar algo con las chicas. – Entre la copa y la suerte que había tenido ese día, Lorena no pudo evitar mostrarse dichosa, a pesar de no querer darle alas a Jaime.
- ¿Sí? ¿Y que ha ocurrido?
- Nada, que he conseguido un cliente muy importante.
- ¡Pues eso es genial! ¿No? ¿Y cómo te vas tan pronto a casa?
- Es que no me encuentro muy bien.
- ¿No? Oye, si quieres te llevo a casa.
- No hace falta, voy a coger un taxi.
- ¿Un taxi? Pero si yo tengo coche… no seas tonta. Venga, que te llevo.
- No Jaime en serio.
- ¿Pero por qué no? Si no me cuesta nada. No admito un no por respuesta. – Jaime habló en tono tan divertido y jocoso que Lorena no pudo resistirse.
- Bueno venga. – Entraron en el coche.
- Ves mujer, no muerdo. – Ambos rieron.
- Por cierto, te queda muy bien ese traje.
- ¡Jaime! Ya empezamos…
- ¡Pero si sólo te he dicho que te queda bien el traje! – Lorena sonrió, pero con tibieza.
- Lorena, eres preciosa. – Ante este giro Lorena se enfadó – Jaime, ya sabes que no quiero nada contigo.
- Ya, pero eres preciosa. No te enfades. – Por fin llegaron a su destino.
- No te enfades guapa, anda, dame dos besos. – Lorena se inclinó para despedirse, pero, la incomodidad del coche hizo que girara en una mala postura y, sin que supiera cómo, cayó sobre Jaime. La proximidad de los dos cuerpos hizo que los instintos de Lorena se desatasen. Se miraron a los ojos, fuego frente a deseo. No pudo resistirse más. Dejó caer sus labios con timidez, luego los abrió con avidez.

Aquel beso profundo, intenso, hizo que el corazón de Lorena bombease sangre a la máxima presión. La excitación creció y se hizo irrefrenable. Se dejó llevar cada vez más. Jaime, preso de la misma sensación, se abalanzó sobre su cuello, que llenó con sus labios y lengua. Después avanzó sobre los pechos de Lorena, hambriento de su calidez. Rápidamente logró derrotar las barreras de su traje y su camisa, para luego introducir su mano torpemente bajo la apretura del sujetador. Ante la suave pero firme presión de la carne, Lorena gimió henchida de placer.

Pero, en ese momento, sus ojos se abrieron.

Lorena cayó en la cuenta de que estaba llegando a un punto tras el cual no habría retorno. Si seguía un poco más, ya no podría parar.

Iba a cometer una locura.

Tuvo que frenar.

- ¡No Jaime! ¡No, no! Esto no puede ser. Me voy. – Dijo Lorena deshaciéndose de Jaime quien, disconforme y molesto, emitió su protesta.
- ¿Pero qué te ocurre? ¿No te gusta?
- Jaime tengo novio, no puede ser.
- Lorena, te gusto, esto no tiene sentido.
- ¡Qué no puede ser y ya está, cojones! Me voy.
- ¿Qué te vas? ¿Y me dejas así? No seas cría Lorena... – Ella abandonó el vehículo.
- Adiós Jaime.
- Pues adiós chica, que te vaya bien. – Jaime arrancó su coche visiblemente enojado.

Lorena subió a su casa y con premura se encerró en su habitación, pues quería evitar el contacto con su familia. Estaba tan acalorada que pensó que su estado no pasaría inadvertido a los demás. Los nervios afloraron en agitadas convulsiones. Odiaba aquel urgente deseo que pugnaba por ser satisfecho, que la golpeada con dureza por no haber seguido sus mandatos. La noche se llenó de imágenes entrecortadas. Su cuerpo quería completar las escenas, pero su mente la ordenaba erradicar cualquier vestigio de las mismas. Dio una vuelta detrás de otra. No pudo dormir.





 

De Triunfadores-Capítulo VII


Segunda Parte




- Hola Lorena, qué pronto has venido, no te esperábamos para esta tarde ¿qué ha pasado?
- Maica, ha ido todo muy bien, muy bien. Ha aceptado el proyecto al completo y hemos cerrado el acuerdo con sólo un 2% de descuento.
- ¿No me digas? No me lo puedo creer. ¡Pero eso es fenomenal Lorena!
- Yo tampoco me lo podía creer. Lo único es que me ha pedido que me encargue yo en exclusiva de todo el proyecto. Quiere hablar directamente conmigo.
- ¡Vaya! Pero ese señor no sabe que estoy yo al cargo del equipo. – Maica dio a entender reprobación con sus gestos. Lorena, entre cohibida y prudente, trató de explicar.
- Sí, lo sabe. Pero dice que le ha gustado mucho mi presentación, que le doy confianza. Dice que si aceptamos este punto, podemos ir preparando ya los contratos.
- Bueno, pues si acepta todo lo que has dicho, entonces no hay más remedio que hacerlo así, no hay problema. Puedes ir llamando y aceptando Lorena.
- Muy bien Maica.
- Y enhorabuena chica, eres increíble.
- Gracias.

Tras hablar con Juan Manuel y transmitir el parte a las chicas, Lorena volvió a su quehacer habitual, pero los nervios no le permitieron concentrarse en nada. Tal y como estaba, sólo se le ocurrió reflexionar sobre lo que había observado antes, es decir, el comportamiento de las chicas, y llegó a ciertas conclusiones. Era evidente que, muy a su pesar, su popularidad había descendido mucho. Y no ignoraba que este hecho no le beneficiaba en nada. No quería enemigos, ni sabotajes. Tenía que terminar con esta situación

- Sandra, ¿vas a hacer algo esta tarde, después del trabajo?
- Pues sí, Lorena… he quedado con las chicas para ir a tomar algo aquí al lado.
- Vaya, pues me gustaría pasarme un rato.
- Muy bien, si quieres… por cierto, hace un montón que no vienes con nosotras.
- Pues no, ya sabes, ahora tengo mucho más trabajo.
- Lo sé Lorena, lo sé. Bueno, pues esta tarde nos vemos. – Sandra, quien todavía tenía buenas relaciones con Lorena, temió que la noticia no sería muy bien acogida. Pero no podía hacer observaciones sobre el tema.

Así pues, aquel día Lorena abandonó el trabajo en compañía de sus chicas, dispuesta a conquistar la nueva meta que se había trazado. Llegaron al bar y el ambiente del grupo, por lo menos en apariencia, era relajado. Pero bajo los rostros serenos y la conversación ligera, Lorena creyó adivinar algo de tirantez. Recordó cuando ella era una parte activa de esas reuniones y las charlas de entonces le parecían, en comparación, mucho más divertidas y abiertas.

En ese instante descubrió que, en la parte más lejana del local, se encontraba Jaime con algunos compañeros más. Anheló no haber sido vista y suspiró, pero no pudo evitar sentirse turbada. Ante tales circunstancias, se lanzó a pedir una copa. Necesitaba romper el hielo y ganarse el favor de las chicas.

- ¡Chicas, voy a pedir una copa! ¿Queréis tomar algo? Venga, os invito. – Algunas aceptaron. La cerveza empezó a circular. Lorena, por su parte, se decantó por un combinado.
- Bueno guapas. Estoy muy contenta con lo que ha pasado hoy. Quiero deciros que, sin vuestro trabajo, no hubiera sido posible.
- Gracias Lorena, me alegro de que todo haya salido bien. – Comentó una.
- Pero todas sabemos que sin ti no hubiera sido posible, lo más difícil es venderlo. – Agregó otra, no sin cierta adulación. Lorena observó sus expresiones, pero no encontró mucha sinceridad en ellas. Sólo quizá Sandra, su más allegada colaboradora, sonreía de corazón, así como alguna que otra despistada más.
- Os lo digo completamente en serio. Que sepáis que vuestro trabajo es muy importante y que estoy muy contenta con vosotras. – Dijo sin percatarse de que sonaba demasiado a “jefa”. Entre tanto, alguna que otra mirada se le escapaba al fondo del bar. Después dio un repaso a las muchachas que tenía frente a sí, para comprobar que nada había cambiado. Se dio cuenta de que debía variar de estrategia para lograr sus objetivos.
- Pero no hablemos más de estas cosas. Vamos a hablar de algo divertido, ¿ha entrado algún tío bueno últimamente a la oficina? – Las chicas rieron. Al hablar de estos temas, se produjo una distensión en el ambiente. Pero, al cabo de un rato, Lorena se dio cuenta de que, en la lotería de las bebidas, le había tocado garrafa. Puesto que no estaba habituada a beber, enseguida notó los efectos del líquido tóxico.